Los años, apuntes sobre el cine de Ozu: 1960, por Marcos Rodríguez

Late Autumn, 1960

Otoño tardío

Después del año de las remakes, en 1960 Ozu vuelve con una película que, a su manera, es también una remake: como ya había hecho antes con El hijo único y, después, una versión en masculino con Había un padre, encontramos ahora que Otoño tardío está muy cerca de ser una versión en femenino de Primavera tardía: los elementos centrales de la trama son prácticamente los mismos, con la hija ya en edad de casarse pero que no quiere dejar a su padre solo, pero cambiando al padre viudo por una madre viuda. Resulta interesante, por esto mismo, que Otoño tardío sea, otra vez, una adaptación literaria: en este caso, de un relato de Ton Satomi; aunque, por supuesto, con guion de Ozu y Noda. Se trata de una película no tan vista de Ozu, o que tal vez quedó opacada por sus propias películas parecidas: no es difícil imaginar que en el eclipse de Otoño tardío obre la frescura y la maravilla de Primavera tardía, también protagonizada por Setsuko Hara, que en apenas once años pasó de ser la hija que tiene que casarse a la madre que tiene una hija en edad de casarse. Sin embargo, como pasa siempre en Ozu, las similitudes no hacen más que resaltar las diferencias: esta película maneja un tono diferente y probablemente ese sea uno de sus mejores atractivos: ver cómo Ozu vuelve a contar la misma historia, pero esta vez casi como comedia.

El centro de la trama, como decía, es el mismo que en Primavera tardía: una joven en edad de matrimonio que no quiere casarse. Esa oposición no es una oposición al sistema de matrimonio arreglado (que, además, en esta película se sortea de forma magistral para, al mismo tiempo, tampoco contravenirlo sino superarlo) pero surge de la excelente relación y la armonía doméstica que vemos entre la hija y la madre: todos están muy felices como están, tanto Akiko, la madre (Setsuko Hara) como Ayako, la hija (Yuko Ysukasa, una cara nueva que vamos a llegar a ver una vez más). En este caso, la madre viuda y su hija están en una situación económica más apretada: viven en un departamento bastante estrecho y las dos trabajan: una en una empresa como secretaria, la otra como maestra de bordado en una escuela. La plata, sin embargo, no es problema: evidentemente no tienen lujos, pero se las arreglan y las dos parecen satisfechas con esta situación. Es más, como ya había pasado antes, al rememorar la época de la guerra, Hara va a recodar aquellos tiempos dorados, cuando su marido todavía estaba vivo, como idílicos y maravillosos, a pesar de que se encarga de aclarar que no tenían un peso. Ese pequeño núcleo madre-hija es una unidad de armonía y es precisamente esa armonía, que se ve amenazada por el posible futuro matrimonio de Ayako, lo que genera la angustia en los personajes y en la película misma: incluso lo que es bello y funciona también se tiene que terminar. Ayako tiene que buscar su propia felicidad y si buscar ese camino significa sacrificar la armonía conocida, eso no debería ser un impedimento. Una vez más, Ozu vuelve sobre la idea de que la felicidad futura se construye sobre tristeza presente.

Si bien este hilo narrativo (repetido) está en el centro de Otoño tardío, y marca el corazón de su sensibilidad, en este caso una serie de personajes secundarios, y sobre todo las tramas que van tejiendo en torno a estas dos mujeres, conforman una especie de coro lateral, que desde afuera busca intervenir y termina casi por tomar el control de la película. Este coro, fiel al espíritu de Ozu, se compone de unos tipos grandes, que cuando se juntan actúan como chiquilines: me refiero al trío de amigos del padre muerto: una pandilla de ex compañeros universitarios, ahora ya señores grandes y serios, con puestos importantes en empresas o profesores, que enseguida nos remiten a aquellas viejas películas de amigos que filmaba Ozu allá lejos y hace tiempo. Otoño tardío prácticamente empieza y termina con una reunión de estos viejos compañeros: hay una pequeña secuencia antes de la primera reunión al principio, y también una secuencia final después de la última reunión al final de todo, pero todo el argumento de la película, y me atrevería a decir que la mayor parte de sus secuencias, giran en torno a este trío de viejos amigos.

