1. Hace poco, escuchando «A Day in the Life» en ese estado de indeterminada atención que permiten las canciones que creemos conocer, apenas después de que Lennon canta «…House of Lords» me encontré cantando «Tu amor abisinio», uno de los versos de «Un gran doblez» de Spinetta. No había hecho nunca la conexión. Ahora, no sé si arrastrado por la música a un estado de apertura inusual o simplemente distraído, una se fundía con la otra, sin ripios, como si hubieran estado juntas alguna vez y por un instante volvieran a unirse. El episodio es otra cuenta en un collar añejo. Tengo canciones grabadas tan a fuego que emergen ante estímulos inciertos, sin anuncios, creo que bien puedo decir: según su voluntad. El 10 de diciembre de 2024, leo en mi diario, anoté esto:
Martes, nueve y media de la mañana. En la escuela. Mientras los chicos que se llevaron la materia hacen tareas, leo un libro que compila entrevistas a Levrero. Dice sobre La ciudad: “… el protagonista sólo parece poder vivir en soledad, y esta soledad (como en el Pez soluble de Breton) es al mismo tiempo la fuerza que lo aniquila. De ahí su permanente ambular, su búsqueda y su huida”. Busco en internet Pez soluble. Encuentro el segundo capítulo. Leo: “… estoy solo, miro por la ventana, no pasa nadie, o mejor nadie pasa”. Enseguida empiezo a cantar “Superhéroes”. Me doy cuenta cuando los chicos me miran. Perdón, digo. Vuelven a las tareas, vuelvo a Levrero.
Estas irrupciones son siempre felices. Producen el gozo de las visitas queridas, fortalecen la unión con el pasado y dan cuenta de la comunión con la música: su dimensión existencial, la clave íntima. Por estas mismas razones su impacto tiende a diluirse pronto en una sensación de agrado, un gusto a casa que se impone también (y quizás sobre todo) en situaciones difíciles. Escucho a Charly y a Spinetta desde hace décadas, escribí varias veces sobre su música y el papel decisivo que tuvo en mi vida, preparé tareas escolares basadas en sus letras, con ellos fui joven, adulto y, con suerte, seré viejo (aún más viejo), así que es lógico que sus canciones se me presenten de pronto, abriéndose camino por un territorio preparado durante décadas por su propia compañía. Pero lo cierto es que la sorpresa con la que una canción se nos impone no habla necesariamente de un vínculo de intimidad con ella. Es lo que muestran dos episodios ligados a la montaña.
2. El primero tiene como protagonista a Joe Simpson, alpinista inglés que en 1985 alcanzó junto a Simon Yates la cima del Siula Grande, en los Andes peruanos, por la hasta entonces inexplorada cara oeste. En el descenso se quebró una pierna, cayó en una grieta, fue dado por muerto por su compañero y consiguió sobrevivir arrastrándose durante tres días por el hielo y las piedras hasta cerca del campamento base. En las horas previas a que lo encontraran, en estado de delirio, no recordó a las personas que amaba ni vio desfilar su vida en un instante. Le pasó algo que, por absurdo, resulta igual de comprensible: no podía dejar de escuchar «Brown Girl in the Ring», una canción que odiaba. En el relato que hizo de su hazaña en Tocando el vacío, Simpson habla brevemente de la canción y cita uno de sus versos, pero no la destaca de lo que él mismo llama “las voces”: pensamientos errabundos, caras del pasado, alucinaciones como las figuras orgiásticas que identifica en el hielo. En el documental de Kevin McDonald basado en el libro, en cambio, la canción tiene un rol protagónico, como la principal manifestación de una mente incontrolada. Simpson la identifica por el título (cosa que no hace en su texto), ríe entre dientes cuando la menciona y dice que peleaba contra ella tratando de pensar en otras cosas, pero que no podía sacársela de la cabeza. Demolido por el dolor, el agotamiento y el absurdo, quizás reconciliado con el sinsentido último de la existencia, asumió al fin su suerte: «La puta madre», dice que se dijo. «Me voy a morir con Boney M».

