Tokyo Twilight, 1957
Crepúsculo en Tokio
Qué película amarga que es Crepúsculo en Tokio, casi imposible de ver. Por lo menos, sin un trago en la mano. No es que sea más desoladora que lo que veníamos viendo, el cine de Ozu puede ser fácilmente desolador, pero sus películas suelen llegar a esa desolación como resultado de un trayecto cuidadoso, muchas veces imperceptible, muchas veces amable. En cambio, Crepúsculo en Tokio es un trago amargo de principio a fin, sin resquicio, sin descanso, sin oasis o encanto. Pura belleza, pero ninguna amabilidad. Empieza con desencanto, pasa por un aborto, un suicidio, un abandono de familia y termina con una despedida definitiva que no se termina de concretar: lo opuesto a la cortesía y la consideración que normalmente puebla el cine de Ozu. No hay dónde esconderse de la miseria, y mucho menos una solución.
Este espíritu se expresa de forma directa en la crudeza del invierno que asola a todos los personajes. Bien podría haberse llamado Invierno en Tokio o Invierno temprano: no vemos más que escenas en las que los personajes se quejan del frío. Los hombres se quedan con el saco y el sombrero puestos adentro de los bares. En la casa, el protagonista Sugiyama (mismo apellido que el protagonista de la película anterior: no se preocupó por buscar otro) se la pasa sentado en la mesita con frazada y brazas para no tener frío. En varias escenas, vemos nieve caer por las ventanas del fondo, encuadrada allá atrás, no como información sino como dato constante. Abrigos y más abrigos. Todo es frío en Crepúsculo en Tokio.
Esta película podría leerse como una continuación de las historias que ya repitió varias veces Ozu: la cuestión de casar a la hija. Crepúsculo en Tokio empieza cuando la hija mayor aparece un día en la casa del padre, con su bebé a cuestas. No explica detalles, pero deja en claro que hay problemas en la pareja, y problemas que no se pueden resolver: no se trata de una infidelidad o de un inconveniente u otro porque haya pasado algo. Cuando su padre se ofrece a ir a hablar con el marido, ella le dice que no serviría de nada: no hay nada que pueda hacer, el problema es cómo es su marido. Cada vez que le pasa algo en el trabajo, o si uno de sus colegas recibe algún elogio, él se desquita con Michiko (la nena de dos años) o con ella. No tenemos más detalles, se puede entender que hay violencia. Tampoco tenemos una declaración formal de ruptura, pero Takako llega a la casa del padre al inicio de la película y no la deja hasta el final.
A pesar de lo que le dijo su hija, Sugiyama va de todas formas a visitar al marido de Takako, un profesor universitario, traductor, tal vez escritor; un intelectual, en definitiva. La charla no lleva a ningún lado, es más lo que no se dice que lo que se habla entre ellos, pero cuando Sugiyama vuelve a casa, le pide perdón a Takako: fue él el que la convenció de que se casara con Numata y no con el chico del cual ella estaba enamorada. Y mirá cómo terminó la cosa. Takako sonríe y dice que no vale la pena hablar de eso. Crepúsculo en Tokio sería algo así como la historia de lo que pasa después de que se lleva a cabo el matrimonio arreglado por los padres. No es una historia feliz.
La hija mayor la interpreta Setsuko Hara, que dejó de ser Noriko, aunque su personaje de ahora no está tan lejos de aquel: la hija que al final tiene que dejar solo al padre. La mayor diferencia entre la Noriko de antes y la Takako de ahora es la sonrisa: en Crepúsculo en Tokio, Hara prácticamente no sonríe, mientras que Noriko era pura sonrisas. Tal vez su personaje ya no es Noriko precisamente porque acá ya se casó: carga con todo lo que pasa una vez que empieza el matrimonio.
También hay otro cambio que vale la pena notar: en las últimas películas de Ozu, cuando en las familias había un hijo que había muerto, siempre se trataba (se aclarara o no) de un hijo que había muerto en la guerra. Tal vez el cambio se deba a que ya estamos en 1957, pasaron muchos años, pero cuando nos enteramos, a mitad de la película, de que Sugiyama tenía un hijo varón que murió, resulta que la muerte ocurrió en un accidente de montañismo, una vez terminada la guerra. Se trata de una muerte gratuita: no está el peso de la historia, la desgracia colectiva, la tragedia. Es una muerte sin sentido, lo cual vuelve mucho más sombrío todo en la película.

