Mi experiencia, por Max Ophüls

Los pensamientos sin forma definida, notas revueltas, reflexiones sin ton ni son, para la gente de mi especie significan una tregua. El cerebro se marcha de vacaciones, hace una cura y le gusta recoger, en lugar de un hilo rojo, una multitud de hilos de colores. Esto nos hace bien, porque en un film es todo lo contrario: se debe construir, calcular, se tiene necesidad de una visión general, ya que el film es un producto industrial, y, desde que estoy en esta industria metido hasta el cuello, he adquirido experiencia… pero es esto lo que voy a contarles ahora.

“¡Bien! ¡Acabarás teniendo experiencia! (palabras proféticas del año 1926). Mi tío ha tenido razón. Todos los tíos tienen razón, cuando dan prudentemente este tipo de consejos tan pesimistas a los jóvenes que empiezan su carrera. Experiencia -y esto es algo que sólo se aprende más tarde- quiere decir perder, poco a poco, la ignorancia de la infancia y sus sueños. Cambiamos la ilusión por la realidad, pasamos de las cosas adivinadas, deseadas, inalcanzables al mundo de las limitaciones. Un hombre de experiencia es un niño destruido. Nos gusta poner nuestro destino en manos de los políticos, de los pilotos o de los dentistas.

(…) Antes de ayer hice una visita a un estudio parisino. Un colega de la dirección me decía con aire resignado: “Estoy más que harto. Son todos niños y nada más.” Pero a mí me gustan los niños. Por desgracia, a mi alrededor, en mi oficio, parece que ha empezado el tiempo de los adultos, el tiempo de los niños destruidos. (…) Si es verdad que hemos entrado en la era del cine que tiene experiencia, sólo nos queda desear que esta estabilidad sea de corta duración.

“Se necesita ingeniero calificado, lleno de desconfianza hacia la experiencia.” Si yo estuviese en la industria del hierro, del carbón y del acero, tras un anuncio semejante, me presentaría acto seguido. Pero a los directores no se les busca de esta forma. Por eso estos últimos años he puesto delante de cada película este pequeño anuncio en mi dario imaginario, y luego me he presentado yo mismo.

(…) El cine exige un orden riguroso. Hoy día quiere estar seguro de su negocio, y ahí reside su drama. En otros tiempos, cuando carecía de seguridad, todavía constituía un peligro, todavía no estaba amenazado. Hoy intenta ser un divertimento que ha hecho sus ensayos, que se ha construido convenciones sobre las que se puede descansar, mirando desesperadamente del lado de los ingresos comprobados, en vez de partir a la búsqueda de lo maravilloso y del misterio. Quizá sea culpa de los financieros, que ahora son gente de mundo. Los grandes bancos y el ministerio de Hacienda han ocupado el lugar de los jugadores y tienen la responsabilidad de los ahorros que les han confiado. Hay que comprenderles.

la señora de todos
La signora di tutti (1934)

Los fogosos lanzadores de lazo de la aventura cinematográfica

Hay un hombre de la historia del cine al que amo mucho a pesar de no haberle conocido nunca y para quien me habría gustado trabajar. Es el comerciante que ha fundado esta profesión y que casi era un artista. Este hombre son los Lasky, los Samuel, los Meyer, los Loew. Hoy han desaparecido prácticamente. Semejante hombre debió ser un fogoso lanzador de lazo de la aventura cinematográfica. Le veo ante mí con un gran sombrero de cowboy, botas de montar, una cartuchera y un revólver. Pero este uniforme sólo lo lleva para mí, porque, como espectador experimentado, no puedo imaginar a un pionero de otra forma. En realidad, quizá llevaba un monóculo y un traje cutaway. Este comerciante mágico y sin experiencia veía cortas cintas de celuloide en las que pequeñas cosas se movían durante dos minutos -un ciclista acróbata o un mono- y el vaquero comerciante creía que podrían ponerse en este celuloide historias largas con un comienzo, una mitad, un fin y una acción dramática.

Y luego estos cowboys partieron en caravana, o a caballo, o quizá en un rápido, hacia California, a través del diserto. Allí no tenían nada -sólo el sol-. Y eso ya es mucho. Allí construyeron estudios sobre la arena, laboratorios y casas de producción. El dinero recogido no lo han “invertido”, lo han arriesgado. Eran los primeros aventureros de la imaginación. Lo que fotografiaban eran los primeros sueños, los primeros besos, los primeros fuegos y las primeras aguas; la primera guerra y la primera paz; el primer nacimiento y la primera muerte. Lo que rodaban era el primer rodaje.

