Pequeñas historias sin importancia
1. El hombre llega. Uno le ve aparecer en medio del desierto. Primero es un puntico gris y el desierto es como de color naranja: puntico gris que de pronto comienza a ondear si es que hay viento. Y viene acercándose entre el viento hasta que ya no es más puntico gris sino hombre que llega vestido con un abrigo del ejército confederado. Y aquí uno ya puede hacer presente todo su cansancio: esa cara que mira la casa que tiene al frente en medio del desierto color naranja, esa cara que ahora recuerda, que hace memoria de los kilómetros que ha recorrido solo, de los hombres que ha conocido y que ha matado, y una que otra mujer que se encontró algún día en la mitad de cualquier pueblo. Pero todo eso ha valido la pena, si es que al fin el hombre regresa a esa casa donde alguien tiene que esperarlo.
Pero cuando llega, nadie ya lo está esperando en la casa, porque por allí han pasado los comanches, los hombres de piel roja, no de piel blanca como él, no de cabellera rubia: los comanches no son hombres venidos de los países del norte como él, son hombres que han vivido en estas tierras, han ocupado cuatro o cinco valles, y cazaban bisontes y por las noches se reunían a contar historias, las mismas historias que ahora cuentan los hombres de pelo rubio cuando ahora se reúnen de noche en la mitad del desierto en torno a una hoguera, historias arrancadas a los primeros habitantes de este país pero ahora modificadas después de tantos años de matanzas y de engaños con alcohol y de tradiciones usurpadas si es que no han sido ya eliminadas a la fuerza, a base de terror y muerte. Así, el hombre que ha llegado después de tantos años donde su gente, ve que los comanches han pasado por allí antes que él y han matado a todos menos a la menor de sus sobrinas. Natalie Wood por primera vez en este mundo. Y el hombre odia a los comanches, ¿por qué no? ¿Por qué no iba a odiarlos si es por ellos que él y toda su gente no han vuelto fecunda toda la tierra cuando ya se hubiera podido volver fecunda? Si no es por los hombres de piel roja, ellos ya habrían implantado la religión verdadera y las buenas costumbres, producto de la civilización occidental, pero es que los pieles rojas no se dejan, parece que no entendieran. Pero ellos saben que la labor es dura y que tiene que culminar con el triunfo de la cultura, no importa que se hayan invertido años, que se haya perdido preciosa sangre joven, que se haya derramado futuro por litros, que él y su gente hayan adquirido el color del viento. Ese es el precio que se tiene que pagar cuando un pueblo civilizado es consciente que no puede dejar que un país tan grande, tan fértil, tan verde, tan lleno de historias de heroísmo, sea organizado y administrado y cosechado por un grupo de salvajes. Y que después no se vayan a quejar, porque el y su gente han tratado por las buenas, han querido dialogar han tratado de hacerles entender por cuanto modo hay que las tierras que sus antepasados construyeron para ellos ya no les pertenecen, no tienen por qué pertenecerles. Pero es que los salvajes no entienden. Entonces el hombre y su gente ya no responden, ya hicieron todo lo posible, quisieron arreglar todo como Dios manda, pero si no se pudo, ellos saben que Dios también ordena que se tiene que poder como sea, que lo que importa ante todo es que su palabra impere a lo largo y a lo ancho de este país verde, que antes se habían demorado mucho, por andar entre mucho diálogo y mucho tratado jamás cumplido. No hay derecho.

Pero a pesar de todo, este hombre también quiere a la gente. Ha tenido mujeres y familia. Ahora los comanches han destruido a su familia, y la familia es el cimiento de la democracia. Entonces el hombre, cansado y sucio y todo decide emprender viaje nuevamente: va en busca de Natalie, va a recobrarla como sea de las manos de los comanches. Y sigue lo mismo: miles de desiertos color naranja o color pasto o color nieve, solo que ahora no regresa. Ahora va buscando. Porque tiene que encontrarla.
