¿Y vos quién eras? Una entrevista a Rossellini

Entrevista: Dacia Maraini / Traducción: José Miccio

¿En que año nació?

El ocho de mayo de 1906.

¿Dónde?

En Roma.

¿Qué hacía su padre?

Era constructor. Tenía una empresa de construcciones.

¿Y su madre?

Era ama de casa.

¿Tiene hermanos?

Somos cuatro, dos varones y dos mujeres.

¿Tuvo una infancia fácil?

Fácil, sí.

¿Y feliz?

Mucho.

¿Por qué?

Porque en nuestra casa había mucha alegría. Y también fantasía. Una fantasía desenfrenada. Mis padres no se oponían a esta fantasía. Por el contrario, la estimulaban.

¿Cómo se manifestaba esta fantasía?

En todo, de los juegos a las invenciones más estrafalarias. La nuestra no era una familia tradicional, no trataba de perpetuar nada. No se ocupaba ni siquiera de mantener su patrimonio. Lo devoramos pronto.

¿La relación con su padre cómo era?

Dulcísima.

¿Lo estimaba? ¿Lo amaba sin reservas?

Sí, muchísimo, sin reservas. Mi padre era un hombre de negocios pero también era un intelectual. Escribió algunos libros que releo siempre con mucho placer.

¿Tuvo alguna vez desacuerdos con su padre?

No, nunca, tuvimos pequeños conflictos: el primer flechazo que tuve, la mala voluntad para el estudio. Pero nada serio.

¿Y con su madre se llevaba bien?

Mi madre era una mujer miopísima, timidísima y graciosísisma. Era imposible no llevarse bien con ella.

¿Era más cercano a su padre o a su madre?

A los dos, pero de manera distinta. Por mi madre sentía ternura. Por mi padre una profundísima admiración. Era u hombre excepcional.

¿Y con sus hermanos cómo se llevaba?

Perfectamente.

De manera que su experiencia familiar ha sido agradable, sin sufrimientos. ¿Cuándo comenzó a tener los primeros conflictos con el mundo?

Desde que nací.

En general los primeros conflictos se tienen dentro de la familia. Pero usted en la familia no ha sufrido. Imagino que habrá sido más difícil la relación con el mundo fuera de la familia.

Verdaderamente, nunca he tenido dramas. He tenido, sí, momentos dolorosos, peligrosos. Pero dramas no. Todo me ha parecido siempre bastante fácil y lógico.

¿Piensa que se ha debido a la naturaleza feliz de sus relaciones con las cosas y con las personas?

Quizás. Es difícil juzgarlo.

¿Pero realmente puede decir que no ha sufrido en su vida como para acordarse de ello?

Probablemente todos sufren, y soy como los demás. Tal vez debería hacer esfuerzos por acordarme. Pero en verdad no me viene a la cabeza ningún sufrimiento. Quizás lo único que he sufrido es el miedo. He tenido momentos de miedo terrible. Cuando me atrevía demasiado y después me encontraba a la intemperie.

¿Miedo de qué?

Yo no sé calcular. Soy imprudente y por eso a veces me sumerjo en las cosas arriesgando más de lo que vale la pena arriesgar.

¿Y en la escuela como le iba?

Para mí era una condena.

¿No le gustaba ir a la escuela? ¿Por qué?

Porque era aburrida. Tuve la suerte de tener buenos maestros. Cuando iba al Nazareno, mi director era [Luigi] Pietrobono, el famoso dantista. Además, tuve a [Pietro Paolo] Trompeo como profesor de Italiano y a [Alberto M.] Ghisalberti en Historia. Pero más allá de estos excelentes profesores, me aburría.

¿Pero no piensa que la escuela podría no ser aburrida?

Claro, debería no serlo. Habría que reformar todo. Tal vez pronto suceda, ¡quién sabe!

¿Qué es lo que más le interesaba cuando era niño?

