No concibo que el director favorito de alguien pueda no ser Hitchcock (fragmentos de César Aira)

Selección: José Miccio

No podría decir qué fue lo que nos impresionó a tal punto en Intriga internacional. Era un entusiasmo puro y duro, sin mezcla de esnobismo o admiración previa: no debíamos de saber siquiera quién era Hitchcock (quizás sí, pero da lo mismo), y no pudo ser sólo porque fuera una película de espionaje y aventuras, porque era lo que veíamos todos los domingos. Cualquier hipótesis que arriesgue ahora estaría contaminada por lo mucho que he leído sobre Hitchcock y por las ideas que me he hecho sobre su obra. Hace poco alguien me estaba interrogando sobre mis gustos y preferencias, y cuando llegó al rubro cine, y a mi director favorito, se adelantó: ¿Hitchcock? Asentí. No era muy difícil. (Soy de los que no conciben que el director de cine favorito de alguien pueda no ser Hitchcock). Le dije que yo encontraría más mérito en su perspicacia si adivinaba (o deducía) cuál era mi película favorita de Hitchcock. Lo pensó un momento y propuso, con decisión: North by Northwest. Me dejó pensando qué afinidad visible habría entre North by Northwest y yo. Es una película famosamente vacía, un ejercicio virtuoso en el vaciado de todos los elementos de contenido del cine de espionaje y la aventura. En una conspiración sin objeto, unos malhechores sumamente ineptos involucran por equivocación a un hombre que no tiene nada que ver y que se limita a sobrevivir a lo largo de toda la acción sin entender qué pasa. La forma que envuelve a este vacío no podría ser más perfecta, porque no es más que forma, es decir que no tiene que compartir su calidad con ningún contenido.

Debió de ser esto lo que nos fascinó. La elegancia. La ironía. Sin saberlo, claro está. ¿Qué necesidad teníamos de saberlo?

A brick wall

El Rey del Opio no fue ningún rey, sino un acontecimiento, que puso fin a las eras vetustas. Los hombres antiguos se habían desalentado al ver que lo que estaban haciendo, obviando, o sintiendo, podía ser otra cosa. Es bastante obvio, pero a sus mentes primarias les caía como un mazazo. ¡Por supuesto que todo podía ser otra cosa! No se necesitaba la maduración de los estadios ulteriores para darse cuenta de un hecho tan palmario. Si estaban pintando un bisonte en la pared de la caverna, los asaltaba la intuición fulminante de que podrían haber estado pintando un caballo. Si estaba lloviendo, también podría haber estado brillando el sol y el cielo azul. Y así todo. ¿Entonces el mundo y la vida eran una alternativa entre otras, frivolo juego de permutaciones en el que nada valía más que su acontecer casual? Era como para perder interés. En el abatimiento consiguiente, la humanidad, entonces en su infancia, empezó a envejecer aceleradamente. El nihilismo hizo presa del pitecántropo. Ni siquiera el nacimiento de la arquitectura los animó. La especie iba camino a una extinción prematura, cuando, un minuto antes de su medianoche, descubrieron el opio, lo único sin equivalentes ni reemplazos.

Prins

La primera división en avioncitos individuales no era más que el comienzo, pues en virtud del mismo proceso cada una de esas diminutas réplicas se dividía a su vez en otras más pequeñas, llevando lo individual a un nivel más fino, y luego a otro y otro, de modo de llegar a aviones realmente pequeños, capaces, ellos sí, de entrar por los intersticios de las estructuras moleculares del mundo, o de una familia, o de una historia de amor, o hasta de la nacarada protección de un molusco. De este modo, el punto de llegada de un viajero podía estar ya no en un molesto y atestado aeropuerto de una pantanosa provincia tropical, sino en la articulación de la pata de un mosquito, o en el grano de polen de un nenúfar, o dondequiera que lo decidiera el capricho poético.

El error

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Los autitos bajaban por las escaleras, en sus manos pequeñas, y se estacionaban en los cuartos más remotos. Con la exaltación de tener todo el edificio, o al menos los pisos superiores, a su disposición, complicaban el juego, dejaban un autito en un piso y bajaban al otro, después subían a buscarlo, tomaban direcciones imprevistas. La obra en construcción era el lugar más inapropiado para hacer una carrera de autos (era ideal en cambio para jugar a la escondida), pero la inadecuación le daba un sabor especial, de novedad, de imposible, que los hacía olvidar de todo lo demás. Les parecía haber dado en el clavo de la verdad o del arte.

Los fantasmas

De ahí deriva una ley del relato: cuanto menos importante es un hecho, más cuesta contarlo. Una revolución puede contarse en tres líneas, un adulterio puede despacharse en un párrafo, pero contar cómo se hizo para pinchar con el tenedor una arveja exige tres páginas de la prosa más precisa y los recursos más avanzados del arte de la narración.

Cómo me reí

Yo no me pregunto por qué leo; no encontraría respuesta; pero sí me pregunto por qué leo lo que leo. Por qué leo a los llamados ‘clásicos’, por qué me atrae la literatura del pasado, o más bien por qué no leo a mis contemporáneos. Y ahí sí tengo respuestas. No sé si será la mejor, o la más verídica, pero la respuesta que más me satisface es esta: leo los libros del pasado porque en ellos encuentro el sabor y el aroma de mundos que han desaparecido. Mundos humanos, naciones, mundos de sobreentendidos, que han pasado y que solo pueden revivir en las ensoñaciones de la lectura. Me consta que casi todos los lectores de clásicos vana a buscar en ellos lo contrario: es decir, las cuestiones eternas del hombre y el mundo, lo permanente, lo que sedimenta de las contingencias históricas. No me importa, y de hecho creo que están equivocados, que ese residuo de eternidad ahistórica, si existiera, podrían encontrarlo mejor en la literatura contemporánea.