Hablando de cuestiones gratuitas, hay dos escenas llamativas en Crepúsculo en Tokio, por lo que tienen de innecesarias, de inconexas. Una es doblemente engañosa, porque parece abrir uno de los carriles más frecuentes en las películas de Ozu, y en realidad no lleva a nada. Se trata de una escena que ocurre en un salón de pachinko, que al parecer es el entretenimiento favorito de Sugiyama (Chishu Ryu): siempre que se escapa de su oficina en el banco, saben que lo van a encontrar ahí. Una mañana, mientras tiene que esperar a que el presidente del banco termine con su reunión, se raja. Mientras está ahí, quejándose porque se le traban las bolitas, aparece de pronto un viejo amigo, interpretado por So Yamamura. Tenemos entonces, en cierta forma, una escena que es la opuesta a lo que habíamos visto en El sabor del té verde sobre el arroz: en esta Yamamura era el que iba a visitar un salón de pachinko (y descubría que era un buen entretenimiento) y estando ahí se encontraba con su viejo compañero del ejército, interpretado por Chishu Ryu. En Crepúsculo… es Ryu el que recibe a Yamamura en el salón, y lo invita a jugar. Mientras están jugando, deciden organizar una reunión de compañeros de colegio. Yamamura le dice que tiene que irse unos días por trabajo, y le pide a Ryu que organice todo con los demás compañeros. Hasta hablan del salón donde se van a reunir y de buscar algo no tan caro porque son un montón. Uno ve esa escena, que solo sirve para planificar la reunión, y por supuesto espera encontrar (de nuevo) la escena de los compañeros cantando canciones de juventud, emborrachándose y agradeciendo a sus viejos profesores. Nada de eso: no se muestra la reunión ni se la vuelve a mencionar. Yamamura no había aparecido antes en la película y tampoco vuelve a aparecer. Todo conduce a nada: lo que se dice una escena gratuita.
Siguiente escena: un día, la hermana de Sugiyama (Haruko Sugimura, una de las actrices más estables del nuevo elenco de Ozu) va a visitarlo al banco, y de paso lo invita a almorzar. Deciden ir a un restaurante de anguilas, Sugiyama le avisa a su secretaria, pero antes de salir a comer, la hermana le pregunta a la secretaria dónde queda el baño. Ella le da indicaciones: al final del pasillo a la derecha. La hermana se levanta y sale. La cámara la muestra mientras se larga a correr por el pasillo. ¿Para qué mostrarnos el apuro por ir al baño de la hermana? Lo que se dice una escena gratuita.
La hija menor de Sugiyama es, como corresponde, la hija moderna. Pero, mucho más que moderna, es la hija que cayó en malas compañías. Su personaje tiene algo de condena a la juventud perdida de hoy en día: vemos muchos jóvenes maleducados que no hacen más que perder el tiempo, sin esperanzas o planes de futuro, vemos el interior de una comisaría, la desgracia y la “escoria” de Tokio (mientras Akiko espera a que llegue su familia, tenemos una breve escena en la que están procesando a un hombre que se roba ropa interior de mujeres). Esa caída en malas compañías (bares de mala muerte, salones de mahjong, barrios feos) tiene un efecto muy concreto: Akiko (Ineko Arima, una actriz nueva en el universo Ozu) está embarazada. Su gran caída en desgracia, y casi todo el arco de su historia, tiene que ver con este embarazo no deseado, que al principio no se menciona pero se intuye, pero después cobra cada vez más importancia y complicaciones.
Sorprende la crudeza con la que Ozu muestra la escena del aborto: nada de buenas maneras, de esconder o hacer que el espectador entienda por indirectas. Mucho menos, elidir la escena: la película muestra a Akiko entrar al consultorio, al que claramente ya había asistido antes, responder (sin decirlo pero se entiende perfectamente) a la doctora que se quiere hacer un aborto, preguntar por el procedimiento, arreglar el tema del pago. La vemos entrar en el cubículo donde le van a realizar el procedimiento y la doctora corre la cortina, que se traba un poco. Después, Akiko vuelve a su casa y está pálida y casi se desmaya: su hermana corre a prepararle la cama sin saber qué le pasa. Cuando Akiko ve a su sobrinita por un pasillo, se pone a llorar. Mientras la acomoda en la cama, Takako le cuenta a su hermana que esa mañana pasó la tía con un par de fotos de posibles maridos para Akiko: le sonríe pensando en su futuro, no puede saber lo que acaba de pasar ni que ese futuro no va a ser.