Los automóviles, los motores, la física y la matemática.

¿Nada más?

No. Después estuve muy enfermo. Veinte meses en la cama con la gripe española. Entonces empecé a abandonar los estudios.

¿Considera que esta enfermedad es una cosa importante en su vida?

La recuerdo como una felicidad extraordinaria. Cuidado por todos, mimado por todos. Estuvo muy bien. Fue un periodo muy fecundo para mí desde todo punto de vista.

¿Es decir?

Me sirvió para darle una nueva orientación a mi vida.

¿Cuándo empezó a pensar en el cine?

Vea, mi padre construyó el cine Corso, que fue el primer cine moderno de Italia. Lo construyó sobre las ruinas de un viejo cine que se llamaba Lux et Umbra. Abajo estaba el Cobianchi1. ¡Imagínese! Cuando mi padre construyó el Corso comencé a ir al cine todos los días. Tenía una credencial que me permitía entrar gratis. No es que tuviera una pasión delirante por el cine, pero me gustaba. Frecuentando el Corso empecé a conocer a la gente del cine. Después, cuando mi padre murió y en pocos meses nos encontramos en la indigencia, tuve que empezar a trabajar y me resultó natural trabajar en el cine.

¿Pero tenía algún proyecto antes?

Sí, todos los proyectos del mundo. Caminar en la luna, ser corredor. En fin, cualquier cosa.

Estaba disponible.

Completamente. Durante mi larga enfermedad daba vueltas por las montañas (debía curar una forma leve de tuberculosis, consecuencia de la gripe española) y el no hacer nada y el estar libre y disponible me ha servido mucho.

Un periodo de meditación

Sí, de meditación, complacencia y relajamiento. Me sirvió, me hizo bien.

¿De joven cómo era de carácter? ¿Agresivo, suave, malhumorado, generoso?

Agresivo, sin dudas. Generoso no lo sé. Inclinado a la prodigalidad, al desprendimiento, incluso en exceso. Fui siempre imprudente, no sé calcular los riesgos, vivo en el entusiasmo.

¿Día a día?

No, día a día no, porque también me gusta hacer planes precisos para el futuro. Mi carácter me lleva a quemar puentes a mi espalda. Es un defecto grave. Porque después, cuando crecen las responsabilidades, cuando se tiene una caterva de hijos como tengo yo…

Entonces, usted empezó a trabajar cuando murió su padre. ¿A qué edad?

Tarde. En el 32. Tenía veintiséis años.

¿Cómo empezó? ¿Qué hacía?

Comencé como sonidista. Me divertía inventado sonidos nuevos. Por ejemplo, descubrí que un diario estrujado contra una puerta produce un maravilloso efecto de mar.

¿Comenzó enseguida a ganar bien o fue difícil al principio?

Ganaba bastante bien. En el ambiente del cine me veían como un joven lleno de esperanza, que podía dar mucho pero del que había que desconfiar. Todo el drama estaba en esta desconfianza, en este miedo de las cosas que podía hacer. Después me puse a escribir guiones para otros. Hacía de negro, en fin. Después hice también montaje y doblaje.

¿Así que hizo todo lo que se podía hacer en el campo del cine?

Sí, conocí el trabajo sucio, hasta el fondo. Pero entonces era un periodo de mucho entusiasmo; el cine estaba todo por descubrir.

¿Dónde trabajaba, acá en Roma?

Trabajaba en una empresa que, me parece, se llamaba ICI, propiedad del padre de [Luigi] Musso, el corredor de autos. Estaba [Roberto] Dandi2. Pero él es demasiado joven pare recordarlo

¿Y después?

Después comencé a hacer cortometrajes sobre animales.

¿Por qué sobre animales? ¿Lo hacía por encargo o era idea suya?

No, era idea mía Amo mucho a los animales. Me gustaba hacer documentales. Siempre tuve una tendencia al documental, no en el sentido llano sino como instrumento de investigación.

