Amor constante: La vida a oscuras, por Marcos Vieytes

Lo queremos, lo respetamos y lo admiramos

Un espectador

“Si uno ama algo, mejor que no se termine nunca”, dice la voz del guardián de las películas. No se trata de un vigilante sino de un cuidador. El tipo -digno de Wimpi- que colecciona, repara, cura y proyecta películas para todos. El tipo de barba y pelo más o menos revueltos según la época en que haya sido filmado. De un plano a otro pueden haber pasado semanas, meses o años. Puede tener más o menos rollos, pero no hay regla de continuidad transgredida que altere los cuidados intensivos que el tipo le dedica a lo que hace. Porque el amor de Peña a las películas no es un amor sospechosamente declamado sino tarea de todos los días, muy probablemente a toda hora y a cada minuto. Su silueta recortada en el marco de la puerta de la sala de proyección está atenta a la pantalla tanto como a la cabina, a las personas de cuerpo presente en el auditorio tanto como a las presencias invocadas en el fílmico. El tipo cuida que la película no se dañe pero no lo hace nunca pagando el costo de mantenerlas vírgenes. Si hasta organiza periódicamente proyecciones para velarlas, funciones en que todos asistimos a la última pasada de una copia, fiesta comunitaria, despedida triunfante. Todas las películas merecen ir al cielo porque todas pueden llevarnos al infinito y más allá.

El amor de Peña es encuentro alborozado con latas que nadie frecuenta salvo las cucarachas. A menudo porque sus anteriores dueños, que las atesoraron como pudieron a través de los años, han muerto. El amor de Peña se manifiesta en miles de latas salvadas de volquetes. El amor de Bellande prolonga el de Peña filmando las latas que no recibirán la gracia de la salvación, pero nos regalarán el último destello que el rebote de la luz natural agita en un fotograma que vaya a saber por voluntad de quien se ilumina en vez de otro por última vez. El amor de Peña es parco, constante, contante y sonante (depende únicamente de sus sueldos y de la cotización del dólar, no gana lo suficiente para pagarle a empleados). Varias veces me quedé con ganas de hablarle las primeras veces que lo conocí, mientras él proyectaba las películas que acompañaban la presentación de libros que había accedido a difundir sin siquiera conocernos. Varias veces me pregunté por qué parecía tan serio. La película de Bellande materializa la obvia respuesta: al margen del carácter, que también es forjado por tareas específicas, mientras está proyectando Peña reparte su atención –su cuidado, su amor- entre las películas y las personas. Gracias a él nosotros estábamos ahí y hasta podíamos distraernos sin riesgo.

Peña habla poco, camina mucho, carga y descarga, sube y baja escaleras, teclea con un solo dedo a una velocidad prodigiosa, revisa, edita, mira. La soledad de Peña es una soledad no sólo rodeada de imágenes y de sonidos latentes. Es una soledad repleta de tareas. ¿Se emociona Peña mirando películas? ¿En qué signos externos se cifra su emoción? Peña no descansa para que nosotros podamos dejarnos arrebatar por dos horas de sueños o dormirnos en la butaca de una sala compartida. Le quita horas a su sueño como el atalaya a la noche para proteger la ciudad cinéfila desde lo alto de la matancera Torre Fabiano. Peña siempre está en su puesto, sereno de la noche estrellada con garbo, despierto y alerta. Peña peñón, Peña peñasco, último escollo contra las mareas del tiempo y el vacío institucional, contra “la antipática imagen digital”, esa que no se toca. “No se trata de fetichismo. Se trata de la posibilidad de apreciar algo que tiene otras cualidades”. Lo que hace Peña no tiene precio.  

La vida a oscuras de Bellande registra el fin de Cinecolor, último laboratorio argentino –y probablemente de América del Sur- en cerrar, tanto como los sagrados colores del vitral de la antigua casa de Octavio Fabiano, maestro y amigo de Peña, que derrama su claridad sobre latas, discos, libros, casetes, proyectores, papeles y moviolas. Por seguidora y por fiel, La vida a oscuras de Bellande es tan discreta, segura y tenaz como la de Peña. Toca lo que mira con su mismo cuidado artesanal y uno entonces sabe, porque siente, que algo de todo esto quedará físicamente impreso vaya a saber en qué inasible dimensión del universo. La vida a oscuras de Bellande revela el trabajo cotidiano de Peña, transfigura las partículas de polvo que bailan en el aire en polvo de estrellas, volandero polvo de taller en funcionamiento, de re-creación. “Su cuerpo dejará, no su cuidado; / serán ceniza mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado.” La vida a oscuras de Bellande filma el amor constante de Peña más allá de la muerte. En una de las grandes películas de Armando Bo un personaje habla de poesía en la playa con la Coca Sarli y ella le dice que “la poesía es un olor a esto”. Es sabido que Peña huele periódicamente el fílmico para evitar la descomposición de las copias y prolongar su existencia. La vida a oscuras de Bellande huele a Cine.

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