Bigotes de barro, por Marcos Rodríguez

Antes de hablar de La favorita, de la que hablan tantos, una pequeña disgresión. Hace pocos días vi de casualidad La batalla de los sexos, un bodoque con bastante poca gracia, que habla de tenis pero habla de cosas importantes, y del cual recuerdo que se habló algunas temporadas de premios atrás, asumo que principalmente en los rubros actorales. Tuve la prudencia de no verla en su momento pero como uno no puede ser prudente todo el tiempo, acabé por verla en toda su extensión. En esta película, Emma Stone interpreta a una lesbiana incipiente, campeona de tenis, que lucha por conseguir igualdad de derechos para las mujeres tenistas. En La favorita, interpreta a una lesbiana ocasional en lucha por conseguir el poder. Aquella película, de todas formas, tuvo la mala suerte de estrenarse un par de años antes de la reciente erupción de feminismo en Hollywood; esta, no. De paso, me entero de forma casual que también Rachel Weisz, la otra protagonista de La favorita, protagonizó hace poco (a la vez que produjo) una película en la que interpretaba a una lesbiana en conflicto con las estructuras de poder. Parece que no alcanza con ser mujer para enarbolar la bandera de la lucha contra el patriarcado.

En una escena de La favorita, Emma Stone está acostada en la cama de su cuartucho (tan históricamente correcto, tan en contraste con el refinado amaneramiento de los demás espacios de palacio) y de pronto entra el zoquete al que manipula y con el que se va a terminar casando. Este la saluda y ella le pregunta: “¿Venís a seducirme o a violarme?”. Él responde: “Soy un caballero”. “A violarme, entonces”, responde ella mientras se abre de piernas. Hay algo en el agudo ingenio de esta escena (el ingenio, tanto ingenio en La favorita), en la utilización de la supuesta situación de víctima como arma (¿a alguien le cabe la menor duda de quién lleva los pantalones en esa relación?) que me perturba un poco. No hay hombres en las altas esferas del poder en la Inglaterra de La favorita, excepto por unos cuantos títeres (entre los que se cuentan los maridos), un viejo y un decadente/cínico/violento. Una película sobre las mujeres y el poder podría interpretarse como una película feminista, si bien las mujeres de La favorita no están exactamente sometidas y sus problemas son más de estatuto social que de género. Una reina y sus inclinaciones sexuales tejen una cúpula no patriarcal, allá, arriba de todo. Pero resulta que las mujeres en el poder no proponen una verdadera alternativa a las relaciones de sometimiento y humillación que Lanthimos entiende como regla de comportamiento de la humanidad toda, regla tanto más extensiva cuanto incluye también a los diversos dentro de su cálido manto de moralismo reprobatorio.

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¿Será que el cinismo está en el ojo del que mira? ¿Será que La favorita es así de buena como dicen sus defensores? A uno puede gustarle más o menos una película (a mi humilde juicio, la de Lanthimos se parece bastante a una anécdota cansada y seria, aunque muy bien actuada), pero lo que encuentro sobre todo en esta reciente favorita a llevarse unos cuantos premios Oscar (ya se llevó casi todos los demás) es cálculo puro y duro. No da puntada sin hilo. Película de época+tema queer+moralización sobre el poder+puesta en escena artie. Cubre todos los flancos posibles para ganar la admiración de todos aquellos que se preocupan por ofrecerla. Como si el viejo género prestigioso inglés de la película de época hubiera encontrado una nueva encarnación para los tiempos que corren: ya no alcanza con adaptar a Shakespeare y sus tragedias de corte, ya no alcanza con hacer películas sobre mujeres en el poder (la Elizabeth de Cate Blanchet quedó demasiado mainstream para el feminismo de hoy, sola entre hombres), ahora la reina tiene que dibujarse bigotes. El problema es que esos bigotes de barro se lavan fácil y lo que nos queda es un cine bastante apolillado. Pero de polillas rancias, esas que se escapan de los arcones de la gran cultura europea, ahí donde se guardan las partituras de música del siglo XVIII, las alusiones a Jonathan Swift, los comentarios ingeniosos sobre la mierda, la división en capítulos (esta es una obra seria), la sátira política moralista, el uso de lentes llamativos que permiten apreciar los espacios arquitectónicos, los siervos inteligentes y envidiosos, la crítica al decadentismo, la misantropía como garantía de inteligencia, la inteligencia como garantía de arte, el arte como garantía de importancia.

1 Response

  1. Morticia

    Claramente vimos una película distinta, y no por el cinismo que utiliza Lanthimos ( y qué? ). Será que esos varones desvaídos, torpes, y decadentes, perdedores bah, pueden tolerarse en un Marco Ferreri pero no en un “misántropo” como el griego? Será que falta apreciar el humor negro, la impronta de grand guignol que campea para quien tenga ganas de verlo? Hay que dejar de usar los términos artie, misántropo e inteligencia (así asociados) por dos años. Un favor que pedimos de corazón los simples espectadores a los críticos.

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