Epílogo
Como cáscara que cae el piso, como madre que se apoya contra la pared de una fábrica en el pueblo, para hacer honor a Ozu, este texto necesitaba un tramo final, una última perspectiva abierta, una prolongación del sentido más allá de la construcción estricta de sentido, un algo más.
Empecé este proyecto dedicado al cine de Ozu, como todas las cosas importantes de nuestras vidas, con absoluta inconsciencia. Pensé que iba a ser cosa de algunas semanas: un trabajo concentrado. Evidentemente, no estaba dispuesto ni siquiera a hacer las cuentas básicas: muchas películas de Ozu se perdieron, pero son muchas las que sobreviven y solo el tiempo que insume verlas todas implicaba un tiempo mucho mayor. Pero no hice cálculos, no planifiqué: si iba a hacerlo, era cuestión de lanzarse. Después del tiempo que me llevó prepararme, pasar de la idea a la convicción, buscar todo el material que hubiera disponible, encontrar cómo ver las películas, entonces el primer paso era ponerse a ver la primera película y empezar por ahí. Pero incluso si me hubiera detenido a pensarlo un poco, a medir el esfuerzo, nunca hubiera imaginado que este viaje iba a llevarme todos estos meses, toda esta maravilla que me iba a atravesar. Por supuesto, uno no se embarca a ver la filmografía de Yasujiro Ozu sin esperar encontrar buen cine, pero lo que encontré en realidad fue mucho más: tanto cine, que va más allá del cine.
Por otra parte, a medida que avanzaba el proyecto fui descubriendo que cada vez los textos se volvían más largos: al principio, buscaba cosas para decir, tenía que pelear un poco para encontrar por dónde entrar en las películas, de dónde tirar del hilo. Es posible que esos primeros textos sean más fragmentados, más como retazos que como un texto en sí. No me preocupaba la coherencia sino encontrar algo para decir. Con el tiempo, sin embargo, el ejercicio se fue volviendo más fácil y no solo eso, también los textos fueron creciendo en extensión. No sé si porque con la práctica se va soltando la mano y, más cómodo, uno puede permitirse fluir más libremente; o si, en realidad, las películas se iban volviendo cada vez (de forma imperceptible) más complejas e intentar abarcarlas exigía desarrollar más, buscar por diferentes frentes. Nunca intenté agotar las películas, pero ya el esfuerzo por más o menos abarcarlas implicaba ir por más. Sé que me quedaron muchas cosas afuera, ideas que de pronto me aparecen ahora y que no puedo creer que no incluí en su momento en un texto u otro. Pero este proyecto no busca de ninguna forma explicar ni mucho menos (lo dije) agotar cada una de estas películas. Por el contrario, había algo de capturar la reacción, tratar de entender qué pulsaba más, por dónde dolía y por qué, y tratar de seguir eso. Es por eso que estos textos tienen, en definitiva, la forma de un momento, la potencia y la limitación de una impresión. No vi las películas más de una vez, no busqué desmenuzar detalles, no busqué ser justo con estas obras maestras, sino tan solo en el sentido ya dicho: ser fiel a la reacción, a la vitalidad de quien mira, a las impresiones cuerpo a cuerpo que despiertan estas imágenes.
Aquella inconsciencia inicial no era solo por el tiempo, por todo lo que iba a entregar a este proyecto, sino que también tenía que ver con permitirme ser un poco irresponsable a la hora de abordar una figura como Ozu: nombre sagrado, nombre analizado. Creo que esto ya lo dije, pero antes de empezar a escribir estas hojas había leído todo a lo que le pude echar mano: es tanto lo que se escribió sobre Ozu que en ningún momento me planteé intentar escribir algo nuevo. Lo que me venía pasando hacía un tiempo con estas lecturas es que había algo en su acercamiento que no me funcionaba: demasiado respeto, demasiada solemnidad, muy poco afecto. Por ejemplo, no encontré a casi nadie que hablara de la importancia del humor en el cine de Ozu, incluso en su etapa de madurez. Si uno lee textos sobre Ozu, casi podría creer que su cine es una especie de meditación adusta sobre la mortalidad y la disolución social. En cambio, sus películas son una cosa muy diferente.
El cine de Ozu puede resultar desolador y también puede resultar muy ligero, pero en realidad es mucho más que esas dos cosas a la vez. Eso es algo que recién terminé de entender a través de este recorrido. Supongo que habrá gente a la que no le gusta el cine de Ozu, pero si entraste, si seguís viendo la película hasta el final, entonces lo que ocurre es que una película de Ozu se vive casi como una experiencia en carne propia: no se trata de placer o diversión, tiene el pulso de lo vivido. O, por lo menos, lo más parecido a eso que puede entregar el cine. Las películas de Yasujiro Ozu, tal vez como ninguna otra, te atraviesan y te exigen de forma completa. Nadie sale indemne de una película de Ozu. Ozu no buscaba la admiración; en cambio, buscaba un espectador: tal vez no buscando llegar a todos, pero sí buscando llegar al fondo de quien lo viera.
Pronto se van a cumplir cien años desde las primeras películas que filmó Ozu: un tiempo que se nos hace lejano y, además en nuestro caso, distante. ¿Qué podemos entender, qué podemos decir de aquellos tiempos? En cambio, si todavía vale la pena mirar las películas de Ozu, es porque siguen estando tan vivas ahora como entonces. Una película como He nacido, pero… sigue siendo igual de desoladora, de mágica e incomprensible en pleno siglo XXI. Para un espectador promedio tal vez haya cuestiones técnicas o ciertos códigos que puedan molestar (cine mudo, por de pronto), pero quien esté dispuesto a ver algo más que lo que ya conoce y reconoce, va a encontrar una vitalidad que se entiende inmediatamente. No hace falta explicar He nacido, pero…, solo hace falta verla. Y ahí está la cuestión: son tantas las películas por ver, estas nos quedan tan lejanas que es fácil que películas como las de Ozu queden tapadas. O que se rescaten una o dos obras maestras como casos de estudio. Pero el cine lo que necesita es un espectador. Esa fue la apuesta detrás de este proyecto: salir al encuentro de esas películas, verlas y compartirlas con todo lo que encontraba y todo lo que podía ofrecer. Eso que hace la crítica. No sabía exactamente qué iba a encontrar: no fue hasta que empecé a escribir que me di cuenta realmente de lo poco que había visto de Ozu. Pero había sido suficiente: nadie sale indemne de una película de Ozu. Lo que encontré al recorrer estas películas fue, con todo, más de lo que esperaba y no podría estar más agradecido por aquella inconsciencia y por la terquedad que me llevaron hasta este punto, al otro lado de un recorrido enorme.