Hoy la aventura se ha convertido en una rama comercial sobre la que se han instalado los sucesores de estos pioneros: los presidentes, los empleados, los consejeros. Para que no se les sierre la rama, no prestan su dinero más que para un asunto seguro. Me temo que no sea otra la enfermedad que sufre todo el árbol industrial. Porque cuando hacemos películas construimos castillos en el aire. Pero no hay castillos en las nubes que sean sólidos. Cuando queremos consolidarlos hay que bajarlos de las nubes.

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Caught (1949)

Un discurso para el año 1969

Extracto de un discurso (para pronunciarlo ante los estudiantes de cualquier universidad hacia 1969): “… Con esto no querría, por amor de Dios, venerar el caos, ceder la palabra a los iconoclastas que no tuvieren ni el tiempo de aprender a pintar a fuerza de destruir. Los vanguardistas patentados envejecen deprisa porque siempre quieren conservarse jóvenes. El maquillaje extendido por su rostro interior no borra las arrugas de los años. Hay un saber que, en mi opinión, escapa a todas las explicaciones, un saber milagroso. No sé por qué, pero siempre me ha obligado a marcar una pausa clásica y refrescante. A su encuentro, el corazón se pone a latir. No se debe copiarlo, sino humildemente intentar seguirlo por su camino. Honrar las obras maestras es una experiencia que debemos conservar viva. La regla de oro de este saber debería ser transmitida a través de las edades, con infinitas precauciones, de las manos de los maestros al corazón de los discípulos. Porque quien no ha sido florecido por el soplo bienhechor de lo que se ha hecho antes que él, jamás encontrará las bendiciones de la tradición. Vemos llenos de respeto y admiración los films de Murnau, Lubitsch, Griffith, Eisenstein y Pudovkin. Los sentimos como los últimos ecos de una música divina; nos impiden tomarnos nosotros mismos demasiado en serio en el concierto del tiempo y nosotros... Una estudiante dice a su compañera: “¡Qué solemne está! ¡El profesor empieza a hacerse viejo!”

Extracto de un discurso que pronuncié el 15 de enero de 1956 en Hamburgo: “(…) No creo que en un film haya un creador: pienso, y es casi un axioma para mí, que hay tantos creadores en un film como gentes trabajan en él. Mi tarea como director consiste en hacer del coro de esas gentes un creador de películas. Un film no puede vivir con la ayuda de un solo hombre. Yo sólo puedo -y conmigo todos mis colegas es lo que solamente pueden- despertar en cada uno de ellos la fuerza creadora, bien sea en un electricista o en un actor, un músico, un montador o un decorador. Hay que descubrir en ellos al creador, velar el que comiencen a vivir, y entonces tenemos un buen film. ¿Pero cómo llegar, señoras y señores, a que mi modisto diseñe vestidos más hermosos de los que yo podría haber imaginado? Cómo se puede conseguir que mi operador me enriquezca cuando hablo con él y que siempre vea un poco más claro y más lejos de los que yo mismo veía? ¿Cómo se llega -se abusa con frecuencia de esta palabra, pero aquí tiene todo su sentido- a esta ‘libertad’? No aferrándose a la experiencia. Porque me temo que cuando uno se aferra a la experiencia, la rutina le espera a la vuelta de la esquina. La puerta debe permanecer abierta. Aunque nos gusten, en general, las puertas cerradas, en el estudio o en la casa, donde siempre aparece el empleado del gas o un primo nuestro. Pero en una profesión la puerta debe estar siempre abierta de par en para para el desconocido, para el inexperto. Cuando anunciamos ‘open house’, los invitados no cesan de llegar.”

