Amor sin barreras, por Marcos Rodríguez

A estas alturas, Daniel Day-Lewis se ha convertido ya en un mito del cine. No solamente por sus capacidades actorales, que son amplias, que pueden gustar más o menos pero que le han valido un lugar en el cine que pocos pueden disputarle, sino también por un manto de misterio y de selectividad que rodean su vida y sus decisiones. Para quienes no estamos tan interesados en su vida privada (que al parecer él protege mucho) como en su oficio, ese misterio se relaciona, por un lado, con los rumores que corren sobre las diferentes y extravagantes maneras en las que se prepara para cada nuevo papel y, en los últimos años, con el número cada vez menos frecuente de películas en las que decide participar.

A diferencia de lo que pasa, por poner un ejemplo, con Meryl Streep (otra actriz que es casi una leyenda en vida), que todos los años tiene (por lo menos) una película nueva y que toma proyectos en una gama que pueden ir de lo marmóreo (La dama de hierro) a casi el otro lado del ridículo (Mamma mia, Enamorándome de mi ex) y todo lo que se nos pueda ocurrir en el medio, cada nueva película de Daniel Day-Lewis es un acontecimiento en sí misma, no solo porque suele elegir proyectos que podríamos calificar de “importantes”, sino también porque los elige con cuentagotas.

En cuanto a sus métodos de preparación, tal vez haya alguien que pueda dedicarse a separar el rumor de la verdad, pero hemos escuchado cosas que van desde que para El hilo fantasma se metió a aprendiz de costurero y se fijó como objetivo el poder reproducir por lo menos un vestido de Balenciaga, hasta que para filmar La insoportable levedad del ser se puso a aprender checo, si bien toda la película tiene diálogos en inglés. Todo es parte del folklore (cada vez más rico a medida que uno se mete a investigarlo) que rodea a Daniel Day-Lewis.

Más allá de los amores que despierta (y los odios también, siempre tan cercanos al amor), cuando un actor empieza a tejer a su alrededor una capa tan espesa de leyenda, es síntoma de que algo mágico está pasando en la pantalla. Y la magia está. Alcanza con que cada quien recuerde a su Daniel Day-Lewis favorito: joven y rebelde, viejo y sabio, con parálisis cerebral, galán, boxeador o modisto. Alcanza con volver a ver cualquiera de sus películas para sentir cómo el plano vibra con su presencia.

Por supuesto que Day-Lewis no es infalible, no todo lo que hace son obras maestras y lo hemos visto envuelto también en un lindo número de mamarrachos. Uno prefiere olvidar su cara de dibujo animado en Pandillas de Nueva York, pero no es su culpa el haber quedado atrapado en el momento exacto en el que descubríamos que Martin Scorsese también podía pifiarla así de feo; su colaboración anterior brilla todavía con el brillo de lo inoxidable. Uno también prefiere olvidar la existencia misma de esa cosa que se llamó Nine, en la que supuestamente el musical le rendía homenaje a Fellini y en la que Daniel se paseaba entre mujeres de cartón pintado (y afinado). Pero también ahí (incluso ahí) Day-Lewis logra sostenerse en algún que otro plano, escapar un poco de la pantomima y erigirse como actor incluso en el barro por el que termina arrastrándose.

Lo que pasa con Daniel es que conjuga en su persona de una manera poco frecuente esas dos corrientes de la actuación en cine que podríamos llamar, por ejemplo, clásica y moderna, o iconográfica y teatral, o de la presencia y del método. Como pasaba con Brando, esa bestia de puro cine. Daniel Day-Lewis tiene eso que a falta de una mejor palabra (y que apenas si define algo) solemos llamar fotogenia: eso que hace que la cámara tiemble al verlo, esa facultad de devorarse el plano con solo estar ahí, frente al lente. Pero, también, nos encontramos con todo aquello otro: los meses invertidos en subir o bajar de peso, en descubrir el tono exacto de la voz del personaje, en aprender a hacer andar un tocadiscos con el pie, en aprender a coser y bordar e imaginar todo un pasado complejo, amplio y lleno de detalles que no entra en la película más que a través de una mirada, una forma de caminar o un silencio. Daniel Day-Lewis, como pocos otros, actúa con el cuerpo entero, con toda su presencia, con la modulación de la voz y de las cejas.

Alguien más inteligente o más experimentado podrá decir tal vez hasta qué punto es uno u otro elemento lo que determina una escena vibrante. Desde este lado de la butaca uno puede suponer que el grado de preparación que Day-Lewis le dedica a cada personaje que va a interpretar es, por lo menos, equivalente, pero lo que vemos en la pantalla no siempre es igual de eficaz. Claro que ahí entra el otro involucrado en este juego: el director. Pero cuando miramos ahora, en la que se anuncia como su última película, una simple mirada de El hilo fantasma, ni siquiera en un primer plano, ni siquiera en pleno despliegue de una historia de amor retorcida y sazonada, una sola mirada en plano medio durante un amanecer en una posada de campo, ¿qué es lo que estamos viendo? ¿Entran en ese abismo de seducción y ego los meses y meses dedicados a dar puntadas, a la investigación histórica, al diálogo entre actores y el trasfondo familiar y personal? ¿O acaso ese abismo nace simplemente del profesionalismo de un actor que sabe plantarse frente a cámara, moverse como hay que moverse para generar un cierto efecto, mirar como hay que mirar? ¿Asistimos a un baile entre superficie y profundidad? ¿O nos dejamos seducir por este hombre que incluso cuando busca ser grotesco, sabe serlo siempre de un modo fascinante? ¿Deseamos amar a Reynolds Woodcock?

Lo que encontramos, en definitiva, una y otra vez en Daniel Day-Lewis es un compromiso sin fondo. Tal vez sea muy cuidadoso a la hora de elegir en qué película actuar, pero una vez entregado al proyecto, ya no hay barreras. Entramos en una película de Daniel Day y nos hundimos en ella como si nunca hubiera existido otra cosa. Ah, ¿el señor Daniel Day-Lewis no era un sureño de acento áspero, un tirabombas irlandés, un señorito de sociedad, un mohicano? ¿Acaso existió alguna vez para ser algo más que un modisto de edad avanzada que calcula cada minuto de su día como si lo cosiera a mano? ¿Hay un mundo exterior por fuera de una película de Daniel Day-Lewis?

En cine, la moderación es mala consejera y los cálculos suelen salir mal. Con algunos de sus histrionismos, y con algunas de sus películas, a Day-Lewis no le salió muy bien la cosa. Pero cuando le sale, el cine no conoce límites.

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