Early Spring, 1956
Primavera temprana
Tres años separan esta película de Historia de Tokio: la brecha más grande en su filmografía desde que terminó la guerra, y una que no se va a repetir: a partir de este momento, Ozu va a filmar una película por año (dos en 1959) hasta su muerte. No tengo datos concretos sobre el motivo de esta pausa: Historia de Tokio fue una película bien recibida, ¿acaso habrá sido también agotadora? Unos chismes dicen que durante esta pausa, Ozu ayudó a Kinuyo Tanaka con su segunda película como directora: Se levantó la luna, de 1955. No conozco (por lo menos por ahora) los detalles, pero parecería ser que al menos el guion, o la idea original para esta película provienen del propio Ozu. Habrá que verla. De cualquier forma, eso tampoco explicaría una pausa de tres años.
Hay algo muy particular en Primavera temprana, una obra maestra atípica para Ozu: los temas que trata, la edad de sus protagonistas, las tensiones que refleja. Según otros rumores, se trató de un intento de ser más “moderno” y poder captar a un púbico que ya para 1956 estaba cambiando. No sería extraño: solo como dato ilustrativo para tener una referencia, que no significa casi nada, en 1956 filma su primera película Seijun Suzuki, por poner un ejemplo en el extremo cinematográfico opuesto al de Ozu. Otra referencia: dentro de la propia Shochiku, el estudio de Ozu, Oshima filma en 1960 Historia cruel de juventud, en lo que sería el inicio de la Nueva Ola en Japón. El espíritu de Ozu, no hace falta decirlo, está lejos de todo esto: un director consolidado, que empieza a quedarse atrás de los tiempos. Según dicen, entonces, Primavera temprana fue una imposición del estudio: por eso no hay viejitos encorvados ni tramas que se expanden durante décadas, por eso también la película está protagonizada por Ryo Ikebe, a todas luces un galancito que los propios personajes de la película no se cansan de calificar de “apuesto”, y con el que Ozu no volvería a trabajar, a pesar de que está muy bien en esta película. Puesto a hacer una película sobre jóvenes, Ozu termina por hacer una película muy Ozu, que toma ciertos desvíos de sus temas y tramas habituales, pero de todas formas acaba por volver siempre a lo mismo.
Nos encontramos otra vez en los suburbios pobres de Tokio: lejos de Kitakamakura, las casas, los pastos. El espacio que se nos presenta recuerda mucho más, por ejemplo, al ambiente de Nací, pero…: un lugar donde no hay miseria, pero tampoco ninguna comodidad. Donde la ciudad se disuelve en el descampado. Después de mostrar cómo se despiertan temprano los protagonistas, viene una de las secuencias de montaje más lindas de Ozu: por entre las callecitas y atravesando tablas que funcionan como puentes sobre arroyos, empiezan a aparecer camisas blancas. Primero uno, tres, cada vez más. En su mayoría, hombres de traje y maletín, pero también mujeres con pollera y blusa blanca. Las figuras son cada vez más y como un río que va acumulando caudales, los vemos caminar por calles cada vez más anchas, hasta que acaba por formarse una masa de uniformados que desemboca en la estación del tren. Sobre un andén repleto, Shoji Sugiyama, el protagonista, se va encontrando con sus amigos: otros trabajadores y oficinistas, con los que no comparte el trabajo pero sí el traslado de cada mañana. Charlan sobre sus planes para el fin de semana, para salir de paseo, hasta que uno dice: “Ahí viene el tren”.

Primavera temprana es, entre otras cosas y tal vez de forma más esencial, una película sobre el oficinista anónimo. Sobre ir todos los días al centro en hora pico, sobre los días que pasan iguales y siempre encerrados, sobre el desgaste y el cansancio, sobre la insatisfacción de saber que no te espera nada mejor, que los hijos llegan antes que los aumentos (según dice uno de los diálogos), que tu única alegría es un plato de fideos con los amigos. La juventud de los protagonistas (esa “primavera de la vida”, según dice el propio guion) es un tanto relativa: estamos lejos de los protagonistas de Historia de Tokio, por ejemplo; los personajes que vemos son todos bastante despreocupados y sin hijos; pero al mismo tiempo tampoco son tan jóvenes ya: rondan los treinta y alcanzaron una edad en la que el entusiasmo de haber entrado en el mundo adulto va dejando lugar al desgaste, a la desilusión y a empezar a entender que el futuro pinta como una extensión gris de más de lo mismo.