En la historia del cine, hasta donde yo la conozco, sucede una cosa muy particular. El oficio sólo avanza cuando hay un vacío, cuando ya no es la experiencia quien puede ayudarnos. Estos “agujeros” eran las claves de la evolución. Es en su época, la grande, cuando nació Chaplin, justamente al principio. Cuando, después de la guerra, Roberto Rossellini rodaba en Italia Roma, ciudad abierta, se producía la misma cosa, sin precedente alguno. Hasta entonces no había precedentes de tomar una cámara bajo el brazo con material estropeado y sin proyectores, para colocarla bajo puertas cocheras, para extraer un drama de la vida cotidiana y convertirlo en poema sin permiso, casi por las buenas. Un momento maravilloso, lleno de magia y de sorpresa. La falta de experiencia es un factor importante en la salud de nuestro oficio: porque, simplemente, es aterrador pensar que un medio de expresión dramática que nació hace sólo cuarenta años, llegue ya a la temeridad de pretender establecer sus leyes.

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Caught (1949)

Personas amables, pero…

Si se procede, como yo, del teatro que tiene más de mil años, encontramos que el orgullo que el cineasta tiene de su experiencia profesional es un poco precoz. Los técnicos, sobre todo, intentan forjar un sistema con sus nuevos descubrimientos. ¡Cuidado con los técnicos! Pueden ser nuestros amigos cuando se ajustan al tema, pero pueden ser verdugos cuando ponen la técnica por encima de todo. Son personas amables, pero no hay ni que dudar de que pueden ser peligrosas cuando nos reciben con los brazos abiertos, declarando: “Esto o aquello debe ser así, y no puede hacer tal o cual cosa, porque, por ejemplo, al tirar la copia perderá nitidez…” Y además se dicen mil cosas al oído que para nosotros son como un criptograma de la Edad Media. No sé dónde está mi cabeza y me cuesta mucho seguirlos. Ya no comprendo nada. Sólo una cosa subsiste en mi pensamiento: en este momento están maltratando el alma de nuestra profesión.

Es muy grave, porque las consecuencias van lejos. Empiezan ya casi a contaminar al actor. Hoy vemos ya en el mundo entero a actores técnicamente maleados, incluso antes de ser actores.

Había en Berlín, en los años treinta, una gran dama que me enseñó muchas cosas. Era una dama anciana y se llamaba Rosa Valetti. Tenía que ensayar una escena y en el mismo momento se estaban clavando clavos… Se puso en pie y dijo: “Donde actúo yo no se clavan clavos.” Y se marchó a casa. Hoy día todos los actores están dispuestos a soportar la barahúnda sin parpadear. Ya no existe el respeto por la creación, en el sentido exacto de la palabra. Se dejan intimidar por la técnica, salen ya de las entrañas de la técnica. No tienen ni el coraje de evitarla. Y la técnica se hace insolente.

Hace varias semanas fui a un laboratorio. Allí me encontré con que habían dejado muy claros ciertos pasajes sonoros de mi película que yo quería muy confusos. No quería dejarme avasallar. El señor que había dirigido la operación me dijo: “El principio de nuestros laboratorios es este: la gente debe comprender siempre lo que se dice.” Intenté explicarle de qué se trataba. Me cortó la palabra: “Debe tener en cuenta, Monsieur Ophüls, que trabaja usted en una industria hecha para la diversión.” Le contesté: “Es cierto. Por eso mismo intento hacer lo que me agrada.”

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Sans lendemain (1939)

Conversación entre el financiero y el director

Extracto de mi diario íntimo (1° de abril de 1956): “Hoy me he encontrado con un financiero. Tenía un aspecto bastante nuevo en el oficio. No fui yo quien le telefoneó, sino al contrario. Sé por experiencia que es mejor así.

El financiero: – ¿Entonces usted hace películas de su agrado?

El director (yo): – En absoluto. Sería más exacto decir que las hago porque eso me agrada.

– ¿Eso quiere decir que usted se divierte continuamente?

– No, pero los dolores que suponen me procuran placer.

– ¿Y qué, permítame emplear palabras duras, me garantiza que los espectadores encontrarán placer en lo que a usted le agrada?

– Bueno, uno tiene un corazón que siente por ellos, presentimientos que ven por ellos; en resumen, un olfato.

– ¿Hay, además de eso, otras garantías?

– Ninguna

– ¿Ninguna?

– Ninguna.

– ¿Y su experiencia?

– En ese terreno, nula. No se puede calcular el éxito de antemano. Ayer paseaba yo con Henri Jeanson por los Champs-Elysées. El me decía: “Cuando Julien Duvivier y yo terminábamos Pépé le Moko y vimos la primera copia estábamos convencidos de que era una catástrofe. Partimos de Londres antes del estreno para no asistir al desastre, y usted sabe que Pépé es uno de los films de mayor éxito que se han rodado nunca en Francia.” He aquí una garantía.

