Miro Lo importante es amar y una de las cosas que me llaman la atención es la cantidad abundante, desbordante y omnipresente de angustia en la que nadan todos sus personajes, no solo los protagonistas (la actriz en crisis, el fotógrafo de mala muerte en crisis) sino todas las criaturas que pueblan sus tangentes y sus rincones: el intelectual esquizofrénico, el actor millonario decadente, el director de teatro indefinido y grotesco, el mafioso que siente asco de sus propias tranzas, el cinéfilo que se suicida mirando a cámara. Hay, por supuesto, un aire de época y un tinte espiritual de Europa del Este (no me queda del todo claro de dónde era Zulawski, pero son indudables su corazón eslavo y sus tonos del otro lado de la Cortina de Hierro), pero no alcanza la moda para explicar algo así. Entiendo, además, que Lo importante es amar fue algo así como un éxito de taquilla (en términos relativos, seguramente, pero no menos concretos), lo cual le permitió a Zulawski cimentar su cerrera y mudarse a Francia.
Simplemente, uno ya no encuentra películas así. Ni de las que tienen éxito de taquilla ni de las otras. Ni siquiera entre las que circulan en festivales de cine, de las supuestas escandalosas o de las de autor. Las películas hoy pueden ser livianas y divertidas (¿por qué no?) y pueden ser también oscuras (¿por qué no?) pero sus historias y sus personajes en general oscilan entre el cinismo (siempre de buen tono) y el síndrome sociológico (los problemas del mundo y la etiqueta que los explica y, por tanto, insinúa su solución, en general de un puritanismo descarado). En cambio, es poca la carne cruda y el nervio a flor de piel, la pregunta insoportable que no tiene respuesta. El cine simplemente ya no alberga semejantes criaturas y no puedo evitar preguntarme por qué. ¿Realmente mejoró tanto el mundo en estos casi 50 años? ¿No quedan ya desesperados? ¿El cine no sabe alojarlos? ¿El público no quiere verlos? ¿Los autores no quieren meterse por esos callejones? ¿O simplemente ya no existen? ¿La comodidad terminó de ahogarnos? ¿Los desesperados de hoy en día solo caben en el reino de lo explicable? ¿Nos curaron las neurociencias? ¿La existencia dejó de ser tan dura?

Por otro lado, y esta es la verdadera genialidad de la película de Zulawski, más allá del océano de angustia en el que flotan todas sus criaturas, el centro de Lo importante es amar es el amor. No hay ironía alguna en su título: entre degenerados y decadentes, entre criaturas al borde de su caída y pasillos que no conducen a ninguna parte, lo que palpita es un amor tenso, instantáneo, extático. Testi la ve a Schneider, con cara de reventada, montándose a un cadáver, y ya está. Ella lo ve a él y trata de disimular y de jugar, pero ya está también. Todo lo que ocurre entre ese primer “Te amo” guionado, pegajoso, ensayado y visiblemente falso que le obligan a decir a Romy en un set improvisado, y el “Te amo” final, desesperado, confesional, entregado, ambos sobre cuerpos de hombres sangrantes, todo lo que es Lo importante es amar es el viaje del reconocimiento de ese amor. Nada más. Y nada menos.

En el camino, por supuesto, se levantan diferentes obstáculos, que incluyen no solo las reticencias de cada uno a entregarse a esto que los desborda y anula, sino también por supuesto cuestiones más bien prácticas y concretas: un marido, una profesión jodida, un acercarse y alejarse que por momentos parece conducir su historia por ciertos caminos más fáciles, más reconocibles, pero que no funcionan. De entrada, Romy se le ofrece a Testi, con horario y lugar para que puedan cojer. Pero algo no funciona ahí. Hacia el final, Testi charla con el marido de Romy, y le dice que ella se le ofreció (de vuelta) pero él no aceptó. Lo dice como muestra de su buena voluntad, casi mostrando orgulloso su virtud. “Hijo de puta”, le contesta el marido, “Me saco el sombrero”. No era calentura lo que los unía. O no era solo calentura. Era algo inadecuado, algo que no calza y no entra en ese mundo derruido en el que habitan los dos. Algo que de entrada lo hace sentirse incómodo a Testi (que, creo, nunca actuó tan bien), algo de lo que Romy (que, creo, no podría estar mejor) reconoce desde un primer momento pero de lo que cree que puede huir. Quiere huir. Busca huir por cualquier medio, porque entregarse a eso lo destruye todo. Lo que los posee a ambos es algo glorioso, imposible, posiblemente insostenible, pero que debe ser atendido. Es un éxtasis.
En este sentido, una de las cosas más fascinantes de la película es la forma en la que trabaja con la música de Georges Delerue, no solo por su belleza desbordante y mahleriana, sino sobre todo por la forma en la que Zulawski decide usarla: no son pocas las escenas en las que la música aparece (medio de pronto) y alcanza tal volumen que casi llega a tapar los diálogos de los personajes. Yo la vi con subtítulos, no sé en un cine francés si se entendía del todo lo que decían. Pero lo importante se entiende: debajo de los gestos y las acciones y las palabras, lo que ocurre en Lo importante es amar es esa música suntuosa y descarada, sin ambages o dobleces, sin sutilezas. El amor que brota lo ahoga todo y se parece a la angustia, pero la excede. Posiblemente no haya felicidad en esta película de Zulawski, pero amor le sobra y nosotros no podemos más que enamorarnos con Testi de esa actriz absoluta que fue Romy Schneider.

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[…] no tiene las dudas del escritor. Quiere la grandeza. En pos de ella eligió el cine y desbalanceó, como todo artista verdadero, el vínculo con el mundo en favor de su arte. Podría […]
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