El olor de la lluvia, por Marcos Rodríguez

Una de las decisiones más interesantes (y complicadas) que toma Iván Fund en Vendrán lluvias suaves es la de hacer que su película se mantenga refractaria al contenido simbólico que su trama podría haber generado. Todo lo que aparece en plano en la película es, de forma simple y muy concreta, solamente lo que es. No hay metáforas en Vendrán lluvias suaves.

Por supuesto, esto no es radicalmente original y ni siquiera es nuevo en la obra de Fund (de quien no he visto todo, pero aun así), pero sí resulta por lo menos conflictivo dentro de una película que elige trazar un argumento que remite a un clasicismo genérico de lo más tradicional: películas de aventuras de niños, con elementos fantásticos. Si bien no llega a haber una explicación cabal de los acontecimientos (el mal del sueño que cae sobre los adultos), tenemos factores que remiten a lo simbólico: una figura traslúcida que se deja ver hacia el final, el propio mal del sueño, hasta la utilización de ilustraciones y textos que remiten a los libros infantiles; todos ellos parecerían ser factores que apuntan hacia un sentido alegórico. Y, sin embargo, la película constantemente desvía su atención, se dispersa, esquiva la construcción de un relato límpido, claro, o siquiera de un mundo global comprensible. Algo les pasa a los adultos. Es casi un dato más en la película, como la lluvia. Algo que pasa. No hay una verdadera construcción de ese mundo ficcional: ¿por qué pasó?, ¿cómo vamos a sobrevivir ahora?, ¿qué será de nosotros? El miedo, como la coherencia, está ausente del universo planteado en Vendrán lluvias suaves porque no hay un rigor en la construcción. Las cosas ocurren solo para existir frente a la cámara. Dicho esto como una gran virtud.

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Quien pretenda ver en la película una nueva encarnación de los Goonies (como dejaba perfilar, por ejemplo, el catálogo del Festival de Mar del Plata, donde se estrenó) no puede más que salir decepcionado: las coordenadas iniciales están ahí, pero es casi lo único que ofrece la película en ese sentido. No hay construcción de tramas y subtramas. Casi no hay construcción de personajes en el sentido tradicional: aparecen, desaparecen, no tienen casi nombre, no tienen demasiadas características identificadoras, pasado o tics. Avanzado el metraje de pronto aparece algo así como un objetivo narrativo: uno de los niños quiere volver a su casa a buscar a su hermano, y a partir de ese momento lo que era una ficción estática pasa a ser una ficción en movimiento. Pero ese movimiento tampoco es claro, se vuelve derivativo, pasa por un lugar u otro, avanza en direcciones que en ningún momento le quedan claras al espectador. Al final, sí, los chicos llegan a algún lugar, pero aparecen ahí como podrían haber aparecido en cualquier otro lado, sin construcción de ese camino.

El juego de Fund es, entonces, peligroso: traza en su inicio (si bien de forma muy elíptica) un relato que promete una narración genérica si no fuerte, por lo menos fundamental para comprender lo que va a ocurrir y después se entrega al devaneo irresponsable de los minutos de un grupo de chicos arrojados, más que a un mundo abandonado y hostil, a un pueblo que parece haber entrado en una “hora de la siesta” eterna. Nada más: sin grandes conflictos (más allá de la falta de electricidad), sin preocupaciones al respecto. Los chicos pasan días vagando por el pueblo vacío de adultos y no chocan con otro problema más que la distancia de una casa a otra y, en un momento, un perro que quedó encerrado en un auto y al cual deberán rescatar.

El punto de vista, claro, está anclado en el mundo de los chicos. No vemos más que ellos, no entendemos más de lo que entienden ellos. No creo, sin embargo, que se trate de una película “para chicos”; la forma extremadamente laxa de Vendrán lluvias suaves puede resultar un poco desconcertante para un chico, o simplemente aburrida. El artificio logrado, por otra parte, resulta encantador por lo singular. Demasiado transversal para ser clásico. Demasiado lineal para ser contemplativo. Libre dentro de una trampa arbitraria. Juguetón.

Sus defensores podrán decir que Fund toma el género pero a la vez evita transitar sus lugares comunes. Es posible que esa haya sido su intención, aunque no me quedaría del todo claro cuál sería la virtud en eso: el género es lugar común y, por otro lado, la ausencia de lugar común no es garantía de virtud estética. Sí me aventuraría a decir que esta película padece de esa enfermedad muy común en el cine contemporáneo y que podríamos calificar como el Síndrome de la Imposibilidad del Plano General: todo muy pegado al cuerpo, con poca profundidad de campo, siguiendo muy de cerca a los personajes, pero sin poder generar en ningún momento una imagen global que los encierre o defina su situación.

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Dicho todo esto, y más allá de los evidentes hallazgos de Fund a la hora de filmar a estos chicos (los chicos garpan, se sabe), lo que vuelvo a encontrar en el cine de Fund es una especial habilidad para registrar las atmósferas de pueblo. Me había pasado con Toublanc (su película anterior): yo no sé qué se supone que tenía esa película de homenaje a Juan José Saer, con citas de no sé qué cosa, pero no me puedo olvidar más de los planos en los que se veía un caballo nadar por un río. En Volverán lluvias suaves me pasó otra vez: hay chicos simpáticos, escenas logradas, pero lo que más me impactó es la fragancia de siesta. Hay cielos, postes de luz, atardeceres, enjambres de bichos, orillas del río, caminos de tierra. Hay una cierta forma de la tarde vacía, de horizonte abierto y fauna que se cuela por entre las ternuras infantiles, por entre la supuesta trama que se estaría tejiendo. Ese aire de campo, ese ritmo estancado, ese olor y esa luz son un retrato extraordinario de algo que el cine argentino (y creería que el cine en general) ya casi no se preocupa por registrar. No se trata de un mero pintoresquismo o del paisaje para una trama: hay algo del pulso de quien conoce esas horas.

Eso solo justifica una película.

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