Y al final la encuentra, después de años de nuevos sufrimientos, soledad y miedo. La encuentra porque además de él, hay otro hombre de nombre John y de apellido Ford, cuyo oficio es contar historias como estas. Las cuenta igual a como lo hacían los hombres altos y rubios venidos del norte, solo que ahora John Ford tiene el cine, y con el cine puede contar sus historias con mujeres y fogatas y con mucha soledad y desiertos color naranja. Y el que busca encuentra a su niña porque John Ford sabe que todo acto de amor (y contar historias es el más grande de ellos) exige responsabilidades, y él las tiene para con sus personajes: tiene que serles fiel hasta el fin, o sea no quedarles mal, ponerse siempre de su lado y velar porque no caigan en manos de los comanches que si lo cogen lo despedazan, lo tienen un día y una noche torturándolo con carbones en rojo mientras su hija y su esposa escuchan durante un día y una noche sus lamentos, sus berridos, y después irán a verlo, a recobrar lo que han dejado, y lo encuentran amarrado a una rueda de carreta con una antorcha enterrada en el vientre, humeando, todavía vivo después de que le han clavado carbones en el cuerpo durante veinticuatro horas, lo repito; entonces pide que lo maten, es muy sencillo: un tiro basta, es muy sencillo, lo suplica escupiendo carbones encendidos.
John Ford se avergonzaría si alguna vez sus héroes más queridos (John Wayne, Maureen O’Hara, Ward Bond, Henry Fonda, Victor McLaglen) tuvieran que pasar por esta suerte. Él quiere que al final, después de todo, después de algunas injusticias, recuerdos que en su férrea moral (democrática) no les funcionan del todo, sus héroes sigan siendo vencedores.

2. Pero historias hay más, hay muchas más. Puede que sea el piel roja montado orgullosamente en su caballo después de haber ganado la batalla, que le habla al soldado colgado de los pies, mientras su hijo, el guerrero Lago Plácido procede al corte de testículos:
-Soldadito, te dejamos vivo para que cuentes lo que hemos hecho con tu gente, ¿lo oyes, soldadito?
Claro que el soldadito oye, pero no habla. Alrededor de él, todos sus compañeros están muertos entre el humo y la niebla. El soldadito no habla, él espera. Mañana vendrá su gente, más hombres del norte metidos en guerreras azul cielo. Mañana podrá hablar.
Y también historias de hombres viejos y cansados colectivamente, pistoleros que de pronto se dan cuenta de que ya el oficio no da para vivir porque ha llegado el progreso y ya las cosas se hacen de otro modo. ¿Entonces qué hacer para seguir comiendo? Van a dar a México y en ese país la gente está haciendo la revolución, y al principio los hombres no comprenden, no saben por dónde son las cosas, qué es eso de que ahora un pueblo se divida para pelear porque no hay carne, porque la vida es derecho y administración de unos pocos. Entonces los hombres recuerdan por lo que ellos han luchado y han matado y les da como vergüenza, porque saben que ahora están ante el futuro, que ya ellos son lo viejo y que tienen que cambiar si no quieren ser desplazados por el siglo. Pero no cambian. Se niegan a hacerlo. Ellos recuerdan su mundo y saben que ya no hay cabida para ellos en este mundo que la nueva gente está construyendo. Entonces se suicidan colectivamente. Es el género. Simples historias de un hombre que lucha y mata y se hace matar por el amor de una mujer. O por un hijo. O por su familia entera. O por un pedazo de tierra que se la quieren quitar y él no está dispuesto a dejársela quitar. Historias de varios hombres que se matan entre sí por dominar un pueblo de veinte habitantes con almacén, saloon y barbería. Es la épica de las acciones cotidianas, es todo eso que a uno le recuerda, sublimizadas, claro, las pequeñas acciones sin importancia a través de las cuales uno se ha ido formando: valor o cobardía, lucha cuando se debería luchar, quedarse quieto cuando necesitaba que luchara, una persona encontrada en un bus y recordaba por cuántos días, por cuántos meses, ese recuerdo que a uno no lo deja; recorrer las mismas calles, de allí se obtiene la épica en su mayor pureza. Este género son los héroes vueltos modo de expresión de una pasión política, económica y socialmente muy concreta que inventó este modo de contar historias en cine, porque necesitan recordarse ellos o recordarle al mundo que hubo hombres que de esa manera hicieron la historia y que todavía en todas partes del mundo (eso no nos lo dicen ellos, eso lo sabemos) sigue habiendo hombres que luchan y matan y se hacen matar por el amor de una mujer, o por un hijo, o por su familia entera, hombres que defienden su tierra de otros hombres que vienen a quitársela. Las historias del género rey han sido recobradas del pasado, pero lo que hay que hacer es descubrirlas ahora, situarlas muy precisamente y llamarlas por su nombre, y si se puede, hacer un nuevo cuento de ellas, tomar a los hombres que uno conoce, a la mujer que noche tras noche lo sigue besando en la espalda y le respira en las orejas. Eso es lo que hay que hacer para apropiarse del género. Para descubrir el wéstern.

