Anteojos en la frente, sobre «Reptile», por Marcos Rodríguez

Resulta que cada vez me interesa menos descubrir grandes películas, de esas fulgurantes que te queman el seso. No sé por qué. Es posible que sean los años, claro. Es posible que, más que los años, sea la experiencia que traen esos años: cuando uno ya ha visto las películas fundamentales, ya frecuentó a los grandes directores, ya atravesó las obsesiones de rigor y las personales, es posible que no queden tantas obras maestras por descubrir, o que sea más difícil encontrarlas. No es una cuestión de resignación: el cine sigue vivo y todavía hay mucho por descubrir, me refiero a otra cosa.

Mientras veía Reptile, en ningún momento sospeché que podría encontrarme frente a una película importante. Dicho esto en el mejor de los sentidos. La trama policial fluye muy bien: hay un inicio con tensión, mucha construcción de ambiente, personajes cuidadosamente cincelados, hay giros de trama, sospechas falsas. No le falta nada de lo que se le podría pedir a una película así, ni siquiera grandes estrellas, aunque hay que decir que el elenco completo está un poco pasadito de sus mejores años. Mejor así.

Ahora que ya terminé la película, y para no extender el suspenso más de lo necesario, puedo confirmarlo: no, Reptile no es una obra maestra ni mucho menos. Podemos decir, en su defensa, que es una pieza de artesanía bien hecha, lo cual no es poco. En cambio, creo que tiene algo que es mucho más interesante.

Ya fuera de la película, mi mente volvía una y otra vez a Reptile, no sé del todo por qué. Un amigo, que me la había recomendado, dijo que tenía un tono como de policial de los ’70. Puede ser, hay algo muy concreto y muy material en esta película que es, según entiendo, el primer largo de ficción de un tal Grant Singer, sobre todo en lo que tiene que ver con los espacios y la forma en la que los personajes se mueven por ellos. Otro amigo, que también me la había recomendado, dijo que había algo especial en la química entre Benicio del Toro (el protagonista) y Alicia Silverstone (su esposa). Es muy cierto: hay algo en los roces y vínculos de todos los actores que le dan una solidez y una naturalidad a la película que va mucho más allá de su trama y sus nudos argumentales.

Un detalle se me quedó grabado: promediando la segunda mitad, cuando la primera resolución del crimen empieza a quebrarse y Benicio encara una investigación paralela a través de datos nuevos que surgen de formas oscuras, en un momento lo vemos compenetrado frente a su computadora portátil. Primera impresión al pasar: obvio, hoy en día el trabajo de un policía, como cualquier otro trabajo, debe constar en buena parte de sentarse frente a una computadora. Segunda impresión, más duradera: hay un detalle en la mirada de Benicio mientras intenta hurgar las masas de datos para encontrar la explicación escondida. No es simplemente un despliegue de la potencia actoral de Benicio: en uno de los planos, mientras revisa archivos a escondidas y se mueve de un espacio a otro con su computadora, lo vemos revisando la pantalla con los anteojos de leer subidos sobre la frente. Es una imagen fea y precisa: el tipo al que ya la presbicia le está hinchando las pelotas (lo suficiente como para finalmente ir y comprar los anteojos que le recetó el oculista) pero que todavía alcanza a leer sin ellos si se esfuerza. La lucha entre la evidencia de que es más fácil leer con los anteojos puestos (por eso se los puso) y el hábito de valerse de sus propios medios (por eso termina por correrlos y olvidarse de que los tiene). No es un detalle importante y la película de ninguna forma se detiene a señalarlo. Y, sin embargo, ahí está.

Quedará como tarea para algún especialista el determinar si esos anteojos son mérito del señor Grant Singer, de algún director de arte, o tal vez del propio Benicio del Toro, que por otro lado figura también como guionista de la película. Será tarea tal vez de otro especialista el determinar si esos anteojos son, en definitiva, realmente un mérito o no. En un momento en el que literalmente cualquier imagen es posible, es muy fácil y rendidor lamentarse por el viejo realismo perdido del aparato cinematográfico. No me atrevería a cantar las loas de un naturalismo rancio en oposición a la estilización continua en la que por momentos parece que nos ahogamos, cuando la realidad es mucho más compleja que eso. Pero hay algo en esos anteojos que tiene que ver con todo esto y, a la vez, me hizo pensar también en esa idea que Raúl Ruiz supo iluminar para nosotros con el nombre de la teoría del conflicto central. No voy a explicar el tema, ya Ruiz lo hizo más que bien.

Hay en esos anteojos un pequeño conflicto tangencial, una historia que no viene al caso, que casi no se desarrolla, pero que sin embargo está ahí. Toda Reptile está tejida de esas tangentes que se clavan como alfileres y la perforan sin ir necesariamente a ninguna parte. Esas tangentes son las que verdaderamente construyen este mundo cinematográfico que plantea la película, y las que lo sostienen, y no tienen que ver con una trama policial o una moraleja. No son notas de color. Están ahí porque los personajes habitan una realidad que, como toda realidad, excede nuestra perspectiva.

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