Otro de los temas centrales de Crepúsculo en Tokio es el de la madre que abandonó a la familia: en cierta forma, otra historia sobre lo que pasa después de concretado un matrimonio. Esta es una historia del pasado, que se explica bastante avanzada la película pero que, como la muerte del hermano, es una ausencia que marca cada secuencia. En un primer momento, uno bien podía suponer (porque es casi lo normal en las películas de Ozu) que Sugiyama, el padre de las jóvenes en conflicto, es viudo. Después nos enteramos de que no: la madre de las chicas sigue viva, pero se escapó con otro hombre, dejó a la familia, se fue a vivir al extranjero, y ahora está de vuelta en Tokio. Ese fantasma de la traición sigue vivo: lo que más duele no es que dejara a su esposo (que, nos enteramos al final, está al tanto de todo pero no dice nada, no interviene y no expresa un odio particular) sino que dejara a sus hijos sin una madre. Ella explica, en un momento, que se dio cuenta de que había hecho mal pero nunca se atrevió a contactarse con la familia, porque sabía que no la iban a perdonar. Tiene razón: nadie la perdona, o siquiera la comprende.
Al final, cuando los cruces azarosos llevaron a esta madre a volver a entrar en contacto con sus hijas, cuando sabe de la muerte de su hijo y, poco después, de la muerte horrible de su hija menor, cuando no le queda más que aceptar que no hay vuelta atrás o reconciliación posible, termina por irse a un lugar incluso más frío que lo que vimos hasta ahora: todo lo que la espera es lejanía y nieve. Antes de irse definitivamente, lleva un ramo de flores para la tumba de su hija, que no sabe dónde está, y le dice a su única hija viva que esa noche se va y no va a volver. Sin que hubiera ningún pedido o promesa, la madre espera, esa noche, mientras está sentada en el tren, ver aparecer en el andén a su hija, que venga para despedirla. Es una escena larga, casi cuatro minutos, de espera angustiante: no hay información o avance de la trama en esos largos minutos de la madre sentada en el vagón, que abre la ventana para mirar hacia afuera, y la vuelve a cerrar por el frío, y sigue mirando a través del vidrio empañado, esperando por lo menos ver una vez más a su hija. Ella, sentada en la casa, no piensa ir. La crueldad de esa negativa es tan dolorosa como lo que duran esos minutos de espera.

El reencuentro con su madre, revivir esa historia que ya conocía (ella tenía edad para recordar a su madre, a diferencia de Akiko, que era muy chica y nunca supo qué había pasado, hasta que su madre vuelve a aparecer), funciona como una advertencia para Takako: su madre hizo lo que ella no se atrevería: dejó a su marido. Takako no es feliz con su esposo, que entendemos que es violento con ella; no sabemos por qué fue que su madre dejó a Sugiyama: solo se habla de la infidelidad, pero no sabemos cómo era la relación de esos esposos. Como sea, su madre es la mujer que se fue. A final, Takako decide volver con su marido: después de reencontrarse con su madre, sobre todo después de la tragedia de Akiko, que nunca pudo entender o siquiera conocer del todo, siente que tiene que volver con su marido, para que su hija tenga una familia. Para evitar más desgracias, decide sacrificarse. Pero no hay conciliación posible. No hay en Crepúsculo en Tokio discursos sobre la armonía familiar que va a terminar llegando con el tiempo. Acá el tiempo ya pasó, no hay esperanza de que venga algo mejor. Lo único que hay es una cierta lucidez, por llamarla así: Takako fue egoísta al dejar a su marido, y decide dejar de ser egoísta por el bien de su hija, que va a necesitar una familia. Es una mirada que, vista desde hoy, resulta complicada y también lejana. Evidentemente, los tiempos ya cambiaron. En aquel entonces, todavía estaban cambiando: una mujer podía dejar a su esposo, pero tenía que pagarlo muy caro. Ozu, que parecería ubicarse una vez más del lado de lo tradicional, sin embargo elige no envolver ese regreso a la familia con una promesa de sabiduría futura y convivencia por desgaste: Takako no entra de vuelta en ese matrimonio con falsas esperanzas o engaños o discursos moralizadores como tantos otros que vimos: no habrá armonía, pero habrá una familia.