Pasada la primera mitad de The Valient Ones (1975), hay una secuencia de casi 15 minutos en la que Wu (interpretado por el grandioso Ying Bai) logra llegar hasta la isla donde tiene su escondite la banda de piratas japoneses que están asolando la costa sur del Imperio. Es una secuencia que se presenta de una forma muy plácida (con una introducción larga y bella en la que llegan a la isla, atravesando paisajes con música) y a la vez cargada de suspenso: Wu está entrando prácticamente solo (lo acompaña la fascinante Feng Hsu) en la guarida de sus enemigos, completamente a merced de unos criminales despiadados, como parte de una estrategia para intentar capturarlos: en el pasado, Wu fue un criminal en el norte del imperio (su reputación lo precede) y ahora intenta convencer a los piratas de que quiere abandonar su trabajo para el Estado (forma parte de una especie de grupo de policía de elite, digamos) para sumarse al bando de los piratas. Todo es improbable, todo es peligroso y ambos bandos saben que es una trampa.






Sin embargo, le permiten llegar hasta la corte de los piratas y, sentado frente a quien se dice su jefe, Wu es de pronto sometido a una especie de exhibición de artes marciales: excitados por la enorme fama de Wu, todos los piratas ahí reunidos parecen querer medir sus habilidades en su contra. Se plantea el juego como una especie de competencia amistosa y diplomática, que por supuesto no lo es tanto. Primero se enfrentan uno a uno. Después cuatro a uno. Después con espadas. Después sin espadas. Después con flechas (en esa sección interviene Feng Hsu). Después con gente de más alto rango. Después casi sin reglas fijas. Después se lanzan todos. La resolución del enfrentamiento se produce fuera de campo y es una genialidad.
Es extraordinario el tiempo que Hu le dedica a toda esta secuencia, claramente una de las mejores de la película, pero que en términos argumentales probablemente podría haberse directamente suprimido, o por lo menos resumido en unos pocos minutos. La estrategia que lleva adelante Wu es importante para la trama, pero no así toda la floritura del torneo de artes marciales, de los engaños de la corte y las contra trampas que todos llevan adelante. Mientras disfrutaba de esta secuencia, por un momento me llamó la atención el marcado contraste entre todo el tiempo que le dedica Hu a estos enfrentamientos (y a su preparativos, a la mini presentación de cada nuevo personaje, a las reacciones del jefe de los piratas, del público, a las caras impávidas de Ying Bai y Feng Hsu) y el escaso tiempo que le había dedicado, por ejemplo, a explicar la trama que se supone que sostiene todo esto: al inicio de todo, en menos de cinco minutos, con un narrador en off que no vuelve a aparecer, con algunas pinturas y dibujos y fotogramas, hay una chorrada de elementos narrativos que se nos tiran por la cara sin la esperanza de que podamos retener más que algunos pocos datos: algún siglo del pasado, en la dinastía no sé cuánto, decadencia del imperio y de la burocracia (el Emperador aparece unos pocos segundos y literalmente no puede hablar dos frases seguidas sin bostezar en el medio, como modo de manifestar su indolencia, supongo), y bandas de piratas extranjeros que asolan las cosas del sur de China y hacen lo que quieren. Las distintas excursiones del ejército no logran capturarlos ni traer orden al Imperio, hasta que nombran a un nuevo gobernador, quien después de algunos intentos fallidos decide convocar a un nuevo oficial, que es un tipo bastante raro pero tiene algo que hasta ahora nadie parece haber probado: es ingenioso. El tipo cae con un puñado de hombres (entre los que se encuentra Wu) y una chica, y ellos solos se dedican a limpiar el territorio.