3. Se trata de un problema de enfrentamiento con el cine, de modos de abordaje. Que si uno ve una película que le gusta, qué modo de cuestionar la realidad, qué lenguaje tan polémico, qué dialéctica de niveles, qué fotografía, qué berraquera, y si después, dentro de cuatro o cinco años cuando uno esté mucho más viejo y puede que las cosas hayan cambiado, puede que la gente no sea la misma, puede que uno se haya mudado de ciudad, puede que hasta la cara de uno cambie, que la nariz le crezca, que toda esa gente que un día tuvo que ver con uno ya ni siquiera la recuerda; las cosas están así y uno se va a caminar por las calles con las manos en los bolsillos o a encerrarse en sus seis paredes, y se pone a recordar cómo eran las cosas hace cinco años y si en ese número de recuerdos no entra ninguna imagen plana (a pesar de todo el cine sigue siendo plano), ninguna peca entre los senos (Shirley MacLaine tiene pecas en los senos), ningún duelo, al final, entre polvo rojo: doce hombres que se encuentran a las siete de la mañana para matarse: ocho de un lado, cuatro del otro (Kirk Douglas, borracho y tuberculoso caminando al lado de Lancaster mientras los ciudadanos de Tombstone miran por entre los vidrios sucios de polvo rojo), ninguna inseguridad que no tiene que estar allí porque la inseguridad produce miedo y no se puede tener miedo (el amigo de Lino Ventura ensayando con la pistola: poniéndola en el armario y cogiéndola como quien desenfunda en una película de vaqueros, para ver si todavía tiene reflejos), si uno no recuerda nada de eso, si no le produce igual o más nostalgia que recordar el día en el que conoció a la primera mujer de su vida o salió graduado de arquitecto, eso quiere decir entonces que el cine nunca fue importante y necesario para su vida, que fue un sitio oscuro y grande a donde uno se mete los domingos (es bien sabido que los domingos la gente se va de la ciudad o se esconde en ella), pero antes de esconderse allí hacer colas de una hora y comprar bambis y besitos y hacerse bien arriba, en la última fila, allí donde está la gente, con el montón, y mañana irá al trabajo o al estudio y la película que vio el domingo se mete en una chuspa y el otro domingo verá otra película en Social o Vespertina Noche, y después de cuatro domingos ya se tiene una chuspa llena de cuatro películas que se puede botar para que no haga tanto bulto. Para que no estorbe. Pero también puede ser que la persona ésta vaya a cine por lo que ya decíamos de la dialéctica y del lenguaje tan polémico y qué simbología tan rica y al final de cuatro domingos o cuatro sábados tiene también una chuspa llena de dialéctica y de lenguaje polémico (la misma chuspa que le servía para echar los bambis y los besitos) que la guarda para consultarla a cada rato, cada vez que tenga un problema con la vida.
