Los años, apuntes sobre el cine de Ozu: 1929 bis, por Marcos Rodríguez

Pequeño intermedio antes de encarar el tramo final de este proyecto.

Antes de empezar con estos apuntes, busqué reunir todas las películas de Yasujiro Ozu a las que fuera posible tener acceso. Por suerte, para 2026 la digitalización está tan avanzada que se puede acceder a muchísimo material que, hasta no hace mucho tiempo, si uno hubiera querido ver, prácticamente habría tenido que irse a Tokio. Ya no. Pero incluso con la gran cantidad de películas que pude reunir y que todavía me falta recorrer, siempre hay un problema cuando uno intenta ver material japonés de antes de la guerra: muchísimas películas se perdieron. Después de buscar por distintas fuentes y de consultar información, estas páginas comenzaron con Me gradué, pero…, un largometraje de 1929 del que se conservan solo unos pocos minutos pero que era, hasta donde tenía entendido, el primer material filmado por Ozu que se conservaba.

Mientras estaba dedicado a este recorrido, a través del amigo Vieytes me llegó más material de Ozu: casi todas las películas ya las conocía y las tenía listas para ver, pero entre los archivos encontré de pronto dos que, se suponía, estaban perdidas para la historia del cine. Se trataba, además, de dos películas de 1929, anteriores a Me gradué, pero… Es decir, nuevo primer material para este recorrido.

Como en parte este proyecto se trata también de recorrer la filmografía de Ozu como si fuera un camino, y no solo de visitar cada una de las películas, si bien la escritura digital me hubiera permitido calzar estas dos primeras películas como quien no quiere la cosa, y acá no pasó nada, me pareció mejor, o por lo menos más honesto, hacer una pausa para incluir lo que había quedado afuera. Ya no podría escribir sobre el primer Ozu como si no hubiera hecho todo este trecho ya.

Acá va, entonces, un breve regreso a 1929, el primer material que se conserva de Yasujiro Ozu. ¿Quién sabe si no aparecerá, más adelante, algo nuevo para ver?

Days of Youth, 1929

Días de juventud

No solo esta película apareció de forma inesperada sino que resulta que, contra toda expectativa, este largometraje de una hora cuarenta se conserva completo, en una copia no solo restaurada sino que se ve con una calidad mucho mejor que algunas de sus películas posteriores.

Se trata de una comedia de estudiantes, de esas que tanto filmaba Ozu en su primera etapa. No es posible, como decía, ver esta película como si no hubiera visto ya lo que vino después: no pensar, por ejemplo, en las otras películas de estudiantes que filmó Ozu, en particular en Reprobé, pero…, que bien podría pensarse como una secuela de esta, en esos juegos a los que Ozu va a acostumbrarnos a lo largo de los años.

Días de juventud está protagonizada, o coprotagonizada, por Tatsuo Saito, el actor más recurrente de la primera etapa de Ozu, protagonista también de Reprobé, pero… Como pasó con Una gallina al viento y Había un padre, podríamos inventar acá también una continuidad que el personaje no necesariamente tiene: el estudiante Shuichi de Días de juventud, con todas sus aventuras, sus exámenes reprobados, sus males de amores, bien podría ser el mismo estudiante que intenta y no logra graduarse en Reprobé, pero… Un detalle para sostener esta teoría sin sustento: cuando Shuichi sale de rendir su examen en la universidad en Días de juventud, el frente del edificio por el que sale es exactamente el mismo que vamos a ver varias veces al año siguiente en Reprobé, pero… Misma entrada, mismas escaleras, misma calle en la que se cruzan los estudiantes. Podrían ser, digamos, una historia de un año y otra, del año siguiente.