Se trata de un tema más amplio y menos individual que los que suele enfocar Ozu, lo cual significa que si bien Primavera temprana cuenta la historia de Sugiyama y se mantiene bastante pegada a él, al mismo tiempo abre una narración mucho más horizontal y social: un poco lo opuesto a lo que pasaba en El sabor del té verde sobre el arroz, en el que un puñado de personajes recorría diferentes ambientes; acá lo que tenemos es un grupo bastante amplio de personajes, que en general recorre más bien pocos ambientes. Se trata, además, de gente joven, que quiere salir, quiere divertirse un poco, quiere ver amigos. Y nos encontramos, en esto sí como en El sabor del té verde…, con un matrimonio insatisfecho, con lo cual cada uno de los miembros de la pareja busca salidas por su cuenta. Es así que la película va construyendo, desde aquella secuencia inicial en el andén del tren, todo un andamio de sociabilidad, que de una forma u otra refleja distintos aspectos de esta vida del asalariado: están los amigos del barrio, que trabajan de otra cosa pero toman los mismos trenes; están los compañeros de la oficina; están los viejos compañeros del ejército; están los que trabajaban en la misma empresa y ya no trabajan más ahí, o fueron trasladados. Cada uno de ellos, de alguna forma, viene a reflejar aspectos diferentes de vidas que se parecen mucho. Aparecen algunos personajes con un poco más de edad, que vienen a poner la perspectiva de la experiencia, pero ya sea que se trate de trabajadores a punto de jubilarse o de uno que se acaba de enterar de que va a tener su primer hijo, todos están más o menos en la misma. A lo sumo, más adelantados en un camino que solo tiene una dirección posible. No es un tema ajeno al cine de Ozu, pero sí es uno que había dejado un poco atrás.
Lo que sí es novedoso es lo que sería la trama principal, que en realidad capaz que en esta película importa menos que en otras, pero de alguna forma articula todos estos elementos que se van presentando. Se trata de la historia de la infidelidad de Sugiyama: una historia de juventud. No es en sí un tema nuevo o ajeno al cine de Ozu: varias veces se sugirió en sus películas esta idea de las infidelidades de juventud, sobre todo en los recuerdos de quienes ya las dejaron atrás, pero en esta película esta historia pasa a ser el centro argumental, se nos presenta en pantalla, la vemos iniciarse, consumarse y morir.
Una historia de infidelidad implica, desde ya, no solo un contexto, sino también momentos de acercamiento, de seducción, escenas de “sexo” y atracción, y también drama. Probablemente esto es lo que más llama la atención dentro de una película de Ozu: no es raro que el cuerpo esté muy presente en su cine, pero sí es raro que nos muestre la sexualidad de forma tan abierta. Vemos, entonces, cómo gradualmente Sugiyama se va acercando a su amiga “Pez Dorado” (apodo que le dan en la banda a esta chica por sus ojos grandes): una secretaria que vive también en el barrio, con la que comparte los trenes de viaje al centro, y también las salidas de domingo, junto con el resto de la banda. Se encuentran, comen juntos de forma “inocente”, hasta que finalmente llega la consumación. Ozu es muy meticuloso el presentar todo este desarrollo, de la misma forma en la que, una vez que llega a esa cúspide, de pronto elide todo lo demás: después de la primera noche, ya no volvemos a verlos juntos, no sabemos si porque fue una cosa de una sola noche o si, como sugieren los amigos, es algo que continúa con cierta frecuencia, aunque no lo vemos. Establecido el amorío, Ozu pasa a contar otra cosa.
