Olga Zubarry (3): colla, paragua, pequebú, por José Miccio

En 1959, en el que puede ser considerado su debut en un cine de explícita aspiración autoral, Olga Zubarry interpreta para Fernando Ayala a la protagonista de El candidato, una película sobre la actividad política conservadora a comienzos de los años cincuenta y, por lo tanto, una película de hombres. Esposa de Duilio Marzio, nuera de Alberto Candeau, cuñada de Alfredo Alcón, huérfana de vida propia, su Isabel es una de las mujeres con menos iniciativa de toda su carrera, por lo que no es extraño que, aun cuando su nombre encabece el elenco, la historia la mantenga siempre en segundo plano.

Distinto es lo que sucede en otra película del mismo año y en una del año anterior, lejanas ambas de la Buenos Aires de El candidato, la pretensión de autoría y la marginación dramática de la actriz: La sangre y la semilla, dirigida por Alberto Du Bois, y Los dioses ajenos, segunda colaboración con Viñoly Barreto. En esta última, situada en Jujuy, y a diferencia de lo que sucede en la también norteña Marianela, que insiste en señalar su carácter silvestre, Zubarry es una maestra llena de ideas y convicciones. La piel cobriza (collaface) y la manta que usa en los hombros la integran convencionalmente a Tilcara, una operación similar a la que realiza Waldo de los Ríos con la música, que recurre a motivos e instrumentos fácilmente identificables como propios del ámbito cultural en el que se desarrolla la historia sin ahondar en ellos. Dos ceremonias -un casamiento, un entierro- completan la ficción antropológica. Todo es ilustrativo, listo para la búsqueda de una cita de Said.

De todos modos, el exotismo se acomoda bien al punto de vista: llegamos, permanecemos y nos retiramos de Tilcara junto a un arqueólogo porteño que viaja por cuestiones de trabajo. En largos diálogos sostenidos casi siempre en escenarios reales, lo que permite elaborar el paisaje (montes, cactus, ranchos, pircas), Zubarry le presenta razones contrarias a su sentido común urbano e ilustrado, y por su intermediación, nos las presenta a nosotros. Somos sus alumnos más que los changos, a los que nunca vemos en el aula. El arqueólogo dice los lugares comunes de la civilización tal como la entiende un hombre educado en una ciudad de aspiraciones europeas y con una bibliografía poco sensible a las temporalidades múltiples y las aporías de conceptos como evolución, progreso y desarrollo. La maestra, que nació en Tilcara, estudió en Buenos Aires y regresó a su tierra, y que si bien viste al estilo colla no toma chicha sino té inglés y tiene en su casa, reunidos, un charango y una biblioteca con autores occidentales, un par de sikus y una vajilla de estilo, es un sujeto transcultural que sabe bien quienes son los suyos, a los que defiende de la burocracia estatal y del punto de vista del porteño. En uno de los tantos parlamentos afirmativos, le dice: “Ustedes llaman salvaje a todo lo que tiene una raíz indígena, con esa excusa intentaron ahogar una civilización milenaria”.

La sangre y la semilla, escrita por Augusto Roa Bastos, transcurre en Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza. Zubarry, de largas trenzas morochas y piel otra vez oscurecida, es Panchita, la esposa de un militar que muere intentando demorar al ejército argentino. “Salva a nuestro hijo”, le dice, convenciéndola para que abandone el pueblo junto a los demás. “Si caigo, tu vientre vencerá y no habré muerto del todo”. La ropa negra y la constante asociación con imágenes religiosas (cruces, cuadros, iglesia), la presentan como a la espera de ser pintada por Zurbarán. Tiene algo de santa. “Los vivos tenemos que cuidar de los vivos”, le dice al soldado herido al que ayuda a recuperarse y con el que sobrevive junto a su hijo en el pueblo vacío. Pero eso no implica, como podría pensarse, que los muertos deban enterrar a sus muertos. Por el contrario, la historia la muestra como la guardiana del vínculo entre unos y otros. Es la que asegura la vida de los vivos y la vida de los muertos. La síntesis de sangre y semilla. El sistema de producción de lo exótico es el mismo que en Los dioses ajenos: un marco general que recurre a formas ya establecidas y un puñado de notas de color (entre las que se cuentan palabras en guaraní en boca de la propia Zubarry) que lo hacen variar sin conmoverlo.

El liderazgo y la iniciativa de estos dos personajes contradice el conservadurismo y la falta de decisión que muestra Isabel en la película de Ayala. Si en Los dioses ajenos la maestra le dice al arqueólogo: “Lo que usted parece ignorar es que se puede ser mujer vistiendo un traje lujoso a la hora del copetín en Buenos Aires y también puede serlo quien viste un guardapolvo blanco para enseñar a los changuitos”, en El candidato la esposa-nuera-cuñada solo aspira al traje que rechaza la maestra.

