Palo y a la bolsa, por José Miccio

“A mí me gusta el éxtasis”, dice en un momento de Transformación (Iván Wolovik, 2017) Palo Pandolfo, hablando sobre lo que significa para él tocar en vivo. “Que nos perdamos todos en un lugar”. Quien lo haya visto alguna vez puede confirmar que eso que prefiere es lo que logra. Palo es un fuera de serie. Un hacedor de canciones a la altura de los más grandes y un cantante de rock extraordinario, que supo convertir su voz en una materia de investigación estética como Bresson el encuadre o Rothko el color. En el límite de la expresión, habiendo dado un paso más allá de las posibilidades del instrumento, Hendrix prendió fuego la guitarra, tejió una ceremonia antigua en el escenario y dejó todo roto y abierto, para que después vinieran los demás a jugar con los pedazos. Monterrey es su Finengans Wake. Un día Palo se sacará de la garganta las cuerdas vocales, las frotará con lo que tenga a mano y las pondrá otra vez en su lugar sin que ninguno se sorprenda, porque al fin y al cabo es lo que parece hacer antes de cada disco y de cada show. ¿Afina Palo? Hace algo más importante: inventa afinaciones mientras canta. Funda la ley a la que solo su voz se ajusta. Basta escuchar “Cabeza de platino”, “Tarado y negro”, “Albergue Warnes”, “Villa Dominico” o cualquiera de las obras maestras que dejó con sus bandas o como solista para sentirlo. O buscar en Youtube alguna versión pelada de “Cenizas y diamantes”, solo guitarra y Palo. No hay nadie en el mundo que cante así.

Palo insiste desde hace mucho (por lo menos desde Patria o muerte) con unos recursos de interpretación que lo vuelven inmediatamente reconocible. Un gruñido y ya sabemos: ese es Palo. Una maniera que no vence o que pierde rápido la guerra contra el tiempo se llama tic. Una que triunfa se llama estilo. La t convertida en tch de Lebón es hoy exactamente igual que la de Miguel Mateos: objeto de hartazgo o de lectura camp. Todo lo que hizo Palo, en cambio, es materia de fascinación renovada, y espera hijos. Hoy por hoy, con los años 80 convertidos en nuestro segundo periodo clásico, es legítimo decir que Don Cornelio tiene en el llano la misma autoridad que ostenta en la cumbre Soda Stereo. Incluso más, porque la gloria que ya tiene lo espera todavía. El futuro es Pandolfo.

¿Y cómo no?

Palo es el mejor cantante de rock argentino (o el mejor cantante argentino de rock) porque fue más lejos que nadie en un territorio que demasiado a menudo queda preso del puritanismo de la afinación. Hay toda una historia de la guitarra de rock alternativa al virtuosismo. Uno puede declarar que Lennon es mejor que Steve Vai, que tocar mucho es careta, que la expresión más alta del instrumento puede ser un acople, un armónico solitario o un solo de una nota. Pero con la voz no pasa lo mismo. En la guitarra hay uno, seis, trece Mondrian, y varias claves estéticas e ideológicas para sostenerlos. En el canto parece que es difícil no ser un Bouguereau, como si en la casa pudiera anarquizarse todo menos la puerta o el patiecito de entrada. Palo da vuelta todo. Puede ser visto como la versión postpunk de Javier Martínez, Tanguito, Miguel Abuelo y Spinetta, sus únicos pares en Argentina.

Por todo esto, la decisión más sabia del documental de Iván Wolovik es el estupendo plano final, que muestra a Palo grabando “Un reflejo”, una canción de estrofas oscilantes y estribillo memorable y épico que trata sobre el mar y el vacío, sobre el tiempo y la reinvención de la vida, y que es sin dudas la mejor de las doce que forman Transformación. Están Palo, los auriculares y el micrófono. No se escucha casi nada de la música. Solo la voz. Un minuto más o menos, el tiempo justo para sentir la incomodidad y el triunfo de esa manera de cantar. Después aparece la banda y pasan los créditos.

