Todas las caras, sobre «Hitman» de Richard Linklater, por Marcos Rodríguez

Una de las cosas más interesantes del cine de Richard Linklater es la diversidad de películas a las que se entrega incansablemente y sin atisbos de bajar su ritmo: no hace cualquier cosa, es lo que llamaríamos un autor, pero hace cosas diversas y consistentes. Puede ser (suele ser) el indie pedante que tanto sabemos amar, el que discute ideas filosóficas en sus guiones demasiado cargados, el texano que siempre parece haber descubierto ayer algún nuevo filósofo por el cual emocionarse; puede ser el fundamentalista de la cámara en tiempo presente, el de Boyhood y las Antes del…; suele ser (aunque en general a mí se me escapa un poco ese lado) el que insiste con esas películas de animación por rotoscopía, que no sé qué le ve pero evidentemente le encanta; pero puede ser también el que cada tanto entrega algún nuevo producto industrial, brillante y aceitado, tan perfectamente clásico que uno siente que podría haberlo filmado cualquier artesano competente, si no fuera por el hecho de que de esos ya casi no quedan, y te sale, por ejemplo, con una película que casi sin solución de continuidad puede servir de base para un musical de Broadway (léase, Escuela de rock); y cada tanto también te aparece con otro tipo de películas, también lustrosa y engañosamente brillante, que esconde un corazón tan negro como no veíamos desde el cine clásico de verdad.

En el caso de Hitman, su última película, sus zonas parecen un poco más mezcladas: por un lado, se trata de una película brillante y rápida, con actores semi conocidos y potencial para taquilla. De hecho, en Argentina se estrenó en salas, antes de salir naturalmente por streaming. Hay algo colorido y divertido en la propuesta de esta película, que busca atrapar a su público y lo consigue (o por lo menos me atrapó a mí). Por otro, el protagonista de la película (supuestamente basado en una historia real) es, a la vez que policía encubierto que se hace pasar por asesino a sueldo, un profesor de psicología y filosofía en la universidad: no sé si su ocupación como profesor se la inventó Linklater o no, pero le viene como anillo al dedo para poner en pantalla (otra vez) personajes que hablan sobre filosofía, existencia y cosas importantes, a la vez que esos debates y clases sobre el ego y la construcción de la identidad sirven como claro marco de resonancia y reflexión sobre las aventuras que Gary lleva adelante con su otra vida como policía. Finalmente (y puede que esto me lo esté inventado), por un momento hacia el comienzo de la película, Hitman parece a punto de coquetear con un lado más oscuro de la historia que al final acaba por contar, al proponer ese quiebre en la identidad de su protagonista, esa naturalidad para actuar y adoptar otras formas, ese costado que nadie hubiera esperando del profesor ñoño y neurótico que habíamos visto al comienzo. Casi como si Hitman coqueteara con ser Bernie, lo más oscuro de las cosas que filmó Linklater.

Por supuesto, si la película se sostiene y logra sus objetivos, se debe en gran parte (si no es que exclusivamente) a la versatilidad de Glen Powell, un actor que al parecer se ha puesto de pronto de moda pero que, como el propio Gary que interpreta, hacía muchos años que veníamos viendo sin siquiera notarlo, y hasta dice el Internet que actúa con el propio Linklater desde hace casi 20 años (por lo menos, figura como actor en Fast Food Nation). Acá de pronto brilla, y sabe darle cuerpo a todos los personajes que interpreta dentro de la propia película: cada encargo encubierto es una identidad diferente que, según nos dicen, se amolda a las fantasías de quien está intentando contratar a un asesino a sueldo: puede pasar de eurotrash desteñido a redneck tatuado, y es tan convincente que al parecer se vuelve más pijudo cuando termina por encarnar a Ron, el personaje gracias al cual va a conocer a la chica de sus sueños (y de los sueños de varios).

Pero así como Powell funciona y la película se desliza con ritmo perfecto, hay algo en la propuesta de Linklater que termina por hacer un poco de ruido y, en última instancia, acaba por encarnar el costado más ramplón de su cine: tiene que ver con esa frontera donde cruza filosofía con entretenimiento. Creo que en algún punto quise creer que Hitman iba a ser un poco más oscura de lo que al final fue porque en un primer momento el planteo que se nos presenta, tanto desde la historia del profesor encubierto como al mismo tiempo desde las clases del profesor, tiene algo de inestable y, por tanto, de sorprendente: si un neurótico controlador puede volverse un asesino pijudo, nada está definido. Si en un parpadeo, yo puedo ser otro, ¿quién soy yo al final? La mentira (en este caso, del trabajo policial encubierto, pero que es fácilmente extensible al trabajo del cine, y sin demasiado esfuerzo a la vida de cualquier en realidad) esconde la fragilidad de la construcción sobre la que nos sostenemos. Si uno empieza a tirar de ese hilo, puede desarmarlo todo. Y en un primer momento, parece que Linklater está dispuesto a tirar de él: no solo por la historia que está contando sino también por la forma explícita en que lo formula en las clases de su personaje. Hay, por lo menos, una duda.

Pero en algún punto de esa narración, la duda se disuelve: primero por el brillo de la propia propuesta, segundo por la propia claudicación de la ficción (una placa en los créditos finales se encarga de aclarar, como en chiste, que el Gary real nunca mató a nadie y todo eso fue solo parte del juego), pero sobre todo por la forma en que el propio Linklater reconduce esa duda hacia un mensaje que roza la autoayuda y definitivamente apunta hacia la autosuperación: si la identidad no está fijada, eso no quiere decir que no somos nada, quiere decir para esta película que simplemente podemos elegir quién queremos ser, y es solo cuestión de darse cuenta y hacerlo. Todo bien, cada uno manejará su psiquis y su vida como prefiera, pero hay algo tramposito en todo esto: abrir la herida para mostrarnos mejor el camino, jugar a ser moderno para terminar siendo marmóreo, hacerse el loquito para mostrarnos que al final la vida ideal es la del burgués padre de familia, pero que le pone onda.

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