Entonces empiezan a moverse los hilos sociales que se tensan en torno a esa infidelidad: repercusiones que se sacuden por la trama. Es así que encontramos escenas en las que la esposa de Sugiyama sospecha que algo está pasando; viene la vecina y le cuenta las historias de infidelidad de juventud de su propio marido; los amigos de Sugiyama se van cruzando en bares y cafés y empiezan a circular rumores, hasta que finalmente organizan una especie de intervención (fideos de por medio) para tratar de hacer que Chiyo (Pez Dorado) entre en razones y piense en la pobre esposa engañada. A Ozu parecen interesarle más todas esas repercusiones que la relación amorosa en sí, la cual de hecho ya dejó de mostrar. De todas formas, Primavera temprana contiene lo que podríamos calificar como la escena más “picante” de su filmografía: una noche en la que vemos, por corte, el traje de Sugiyama colgado de una percha en la pared, y a él sentado junto con su amante, los dos en kimono. Mirando por la ventana hacia el mar, Pez Dorado dice entonces: “Anoche se veía más encantadora, esa agua está toda sucia”.
Si bien el tema del paso del tiempo no está tan presente (por supuesto, en términos relativos, porque el desgaste y la desilusión con el trabajo y la vida están relacionados con el tiempo que pasa), en cambio, Primavera temprana es una película en la que la muerte está muy presente, lo cual no deja de llamar la atención en una historia que retrata la juventud. Esa tensión, de gente joven que está empezando su vida, y la muerte que atraviesa todo el relato, le da parte de su fuerza a la película. Por un lado, es muy fuerte la ausencia del hijo de los Sugiyama, que murió de una enfermedad cuando era muy chico: ese hueco, esa falta de esperanza se siente en cada minuto de la relación, si bien no se lo menciona hasta bien avanzada la película: la esposa le recrimina a Sugiyama que se olvidó del aniversario y no va a visitar la tumba de su hijo. Por otro lado, cuando una noche Sugiyama se reencuentra con sus compañeros de guerra y se ponen a chupar y a cantar, pronto aparece entre los recuerdos de aquellas épocas la figura de Nishijima: el que era el mejor para atrapar perros para comérselos. Nishijima, el que se ponía a temblar apenas empezaban a volar las balas. Nishijima, ese que la viuda describía como el más valiente de todo el ejército. El otro día me crucé con la viuda, dice uno de los amigos de pronto: se volvió a casar, está muy contenta. Todos se quedan con la mirada perdida. Tenemos suerte de seguir vivos, dice uno, antes de que todos se pongan a cantar otra vez. Última muerte, una que se extiende a lo largo de casi toda la película: uno de los compañeros de oficina de Sugiyama está enfermo desde hace tres meses. Algo de los pulmones, debería estar internado pero no le gustan los hospitales. Sugiyama se pasa tres cuartos de la película diciendo “debería ir a visitarlo”, “voy a ir a visitarlo”, incluso lo usa de excusa para cubrir una de sus salidas de amorío, hasta que finalmente va a verlo y su amigo, echado en la cama, harto de todo, empieza a contarle con una sonrisa lo feliz que se sintió cuando pudo entrar a trabajar en esa empresa, el sueño de su vida. Al día siguiente, cuando Sugiyama llega a la oficina, un compañero le avisa que Miura murió de una sobredosis de somníferos. Muerte en el pasado (la guerra), la muerte del futuro (el hijo), la muerte en la oficina (el compañero): Sugiyama está constantemente rodeado de recordatorios de su propia mortalidad.
Al mismo tiempo, como dijimos, también está rodeado de personajes mayores que le recuerdan las perspectivas de su propia vida: por un lado, tenemos un viejo compañero de la empresa, que es un poco mayor y al que transfirieron a un pueblo entre montañas, donde está la fábrica de ladrillos (interpretado por Chishu Ryu); por otro, está el otro empleado también un poco mayor (interpretado por So Yamamura), que un día decidió que estaba harto de la empresa y se puso un bar, y ahora tiene que enfrentar las penas e incertidumbres de ser independiente; al final, cuando el propio Sugiyama decidió aceptar que lo transfieran al mismo pueblito de Ryu, cuando está despidiéndose de su amigo en su bar, un par de butacas al lado un tipo se les pone a hablar y les cuenta que está a punto de jubilarse, que siempre trabajó en la misma empresa pero que igual con lo que le den de jubilación tampoco va a poder descansar: trabajé 31 largos años y me vengo a dar cuenta de que la vida es un largo sueño vacío, dice antes de brindar por la salud y el futuro traslado de Sugiyama. En vida, las perspectivas tampoco son demasiado alentadoras.