Esta asociación con Reprobé, pero…, sin embargo, no juega a favor de Días de juventud: filmada apenas un año después (más probablemente, apenas algunos meses después), Reprobé, pero… cuenta con una gama de recursos cómicos mucho más amplia y mucho más lograda, como si el ejercicio de esos meses y esas películas en el medio le hubiera dado a Ozu la experiencia, o tal vez la seguridad, para elaborar más o mejor sus elementos cómicos. No es fácil olvidar, por ejemplo, las caminatas sincronizadas de los compañeros al salir de la universidad, o las elaboradas tretas para copiarse en los exámenes, la melancolía temprana de esos chicos lanzados al mundo adulto, y hasta un manejo mucho más interesante de la puesta en escena. En cambio, Días de juventud es mucho más básica: muestra apenas lo que tiene para contar, no elabora con la puesta en escena, casi no se desvía por lo gratuito. Cuando busca ser graciosa, lo hace a través de lo que hacen los personajes, nunca a través de la forma en que se lo muestra. Es en parte el encanto de ver estas primeras películas: poder presenciar de forma directa cómo Ozu fue desarrollando, mejorando y puliendo su manera de filmar. Días de juventud es (casi) su primera película, probablemente tenía una libertad mucho menor y, sobre todo, tenía menos ideas para aplicar.

De todas formas, esto no quiere decir que Días de juventud carezca de su propio encanto: no es así. Es una película ligera, preciosa, con un guion bastante ajustado (excepto cuando entramos en el tramo de montaña), con semillas de ideas que ya huelen a lo que va a venir después, si bien también es cierto que hay algo muy genérico todavía en la forma en que está filmada. Casi todo lo que logra, lo logra gracias al trabajo de sus actores. Hay, tal vez, dos ideas interesantes en la película: una de guion, una de puesta en escena.

La película empieza con un hombre que está caminando por una calle de Tokio y de pronto ve pegado, en una ventana, un cartel que dice que se alquila habitación. El hombre entra para averiguar, pero cuando sube se encuentra con un chico: este le dice que se acaba de mudar esta mañana, y saca el cartel de la ventana de papel. Pronto nos enteramos de la verdad: el cartel lo pegó el propio estudiante, como una especie de trampa para atraer chicas. Cuando, poco después, aparece una que le gusta, se ve obligado a decirle que esa noche misma se va de la habitación y que ella puede mudarse: sale de la casa con todas sus cosas sin tener adónde ir. Al final, cuando la aventura amorosa con Chieko resulta en la nada, le cuenta a su amigo de su truco de la habitación y, entre los dos, cuelgan un nuevo cartel con la esperanza de encontrar un nuevo amor.

La segunda idea es pura puesta en escena: mirando por la ventana de su habitación en Tokio, los dos amigos están pensando en su futuro viaje a la montaña para esquiar. Cada vez que miran (entonces, y de vuelta al final), Ozu muestra una serie de planos, siempre repetida, que deja ver cómo el humo de las chimeneas industriales, y las veletas que asoman, giran cuando sopla sobre la ciudad el viento del oeste (de la montaña). Ese gesto repetido de la puesta en escena (el humo tirando siempre para el mismo lado, la secuencia de chimeneas y veletas repetidas en el mismo orden) se va cargando de sentido: primero la expectativa por el futuro viaje y, en él, el encuentro con Chieko; más adelante, la angustia porque ese futuro encuentro parece que no va a poder ser; después, el recuerdo de aquella expectativa que no condujo a nada. Es, si se quiere, una semilla del trabajo que hará más adelante Ozu sobre el tema de la frustración, y se construye exclusivamente a través de la puesta en escena.

Resulta muy lindo, ahora que ya tenemos todo este camino recorrido, ver en Días de juventud a una buena parte de la tropa de actores con los que Ozu va a trabajar de nuevo y que, en una u otra película, pasan al frente y demuestran todo su talento. Es así que encontramos, por supuesto, a Chishu Ryu, que hace de compañero de los muchachos, y además como esta copia se ve tan bien, podemos verle la cara y toda su juventud realmente lozana. Pero encontramos también, por ejemplo, a Shinichi Himori, que va a interpretar al hijo de El hijo único; a Choko Iida, que hace de la tía de Chieko y aparece tal vez en cuatro planos; a Takeshi Sakamoto, que hace de uno de los profesores de la universidad y apenas si pasa frente a cámara; además de, por supuesto, el propio Saito, con el que Ozu seguirá trabajando hasta 1950.

