Nos cortaron las piernas, por Nuria Silva

Las películas sobre maternidades desbordadas suelen apoyarse en una serie de lugares comunes, narrativos y formales. Cuerpos agotados, planos cerrados que condensan la culpa, sacrificios silenciosos y heroicidades cotidianas. If I Had Legs, I´d Kick You parece inscribirse en esa tradición pero Mary Bronstein opera tensionando todos esos códigos hasta hacerlos colapsar o, incluso mejor, implosionar. Sin negar el desborde reconfigura su sentido hasta volverlo inestable para cualquier empatía automática y para cualquier interpretación sociológica de manual. La decisión formal más evidente y más radical es la de filmar casi toda la película en primer plano, pero lo que termina importando no es la centralidad de la protagonista, su encierro subjetivo y su experiencia individual, sino lo que queda sistemáticamente fuera de campo. Más allá de la cara (flexible, fantástica, con accidentes y texturas) de Rose Byrne hay toda una comunidad saturada, incapaz de responder. Hay una hija entubada convertida en presencia fantasmática de a ratos monstruosa, hay un marido que hace lo que puede a la distancia. El primer plano lejos de clausurar el mundo, lo reclama. Expone la lógica individualista del presente, esta idea de que todo, incluso el dolor, tiene que gestionarse en soledad. La angustia es el exceso de responsabilidad y la erosión de la confianza en las instituciones. Pero, ¿cuál es el elemento formal decisivo que hace colapsar cualquier pedagogía del sufrimiento? El humor. Un humor áspero y desproporcionado que sabotea el sentido común. Es una piedra en el zapato de la identificación y elude transformar la experiencia en discurso. If I Had Legs, I´d Kick You coquetea permanentemente con los síntomas pero se resiste al diagnóstico y así preserva una zona de ambigüedad afectiva.

La película funciona como una especie de mamushka de voluntades e incapacidades. Todos los personajes repiten el manual. Médicos, terapeutas, parejas, madres, todos saben qué deberían hacer, apelan a métodos y prueban algunos límites. Sin embargo, nada funciona. Los límites que la protagonista encuentra son, al mismo tiempo, los que ella impone. El sistema falla pero también la disposición a dejarse sostener en él aunque más no sea por quienes quieren hacerlo funcionar. De a poco el mundo se va cerrando porque ella se vuelve impenetrable e impermeable a cualquier forma real y humana de contacto, ya que esto implicaría renunciar a una forma internalizada de control que se promueve como virtud. Bronstein insiste con obstinación asfixiante en una verdad: ningún hombre es una isla. La autosuficiencia es una ficción y se vuelve una forma de egoísmo contemporáneo. Frente a todo este fuera de campo, la mención al aborto durante una sesión de terapia adquiere un espesor particular. Lejos de acomodarse en la prédica del feminismo contemporáneo dominante que busca restarle peso simbólico, Bronstein no esquiva ni la culpa ni el trauma. No lo romantiza ni lo condena, es una experiencia compleja e irreductible. Reconocerlo no es un retroceso político pero nos dice que hay zonas del dolor que no pueden ser completamente neutralizadas por las consignas.

En este universo saturado de demandas, tanto el terapeuta como el marido introducen límites más operativos que simbolizados. El marido, ese capitán marítimo que irrumpe con el encanto de Christian Slater pero sin épica heroica, abandona su lugar de trabajo para volver a casa y cerrar el agujero del techo como respuesta a una urgencia concreta. El terapeuta (Conan O’Brian) decide “romper” el vínculo cuando comprende que no es él quien no puede ayudar sino ella quien rechaza la posibilidad de ser ayudada. No se trata de una reivindicación del “orden patriarcal” sino la constatación de que el cuidado también es saber retirarse y aceptar la propia impotencia. Bronstein trabaja con un exceso simbólico que roza lo obsceno y que por esto mismo termina desarmándose. El agujero en el techo de la casa, imposible de ignorar, orgánico y surrealista, convive con el otro agujero que queda al descubierto cuando la protagonista desentuba a su hija. La metáfora se vuelve tan literal que pierde toda seguridad interpretativa, dejándonos en la incomodidad de lo irresuelto.

Me resulta difícil no pensar If I Had Legs, I’d Kick You en diálogo con Daddy Longlegs (de Josh y Ben Safdie, protagonizada por Ronald Bronstein). En ésta, las “piernas largas” del padre son una movilidad excesiva sin dirección clara. Como suele suceder con los personajes de los Safdie, el padre de Bronstein se desplaza demasiado sin saber detenerse. En la película de Mary, las piernas faltan. La potencia está en suspenso, es una fantasía de acción. La madre de Bronstein lo hace todo pero no puede desplazarse. Si tuviera piernas patearía o patalearía, tal vez escaparía o fallaría de otro modo, pero la película la mantiene en un presente continuo sin fuga posible. Las dos películas giran alrededor del fracaso del cuidado y su coreografía. Uno se mueve demasiado, la otra no puede moverse lo suficiente, y entre las piernas largas del padre y las piernas imaginarias de la madre, se traza una línea de agotamiento contemporáneo que no encuentra el tempo entre la responsabilidad y la libertad. En ese desfasaje, el humor aparece como gesto para impedir que el fracaso se vuelva moraleja. Las dos películas retratan experiencias caóticas, erráticas, de a ratos infantiles. No se trata de oponer paternidad y maternidad sino de observar cómo se vuelven experiencias desgastantes cuando las condiciones materiales que rodean a los personajes entorpecen el equilibrio.

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