Fuente: «Mi tío Scholem Aleijem y otros parientes», Ediciones Corregidor, 1978
Si usted va a París puede encontrarse con todo el mundo, pero si usted no conoce a todo el mundo puede ir a París, acordarse de abrir los ojos y ver lo que el tumultuoso e inaprehensible azar pone a su alcance. Nosotros vivimos cerca de París, pero cuando vamos a París tratamos de no ver a nadie. París es de por sí un espectáculo tan extraordinario que si por arte de birlibirloque se despoblara de la noche a la mañana, su encanto sería mayor, con perdón sea dicho de Brigitte Bardot.
Y, a propósito de Brigitte Bardot, estábamos parados frente a su casa, sin saber que era su casa, en la avenida Mac Mahon, cuando un hombrecito minúsculo, tocado por un sombrerito tirolés y enfundado en un traje azul topacio, corrió a nuestro encuentro y nos estrechó, o trató de estrecharnos, en un abrazo y nos preguntó haciendo relampaguear sus ojitos de lince, un animal que nunca tuvimos el honor de conocer:
-¿Vienes a verme a mí o a Brigitte?
Y se echó a reír con una risa de chorroborro que consiguió sofrenar después de largos esfuerzos. Temimos que se desplomara, víctima de una trombosis cerebral.
Lo ubicamos. El hombrecito era el novelista y director de cine francés, de origen ruso, Leonide Moguy, a quien conocimos en Roma veintitantos años atrás cuando estaba filmando Domani é troppo tardi (así en italiano, que es como se conoció la película en todas las pantallas del mundo). Nos lo había presentado su gran amigo Vittorio de Sica en sus oficinas de Via Sistina y solíamos encontrarnos con frecuencia a contarnos historias y hablar de bueyes perdidos.
Uno de esos bueyes perdidos era una española que lo tenía a mal traer con sus celos patológicos y su morbosa inclinación al bel canto. ¿Cuántas veces habrá tenido que interrumpir el rodaje de su película porque a la “Otela” se le ocurría entrar al set como una tromba dispuesta a coser a puñaladas al incauto Moguyo, ya calmada, echar al aire indefenso estentóreos fragmentos de “Tosca” o “La Traviata”?
Moguy en estos momentos se disponía a iniciar el rodaje de una nueva versión de Cárcel sin rejas, aquella hermosa película en la que reveló a Corinne Luchaire y, una vez enterado que no habíamos ido en busca de Brigitte Bardot, que vive en la casa contigua a la suya, nos metió compulsivamente en su Peugeot y, hablando siempre, nos llevó a su almandarache de Etang la Ville, un lugar estupendo de las afueras de París, donde se proponía terminar el encuadre. Moguy es la generosidad en persona. Ni su casa de campo ni su casa de la ciudad tienen llave y cualquiera de sus amigos puede disponer de ellas estando o no estando él presente. La heladera está colmada de viandas, la bodega de vinos, la biblioteca de libros y el jardín de luz, de fragancia y de perros… Los perros muerden.
Prevenidos, no nos sorprendió encontrarnos, haciendo saltos ornamentales en la piscina, con un grupo de muchachones y muchachitas a quienes el dueño de casa saludó paternalmente y nos presentó como a sus hijos. Moguy se pasa la vida haciendo bromas –sin perder su empaque de notario con registro- y hasta que uno no lo conoce bien no termina por saber cuándo habla realmente en serio. Tanto es así que a la media hora descubrimos que los hijos no eran tales hijos sino un grupo de artistas, deportistas y alumnos del Conservatorio y que uno de ellos, el más parecido a Jean Paul Belmondo, era Jean Paul Belmondo.
Y como el señor Belmondo es “nota” y el suscripto es reportero, horas más tarde cada cual con una copa en la mano, entre los jacintos, muguetes, lirios del valle y flores de abedul del jardín de Moguy, bajo un cielo inacabable siempre en movimiento iniciamos una conversación de la que podemos recordar que uno de los grandes amores del actor es su padre, un escultor de origen italiano, que es la pulcritud, la generosidad, la bondad y la sabiduría en persona.

-Si a alguien quisiera parecerme en el mundo es a papá, nos dice.
-¿Y como actor?
-A Michel Simon. Fue mi devoción de muchacho, sigue siéndola hoy. Cuando me inscribí en el Conservatorio, con la nariz rota de Miguel Angel pero sin el genio de Miguel Angel, soñaba con emular la gloria de Simon que entraba a un escenario y el escenario se convertía en una catedral. Habrá actores más grandes, más completos, más geniales, lo sé. Pero Michel Simon tiene una humanidad y una personalidad que, haciendo lo que haga e interpretando el personaje que interprete, emociona a divierte como nadie me ha hecho emocionar y divertir.
-¿Cómo es que me no hizo más teatro, Belmondo?
-Todos los muchachos de mi hornada conocen la historia. A pesar de mi pinta fui uno de los mejores alumnos del Conservatorio. Cuando el examen final, interpretando “las trapacerías de Scapin”, la acogida del público, de mis compañeros y de la crítica, fue unánime. Todos locos de euforia, convencidos de que me asignarían el primer premio de comedia clásica. Me consideraba plebiscitado. ¿Le gusta la palabra? Se la presto. Volvió el jurado con un veredicto escandaloso: los primeros premios fueron adjudicados a desabridas nulidades académicas. No bien se conoció la iniquidad fui alzado en andas, vitoreado y conducido en triunfo. Me costó reponerme. Como un boxeador a quien se despoja de un triunfo rotundamente obtenido. Intervine en algunas combinaciones teatrales hasta que un director ingenuo creyó que mi jeta podía servir para el cine. Pero algún día me daré el gusto de hacer teatro. Exigiré que el público esté con el sombrero puesto en la sala para descubrirse respetuosamente en cada una de mis escenas y luego al final arrojármelos al escenario. Pienso instalarme con una sombrerería…
Y se echa a reír con una risa que alarma a los perros del dueño de casa.
-¿Sabe una cosa? Todos los años el primero de enero, Georges Le Roy, agrega a sus buenos augurios, esta frase: “Eh, Scapin, date prisa, te espero”.
-¿Puedo preguntarle en qué piensa cuando filma una escena de amor?
-En mi cuenta del gas.