También tenemos en Días de juventud, como pasaba en las primeras películas de Ozu que vimos, un poster de cine gigante pegado en la habitación del protagonista: evidentemente, había algo de modernidad y de juventud en ese gesto. En este caso, se trata de un poster de El séptimo cielo, el glorioso melodrama de Frank Borzage. No resulta tan claro, sin embargo, que esa película en particular funcione como referencia para esta: costaría un poco trazar puntos de unión entre ese melo de guerra y esta comedia de estudiantes, y probablemente sería rizar demasiado el rizo de la interpretación. En cambio, el poster tiene una función narrativa. Primero, como chiste: cuando los dos estudiantes están deprimidos porque parece que al final ninguno va a poder ir a la montaña, porque no tienen plata, de pronto el protagonista tiene una idea: empieza a juntar libros y chucherías de sus estantes y dice “Me voy al séptimo cielo”. Inmediatamente, un intertítulo dice: “Cuando habla del “séptimo cielo”, se refiere a…” y por corte pasamos a una casa de empeños. Más adelante, cuando a los jóvenes los agarra la melancolía de no poder ver a su chica, el protagonista se queda mirando el póster un momento: la imagen es la de un hombre y una mujer bien pegaditos, a punto de darse un beso. La función del póster, entonces, no sería la de una referencia sino, por el contrario, la de un signo que dice lo que dice su superficie: vale en cuanto imagen, en su relación con las demás imágenes de esta película. Es probable que haya algo de eso en todos los pósters que incluyó Ozu en sus películas.

Dos detalles más antes de dejar atrás esta que debería haber sido nuestra primera película de Ozu. Primero, la cuestión geográfica: Días de juventud empieza con una serie de travellings laterales de derecha a izquierda, que van desde un plano general por sobre la ciudad, a un plano medio sobre un campo de béisbol, y después a una esquina cualquiera. Una placa dice: “Noroeste de Tokio”. Por un lado, resulta muy lindo poder ver, en esta primera película, esa presentación de una ciudad que Ozu va a recorrer tanto en su cine, pero siempre casi exclusivamente a pie. En cambio, en esta película, la vemos de arriba, en una introducción bastante clásica pero no por eso menos efectiva. Y si bien la mayor parte de la película transcurre en Tokio, en esta ciudad moderna pero a la vez todavía atravesada por construcciones tradicionales, la segunda parte está ambientada en las montañas a las que los estudiantes van para esquiar: es la porción de comedia más física (el personaje de Tatsuo dice que es un gran esquiador para impresionar a Chieko, pero en realidad no sabe esquiar y cada vez que se sube a los esquíes se cae) y también el tramo en el que la pelea de los dos amigos por la misma chica se vuelve frontal. Tenemos golpes y puñaladas por la espalda. Esta primera película de Ozu, entonces, presenta el Tokio que tanto vamos a recorrer, pero también tiene toda la emoción y el humor del paseo. No debe haber sido nada fácil filmar entre tanta nieve en 1929: tal vez, después de esto, Ozu ya no quiso saber más nada con dejar el estudio.

Segundo detalle: en parte relacionado con la cuestión del esquí, pero en realidad no exclusivamente, lo que llama la atención de Días de juventud, sobre todo teniendo en cuenta que sabemos que el que dirigió todo esto fue Yasujiro Ozu, es lo mucho que se mueve la cámara. Por supuesto, no es nada comparado con lo que haría el cine moderno, pero si tenemos en cuenta la época, los equipos con los que se filmaba, la precariedad que debe haber tenido una producción en la montaña, y lo poco que le gustaba al Ozu maduro mover la cámara, no puede menos que llamar la atención, por ejemplo, la cantidad de planos subjetivos de personajes esquinando, incluyendo caídas y choques contra postes. O cómo mueve la cámara para presentar los viajes en tren: con paneos sobre el movimiento de las vías, articulado con montajes desde afuera, en una planificación muy detallada.

Este primer Ozu, es importante recordarlo, se preocupaba sobre todo por encontrar los recursos que mejor dijeran lo que tenía que decir. Si eso era, por ejemplo, que el personaje de Tatsuo está tratando de impresionar a la chica frente a su rival pero, en cambio, termina tirado entre la nieve, encontró la forma de subir su cámara a unos esquíes y hacerla rodar de costado.

