El extraterrestre, sobre «Asteroid City», por Marcos Rodríguez

Empecemos por el final y al grano: no me gustó Asteroid City. Tiene lindos momentos, Scarlett Johansson brilla, pero no, no va ni para atrás ni para adelante. Todo bien, con el tiempo uno aprende que hasta los directores que uno más quiere pueden cometer errores, que ser humano es errar y que la próxima película (espero) puede volver a ser buena. Mientras, nos quedamos con gusto a poco: un desierto color pastel, escenarios más de cartón pintado que nunca, personajes que se pasean como hormigas sin dirección evidente, tratando de encontrar un hilo para su historia, un sentido para sus gags, alguna razón de ser.

Los detractores, por supuesto, usan Asteroid City como argumento contra un director que decidieron que ya no les gusta: claro, los típicos planos de Anderson, sus personajes repetidos, su tono seco, como si el problema de Asteroid… fuera la esencia y totalidad del sistema-Anderson, cuando en realidad el problema de esta película es, por el contrario, que no es fiel a ese sistema. Voy por partes.

Allá lejos y hace tiempo, cuando todavía no estábamos en este siglo y Wes Anderson no era casi nadie, las películas de Wes Anderson no eran todavía lo que fueron después: un juego de cajas, una artificialidad que se pone de manifiesto, una casita de muñecas, una pila de capas de merengue coloreado o la metáfora que mejor se adapte al gusto del lector. Sin embargo, ya desde Bottle Rocket había algo que se mantuvo: un tono, una mirada (si uno quiere ponerse autorista), una cierta sensibilidad. La manifestación más evidente y superficial de ese tono estaba en el estilo de actuación de sus actores: esas caras de laja, cuya voz a veces puede llegar a temblar pero cuyos gestos tienden a lo gélido. Anderson propuso siempre por lo menos una cierta distancia y, con el tiempo y la práctica, fue poblando esa distancia de distintos trucos y juguetes, coloreados a voluntad. Con mayor o menor éxito. Pero, y esta es la alquimia particular de Anderson, esa distancia no renegaba u ocultaba nunca esa sensibilidad sino que, por el contrario, la revelaba.

Como había pasado algunos años antes con Tim Burton (no por igualarlos, Dios me libre, sino apenas para trazar un paralelo con otro director con un estilo visual fácilmente reconocible y al que también le gusta el stop-motion), Wes Anderson vino a definir a principios de los 2000 una sensibilidad nueva: una emotividad frágil, expuesta, pero torpe. Un corazón tímido que no sabe expresarse. Ojos siempre al límite pero que no saben llorar. Los personajes de Wes Anderson, en general huérfanos (materiales o simbólicos), sofisticados e hipersensibles, muy rara vez pueden decir o expresar aquello que los acosa. No se tocan (excepto muy contadas y carnales excepciones). Apenas si pueden decir lo que quieren decir, por más que hablen y bastante. Eso no quiere decir nunca (o casi nunca) que el cine de Anderson sea frío, cerebral o inmaterial. Por el contrario: todo lo que los personajes parcos no pueden hacer, la puesta en escena lo hace por ellos. Cámara, escenarios, vestuario, narradores, música, todo los envuelve y los arropa para entregarlos a un universo en el cual aquello que les falta puede finalmente manifestarse. El cine de Wes Anderson echa chispas cuando logra desatar esa emotividad que los personajes venían conteniendo. ¿Cómo lo hace? No lo sé. Pero ese es su arte, no el encontrar encuadres simétricos y colores pasteles.

Dicho esto, es precisamente en Asteroid City donde todos los sistemas y juegos de Anderson crujen con más ruido: no porque su mirada se haya vuelto rancia, porque los espectadores ya se estén cansando de seguirle el baile o porque siempre fue un esnob de mierda, sino porque por primera vez (creo que por primera vez, hay varios de sus cortos que todavía no veo) los mecanismos puestos en juego no terminan de engranar nunca con un sentido emotivo que los justifique. Las referencias estéticas se apilan una sobre otra y exigen un tiempo y una lógica propios que van consumiendo la película (sí, entendimos, Anderson está citando, digamos, “cosas de los ’40 y ‘50”, ya sea el western barato, el Correcaminos, la bomba atómica, la ciencia ficción, el teleteatro, el Actors’ Studio, el boom y lo que uno quiera), pero al final conducen a ningún lado: ¿de qué sirve ese narrador que mira a cámara, más que para “dar época”?, ¿a qué viene la historia de divorcio del director de la puesta en escena?

Por otro lado, y este tal vez sea el mayor pecado anti-andersoniano, la película se puebla de personajes sin fin, que pululan en pantalla con algún rasgo definitorio y, tal vez, un gag reconocible, pero por primera vez en su cine parecen carecer también de un sentido, no digo práctico pero al menos de tono. Todos sabemos que a Anderson le gustan los elencos multitudinarios y evidentemente las estrellas mueren por tener siquiera un papel minúsculo en sus películas, pero si su cine siempre tuvo rincones pasajeros y gratuitos poblados de figuras circunstanciales y casi mudas, eso nunca quiso decir que no fueran personajes claros, con una nota propia y un sentido dentro de la constelación de cada película. ¿Cuál es el sentido, por ejemplo, del personaje interpretado por Liev Schreiber (el padre de un pibe insoportable) o el del de Maya Hawke (la maestrita de escuela)? Lo fortuito es fundamental en Asteroid City pero de ese azar sale más bien poco. El corazón de la película, por supuesto, es el personaje del viudo reciente interpretado por su amado Jason Schwartzman, pero honestamente son tantas y tan variadas las trabas que impiden acceder a su historia que resulta difícil intentar entender cómo se articula todo ese contexto (que incluye desierto, extraterrestres, militares, terrenos que se venden por máquina expendedora y un hotel) con alguna emotividad que pudiera transportarnos en este viaje. Por momentos, pareciera como si Anderson se hubiera olvidado de adónde se suponía que apuntaba todo esto (por dónde tenía que salir la lágrima), preocupado como está por seguirle el paso a todas las invenciones y personajes que fue metiendo quién sabe del todo por qué. Párrafo aparte merecería el personaje de Johansson, que se roba la película (como suele pasar cuando Anderson se entrega a una diva), pero confieso que prefiero no ahondar por ese lado porque presiento que su Midge Campbell, ay, merecía una película propia y, en cambio, lo que tenemos termina por sonar más bien triste.

Dentro de esta bataola de estructuras y figurines, sí hay un personaje que llamó mi atención: el extraterrestre que se cuela en el festejo científico para robarse un meteorito, vaya uno a saber por qué. Junto con el Correcaminos (posiblemente, el otro gran hallazgo de Asteroid…), el extraterrestre es la única incursión del stop-motion en esta película: un personaje salido de otro universo, creado de otra forma, que se mueve y expresa de un modo radicalmente diferente al resto de los personajes. En términos pragmáticos, es poco más que una excusa: la pieza de guión que le permite mantener encerrados a esos personajes que se cruzaron en el desierto. No aporta nada, no lleva a ningún lado. Tampoco es casi un personaje: viene y se va. Y vuelve, ponele. Pero es un personaje que se expresa con los ojos y el cuerpo. No dice nada, pero su actitud física lo dice todo: es el extraterrestre tímido. Solo a Anderson se le podía ocurrir semejante criatura.

En ese nodo, en esa excusa sin sentido, en esa piel cargada de mucha más textura que la piel de cualquiera de los demás personajes (excepto Midge, claro) está cifrada parte de la poética que a esta película, en definitiva, se le escapa. Una lástima.

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