Cuando debutó con un breve papel en Dróle de dimanche, de mar Allegret, un crítico suizo que reside en París puso al director, al filme y al elenco como chupa de dómine. Fue una demolición en regla. Belmondo, que soñaba con hacer una carrera en el set, después de no haber logrado señalarse en el escenario, quedó anonadado. Un amigo tuvo que advertirle que la presencia en la crónica de dos líneas que Jean Paul, aturdido por el derrumbe, no había alcanzado a leer. El crítico inexorable se refería a él diciendo textualmente: “Belmondo, una especie de genio”. Belmondo fue a darle las gracias. Se encontró con un tipo agazapado detrás de un par de tremendo anteojos, que contestaba con monosílabos y sonreía a regañadientes. Se llamaba Jean Luc Godard. En 1959 quiso hacer sus experiencia de director y organizó la filmación de A bout de soufle (Sin aliento). Todo el mundo trabajó gratis, menos la actriz –Jean Seberg- y los electricistas. Belmondo también. La película, como todos saben, fue un éxito y una consagración para todos los que intervinieron en ella, sobre todo para Belmondo, que se convirtió en la atracción de “tout Paris”. Le ofrecieron 60.000 francos por la siguiente. Cuatro años más tarde se hacía pagar un millón por su papel en El hombre de Río. Desde entonces gana lo que quiere.
-¿Qué es lo que hace con la plata, Belmondo?, le preguntamos agresivamente.
-Tierra. La convierto en tierra. Compro tierra.
-¿Y los gustos?
-¿Qué gustos?
-No se haga el inocente, Belmondo.
-¿Usted cree por ventura que soy de los que se gastan la plata en los night clubs, mantienen queridas de rumbo o cambian un automóvil por semana como Peter Sellers? No, mi viejo.
-¿Así que todo enterrado?
-Bueno, todo no. Mi mujer se ha comprado una casa en el Mediodía.
-¿Y por qué no en los alrededores de París, como esta de Moguy?
-No sería mía, sino de todo el mundo. Precisamente como esta de Leóndas. Y no es que no me gusten los amigos. Es que hay días en que uno necesita estar absolutamente solo y esto es la cosa más difícil de conseguir si se vive en París o cerca de París. Es como en Tokio. Usted no puede entrar a un café y quedarse allí un minuto solo con su alma. Inmediatamente tendrá una niña que le ofrece compartir su vida.
-No es cierto.
-Bueno, eso me lo contaron.
-Pues yo le cuento que usted puede estar en Tokio, rodeado de diez millones de japoneses y encontrarse tan solo como en el desierto del Neguev a las cinco en punto de la tarde. Las mujeres se le acercarían, primeramente si usted las llama y, segundamente, si quieren acercarse aunque ustedes las llame.
-Le prometo no llamarlas.
-¿Compra cuadros?
-Justamente. Tengo Vlamincks, Bravers, Othon Friesz y estoy en tratos para adquirir un Marc Chagall. ¿Qué le parece?
-Una idea excelente. Le envidio el poder hacerlo.
-Sin embargo Chagall me decepcionó totalmente.
-¿No le gusta su pintura?
-No, no me gustó que me haya confesado que jamás vio una película mía. Maurice Auzel, mi amigo, con quien fuimos a verlo, le dijo: ¿Sabe a quién tiene delante? Uno de los grandes… ¡Belmondo! Y Chagall me preguntó con qué seudónimo boxeaba.
-¿Nunca filmó con Brigitte Bardot?
-Nunca.
-¿Lo siente?
-No. Estoy seguro que durante la proyección todos los ojos estarían fijos en ella.
-¿Cuál es su pareja ideal?
-Jean Seberg. Tiene genio y es una camarada que facilita el trabajo maravillosamente.
-¿Su mujer es celosa?
-No, pero se hace la osa. Y, además, tiene los niños para entretenerse. Por otra parte, le juro por la cabeza de Anthony Perkins, que nunca le doy motivos para estar celosa.

-¿Piensa actuar en Hollywood?
-Difícil, difícil… Debería aprender inglés y hablarlo por lo menos como Chevalier. Necesitaría cerca de veinte años. Después… estar lejos de mi casa, de mis amigos. Y además ¿para qué? ¿Para volver gordo, peinado y escaldado?
Moguy se acerca para invitarnos a pasar al comedor. Dice riendo que jamás hará una película con Belmondo aunque Belmondo se lo pida de rodillas. Belmondo se arrodilla y junta las palmas de las manos en la actitud de un hindú diciendo “namasté”. Moguy no tarda en ceder y le promete cambiar de actitud siempre que Belmondo se resigne a renunciar a su “cachet”.
-Con usted no sólo no cobraría sino que pagaría encima, siempre que encontráramos un buen director…
Belmondo lo dice con una gravedad cómica digna del Jouvet de “Knock” y Moguy se ríe como una criatura. Sus camaradas de piscina corean al dueño de casa.
Minutos más tarde nos enteramos que Belmondo acaba de ser elegido por aclamación presidente del Sindicato de Actores de Francia. El presidente más joven de todos los tiempos.
Ya en la mesa Jean Paul tomó de su cestillo de fruta colocado frente a él una manzana y empezó a comérsela a grandes mordiscos. Después terminó con el cestillo.
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