Para decirlo mal y pronto: The Valient Ones casi no se entiende, si uno tiene que explicar argumentos, pero eso no es nada nuevo para quien haya frecuentado el wuxia. Claro que parte de esa dificultad se debe, para quien mira desde estas costas, a un simple problema de traducción: en medio de un sprint por intentar leer todos los subtítulos de la introducción (no hice la cuenta, pero uno tiene la sensación de que en esos cinco minutos iniciales se dicen más palabras que en todo el resto de la película), es difícil terminar de procesar y asociar toda la información, y mucho más retenerla. También tuve una sospecha absurda: tal vez otra parte del problema sea la distancia cultural: como si los chinos tuvieran una especie de memoria genética de su historia antigua y las dinastías. Algo de cultura general que la película supone me falta, desde ya, pero no es menos cierto que si a Hu le preocupara realmente que toda esa densa trama de nombres, épocas, gobernadores y subgobernadores quedara fijada en la memoria del espectador, podría haber usado siquiera una mínima parte de la parsimonia que le dedica a presentar al rey de los piratas, su segundo al mando, su hermano, la cuñada y la banda de prolijos secuaces que vamos conociendo durante el duelo. En cambio, no: tira un pantallazo preciso y sucinto, y pasa a otra cosa. Tampoco se trata, como podría parecer en un primer momento, de un gesto pop: usar la historia antigua como excusa para pasarla bien. Al contrario, Hu es un tipo muy serio: da precisiones exactas de coordenadas espacio temporales, cita pinturas de la época, ambienta con puntillismo cada elemento de la dirección de arte, probablemente hasta use unos cuantos nombres reales y se encarga de que entendamos que lo que nos muestra es apenas una miniatura dentro del tapiz inmenso de la historia.
¿Por qué entonces tanto trabajo y tan poco cuidado en explicarlo? ¿Por qué a Hu no le preocupa que entendamos cabalmente quién es cada uno de los caballeros que pelea en pantalla, de la forma en que sí le preocupa, por ejemplo, que entendamos exactamente desde dónde se acerca quién y a qué velocidad? Durante mucho tiempo creí que Hu era un excelente director que, simplemente, no sabía narrar. Hasta los genios son humanos. Con los años fui entendiendo que ese déficit, por llamarlo así, no era suyo sino mío como espectador: una de las grandes maravillas del wuxia es que sus exigencias como género obligan a la pantalla a volverse densa y espesa: lo que importa acá son las peleas, el movimiento. Un director menor, un director temeroso o acomplejado buscaría justificar esas escenas de acción con una trama que envuelva a sus personajes y los explique. Como si el argumento fuera lo importante y las peleas una excusa. En cambio, el wuxia exige lo contrario: los personajes son y se revelan en la forma en la que se desplazan por el espacio, cómo se paran, cómo miran, cómo la cámara los presenta. El resto es hojarasca. En ese sentido, el wuxia (como el viejo cine clase B) demuestra sus fuertes raíces populares: importan las peleas y no todas esas otras cosas (tramas, psicologismo, dramaturgia) que infectan al cine de no-cine y lo barnizan de solidez.



Un director tan profundamente consciente de la puesta en escena como King Hu no podría haber filmado de otra forma: no porque no le importe ese trasfondo histórico que sirve como telón para sus películas de época, sino porque eso no es cine, y él está acá para filmar. Tira las coordenadas con precisión de artesano y pasa pronto a aquello que solo el cine puede decir. El que quiera, que abra un libro de historia. Hu los conocía bien.
Hay un elemento muy interesante en la escena de la exhibición de artes marciales, que funciona como un tópico general del wuxia, pero que Hu trabaja con mucho detalle: tiene que ver con la forma en la que Wu demuestra su maestría y su superioridad sobre todos los rivales que lo enfrentan. Como se trata de una exhibición amistosa, las reglas iniciales del enfrentamiento dictan que los contrincantes no van a intentar herirse de verdad. A medida que van avanzando las peleas, las cosas se va poniendo más acaloradas y los piratas se van poniendo más violentos, pero Wu es un caballero de palabra y, además, es uno contra todos y no le conviene que la cosa se desmadre. Una y otra vez, los piratas se abalanzan sobre Wu, intentan demostrar su fuerza, creen que están a punto de vencerlo y, a último minuto, el jefe los detiene para explicarles que, si bien creían que estaban a punto de asestar el golpe final, en realidad Wu ya les había ganado sin que siquiera se dieran cuenta: a uno le cortó un rectángulo perfecto en la espalda del kimono, a los espadachines les produjo un esguince de muñeca que los va a dejar sin movilidad durante tres días, y así. La maestría de Wu es tal que no solo logra evitar los ataques y contraatacar en un ida y vuelta que la cámara sigue con ritmo, sino que además está peleando un grado más arriba que todos: pelea y además ejerce una superioridad fría y precisa, que los contrincantes ni siquiera llegan a percibir.
Hay, creo, en ese pase de magia, en ese juego de puesta en escena, una especie de arte poética de todo el cine de King Hu.


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