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La película de Wolovik se llama igual que el disco cuya grabación registra y podría tranquilamente acompañarlo en una de esas ediciones especiales que vienen con CD y DVD. En este sentido, Transformación no escapa de los problemas de la mayor parte de los documentales de este tipo: su mayor virtud es el tema del que trata. Un fan de Palo (como quien habla) no necesita otra cosa que a Palo. Verlo trabajar justifica la existencia de estos setenta minutos. En un momento, para explicar cómo quiere que suene una canción, Palo habla de una guitarra Sex Pistols y una guitarra The Beatles. Otra vez explica por qué Zeppelin IV es uno de los discos de su vida (“Me seccionó”, dice). Cerca del final, Ricardo Mollo, con esa calma de tipo sabio que ostenta desde hace mucho, cuenta que los primeros ensayos de Divididos en El Palomar estaban gobernados por una melancolía que parecía eterna. Daniel Gorostegui, viejo compinche en Don Cornelio y Los Visitantes. habla mal de “La musa” y reivindica “Relámpago de cuchillos”.

Este universo de rock es interesante de por sí. Pero al mismo tiempo es imposible no sentir que la película está por debajo de lo que podría haber sido, fundamentalmente porque no consigue presentarnos a un Palo distinto del que podemos encontrar en entrevistas radiales y televisivas. El cine siempre fue otra cosa que un tipo de audiovisual, así como la literatura fue siempre otra cosa que un tipo de texto. Hoy, con la sobreabundancia de información en la que estamos metidos (y que no tiene ya nada que ver con la que preocupaba a The Police en los 80 y a Duran Duran en los 90) una película necesita más que nunca ir detrás de algo que no pueda encontrarse en otro lado. Necesita vivencia, no datos. Y en este punto Wolovik se queda corto. El Palo de Transformación es un Palo periodístico más que un Palo íntimo.

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A diferencia de los textos escritos, que permiten una abstracción mayor, la canción tiene una voz y un cuerpo asociado directamente a ella, y exige a la hora de desprenderse de la presión biografista ciertas estrategias peculiares. De ahí tantos juegos. Por poner solo dos ejemplos (complementarios): Dárgelos canta en “Puesto”: “Soy hermoso”, Cobain canta en “Lithium”: “Soy tan feo”. En un momento de Transformación Palo les cuenta a Los Tipitos de dónde sale la letra de “Niña de metal”, la canción en la que hacen coros. Explica que la tormenta que vuela la casa es una imagen del divorcio y que la protagonista es su hija mayor. Estas traducciones son siempre inútiles. Palo lo sabe. Las canciones están ligadas a su vida pero exceden la experiencia que las hace nacer. No se agotan en su historia sino que anuncian la historia que viene. Dice en un momento: son videncia. Y después bromea (pero hasta ahí): “Che, vamos a componer canciones que quiero saber qué me va a pasar el año que viene”.

Palo es un hechicero, un hombre inspirado. Todo su discurso dionisíaco lo señala. Pero al mismo tiempo es un laburante. Esto que dice no es lo mismo que (pero tampoco niega) lo que canta en “Oficio del cantor”, el tema que abre Ritual criollo, el disco que editó en 2008 y cuya tapa aparece en el documental de Wolovik pegada en una puerta. Se trata de una declaración sobre el humilde y heroico arte de cantar. “Oficio” es la palabra decisiva. No hay esta vez arrebato ni inspiración divina, no hay musas ni vibración secreta: hay alguien que dedica su tiempo a ajustar notas y pulir el lenguaje como otros lo consagran a remendar suelas o poner cada tabla en su lugar para que la silla exista. Esta humildad (esta divina humildad) es lo que hace posible que la canción cubra todo: del placer al dolor, del esplendor a la locura. Con un puñadito de acordes y rimas francas, Palo hizo el homenaje más hermoso a su propio oficio. Es con las canciones que inventamos nuestra vida y sus sentidos. A pesar de no ir a fondo, Wolovik parece saberlo: debemos al cantor más que a nuestros padres, más que a nuestros maestros.

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