Por amor a Fellini, sobre «La voz de la Luna», por Marcos Rodríguez

La última película que filmó Fellini fue también la última película de Fellini que me faltaba ver (debe haber alguna otra perdida en el medio, pero por el bien de la narración vamos a dejarlo así): “La voz de la Luna”, estrenada en 1990, si bien la ficción está ambientada en 1989, protagonizada por Roberto Benigni (uf, Benigni). Parte de la razón por la que tardé tanto en verla (además de la vida y esas cosas) es que tenía miedo de verla: miedo de encontrarme con una pieza de senilidad cinematográfica, el ocaso opaco que un grande no merecía haberse ido así. De hecho, Fellini es uno de esos raros casos en los que un director, en su última etapa, de madurez llamémosla, supo reinventarse (al menos en parte) y seguir creando grandes películas. Pero con “La voz de la Luna” se intuía que no había sido el caso: porque casi nadie habla de ella, porque eligió a Roberto Benigni como protagonista, no sé. Había una amenaza ahí que, por supuesto, la película confirma: no solo Fellini se repite (nada nuevo ahí) sino que lo hace con un cierto grado de complacencia, de abandono de cualquier esfuerzo, de explicitud. En algún punto, “La voz de la Luna”, además de ser el último, es un Fellini más.

A esto se suma que la película ya entra en una época de modernidad que claramente le es ajena a Fellini, y si bien él prefiere atenerse a sus loquitos y a sus recuerdos de un pasado perdido, no es menos cierto que también busca reflejar activamente ese presente que no entiende: el gesto es noble, pero le salta un poco la chochera. Que la televisión, que los jóvenes en la disco bailando pop (y encima Michael Jackson, ¿qué le pasa a Federico?). Es cierto que no todo es reproche de viejo choto en su representación de los jóvenes: ahí lo tenemos a Benigni enamorándose de todas y cada una de las pibas con las que se cruza en la pista de baile (“Ya entiendo: es que todas son Aldina”, uno de los momentos cumbre de la película, y también una de las explicitaciones más rastreras y cancelables de uno de los principios fundamentales del cine de Fellini), pero inmediatamente después aparece Paolo Villaggio, quejándose como buen viejo choto de que esto no es música y ustedes no tienen idea de lo que es bailar. No estaría mal que se presente a un viejo choto como viejo choto, pero la propia película adopta como respuesta su punto de vista y nos muestra a Paolo bailando un vals con su condesa, aislados por la luz y la música, en un momento que busca ser lírico. En la disputa entre los jóvenes y los viejos, Fellini se queda con los viejos, está claro.

Todo lo cual, en el fondo, no ameritaría dedicarle este tiempo y estas palabras a una película que me temía que no iba a ser muy buena y que resultó que no era muy buena. El problema es que “La voz de la Luna” me sacó más de una lágrima y me dejó completamente atravesado y conmovido. En parte, por supuesto, porque Fellini aunque viejo seguía sabiendo lo que hacía; en parte porque toda la película funciona explícitamente como la despedida de un mundo poético que ya, a partir de su misma existencia, queda definitivamente atrás. Sobre todo, lo que descubrí, y lo que me está causando verdaderos problemas, es que volver a una película de Fellini (y encima en este caso, descubrir una película de Fellini que nunca había visto) no es lo mismo que ver cualquier otra película. Perdón, pero es así. Debe haber habido películas más interesantes o importantes por algún u otro motivo que se estrenaran en 1990 (mirando cualquier lista, veo sin demasiado esfuerzo: “Buenos muchachos”, “El vengador del futuro”, hasta “Danza con lobos” si uno tiene ganas de romper un poco las pelotas), pero ninguna de todas esas tiene el peso y el espesor de “La voz de la Luna”.

