Marlene Dietrich en Marruecos (1930), dirigida por Josef von Sternberg
La niña bautizada como Elise Rissient vino al mundo en Cour-bevoie, una zona residencial al noroeste de París, en 1905. Su padre era proyeccionista cinematográfico. A medida que este fue ampliando su círculo de influencias -como propietario de salas de cine, editor de revistas cinematográficas y finalmente productor-, la familia ganó en prosperidad y adquirió una residencia de verano en Rozven, Bretaña. Allí fue donde, en el verano de 1922, Elise, a la edad de diecisiete años, mantuvo su intensa relación amorosa con el joven Francis de Pene, bajo la atenta y afectuosa mirada de una vecina, Colette, a quien serviría de inspiración para su novela El trigo en ciernes, también conocida con el título El trigo verde.
Colette, sin embargo, no desempeñó simplemente el papel de voyeur, aprovechándose de la jovencita y del torrente de su entusiasmo y su desdicha. La novelista se convirtió en la mejor amiga de su personaje; se la llevaba de merienda al campo, le mostraba las flores silvestres que crecían en los acantilados, comentaba con ella el cacareado juicio de Landru y le enseñaba la gastronomía de Borgoña. Las dos vivieron un verano impregnado de amor y fragancias, de celandinas y ajo, intercambiando confidencias ajenas a la diferencia de edad que existía entre ellas. «Ma belle -exclamó una tarde de agosto Colette-, quand tu es aimée, tu es si jolie.»> Aquella cascada de vocales abiertas, en la voz grave de Colette, sonó a oídos de la jovencita como las gotas de agua que preceden a la tormenta: Elise Rissient nunca olvidó aquella frase, y esta habría de servirle de inspiración para el nombre que adoptó posteriormente.
Colette fue quien fomentó la afición de Elise por el canto y quien le enseñó que el recato podía tener tanta fuerza sobre un escenario como la desnudez. En 1924, a los diecinueve años, Elise dejó Courbevoie y alquiló una habitación en la parisina rue Jacob gracias a la ayuda de Colette. Allí se aplicó en sus lecciones de canto y empezó a labrarse un público fiel en los pequeños cabarets de la Rive Gauche. Cantaba canciones melódicas llenas de sentimiento que interpretaba con candor infantil. Su recato, sin embargo, en ocasiones parecía dejar entrever fisuras, como el cascarón de un huevo a punto de romper, y el público masculino, provocado, vislumbraba atisbos de saberes más impúdicos. Entre 1925 y 1926 Elise vivió varias aventuras amorosas y en el transcurso de ese tiempo se convirtió en una mujer misteriosa y distante, un tanto burlona para con el amor y los hombres. Sin que ella comprendiera nunca el porqué, aunque en parte vino motivado por su creciente fama como inspiradora de El trigo en ciernes, acabaron colgándole la etiqueta de vampiresa y mujer fatal. Esa reputación, por mucho que Elise se resistiera a ella, terminó en- dureciéndola un tanto. Como cantante ofrecía un repertorio veladamente sexual enmarcado en las frivolidades de la convención romántica, como una espada enfundada en papel de seda. Esas interpretaciones le valieron un público fiel y entregado, cuyas ovaciones crecían en volumen y urgencia cuanto más distante y ajena se mostraba Elise.
Fue la malicia de dichas actuaciones lo que en 1927 la llevó a ser invitada a Berlín. Elise adquirió los conocimientos básicos de alemán como para poder permitirse cantar ciertas canciones en esa lengua y allí se trasladó. Y, quien sabe si con asombro o displicencia, respondió a la mayor salacidad de los cabarets alemanes con una frialdad si cabe aún más enardecedora para el público. Parecía una mujer intocable, lo bastante perversa como para resistir el deseo de cualquier hombre; todos clamaban por ponerle las manos encima. No entregándose a ningún hombre en particular, su rechazo se hacía sentir entre todos ellos. En 1939, un distinguido dignatario del Ministerio de Educación llamado Janrath se descerra- jó un tiro bajo una fotografía suya a gran escala sobre la cual el susodicho había pegado unas plumas a fin de otorgar una textura si cabe más sensual a la vaporosa falda que en ella lucía la cantante.
La noticia tuvo una desagradable resonancia en la prensa berlinesa, que hizo culpable a Elise por su condición de forastera y la tachó de “ninfa depravada” entre otras lindezas. Se publicaron fotos de la esposa de Janrath y sus hijos -se asemejaban a un equipo de fútbol, tantos y tan serios todos-, fotos que, colocadas junto a la imagen de Elise con su aviesa sonrisa, parecían inculparla desde el silencio. Pero Elise no se molestó en defenderse. Tomó un tren a Santander y desde allí embarcó hacia Marruecos. Fue en el transcurso de aquella travesía cuando resolvió hacerse llamar Amy Jolly y convertirse en el perverso personaje que el mundo deseaba ver en ella.
La artista arribó a tierras de la Legión Extranjera con la misma necesidad que muchos de los soldados que conformaban aquel cuerpo: una nueva identidad, una oportunidad de huida y la entrega al duro servicio a modo de castigo por una culpa que su orgullo le impedía reconocer. La dignidad de su silencio y su altivez tendieron un puente entre ella y los legionarios. Por primera vez en su vida sintió que la aclamaban sin asediarla. Los soldados vieron en Amy un auténtico mito, alguien que podía trastocarse en un ser vulgar y corriente ante el primero que osara dejarse llevar por sus encantos. Y Amy, consciente de ello, sonreía pese a la soledad que aquel sentimiento entrañaba.
