Hay una aspereza, un desafío en esta película de Joao Pedro Rodrigues y Joao Rui Guerra da Mata. Habría que recurrir a muchas frases hechas y muchas palabras difíciles para enmascarar una experiencia básica de cualquiera que quiera acercarse a Onde fica esta rua?: incluso si uno ha visto Os verdes anos, esa obra maestra de Paulo Rocha (uno de esos directores que, al parecer, solo filmaron obras maestras), pieza inaugural del Nuevo Cine Portugués de 1963, incluso si tiene frescos en la memoria los planos que la componen, incluso así es probable que la mayor parte del tiempo se encuentre frente a las imágenes que componen Onde fica esta rua? sin terminar de entender del todo qué se supone que está viendo. No hay casi coordenadas y no hay una guía: la película propone sus propias exploraciones.
En algún punto, la relación con Os verdes anos, eso que se escribe fácil en catálogos y sinopsis, es más una distracción que una verdadera clave. Los propios directores plantean ese diálogo: no solo porque salen a filmar hoy muchos de los espacios donde se filmó aquella película hace 60 años, no solo porque incorporan a la propia Isabel Ruth (todavía cargada de fotogenia la señora) para que pasee e incluso cante (cosa que no hacía en aquella película inaugural), sino porque la voz en off (¿de Rodrigues? ¿de Guerra da Mata?) lo dice: desde esta ventana donde vivo se ve uno de los escenarios donde se filmó una escena de la película. Hay carátulas de guion, hay algún plano perdido, hay claquetas robadas. No son muchas marcas, no alcanzan para trazar un sendero de lectura, pero en una película tan vacía de indicaciones, marcan la experiencia.


Evidentemente, es cierto que quien tenga un conocimiento (fresco) de la película de Rocha va a encontrar más resonancias en los planos de Onde fica… que quien nunca la haya visto. Volver a visitar esos espacios tiene más sentidos si sobre estos planos que vemos podemos superponer aquellos que filmó Rocha, cuando la ciudad era otra. Pero el cine es un arte escurridizo y ambivalente, ni siquiera al volver a filmar de forma precisa los exactos mismos planos que filmó Rocha en los exactos mismos lugares, vamos a encontrar lo mismo. La película tampoco busca eso: lejos de un homenaje (excepto por su plano final), lo que propone es una exploración. Esa exploración (con sus tiempos, con sus repeticiones, con sus movimientos) es la que permite encontrar cosas nuevas incluso donde ya habíamos estado, ver las capas que se apilan en cada rincón (y en cada rincón de cada rincón, como en una cochera de edificio sesentoso). Onde fica… es una película nueva, no solo porque no depende de Os verdes anos, sino sobre todo porque propone algo nuevo.
Mucho más que una película sobre Os anos verdes, Onde fica… es una película sobre Lisboa. Esa Lisboa de hoy incluye encuentros furtivos, incluye la pandemia de COVID-19, incluye pasos de comedia, incluye manos cercenadas sobre el pasto, perros, pastelerías, señoras, picaportes, ventanas, Isabel Ruth y Joao Pedro Rodrigues y Joao Rui Guerra da Mata, incluye el mar y las plazas y los parques, e incluye también la memoria de Os anos verdes. Incluye bares. Incluye árboles. No incluye demasiada gente, probablemente porque se filmó durante la pandemia. La Lisboa de Onde fica… no tiene mapa u orden, no tiene flujo ni cotidianeidad. Tiene espacios y materia. La Lisboa de Onde fica… tiene una obsesión por el movimiento: el movimiento de la cámara y el movimiento de las personas, al punto de que se la podría describir (de forma mucho más precisa que como un homenaje a Os anos verdes) como un catálogo de travellings y de gente en movimiento: patines, patinetas, motos, bicis, monopatines, onewheels, autos, cochecitos, tranvías, trenes, ferrys, subtes, ascensores. Todos siempre están llegando o pasando y, sin embargo, los espacios están siempre vacíos. No hay acción posible. No hay narración posible.

La música de Severine Ballon carga de encanto los planos ya de por sí encantadores (filmados en 16 mm, ese último bastión de la textura y la materia) y cada espacio cobra un sentido propio. La exploración, la atención, la dedicación puesta en cada pequeño rincón de Lisboa que la película decide filmar (desde una cochera, casi la protagonista de la película, pasando por un parque, una oficina tapada de expedientes, una confitería o el hall de entrada de un edificio) absorben hasta tal punto la película que la verdadera tensión y narración de Onde fica… la ocupa un procedimiento formal: el movimiento de cámara. Una y otra vez lo vemos, no en cada espacio pero en casi todos. No se trata de una cámara etérea o de una corrección casual (desprolijidades que también tienen su encanto): no, todo es preciso en esta película en la que la cámara de 16 mm se mueve casi exclusivamente con un fluir parejo, perfecto y calculado (carrito, no cámara en mano) que no puede dejar margen a la duda: la cámara se mueve por una decisión. Y la decisión parece ser siempre la de pasar de un encuadre precioso a otro encuadre igualmente precioso pero diferente. Un punto de vista y otro. Una composición precisa y otra posible, que cubre casi la misma perspectiva pero no. El ejercicio de esta película es el de encontrar los múltiples puntos de vista. Sobre la luz, sobre la ciudad, sobre el pasto, sobre una pared lisa, sobre una mesa roja, sobre la corteza de unos eucaliptos, sobre Isabel Ruth, sobre el tiempo.
El que busque nostalgia (marca registrada portuguesa) y emoción, va a encontrar más bien poco. Hay muchas sillas. También hay momentos bellísimos. Y hay otras cosas. Sobre todo, lo que hay es cine.