No me interesa defender “La voz de la Luna” desde el autorismo: un Fellini flojo es ontológicamente mejor que “Duro de matar 2” porque Fellini es un autor. Andá a cagar. Tampoco quiero decir que “La voz de la Luna” sea buena porque de alguna forma participa, aunque sea en menor grado, de ese universo fundamental que es el cine de Fellini. Ninguno de esos argumentos tiene sentido. Pero al mismo tiempo no puedo dejar de lado algo evidente: Fellini fue la base de mi formación cinéfila. Veía sus películas, allá en el pueblo, incluso antes de tener cualquier idea sobre lo que es o no es el cine. “Amarcord” la vi antes de entenderla. Con los años, seguí su filmografía como se remonta el curso de un río. Y la verdad es que hoy en día no suelo revisar a Fellini y no diría que está entre mis directores fundamentales, pero tampoco es menos cierto que algo en mi sensibilidad, en mi forma de mirar, en mi forma de entender el mundo casi, se moldeó con su cine. No podría evitarlo incluso aunque quisiera. Y tampoco veo por qué habría de hacerlo. “La voz de la Luna” se repite, sí, cae en los caminos fáciles que el propio Fellini supo inventar en su momento, pero también expresa algo que nadie más podría hacer como él: una forma, una mirada. La naturalidad con la que Fellini funde el cine con la lógica de los sueños, la sinceridad con la que se zambulle en sus angustias, la inocencia con la que juega, el descaro con el que se exhibe, el amor por sus criaturas, la alegría que reparte. Nadie más podía hacer eso, y de hecho nadie más lo hizo. Y lo entiendo perfectamente, porque eso mismo lo aprendí en películas tal vez mejores. “La voz de la Luna” tal vez sea un Fellini disminuido, demasiado complaciente con su propia mirada, pero hay algo ahí que vibra con una enorme vitalidad, y que hace que hasta Benigni sea soportable y conmovedor.

Es posible que toda esa verdad que encuentro en la película tenga más que ver con mi amor a Fellini que con la película en sí. Es posible, no lo voy a negar. Pero tampoco serviría a nadie ponerse a jugar el papel de la mirada objetiva que analiza una película como si fuera un insecto a diseccionar: valores y parámetros, ciencia aplicada en la medición del objeto estético. ¿De qué estamos hablando? Tampoco me interesa para nada la mirada del fan: esa criatura que es anterior a las redes sociales pero que encontró en ellas su ambiente ideal para desarrollarse. La película es buena en tanto me gusta, o al revés. Tanto uno como otro extremo (lo objetivo, lo subjetivo) parecen creer que hay una verdad por revelar, y que ellos son quienes la imparten. Una crítica, en cambio, sirve en la medida en que establece un diálogo. Que una película sea buena o mala no tiene nada que ver con todo esto.

Todo esto para una conclusión bastante pobre: sí, “La voz de la Luna”, la última película que dirigió Federico Fellini, es mala. O, por lo menos, no es demasiado buena. Se repite, trabaja con bastantes lugares comunes (en buena medida, a través del personaje del loco lindo de Benigni), de pronto se mete a hacer comentarios sobre la modernidad que la pifian bastante o que interesan bastante poco. Todo eso es verdad. Pero incluso así, es una película fascinante, porque cuando no se dedica a organizar fiestas (como decía Kael), cuando no se dedica a pasar juicios sobre modernidad y política, cuando no se está esforzando por ser poética, alcanza una honestidad y una libertad en sus juegos que no existen por fuera del cine de Fellini.

Para cerrar, apenas una escena. Una vez que los brutos del pueblo logran capturar a la Luna y encerrarla en un granero, mientras en la plaza central se juntan todas las eminencias para organizar una conferencia televisada como gran anuncio de la captura, después de un par de discursos y esas tonterías, en un momento la gente reunida comienza a hacer preguntas y de entre los vecinos aparece un palurdo que de pronto dice que él tiene una pregunta que hacer. Entre cruces y malentendidos, el vecino dice: “Me gustaría saber para qué vinimos al mundo”. Algunos se ríen, otros lo tratan de imbécil. Ni el político ni el obispo ni el moderador saben muy bien qué decirle. Se desata un quilombo. Pero al final nadie le responde.

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