La película se abre con el servicio de conmemoración por los siete años del fallecimiento de Miwa, el esposo de Akako y padre de Ayako: la gente esté esperando, llegan los amigos, se saludan. Inmediatamente después del servicio, que vemos poco y de costado, todos están chupando. Reunidos alrededor de una mesa, primero están sentados con Akako y Ayako, y surge el tema del futuro casamiento de la chica que se quedó sin padre: los amigos deciden ayudar y uno de ellos, el más charlatán y más atolondrado, promete presentarles al candidato ideal. Enseguida ellas se van y los tres se quedan tomando. Ocurre entonces la repetida (y gloriosa) escena de viejos chupando en un restaurante, con el infaltable chiste con la dueña del restaurante: en este caso, en vez de hablar sobre que el sexo de los hijos en un matrimonio lo determina la dominancia de uno u otro esposo, al hablar de su amigo muerto y la belleza de su viuda, pronto los chabones empiezan a decir que casarse con una mujer hermosa es garantía de tener una vida corta. Cuando aparece la dueña del restaurante (por supuesto, interpretada por Toyo Takahashi), los amigos empiezan a preguntarle por la salud de su marido y a decirle que están seguros de que va a tener una vida muy larga y saludable. Chiste cancelable más chiste verde, que abren la puerta a otra de las líneas centrales de ese reencuentro de amigos: resulta que cuando eran estudiantes, absolutamente todos estaban enamorados de la joven Akako (Hara), que por entonces trabajaba en una farmacia. Los estudiantes se la pasaban comprando medicamentos (cada uno con una excusa diferente) solo para verla, aunque al final fue el difunto Miwa el que se quedó con ella. Pasada una vida, y también una muerte, los tres amigos evidentemente siguen enamorados de Akako e incluso se ponen a discutir sobre quién les resulta más hermosa: si la joven Ayako o su madre, que con los años fue adquiriendo un encanto y una dignidad diferentes. En mayor o menor grado, los tres acabarán por confesar que prefieren (todavía) a Akako: Setsuko Hara vista a colores.

La anécdota de los medicamentos innecesarios va a reaparecer varias veces a lo largo de la película: lo que era una historia de juventud que probablemente debería haber quedado enterrada en el pasado, resulta que es algo que todos conocen y, sobre todo, conocen las esposas de estos amigos ya viejos: cuando vuelven a casa o hablan de Akako y su hija a la que quieren ayudar, vuelve a aparecer aquella historia de los medicamentos: un chiste que, para vergüenza de los involucrados, se comparte. Las esposas (que son dos, el tercer amigo es viudo), por su parte, no parecen sentir verdaderos celos de Akako: prácticamente les dicen a sus maridos que saben que siguen enamorados de ella, y se ríen de ese pozo antiguo de anhelo que nunca se va a poder satisfacer. No hay, por supuesto, ningún indicio de pensamientos de infidelidad ni nada parecido, pero estos hombres no pueden dejar de reconocer su pasión todavía viva, y sus esposas no pueden no saberlo.

Los vaivenes de la trama de Otoño tardío, entonces, van a seguir las idas y vueltas de los planes de estos tres amigos para ayudar a la hija de su amigo muerto. Esos planes, que al principio parecen simples (presentarle a Ayako al candidato perfecto), cada vez se van complicando más: el primer candidato resulta que ya está comprometido (como en Primavera tardía, con el asistente del padre), después aparece un segundo candidato, que pinta bien, pero ahí encontramos el verdadero problema: Ayako no se quiere casar porque no quiere dejar a su madre sola. Y así surgen los planes para casar a Akako, la madre, para que Ayako ya no tenga que preocuparse por la soledad de su madre y decida también casarse.

Mientras tanto, Ayako, que había rechazado al candidato que le encuentra el tío Mamiya (interpretado por Shin Saburi), a través de un amigo en común termina por salir al cine con el pibe pintón y descubre que, más allá del apoyo del tío, el chico le interesa. Es así, por vía del amigo del amigo que presenta al candidato del tío, que un matrimonio arreglado se convierte también en un matrimonio de amor. Pero si bien ya hay amor, sigue el problema de la madre y es así que el trío de amigos decide que ella tiene que casarse y como de los tres solo Hirayama es viudo, resulta que, en contra de los deseos de cada uno de ellos, él es el que proponen como candidato. Empiezan entonces una serie de desencuentros y desinformaciones.

Es clave la secuencia en la que Yuriko (interpretada por Mariko Okada, la hija de Tokihiko Okada, el protagonista de varias de las primeras películas de Ozu, como La esposa de esa noche, La dama y la barba y Coro de Tokio), la amiga de Ayako, después de enterarse por un lado y por otro de los entuertos que vienen haciendo estos tres amigos para tratar de “ayudar” a Ayako, va a buscar a los tres cada uno a su lugar de trabajo y los pone en vereda. La escena de los tres viejos borrachos y la chica moderna, hermosa y de temer, que terminan chupando sake en el local de la familia de ella, es el nudo que permite resolver la trama: ver a esos tres viejos verdes y enamoradizos, en el fondo todavía esos mismos amigos universitarios, que trataban de meterse en las vidas de los demás para ayudar y no hacen más que mandarse cagadas, amonestados y reconducidos por una piba de veintipoco es todo un manifiesto: el antídoto perfecto para los que ven en Ozu a un simple conservador.

El uso del color en Otoño… ya es bastante más convencional: muchos más tonos pastel, un rigor menos cartesiano en los encuadres y en las composiciones cromáticas. Como si al irse gastando la novedad, la atención dedicada a este nuevo elemento se fuera volviendo más floja: Ozu es siempre muy cuidado, pero ya no parece concentrar tanto su atención en ese aspecto. Hay, sin embargo, rastros todavía de su trabajo anterior con el color: sobre todo en las secuencias en el barrio de bares y restaurantes, donde estalla el colorido de banderas y carteles, o en los interiores de casas y departamentos, donde vuelven a aparecer ese estampados y patrones intrincados que consumen la superficie de la pantalla: sobre todo en el departamento de Akiko, donde las puertas corredizas tienen un empapelado oscuro y repleto de detalles, que termina por hundir todo lo que se pose a su alrededor.