3. El segundo episodio se encuentra en el capítulo cuatro de La montaña mágica. De pronto, Hans Castorp, el joven ingeniero que Thomas Mann pone en el centro de la novela, se encuentra pensando en una canción llegada a su cabeza como desde ninguna parte. Sucede luego de que una de sus compañeras de mesa le hable de Madame Chauchat, la mujer rusa por la que se siente atraído (de la que está “perdidamente enamorado”, concluirá el narrador más adelante), y de que tal como su educación exige, Castorp trate de desentenderse de sus sentimientos, los obligue a comparecer ante la razón y la prudencia y, casi al mismo tiempo, intente legitimarlos por la mirada de una tercera persona (si también a otro le interesa, mi interés vale) y convencerse de que una mujer que hace bolitas con el pan no es precisamente una mujer fina, que merezca tanta inquietud. Después de este breviario de mezquindades, de la ramplonería burguesa con la que Castorp trata durante toda la novela sin convertirse nunca en su mero epifenómeno, lenta, insidiosamente, como para ponerlo frente a lo que le pasa con esa mujer a la que nunca le dirigió la palabra, se levanta una canción. Mann escribe:
Iba y venía con las mejillas ardientes y tarareaba; tarareaba para sí mismo, pues tenía la sensibilidad a flor de piel y sentía ganas de cantar. Canturreaba una canción que había oído Dios sabe dónde, en alguna velada o quizás en algún concierto benéfico, cantada por una débil vocecita de soprano, y ahora había rescatado del fondo de su memoria, era una linda estupidez de canción que comenzaba:
mágicas son las emociones
que obra en mí una palabra tuya…
Y Hans Castorp estaba a punto de añadir:
que viviendo de tus labios
penetra en mi corazón…
cuando de pronto se encogió de hombros y exclamó: “¡Esto es ridículo!”, y rechazó aquella cancioncita por su sensiblería de mal gusto; intentando apartarla de su mente con una severidad teñida, a la vez, de melancolía. Aquella cursilería podía complacer a cualquier joven que hubiese “entregado su corazón”, como se acostumbraba a decir, con nobles intenciones, buenas perspectivas de porvenir y, después de todo, con placer a cualquier damisela sana del valle, y que luego diese rienda suelta a sus emociones: nobles, placenteras e ilusionadas con el porvenir.
No obstante, para él y su relación con Madame Chauchat -la palabra relación es suya, nosotros declinamos toda responsabilidad-, una copla de semejantes características resultaba totalmente inadecuada. Así pues, recostado en su tumbona, sintió la necesidad de emitir un juicio estético al respecto -’¡Qué estupidez!’-, pero se contuvo con gesto contrariado, a pesar de que, por el momento, era lo más apropiado que se le ocurría.
La repentina necesidad de un juicio estético que lo defienda de la canción es uno de los tantos renuncios de Castorp, procedente, como todos los otros, de su preocupación por el decoro. La resistencia a emitirlo es un momento de verdad interior; tímido, como todo en él, pero con el peso suficiente como para hacerlo renunciar por una vez al cumplimiento de lo apropiado y ponerlo frente a la contrariedad que le produce su propio gesto. Pionera, la canción llega antes de que el sentimiento que la convoca pueda ser reconocido, como primera forma de lo que después será llamado amor, y produce, por su propio carácter, el tropiezo de los modales a los que Castorp parece consagrado. El insoportable pedagogo Settembrini lo había llamado ya «niño mimado por la vida». Cuando tengan su primera conversación, en carnaval, Madame Chauchat lo llamará joli bourgeois. La cancioncita dice otra cosa, y aunque nunca pierde ante el joven su carácter banal (así de idiota puede ser la gente educada), abre el camino para que empiece a precisar sus sentimientos. «Estupidez» es el nombre que (no) le da Castorp al sobresalto de lo inexpresable.
4. Vengan a nosotros como dones o como intromisiones incómodas, las canciones dejan en evidencia, una vez más, cuán poco de lo que somos depende de lo que decidimos. Hace unos años, después de pasar una noche en la guardia atacado por un dolor abdominal agudo y unos temblores que no auguraban nada bueno, mi médico me pidió estudios de todo tipo, entre ellos una colonoscopía. Seguí el protocolo de limpieza intestinal, fui a la clínica acompañado por quien entonces era mi esposa y entré al quirófano con una enfermera. Enseguida llegó el anestesista, un hombre en los treinta, sonriente; supongo que para relajarme, dijo: «Ahora te vas a dormir liviano, contá hasta diez, pensá en chicas lindas». Incómodo con el tono canchero, pero en condiciones que no se prestaban bien a la expresión de un desacuerdo, obedecí. Desperté al rato en una sala, junto a mi esposa. Le conté lo que el anestesista me había dicho y que había cerrado los ojos pensando en ella. Un minuto después entró el médico. «Bueno, bien, no se ve nada raro», dijo. «Te la pasaste hablando de Bochini».