Sin embargo, uno de aquellos soldados atrajo su interés. Tom Brown, norteamericano al parecer, era un hombre lacónico y bien plantado, que sabía hacer mofa de su natural reserva y hermetismo. Cada vez que se cruzaba con él, Amy se sentía desarmada, y le de- volvía la sonrisa, siempre con el temor a sufrir un desvanecimiento. Era tal el deseo que sentía por aquel hombre que no creía ser capaz de vivir sin él. La conciencia de su propia locura de amor inspiraba en ella una desapasionada curiosidad. Naturalmente, Amy se condujo con sensatez en todo momento, nunca perdió los papeles. Aunque ¿qué mayor prueba de locura que aquella vehemencia que sentía en su presencia?
Brown podría haberla matado: aquella mujer estuvo a punto de acabar con su taciturna serenidad. Él la amaba a su vez, pese a haber renunciado al amor y a su concesión para con las mujeres. Pero no era un hombre tan firme ni tan duro como habría deseado. Los sentimientos salían a flote: no podemos situarnos ante las cosas, verlas, sin dejar que surja la vulnerabilidad y la sorpresa. Así que no tuvo más remedio que defenderse contra el impacto que aquella mujer producía en él. Solía dirigirse a ella con un saludo insolente y rebuscado, un movimiento desdeñoso de la mano que pretendía ser juguetón. Pero la mirada directa de Amy traspasaba el elaborado gesto y se le clavaba en el corazón.
Brown cedió al amor. Afirmó que se marcharía con ella, juntos los dos para siempre. Pero al final, tal vez horrorizado por la debilidad que conllevaba aquella decisión, agarró una barra de maquillaje de la cantante y escribió en su espejo: «He cambiado de opinión. Buena suerte», y rubricó el mensaje con una raya y un garabato, como reiterando aquel característico saludo suyo. Amy lo leyó, y el día en que el regimiento de Brown debía emprender rumbo al sur, hacia el desierto, siguió sus pasos a través de aquel arco con forma de as de picas y luego se desprendió de los zapatos de tacón para caminar por el desierto descalza, agradeciendo el calor de la arena. Esto sucedía en el año 1930.
La tez de Amy Jolly se fue oscureciendo con el sol. Y Tom Brown vio impasible cómo se convertía en la puta del regimiento, cómo se entregaba a otros hombres. Nunca protestó ni la tocó, pero dejó de dirigirle su característico saludo. Ella había dado en creer que el amor que se profesaban únicamente encontraba expresión en la frustración; en ningún momento dejaron de perder interés el uno para el otro. Su aspecto era el de una mujer árabe, pero la vida nómada no había malogrado su belleza. Era amada, y no hay nada que embellezca tanto el aspecto físico como el amor.
Una especie de misticismo se apoderó de ella, al que en gran medida contribuirían el hachís y las supersticiones aprendidas de las demás mujeres del campamento. Antes le habían parecido compañeras impensables, pero ya las conocía a fondo, en particular a Tanya, una beduina que le enseñó a predecir la fortuna. Tanya le aseguró que poseía un talento innato para las artes adivinatorias, ella se limitaba a transmitirle confianza y enseñarle a reconocer el momento oportuno, igual que Colette le había enseñado a desenvolverse en escena.
Juntas viajaron por África y llegaron hasta El Cairo, donde en 1936 abrieron un club que fue lugar de encuentro habitual para las fuerzas aliadas durante el transcurso de la guerra. Cuando Tanya falleció, Amy adoptó su nombre y quedó como única propietaria del local. Llevaba el pelo teñido de negro, los ojos pintados de khol y fumaba puros. Tenía chicas a disposición de los soldados, pero su cuerpo ya no estaba a la venta. En 1946 embarcó con destino a México, previendo disturbios en Egipto.
Antes de 1950 ya estaba instalada en Robles, donde había abierto un flamante club. Era un local pequeño, pero frecuentado por una clientela exigente. Servía bebidas y platos de la gastronomía local y, poco a poco, se fue haciendo con los servicios de un puñado de chicas muy jóvenes, de conducta escandalosa. Tanya regentaba el club con un desdén que había acabado caracterizando su imagen pública. En Robles se encapricho de otro norteamericano, un sheriff llamado Quinlan, del otro lado de la frontera. Quinlan era un policía intuitivo, que a menudo sabía adivinarle el pensamiento. No obstante, recurría sin empacho a los poderes adivinatorios de Tanya. Fueron amantes durante un tiempo, pero terminaron hastiados de su propia pasión y contemplaban sus orgías con una mirada entre curiosa y distante. Tanya sabía que Quinlan era un hombre acabado cuyo desaprovechado talento estaba haciendo de él una persona amargada y obesa. El policía dejó de frecuentar su compañía, hasta que pocos años más tarde las pesquisas sobre un caso que lo traía por la calle de la amargura lo llevaron de vuelta al lugar. Tanya lo vio morir, como un globo cargado de plomo, entre la inmundicia de la frontera. Su muerte no la cogió por sorpresa; intuía que Quinlan la había escogido a ella para que pronunciara su epitafio.
Tanya cerró el club y se dio al alcohol con tal avidez que falleció antes de transcurrido el año. Nada sorprendente en alguien que aún albergaba en su interior la delicadeza de la joven Elise. La ramera más baqueteada puede poseer la autoestima de una chiquilla que recoge flores silvestres en Bretaña y, gracias a la atracción ejercida sobre una escritora, pasar al papel y a la historia con una frescura inmarchitable.
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Transcripto de Sospechosos, de David Thomson, por Marcos Vieytes.