En líneas generales, en Otoño tardío tenemos muchos menos planos largos y reposados, menos encuadre con reencuadre con reencuadre (aunque igual hay millones, por supuesto, pero son más cortos y menos sofisticados). De alguna forma, al ser una película sobre los enredos y entuertos de estos tres amigos, Otoño… es una película que se la pasa yendo de un lado para el otro: la oficina, la casa, la otra oficina, la escuela, los restaurantes, los cafés. Otoño tardío es una película de mucha más circulación: no de una socialidad tan abierta como en El sabor del té…, pero sí de la circulación de esos vínculos cercanos que componen el universo de Ozu: la familia, los amigos y los compañeros de oficina. Como, además, esos tres círculos se superponen en esta película (los amigos son tíos, los compañeros de oficina tienen amigos en otras oficinas), termina por trazarse ese mundo de chismes y reacciones que explican los enredos de la trama.

Así como Hara pasó de ser la hija a ser la madre, Chishu Ryu por una vez no interpreta al padre y en Otoño tardío hace del hermano del esposo muerto: aparece al principio de todo para decir unas palabras en la ceremonia, y sobre el final cuando madre e hija emprenden su último viaje juntas (la secuencia del último viaje antes del casamiento: a estas alturas, otro de los motivos-Ozu) y pasan a hacerle una visita al tío (este sí, de verdad). Una vez más, como había pasado en Historia de Tokio, Ryu le da su bendición a Setsuko Hara para que vuelva a casarse: confiesa que le preocupaba su futuro y que le alegra que vaya a casarse. De todas formas, al final resulta que Hara no se casa: como había pasado con Ryu en Primavera tardía, todo fue más o menos una treta para lograr que su hija aceptara hacer lo que tenía que hacer sin preocuparse por su vieja.

Mientras están visitando al tío, nos dicen que toda la posada está tomada por grupos de chicos que están en viajes de estudios. Todo es gritos y cantos: una atmósfera general de alegría, que en seguida traza su paralelo con la historia principal: en el desayuno, Ayako cuenta que le encantaban los viajes de estudiante, excepto por la última noche, cuando la invadía la tristeza del final inminente. Ese viaje de madre e hija es, a su manera, una celebración de ese final inminente. Después de la escena del desayuno (en la que Hara recuerda los tiempos de pobreza y felicidad), vemos a un grupo de estudiantes posando frente al monte Fuji para sacarse una foto grupal. De ahí pasamos inmediatamente al casamiento de Ayako: un cartel indica la recepción y vemos cómo le están sacando el retrato protocolar a los novios, con el traje tradicional de novia de Ayako (que habíamos visto once años antes, muy parecido, en el cuerpo de Setsuko Hara). Es curioso que en esta película Ozu decida mostrar, al menos en parte, tanto la ceremonia de conmemoración inicial como el matrimonio final. Por supuesto, estamos hablando de Ozu: no muestra la ceremonia en sí y no hay nada parecido a un clímax, pero sí muestra la sesión de fotos, a todos reunidos, la entrada del salón: digamos, todo lo que rodea a una ceremonia. Es lo más cerca que estuvimos, en toda la filmografía de Ozu, ese director que tanto se dedicó a retratar relaciones familiares y casamientos, de ver un casamiento.

Lo que sí vemos, como corresponde, es la reunión después de la ceremonia, en la que los tres amigos se juntan a chupar. Siguen los chistes, esta vez a expensas del viudo que se había emocionado ante la perspectiva de casarse con Akako, y que se vio frustrado. Los tres toman y ríen y dicen que la pasaron bien, que deberían volver a juntarse o buscar un nuevo proyecto como excusa para verse. Entonces, uno le pregunta a Miyama si su hija no está en edad de casarse y él le dice: todavía no, pero igual tampoco necesitaría la ayuda de ustedes.

Cuando todo termina, e incluso esa pequeña película dentro de la película que son las aventuras alocadas de tres amigos borrachos termina, viene el cierre Ozu: ese coletazo final, ya sin argumento, cargado con todo el peso de lo que se nos fue mostrando. Igual que en Primavera tardía la amiga de la hija le ofrecía a Ryu ir a visitarlo de vez en cuando para que no se sienta solo, acá encontramos a Setsuko Hara que se está preparando para irse a dormir por primera vez sola en su departamentito, contemplando el inicio de una vida vacía y sin probabilidades de cambios, cuando tocan a la puerta. Es Yuriko, que fue para llevarle unos bombones que le compró y para decirle que, si no le molesta, le gustaría pasar a visitarla de vez en cuando. Ella sonríe agradecida, Yuriko tiene que irse, y Setsuko Hara vuelve a su cama y empieza a doblar el abrigo que traía encima: no tenemos la manzana que pelaba Ryu (aunque hay una referencia muy simbólica a una manzana pelada durante la película) sino el gesto de doblar la ropa y la mirada de Hara, perdida, que parece sonreír y llorar al mismo tiempo.

Deja un comentario