El mandarín, por Marcos Rodríguez

Raúl Ruiz murió. Es un hecho que por supuesto ya sabía cuando empecé a leer su Diario. Ahora bien, este Diario está compuesto por dos tomos de más de 600 páginas cada uno, lo cual suma una bestialidad. Empecé a leerlo la noche misma del día en que lo compré y desde entonces todos los días hasta hoy, casi cinco meses después, lo cual quiere decir, de hecho, que Raúl Ruiz me acompaña todos los días desde hace meses. Hasta ayer, que terminé de leer el Diario, en cuya última página figura una nota al pie que dice simplemente: “Esta es la última entrada del diario de Raúl Ruiz, quien moriría en París el 19 de agosto de 2011”. Esa última entrada corresponde al martes 5 de julio y contiene una especulación lógico/narrativa sobre la naturaleza de una película, nada sobre muerte o dolor, si bien desde varios meses antes aparecen ya las biopsias, operaciones y doctores. Todo esto para decir que para mí, como lector de su diario, Raúl Ruiz murió de nuevo. Se nos fue un amigo.

Hay dos efectos curiosos del estilo seco y minucioso que elige Ruiz (de forma muy consciente) para escribir su diario. Ruiz escribe, según sus propias palabras, en un “tono sin cualidades”, “con gusto a poco”, en el que los hechos que componen los días se suceden unos a otros, ya sean grandes eventos mundanos o pequeñas molestias físicas, éxitos, fracasos o el artículo de una revista que lee en una sala de espera, para componer un torrente de hechos que es, en definitiva, el torrente del tiempo. Lo curioso, lo anodino, ideas, charlas, índices de glucemia, proyectos frustrados, proyectos concretados. No hay grandes arranques de poesía mala, casi no hay entusiasmos apasionantes, hay cosas que vienen una después de la otra y que hacen que uno, cuando lee estas páginas que en algún momento parecen eternas (pero, lástima, no lo son), termine por sumergirse en ese río de cotidianeidad que no es necesariamente diferente de la cotidianeidad de cualquiera (más allá de las amistades, festivales, embajadas y honores) y que por tanto puede adherirse a ella. No soy Ruiz pero paso mis días junto a él como en un espejo. El Diario de Ruiz hay que leerlo de a poco, no solo por el remolino de ideas que puede encerrar de pronto un párrafo cualquiera, sino porque, en rigor de verdad, solo se puede soportar (como la vida) de a poco. No ofrecerá las altas cumbres de una literatura concentrada, pero en cambio ofrece un campo que se abre hacia lo infinito.

El otro efecto es un poco más curioso para aquel que había frecuentado las películas de Ruiz antes de frecuentar su diario. Copio completa la entrada correspondiente al sábado 26 de septiembre de 2010: “Partiendo en barco hacia Nápoles. Ayer, una abrumadora maratón (tres horas y tanto entre Enrico Ghezzi, Aurelia Georges y yo en torno al “film incompleto”). Almorzamos con Francois Margolin y Ana. Lectura de Phantoms in the Brain de Ramachandran. Ghezzi: ‘Todos los que representan Hamlet tratan de contar una historia personal’. ¿Todos? No sé. Yo no.”

Las películas de Raúl Ruiz no se caracterizan por componer un cine de la confesión. Son películas que explotan de ideas, siempre, pero no suelen incluir (o, por lo menos, no de forma evidente) una primera persona afectiva, recuerdos, autobiografía. Excepto tal vez en películas como Cofralandes, en la que la memoria es un tema central, su cine es más de exploración que de introspección. Lo cual hace que uno como espectador pueda sentir que ha descubierto un universo cinematográfico mágico, pero que probablemente conoce poco y nada de Ruiz. La experiencia con su Diario, por supuesto, es diferente: entramos en la intimidad de Ruiz y si bien sus hojas están más llenas de hechos que de confesiones, aun así vamos tocando y descubriendo su vida y, por tanto, a él. Es así como uno encuentra, en algún momento de esa avalancha de días, que Ruiz coje, que mira partidos de fútbol, que cada tanto va al cine y mira una película que no le gusta. También descubre que, de forma repetitiva y detallada, Ruiz estaba obsesionado con la comida, con preparar, con degustar, con comprar para cocinar, con cocinar para los amigos, con ir a restaurantes. La comida japonesa es una constante, por lo menos desde 1993, que es cuando empieza el diario, hasta prácticamente el final. Nada que debiera sorprendernos y, sin embargo, cada nuevo restaurante de comida japonesa (se encuentre en París, Chile o Japón) se vuelve una pequeña alegría para uno que va acompañando a Ruiz en sus días y que termina por sentir, cada vez que abre el libro, que va a reencontrarse con un amigo.

Si uno creía que el universo cinematográfico de Raúl Ruiz estaba al borde de lo inabarcable (su filmografía declarada en internet es de 119 películas y, se sabe, esa lista está lejos de estar completa), leer su diario es como sumergirse en un caleidoscopio de ideas y proyectos que, fantasmas que nunca llegaron a concretarse, rondan sus días como una presencia constante. En cualquier punto que tomemos el Diario, Ruiz se encuentra trabajando en por lo menos cuatro proyectos simultáneos, cada uno en diferente estado de desarrollo, de los cuales con suerte pudo filmar uno. Lo cual ya es una bestialidad. No se trata ni siquiera de ideas perdidas de esas que pueden aparecer como un chispazo y nada más (de esas hay una cantera insondable en el diario), hablamos de proyectos cinematográficos ya desarrollados, con guiones completos y corregidos, estrategias de producción y, en algunos casos, hasta preproducción encaminada y que, por una razón u otra, no llegaron a buen puerto. Proyectos como El suelo bajo sus pies (sobre la novela de Salman Rushdie) Port-Royal (diálogos de jansenistas) o Los trece (una fantasía sobre una novela que nunca llegó a escribir Balzac) o incluso una película que filmó en Taiwán y nunca pudo editar. Ruiz era una máquina constante de generar ideas. Ya lo sabíamos. Pero el Diario es una evidencia pasmosa.

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Último detalle. Hacia el comienzo del Diario, Ruiz deja constancia de que en un encuentro conoció a Marcello Mastroianni, quien al parecer estaba interesado en trabajar en un proyecto con él. De esos encuentros surgió la colaboración que conocemos como Tres vidas y una sola muerte, la anteúltima película que llegó a filmar Marcello antes de morir. Esa película marca el momento en que Ruiz comienza a realizar películas de mayor presupuesto, con grandes estrellas del cine europeo; su consagración, digamos. Fue también el inicio de una amistad que no duró mucho, algunos meses y no más.

Años después, cada tanto, uno encuentra en los cuadernos de Ruiz, entre las múltiples referencias de en qué restaurante o café está comiendo o tomando algo mientras escribe su diario, que dice: “Sentado en El Mandarín, en la mesa en la que le gustaba sentarse a Marcello”. No son dos ni tres veces, son muchas. La referencia no suele ir mucho más allá. Sentado en la mesa de Marcello.

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