El contraste cifra la variedad de personajes que interpretó la actriz. Chica bien en Valentina, burguesa en El ángel desnudo y Mercado negro, jovencita de clase media en El honorable inquilino, inquilina de pensión en La muerte camina en la lluvia, bailarina de cabaret en El extraño caso del hombre y la bestia, criada informal en Marianela, Zubarry cubrió todo el espectro social. En Los pulpos quiere ascender en pos de una vida de placeres. En El candidato en pos de una vida de señora. En Los pulpos es el vampiro: toma al hombre, lo somete, le quita la energía, lo mata (por algo es empleada de una peletería). En El candidato es la quejosa: que la ropa es poca, que el lugar es chico. Los problemas que enfrentan ella y su esposo en la película de Ayala derivan de la falta de comodidad y el poco tiempo que comparten. Los valores que los mueven son los mismos. Una casa amplia y bien decorada, viajes, “un autazo” y muchos camisones, porque es inaceptable que tenga que usar siempre el mismo, desde hace ya cinco años. La frivolidad de Zubarry se opone a la convicción del suegro, que por mantenerse digno renunció una vez a su banca como diputado y perdió posición y seguridad económica, a tal punto que apenas se prenden luces en la casa y la esposa organiza veladas de canasta en las que, para rescatar unos pesos, reduce los sánguches y rebaja el whisky.

El conflicto que estructura El candidato es el modo de comprender la política. El padre la entiende como arte. El hijo que impulsa su retorno quince años después de la renuncia la entiende como negocio. Dicho con el lenguaje del primero: existe la política con mayúscula y existe la politiquita, que es la que a sus espaldas vuelve a ponerlo en primer plano. Así, el candidato convencido de su entereza termina como títere de un poder en las sombras. Ayala y David Viñas, su coguionista, abren y cierran la historia con manifestaciones en la calle, pero sus criterios son los mismos de El jefe, su colaboración anterior: una visión del poder como artesanía palaciega y del pueblo como objeto de manipulación. La política realmente existente es la red de armadores, contactos y punteros que existe entre el candidato y los votantes. Lo demás es la soledad de los justos y la necesidad de los postergados. Un viejo que, autorizado por su propia conducta, habla de honestidad y entereza y un pueblo que da sus votos a cambio de atenciones básicas. En una escena, los jefes de campaña hablan con un hombre para influir en el barrio pobre (el Bajo). Este, que está en el hipódromo probando un caballo, les dice que con empanadas ya no alcanza, que hay que repartir maquinistas de afeitar y cosas por el estilo. También les dice que estén tranquilos, que tiene a todos en sus manos. Por sobreimpresión pasamos entonces de su gesto haciendo montoncito a la gente del Bajo. Que finalmente el partido para el que este hombre trabaja pierda no niega el montaje sino el alcance y la efectividad de la mano; del otro lado repartieron colchones y ganaron los votos que definieron la elección.

Como permite entender el párrafo anterior, que no la nombra, el único papel que cumple Zubarry en todo esto es haberle hecho saber al esposo que no soporta la vida que tiene. Ser la mujer que es, frívola e interesada. La película, que incluye un comentario acerca de la novedad del foto femenino, la condena al drama íntimo. Apenas si tiene escenas en el exterior. Una, que sigue a la aceptación de la candidatura por parte del suegro, en la que compra un vestido porque ahora tiene crédito. Otra en el departamento que el marido consigue desviando fondos de campaña. Su lugar es la casa. En ella se manifiestan sus conflictos: la poca conexión con su esposo, empeñado en resolverla con el éxito político; la atracción por su cuñado, que comparte profesión e ideales con el padre, y su propia falta de autonomía.

En El extraño caso del hombre y la bestia, una película en la que los títulos la presentan como “estrella” y tiene también un papel menor, Zubarry aparece por primera vez en una foto que la muestra ojerosa y pálida y después, en persona, con el pelo largo y lacio, suéter, tapado oscuro y un gesto contrario a cualquier inocencia, sea esta real como en El ángel desnudo o falsa como en Los pulpos. Es una Olga existencialista, mejor de salud que en la foto pero igual de angustiada, segura de que hay algo malo en ella, algo que hace que la vida le pese y la lleva a descansar en vicios que le permiten olvidar, porque “lo demás es un asco”. Su personaje en El candidato solo sabe desear ese asco. Podría irse de la casa y la ciudad (“Buenos Aires es inaguantable”, dice) pero se queda. Podría empezar una vida con el hombre que termina su carrera y piensa salir del ámbito social en el que se educó (“Ne me interesa ser médico de señoras”), pero permanece con el hombre que naufraga en proyectos sin destino. Es lógico. La inquietud que muestra en diferentes momentos se cura con un vestido.

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