Fighting Friends, 1929

Amigos que pelean

Corto de catorce minutos, su principal atributo es casi ninguno. Es posible, aunque no encontré información concreta, que el corto no esté completo, sobre todo porque hay una sección importante de la trama que nunca vemos y que un intertítulo simplemente repone: la historia de amor de Omitsu con un estudiante del barrio. O falta una parte o esta película está muy mal contada: conociendo a Ozu, lo primero parece lo más probable. Tal vez había más Amigos que pelean por ver, no queda claro que esa parte haya sido mucho más interesante, de cualquier forma. El guion está firmado por Kogo Noda, que ya con Primavera tardía (1949) empieza su gran tirón de colaboraciones clásicas con Ozu, pero en realidad empezó a filmar con él también al principio de todo.

Filmada al parecer después que Días de juventud, Amigo que pelean no tiene siquiera las bondades de puesta en escena que tenía aquella, tal vez porque esta era evidentemente una producción más chica y con bastantes menos aspiraciones. Ozu se limita a plantar la cámara frente a sus actores, que hacen las morisquetas de turno, en línea con la comedia muda de la época, pero sin particular talento. No se trata en este caso, tampoco, de actores con los que volverá a trabajar mucho Ozu: uno de los amigos que pelean va a ser después el amigo del protagonista Kenji en Caminá alegremente; Omitsu, la chica en discordia, va a interpretar varios años después a la esposa en El hijo único. No mucho más.

Lo que puede resultar curioso es que el argumento de Amigos que pelean remite directamente a Enamoramiento pasajero: dos amigos pobretones que un día se encuentran en la calle con una chica caída en desgracia, a la que deciden ayudar por compasión. En Enamoramiento… la ayuda venía por encontrarle un lugar donde dormir y un trabajo en la taberna del barrio, acá directamente la meten en la casucha donde viven los dos y ella empieza a funcionar casi como una Blancanieves que les cocina y les limpia. Pero, claro, ni los dos amigos juntos suman un Kihachi, ni tenemos un hijo en el medio, ni tampoco se plantea la idea del sacrificio de un amigo por el bien del otro. Como bien dice el título, acá tenemos amigos que pelean. Sin todos los otros elementos con los que trabaja Ozu en Enamoramiento…, los puntos en común tienen que ver con dos o tres ideas argumentales básicas y poco más, pero no se puede negar que cuando en 1933 Ozu filmó su primer Kihachi, básicamente le robó la idea a Noda, aunque hizo con ella algo completamente diferente.

Una idea interesante que trabaja el corto es que, si bien los dos amigos se enfrentan por el interés de su nueva compañera de habitación, en realidad casi no los vemos pelearse por ella y, en cambio, de pronto se agarran a las trompadas en el trabajo. La primera parte del corto se dedica a mostrar lo buenos amigos que son estos dos amigos que viven juntos: comparten la comida, comparten cigarrillos. Cuando aparece esta chica, y sobre todo una vez que ella se lava un poco y pueden verle la cara, nace la discordia. Pero, como dijimos, la tensión termina por estallar en cualquier lado: mientras están levantando fardos en un galpón y ella ni siquiera está presente.

Esa escena de la pelea, por otra parte, da pie para el que tal vez sea el mejor chiste de la película: cuando los demás compañeros ven que los dos amigos se están dando piñas, corren para intervenir y separarlos. Entonces, aparece el capataz, que los mira muy serios. Uno esperaría que los amoneste o incluso que los despida, pero en cambio dice: “Las peleas son sagradas, déjenlos”. Así que los sueltan y vuelven las trompadas.

Mientras los amigos se pelean (y esta es la parte que no vemos), Omitsu finalmente se termina por enamorar de un tercero que no sabemos muy bien de dónde sale, pero con el cual al final se va en tren hacia alguna parte. Los amigos los acompañan hasta la estación y, cuando parte el tren, van corriendo con su camión junto a las vías para saludarlos. La película termina con esa nota de alegría para todos.

Probablemente lo más interesante de Amigos que pelean sea que al retratar esta amistad, tal como indica el título, Ozu decida poner el énfasis en el conflicto y no en el idilio: la reconciliación final, por ejemplo, no suena forzada porque ese vínculo incluye la pelea y la excede. La amistad va más allá de eso.

Deja un comentario