¿Cuándo filmó su primera película?

En el 40. Se llamaba La nave banca. Fui a Taranto para hacer un documental sobre una nave de guerra y salió una película. Después, naturalmente, fue reelaborada, retocada por todos. Pero esta es una suerte que siempre tuve. Siempre hubo salvadores que intervinieron para acomodar las cosas que yo había hecho.

¿Pero quiénes? ¿Los productores? ¿Los distribuidores?

Cualquiera que no estuviese de acuerdo con lo que yo había hecho. Para mí, una de las razones de la crisis del cine de hoy es el rechazo de la experimentación. Una industria que funcione debe mantener obligatoriamente una asignación para las investigaciones, de otro modo fracasa. El cine, en cambio, niega esto, lo rechaza de manera absoluta.

Usted quiere decir que sus películas eran manipuladas porque eran experimentales.

Nunca conseguí llegar tan lejos como habría querido. En el cine la especulación fue siempre más fuerte que el deseo de sobrevivencia.

¿Y todavía sucede que manipulen sus películas?

Todavía sucede. O al menos sucedía hasta hace poco. Ahora me convertí en mi propio productor así nadie puede imponerme nada.

¿Cuál de sus películas prefiere?

Ninguna. Una vez hechas, no puedo volver a verlas. No me interesan.

Esto forma parte de su carácter, me parece. Es decir, coincide con el desinterés por el pasado y con los puentes rotos que deja detrás de usted. ¿También en la vida privada actúa así?

Sí, estoy siempre mirando hacia adelante. Las cosas nuevas me dan curiosidad. El pasado me aburre.

¿Usted se enamora fácilmente?

Soy monógamo. Cuando algo se agota, vuelvo a comenzar.

Y en cada ocasión quiere formar familia, tener hijos, comprar casas, hacer proyectos para el futuro.

Sí. Cada vez me comprometo como si fuera la primera.

¿Cuántas esposas tuvo?

Tres.

¿Y cuántos hijos?

Siete. Si uno se compromete en la lucha cotidiana, no tiene tiempo de darse vuelta a mirar lo que ha hecho. Debe ir hacia adelante.

Hay personas que tienen una relación muy intensa con su propio pasado.

El pasado es una experiencia útil, o por lo menos debería serlo, aunque tengo mis dudas al respecto.

¿Cree que en su historia estilística ha habido muchos cambios o cree haber permanecido similar a sí mismo?

Pera mí el estilo está ante todo en la investigación de aquello que hay que contar.

¿Entonces no da una particular importancia a la investigación formal?

A mí me interesa descubrir las cosas tal cual son.

Entonces usted cree en una realidad racionalmente reconocible. ¿Y cree que con el estudio de la psicología se puede arribar al conocimiento de los hombres?

Ah, sí, creo firmemente en la psicología.

Lo que le interesa en una película, además de la historia, ¿qué es?

No tanto la historia sino el ambiente, los personajes, las cosas. Cuando yo empecé en el cine, por ejemplo, una película era entendida solo como una historia; la historia de un amor.. No había otra cosa. A mí la historia de amor pura y simple no me satisface.

¿Hay entre sus películas alguna que le haya costado especialmente o que preferiría no haber hecho?

La película es siempre un esbozo. No existe la posibilidad de reescribir o rehacer, como sucede con un libro. Ahora estoy escribiendo un libro. No se imagina lo que me gusta el trabajo de escritorio, la calma, el no depender de los demás.

¿Una autobiografía?

No. Es una especie de focalización de todos los problemas que no he tenido tiempo de afrontar. Así que es un libro solo parcialmente autobiográfico. La película en cambio es siempre un esbozo. Se trata de hacer un esbozo lo más vivo posible.

¿Cree que que hay algo en común entre las películas que ha hecho? ¡Un tema dominante que se puede de algún modorastrear?

No lo sé. A mí me interesa entender las cosas. Con las películas trato de clarificar los problemas de nuestro tiempo.

