Camelot (sobre Knightriders, de George Romero), por José Miccio

Knightriders (1981) es una de las mejores películas de George Romero. Cuenta la historia de un grupo que hace espectáculos de caballeros medievales en moto, un absurdo plebeyo que no es distinto del cine. Hay un Rey, una Reina, un sacerdote, un armero, un juglar, una mecánica, un médico-chamán, varios caballeros (entre ellos una mujer) y unos cuantos personajes más, encargados de tareas diversas. Van de acá para allá haciendo su show en pueblos chicos, como una comunidad. La grandeza de Romero está en reconocerles a sus personajes un encanto en sus propios términos. No hay nada por fuera de su modo de vivir que los justfique o redima. Lo mismo vale para la película, que puede ser en este sentido una prueba. Diría más: una ordalía. Que se meta acá quien quiera saber si es o no cinéfilo, porque solo el cine sostiene a Knigthriders. No hay relecturas del vampirismo o el melodrama como en Martin y en Monkey Business (a fin de cuentas, una versión de Que el cielo la juzgue con la mona en el papel de Gene Tierney), ni una defensa explícita del trash como en Creepshow, ni claves políticas como en la saga de los muertos vivos…. O quién sabe: capaz que esto último sí, solo que no tan simples.

Primero, lo más obvio y sencillo. Sin un gramo del puritanismo y la hipocresía de quienes pretenden obligar al cine a diseñar historias con cupo, sin agitar mensajes y sin detenerse ni una vez a decir algo al respecto, el grupo de Romero incluye mujeres, varones, negros, blancos, un enano, una pareja gay, un indio, amor interracial, una mujer-caballero y una mina que hace un laburo tradicionalmente realizado por hombres. Con monarca y todo, es una sociedad mucho más democrática y horizontal que aquella para la cual hace sus shows, como muestra en el ámbito civil un ama de casa golpeada y en el ámbito estatal un policía tremendamente hijo de puta. En un poema genial, Huidobro le pide al poeta que no le cante a la rosa, que la haga florecer en el poema. En Knightriders, Romero no señala sus banderas, como un maestro o un padre: las hace ondear entre sus planos. Para percibirlas, y sobre todo para ser capaces de quererlas, nada mejor que una disputa por su alcance y su sentido.

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En la comunidad hay dos personajes enfrentados. Billy (Ed Harris) es el Rey y la ética weberiana de la convicción. El gran Tom Savini (Morgan) es quien se enfrenta a sus criterios de manera más notable: quiere resolver las cosas de acuerdo con criterios de practicidad y conveniencia. Pasa desde el comienzo. Cuando un cana les pide coima para dejarlos hacer sus juegos, Morgan acepta enseguida y Billy dice “no” de manera absoluta. “Está mal”, sostiene. Y basta. Lo que pasa en el barro pasa de nuevo cuando llegan las tentaciones. La televisión, la chance de hacer plata y tener fama crean las condiciones para que la diferencia entre el Rey y el caballero, que existe desde el comienzo, crezca y se declare como conflicto. Cuando se abre del grupo, Morgan posa para revistas, se entrega al lujo, al dinero y al sexo. Billy insiste: “No somos un acto”. En uno de los shows, en lugar de la música medieval que usan siempre, suena un funky bien bailable, muy de la época, para que el público aplauda y se mueva un poco. Es una señal del desastre. Una intervención que afecta el corazón mismo de la comunidad. Porque el espectáculo, que es el modo en que se expresa, no es sin embargo su fundamento. Lo que está en juego es la Constitución. Las Bases. Lo que está en juego es qué es Camelot. Y Camelot no es el paraíso. Es el mundo cotidiano en su funcionamiento mejor, es decir, en las reglas que se dan a sí mismos quienes quieren vivir una vida soberana. En esto, Knightriders es también una película sobre la contracultura, las comunidades de los años anteriores e incluso el rock. La canción del final lo dice, como glosando a Neil Young: “Preferiría morir en un huracán antes que no conocer nunca la tormenta”.

El problema-Camelot es el núcleo de fuego de la película. Cuando algunos miembros abandonan el grupo, Romero enfrenta sus direcciones. Unos llegan a lo que evidentemente es una familia de autogestión, clara herencia de los años 60, y otros al lujo de las casas con pileta, los reflectores y la fama diseñada. En otras palabras: unos van hacia los hippies y otros hacia los yuppies. Romero muestra unas escenas acá y otras allá, bastante tópicas, hasta que sus personajes se dan cuenta de que el único lugar en el que realmente pueden existir es el que abandonaron. No es que la cabaña y la familia sean equivalentes a la mansión y la empresa. Es que nadie puede dejar Camelot una vez que lo encontró.

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No es difícil notar que con la historia de sus caballeros en moto Romero habla también de su propio trabajo. O por lo menos es tentador verlo así. Después de todo, en los años 80 accede a presupuestos mayores sin por ello arriar banderas. En este sentido, Billy es la voz del cine independiente puro y duro, y Morgan el que es capaz de entregar el cine a cambio de fama y dinero. Romero dirige fuera de ambos. Lo dice uno de los personajes en una de esas escenas frente al fuego tan comunes en el cine estadounidense: “Puedes tener los mejores ideales del mundo. Pero si mueres, morirán contigo. Lo importante es permanecer juntos. Si eso significa tomar dinero de este promotor, vamos a tomarlo y dormir un poco”. Por supuesto, Billy no acepta. Porque Billy es un puro. Es decir, un tipo peligroso, un liquidador de causas y un gran personaje. Ya había demostrado al comienzo su ridícula intransigencia cuando un nene le pide un autógrafo y él se niega porque no es una criatura de revistas ni un acróbata como Evel Knievel. Por eso, para que Camelot siga tiene que abdicar. No se puede mantener unido al grupo si no se cede el poder. Para vencer las tentaciones del afuera hay que asegurarle al adentro una dinámica que satisfaga los deseos de quienes participan. El de Knightriders es un pequeño paisaje político. Mudarse al corazón del sistema y pensar que se puede seguir siendo el mismo es de idiota o de cínico. Pero debilitar y poner en riesgo el Camelot real en nombre de un Camelot platónico es la enfermedad infantil de todos los purismos. Romero lo sabe bien. Billy lo aprende demasiado justo a tiempo, y paga con su vida la persistencia y el legado del reino.

Lo último que Billy hace es corregir su intransigencia sin por ello renunciar a lo que importa. Lo aprende, sin dudas: en el pibe que le pidió un autógrafo no hay un testimonio sobre la mercantilización de la vida. O no solamente. Hay un poder que necesita estímulo para liberarse y espacio para producir lo que se descubra capaz de producir. Es maravillosa la escena. Billy entra en la escuela donde estudia el pibe, interrumpe la clase justo durante la jura de la bandera, y en lugar de firmarle un autógrafo le deja su espada. Estados Unidos y la institución que asegura la transmisión de sus valores encuentran entonces su contestación, que alcanza también a la remera de Superman que tiene un compañero. Romero es un anarco, un tipo de comunidades chicas. Ese es su universo. América es la tierra de las familias demolidas, de la policía violenta, de la conversión de todo ideal en mercancía. Nunca será Camelot. Pero tendrá que aguantar que Camelot exista en su interior, como un pólipo molesto, y que algunos de sus hijos renieguen de su bandera, de sus relatos oficiales y sus modelos de vida.

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