Pero esa persona ya se olvidó de todo lo que vio allá adentro: de los colores, de las sonrisas, de ese primer plano en el que Peter O’Toole (es un ejemplo), borracho y muriéndose se sonrió con ganas. (¿Cómo puede un tipo que se está muriendo sonreírse con ganas?), y la cámara estaba allí para atrapar esa sonrisa al vuelo y crear así la poesía cinematográfica: ese momento único y extraño de complicidad solapada en el que el actor abre la boca pero no es lo mismo que abrir la boca como hace uno cuántas veces al día, porque si cuando abre la boca la cámara está allí para agarrar esa boca abierta, se ha establecido la comunión más esencial y más perfecta: el momento de copulación entre el actor (el objeto) y la cámara (el autor); y después, cuando Peter vea el fotograma de su boca abierta, él, como es una persona muy inteligente se va a dar cuenta que eso que aparece allí no es su boca, ni tiene por qué serlo, esa boca que él abrió hace unos días y que puede que ya ni se acuerde cuándo fue, ha pasado ahora a otro terreno, ahora es el producto de la cópula (¡que palabra!) entre su boca abierta y la cámara funcionando y dirigida hacia un objetivo claro, solo que ahora eso que está allí no es su boca ni es la cámara: ahora esa boca abierta es el cine.

Y si esa boca abierta de Peter o los ejemplos ya mencionados (Shirley otra vez, por qué no, o la telefónica de Trenes rigurosamente vigilados) no nos causan a nosotros, espectadores, una emoción, un recuerdo, una nostalgia grande, algo que nos saque del sitio y del tiempo que ocupamos y en el que tal vez nos aburrimos y nos mande a otro muy especial por medio del recuerdo… entonces no hay nada que hacer, se ha perdido el tiempo, cuando vimos la película no vimos más que la boca abierta de Peter, y ver a Peter con la boca abierta debe ser muy aburrido, para qué vamos a decirnos mentiras. Pero si en lugar de ver a Peter abriendo la boca vimos cine (la boca abierta de Peter) es seguro que después el recuerdo nos traerá la imagen y con ella tal vez una erección, un mal sabor en la boca, una angustia que se nos deposita en el esternón y no nos deja en todo el día por más que tratamos. Porque es el recuerdo del comienzo de toda creación artística y de todo amor al cine, que al fin y al cabo vienen a ser la misma cosa.
4. “El cine es un arma magnífica y peligrosa si la maneja un espíritu libre. Es el mejor instrumento para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto. El mecanismo creador de las imágenes cinematográficas es, por su funcionamiento, el que entre todos los medios de expresión humana, mejor recuerda el trabajo del espíritu durante el sueño”, Luis Buñuel.
A mí no es que me gusten las pesadillas, pero en todo caso las prefiero a no tener sueños. Por lo que me gusta soñar, por lo que me divierto tanto, es por lo que amo el cine. Y el espectador que reconozca las pequeñas historias sin importancia de las que arriba se han anotado varios ejemplos, y las puede enlazar a su experiencia (siempre muy específica para cada persona) en el momento de la visión de una película, ya se ha apoderado del cine, ya ha entrado un poco más en el terreno de la magia. Y la magia más fácil, más esencial, más simple, más elementalmente poética, se encuentra en el wéstern y en sus pequeñas historias del heroísmo cotidiano.
Se sabe muy bien que el wéstern es el más americano de los géneros impuestos por el cine americano (esto puede disgustar a muchos, por lo cual rechazan este cine de plano. A mí, personalmente me disgusta el país del norte, pero amo y entiendo el cine americano). También se sabe muy bien que hasta hace poco, el «cine» era el cine americano. Ahora se busca y se está encontrando un nuevo cine, y este nuevo cine, más que Godard, es América Latina. El wéstern, pues, por oposición, sería el más viejo de los cines viejos. Pero si se quiere, se le puede denominar con otra palabra: clásico.