Dentro de este panorama, es notable la cantidad de escenas de canto grupal que incluye Ozu: gente en pedo, gente sobria, gente que festeja y gente que se despide. Como Primavera temprana es una película sobre la socialidad, no faltan encuentros y reuniones, ni el alcohol, pero lo notorio es que todas esas escenas de canto (mínimo, cinco o seis) son diferentes a los cantos melancólicos que solemos encontrar en sus películas. Hay, por supuesto, algo de recuerdo del tiempo que se fue, pero tampoco tanto. Ni siquiera en la reunión de compañeros del ejército es tan fuerte esa vena de nostalgia, como sí pasaba, por ejemplo, en El sabor del té verde sobre el arroz. Acá, los compañeros cantan, pero no para recordar las bellas estrellas de Singapur. Parecerían cantar, en realidad, más como una forma de olvidar un poco todo esto, de dejar las penas atrás, de hundirse más rápido en los efectos del alcohol. Hay un canto melancólico en la despedida que le organizan los amigos a Sugiyama antes de que se mude, pero también hay muchos otros. Como si el canto, y sobre todo el canto entre todos, el canto desafinado y desprolijo, pero compartido, viniera a representar ese día a día al que se entregan los personajes, único consuelo posible en una vida que no ofrece muchas otras posibilidades.
Una nota más antes de terminar: el tren siempre fue un elemento fundamental en el cine de Ozu, desde sus inicios, pero nunca estuvo tan presente y fue tan fundamental como en Primavera temprana. Primero, hay una cuestión muy concreta: el tren es lo que te lleva al centro, al trabajo. El tren en esta película es casi exclusivamente el tren en hora pico: un espacio abarrotado, mecánico, inclemente. Hay conversaciones sobre el tren, sobre los horarios, sobre tomar un tren más temprano, sobre lo desgastante que es subirse a ese tren cada mañana. De la misma forma, hay también muchísimos planos de trenes en la película, pero no se trata exclusivamente de una cuestión de cantidades: en Primavera temprana el tren se carga de sentidos simbólicos. Ese mismo tren que es el vehículo, el símbolo y lo que posibilita el trabajo desgastante, es también el tren que sobre el final va a llevar a Sugiyama hasta el pueblucho perdido entre las montañas y el calor, lejos de Tokio y todo lo que conoce y todo lo que le gusta, solo para responder al mandato de la empresa, que supuestamente lo mandó allá solo por dos o tres años (aunque a Ryu le dijeron lo mismo y sigue allá), y que supuestamente va a ser un buen paso en su carrera (aunque el propio Sugiyama dijo antes que solo uno de cada mil logra ser gerente en una empresa: el resto son carne de cañón).

Cuando Sugiyama ya lleva unos días en el pueblo, una tarde al volver del trabajo a su pensión se encuentra con que su esposa finalmente decidió volver con él (se había ido de casa cuando comprobó su infidelidad y se negaba siquiera a hablarle). Ese viaje de la esposa marca la reconciliación, y la promesa de tratar de superar todo juntos y construir un futuro. Sentados en su habitación, de pronto ella mira por la ventana y dice: “Mirá, el tren”. Los dos giran la cabeza hacia afuera, abstraídos, mirando el tren que se aleja. Ese mismo tren, le dice Sugiyama, podría dejarnos mañana en Tokio. Sí, responde ella, dos o tres años pasan rápido. Sí, contesta él. Los dos se quedan mirando por la ventana, con lágrimas en los ojos. En cualquier otra película, una que no se hubiera dedicado tan meticulosamente a destruir cualquier consuelo, uno podría llegar a interpretar esas lágrimas como una señal de esperanza.