¿Cuáles son los problemas que más le interesan?

Ahora he encontrado en la historia un alimento formidable. La historia de los hombres, naturalmente, no la de los reyes y las guerras. Observando la historia uno se da cuenta de que los hombres son siempre iguales.

¿No cree que el hombre puede cambiar?

Sí, la cultura evoluciona y cambia la civilización. Pero la psicología permanece más o menos igual. Los comportamientos del hombre son siempre los mismos.

En la historia, entonces, usted busca los elementos humanos que siempre han existido.

Sí, los permanentes. La locura y la sabiduría, por ejemplo, que combinadas en dosis diferentes pueden producir coraje o miedo. Para mí la vida humana no vale la pena si no es una aventura continua. Yo intento con mis películas realizar una obra de persuasión para que todos se dediquen a la aventura.

¿Esta es su moral artística?

Es mi objetivo.

¿Se considera una persona religiosa?

No. Mi madre era religiosa. Mi padre no tanto. No estoy ligado a ninguna iglesia y a ninguna ortodoxia religiosa.

¿Ha tenido alguna vez intereses políticos?

Sí, desde chico. El primer latido de la conciencia política lo tuve a los ocho años. Fui con mi abuelo a comprar una bandera. Recuerdo que entramos al negocio y él dijo: “Deme una bandera, pero sin distintivo”. Aquel “sin distintivo” me hizo entender que existe una cosa que se llama política y está hecha de ideas y sentimientos. Otra vez, me acuerdo, era el día que Mussolini apareció en el balcón (el primer balcón de su vida) del Hotel Savoia, en via Ludovisi, justo enfrente de mi casa. Era de tarde y había reflectores que desde via Calabria iluminaban toda la calle. Abajo estaban las camisas negras y Mussolini anunció el primer gobierno fascista. Los niños estábamos en la ventana, alegres y entusiasmados. Mi padre puso la llave en la cerradura, abrió, entró, no echó ni siquiera una mirada a lo que pasaba afuera y dijo: “Niños, recuerden que el negro esconde bien la mugre”.

¿Estuvo afiliado alguna vez a un partido?

No. Yo creo que es necesario estar vivos y las ortodoxias me atemorizan porque me hacen sentir muerto. Doctrinas, disciplinas, son cosas a menudos necesarias, pero yo siempre les tuve miedo. Hoy vivimos una vida jovencísima, siempre envueltos en movimientos y transformaciones. Y políticamente estamos dominados, a través de las ortodoxias, por los muertos. Es una paradoja terrible. Los muertos deberían formar parte de nuestra cultura y de nuestro saber, pero no dominarnos con sus dogmas.

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Notas

1 Los Cobianchi fueron albergues diurnos construidos por Cleopatro Cobianchi a partir de comienzos del siglo XX. Eran subterráneos y a menudo se accedía a ellos a través de escaleras cercanas a las estaciones de trenes o plazas del centro. Ofrecían baños, peluquerías, lavanderías, teléfonos públicos, oficinas de cambio, agencia de viaje, salas de escritura y de encuentros de negocios. Eran famosos por su lujo y comodidad. Comenzaron a cerrarse a partir de los años 60.

2 ICI: Industrie Cinematografiche Italiane. Fundada en Roma en 1933 por Giuseppe Musso con la colaboración de Roberto Dandi para la producción y distribución de películas. Produjo largometrajes de, entro otros, Blasetti, Alessandrini, Mattoli, Soldsti. Bragaglia y Matarazzo. Entre 1939 y 1943 distribuyó en Italia todas las películas de Universal Pictures.

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Dacia Maraini, E tu chi eri? Interviste sull’infanzia, Milano, Bompiani, 1973, pp. 95-103. Recogido en Roberto Rosseellini. Il mio metodo. Scritti e intervisti, Venezia, Marsilio Editori, 1987, pp. 29-38.

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