Por qué escribí

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Un sedentario no podía juzgar a un viajero, o lo juzgaba al revés, porque no podía concebir la felicidad sino bajo la forma del regreso.

Las noches de Flores

Yo creo que la Revolución Francesa fue el final de los monstruos. La humanidad dio su paso definitivo para hacerse humana, y toda la pintoresca proliferación de fenómenos de lo humano-animal se agotó. Quedó el recurso de la moral: hacerse un monstruo de maldad, de concupiscencia, de dadaísmo, de cualquier cosa.

El llanto

De ahí sale la fórmula “cualquier cosa”, que puede tomarse tanto como fórmula de libertad como de irresponsabilidad. Yo prefiero la primera, y soy un ardiente defensor, en la literatura que escribo y el arte que aprecio, de la “cualquier cosa” como Sésamo Ábrete de la creación. Supongo que también es lícito verla como indice de irresponsabilidad frívola, si la idea es darle alguna pertinencia social convencional al arte y la literatura”.

Sobre el arte contemporáneo

Ezequiel Martínez Estrada:

Su fobia al peronismo (y a los “negros” que lo representaban ante la clase media) tuvo tal virulencia que pasó cinco años en cama, enfermo de un mal intrigante (“neurodermitis melánica”) que le puso la piel oscura y le provocaba un prurito irresistible. Se curó el día en que cayó Perón.

Diccionario de autores latinoamericanos

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¿La principal influencia en mi vida de escritor? Las historietas de Superman de los años cincuenta y sesenta. Ahí estaba todo lo que yo después quise hacer escribiendo, y en cierta medida, hasta donde pude, hice. Los argumentos tenían muy poca psicología, en su lugar tenían siempre un sutil juego intelectual. Éste se desprendía de las premisas. Superman tenía poderes casi absolutos: podía ver a través de los cuerpos, ver y oír sin importar la distancia, desplazarse a la velocidad de la luz, mover planetas con una mano. Es decir que estaba en una posición de Absoluto, que es donde empiezan los mejores juegos de ideas. De modo que su archienemigo, Lex Luthor, debía urdir planes tan ingeniosos como gambitos de ajedrez para derrotarlo (no se trataba sólo de fuerza o poder, eso quedaba descartado), y Superman a su vez debía superarlo en ingenio… A Superman lo afectaba una sola sustancia; la kriptonita, de la que había tres variedades, la verde que lo debilitaba, la roja que le producía efectos impredecibles (se quedaba ciego, o calvo, o se ponía a contar chistes incontrolablemente, o cualquier otra cosa), y la dorada que lo despojaba de sus poderes definitivamente y para siempre. Como se ve, apasionantes desafíos intelectuales para el joven lector. También estaban los enemigos provenientes de otras dimensiones (como el señor Mxptlx, un peligrosísimo arlequín que se colaba a la realidad desde la quinta dimensión donde vivía, y a la que sólo Superman podía hacerlo regresar mediante tretas), los mundos paralelos (el mundo Bizarro, donde todo funcionaba al revés), las historias hipotéticas insertadas en la historia “real”, las trampas lógicas, las reglas de juego que se respetaban escrupulosamente y que valía la pena respetar.

Los cuadritos eran una grilla perfectamente regular, el dibujo un prodigio de economía y legibilidad, y los colores, sobre todo los colores, claros, hermosos como un amanecer o como el pensamiento cuando se enfrenta a la aventura de la inteligencia.

De ahí, pasé directamente a Borges. Esas maravillosas historietas me habían preparado para el goce y el ejercicio pleno de la literatura. Y las revelaciones posteriores (Lautréamont, Marianne Moore, por nombrar dos) se fueron encadenando en ligeros desplazamientos guiados por el hechizo persistente de los dibujos, los colores, la visibilidad intensiva de las reglas de juego de la ficción de Superman.

Continuación de ideas diversas

Al temor por el futuro lo potenciaba la sensación de fin. No habría más lingüistas. Aunque algún joven emprendedor concibiera el peregrino proyecto de llegar a serlo, no podría, ni siquiera movido por el patriotismo. Por ser la ciencia de las ciencias, la lingüística exigía un estudio larguísimo, que debía pasar por todos los demás saberes e ir más allá, tanto más allá que una vida no bastaba. ¡Y pensar que lo habían dado por sentado, y se habían burlado de sus barbas y camisones constelados! Sólo ahora podrían apreciar la importancia de esos duendecillos viejos, ahora que se reflejaban sobre sí mismos para ahondar en los misterios de la poesía, tan insondables cuanto incobrables. Su vida útil había terminado. Y con esa se terminaba la vida fácil del país, con el superávit asegurado, las sinecuras generosas, las importaciones baratas, el ritmo de vida descansado, el silbato de los trenes que siempre llegaban a horario. Y para los lingüistas también era el fin, porque nadie acude a la poesía sino es por el llamado de la muerte.

La invención del tren fantasma

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