– Me agrada usted muchísimo porque no me cuenta historias. Le doy cuanto capital necesite para el film.

– …

– Al menos si no hace falta demasiado. Evidentemente, con la condición de que además de su talento emplee su experiencia. No sólo un buen film, sino un film económico. ¿Usted tiene experiencia, verdad?

– Sí, he hecho pequeñas películas.

– ¿Muchas?

– Muchas pequeñas que hacen pocas grandes.

– ¿Y el color, por ejemplo? ¿Qué piensa usted del color?

– Si quiere dar en el blanco, no debe notarse demasiado.

– ¿Y la cámara, el sonido, el montaje, el decorado, el vestuario, el guión, sabe usted manejar todo eso?

– Como un cirujano sus instrumentos, un piloto su carta de vuelo, un pintor sus pinceles. Eso se aprende.

– ¿Y los actores?

– Hay que librarles de su gusto de expresarse, intentándolo todo para que crean en el papel. Es una bagatela. Aparte de eso, no hay mucho que hacer.

– ¿Y el tiempo?

– Vea, eso está compuesto de una multitud de pequeñas experiencias. Y ahora estamos en el corazón mismo del asunto. (…) Un adagio se dirige más lentamente que una polka. Se puede muy bien rodar un film policíaco a un ritmo más acelerado, pero Tristán e Isolda se acabará más rápidamente si se desarrolla con lentitud. Evidentemente, querido señor, estas pequeñas experiencias están quizá en contradicción con las grandes, las esenciales. Por eso suelo llevar un memento en mi cartera. ¿Puedo leérselo sin correr el riesgo de abusar de su tiempo?

El financiero hace un signo afirmativo. El director se pone sus gafas:

“El artista está volcado en su tema. Comunica con él por el amor. Le aporta lo mejor de su espíritu y de su corazón. Le hace renacer. En este acto de renacimiento, el tiempo no cruenta, porque es el amor quien lo realiza. ¿Qué enamorado siente el paso del tiempo en presencia del objeto de su adoración? ¿Qué verdadero artista tiene en cuenta el tiempo mientras trabaja?” El autor de esta verdad sin garantía, señor, se llama Johann Wolfgang. Su apellido es indescifrable porque está borrado. Como ve, señor, hay un regidor contra Goethe.”

Levanté la cabeza de mis papeles y el financiero había desaparecido de puntillas. No era una gran pérdida. Porque de todas formas no era sino imaginario.” Fin del extracto.

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Madame de… (1953)

Amenazado por su inteligencia

A pesar de todo eso, no me siento abandonado si ruedo o escribo -diario íntimo o boceto de artículo-, si doy vueltas por mi habitación o por las calles con la cabeza llena de proyectos, pero sin una película que hacer. En Hollywood estuve cuatro años sin trabajar, pero jamás me sentí abandonado, porque creo en una cierta corriente. Hay una corriente que arrastra la nave de nuestra vida, una embarcación inmensa en la que actores y director ofrecen un espectáculo. No es una corriente eléctrica, ni atómica, pero en sus orillas habitan los poetas. Es la corriente de la imaginación. Corre a través de todas las artes, y si de vez en cuando empapase un poco al cine, deberíamos sentir alegría y contento. En este momento la corriente está amenazada por un exceso de inteligencia. Fue Musset, creo, quien dijo un día: “Al que abusa de su inteligencia para detener el curso de la imaginación, más le valdría haber nacido estúpido.” Impedir que esa corriente se agote es nuestro deber. Nosotros, gente del cine y guardianes de la esclusa; hay que vigilar la corriente de la poesía que estaba delante de nosotros, alrededor nuestro o que nacerá mañana. Nos corresponde a nosotros el detectarla, seguir sus huellas, incluso cuando corre bajo tierra, dejarnos llevar.

Durante todo el tiempo que hagamos eso, a pesar de todas las crisis, nuestro oficio, estoy seguro, continuará existiendo. Poder decir un día que tuvimos la oportunidad, la suerte, de contribuir a mantenerlo en vida debería ser la experiencia esencial y la más bella que se ha hecho nunca.

*

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Lola (Jacques Demy, 1961)

Artículo publicado por Deutsche Zeitung el 31 de marzo de 1956, y reproducido por Temas de cine N° 31.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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