Let’s keep dancing (sobre The Beach Bum, de Harmony Korine), por José Miccio

Harmony Korine filmó el año pasado una gran película que a nadie se le ocurrió estrenar en nuestro país y sobre la que, según entiendo, se habló más bien poco. Se llama The Beach Bum, y temo que si intento una presentación rápida –tapiz débilmente narrativo de las correrías de un tipo que escribe poesía y vive de chupi, falopa y sexo, por ejemplo- ninguno de los que pase por acá, si es que alguno pasa, haga lo que hay que hacer: descargarla de cualquier página amiga y mirarla cuanto antes, para que el año empiece con porro, mar, cunnilingus, papagayos cocainómanos y espíritu de reviente. Mathew McConaughey es Moondog, un hippón desaliñado cuyas vacaciones duran lo que dura la vida. Un Dude que escribe. Eso es. O también: una bola ingobernable que la película presenta como si se hubiera puesto a rodar no hace los cuarenta y pico de años que aparenta sino cuando se formaron sus amados cayos de Florida. Ahí viene Moondog, con su camisa amarilla, caminando de algún lado hacia algún otro. The Beach Bum es un caso extremo de in media res. Como Les valseuses. Para producir este efecto, Korine le tira un hueso a la progresión y se dedica a poner en escena distintos momentos en la vida de su personaje, que al ser siempre variaciones sobre un mismo motivo -la búsqueda compulsiva del placer- hacen que resulte simple imaginar lo que hubo antes de que la película empiece y lo que habrá una vez que se termine. Porque claro, Korine filma un pedazo de vida, no un pedazo de torta. O mejor dicho: filma un tremendo pedazo de torta de manera tal que no podamos imaginar que se trata de otra cosa que de un pedazo de vida. Moondog fuma, Moondog pesca, Moondog toma, Moondog coge, Moondog bailotea, Moondog escribe. Lo que pasa en la película -y son muchas las cosas que pasan- se desenvuelve como si no fuera posible distinguir ámbitos ni establecer capítulos. Moondog pone todo en continuidad. La miseria y el lujo, el desprendimiento y el egoísmo, la ropa de hombre y la de mujer, la música, el alcohol, la droga, la poesía y el sexo. Vive por fuera de las categorías con las que organizamos nuestras vidas, lo que basta para volverlo al mismo tiempo irritante y encantador. Como un niño, que de hecho es lo que es.

Por este motivo, justamente, cada vez que toma contacto con las obligaciones Moondog suelta la risa. En el casamiento de su hija (conducido por Snoop Dogg, lo que señala de por sí que está flojo de reglas) le toca las pelotas al novio para comprobar la mercadería (“We gotta check the package”). En la reunión con su editor, cuando el tipo le dice que desperdició su talento por una vida de excesos, le contesta que esos son los jugos de los que se alimenta, y que suben desde su tesoro (no se me ocurre otra traducción para nugget, que en el contexto, obviamente, significa pija) hasta su espíritu y su mente. Lo que sucede en estos marcos simples, más ligados a las costumbres que a la ley, pasa también en las instituciones, lógicamente con más vigor. Cuando la policía lo desaloja, Moondog se pone las botas de su mujer (notable pincelada verosimilizadora: “Ella tenía pies anormalmente grandes”) y se va diciéndole al empleado de mantenimiento que la marihuana está en el mismo lugar de la otra vez. En el juzgado en el que lo condenan a un año de rehabilitación le pide a la jueza que lo envíe a un centro en las Islas Vírgenes, con barra libre y masaje tailandés. En la clínica se caga de risa cuando la mujer que lo recibe le dice que en un año será otra persona y cuando en una ronda los internos le piden al Señor serenidad, valor y sabiduría para enfrentar los cambios.

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Como no respeta formalidad ni jerarquías, Moondog es capaz de recitar poesía ante una decena de jóvenes abúlicos, ante los entusiastas espectadores de un show musical o ante un público respetable, en la recepción de un premio, exactamente de la misma manera, como si no hubiera diferencias entre una situación y otra. Por la misma razón se mueve perfectamente entre linyeras desdentados y entre dueños de yates y mansiones. Puede hacer esto y aquello porque su existencia descansa en dos premisas: que en todos lados puede libarse el placer y que el placer está por delante de cualquier otra cosa. Este hedonismo extremo implica, por supuesto, un adelgazamiento de los mecanismos de represión (Moondog no tiene vergüenza de ningún tipo, ni personal ni social) y un problema ético, de largo recorrido filosófico. Korine no se concentra en este punto pero tampoco deja de exponerlo. Moondog es un gran personaje porque su encanto no está exento de bajezas. Puede llevar a sus amigos de la calle a la mansión de su esposa muerta para tirarse de panza en la pileta y romper todo como en una película de Buñuel. Puede escribir en un barco, en una mansión, en la playa, en la calle, y cargar las páginas en una bolsa como un linyera sus cosas. Pero también puede disfrutar del dinero que un ocasional compañero de aventuras le roba a un lisiado (otro momento Buñuel) o tirar al agua a un tipo que toca la tuba. Porque sí. Porque le causa. Porque no puede actuar más que en función de la recompensa libidinal más inmediata disponible. “Estoy húmedo, lubricado”, dice en un momento, jugando al golf con su editor. Podría decirlo en todos. A filmar ese estado se dedica Korine.

El movimiento constante (de acá para allá todo el tiempo, arriba y abajo, con la ropa que sea) pone a Moondog en contacto con personajes que pueden entrar en la película en cualquier momento y que no se van sin antes haberla enriquecido. El rasta ciego que aparece siempre con un porro gigante en la mano y maneja un avión lleno de marihuana desde Jamaica a Estados Unidos. El linyera que hace un show con sus postizos. El pirómano de Zac Efron. El editor de Jonah Hill. El extraordinario guía de delfines de Martin Lawrence, que habla todo el tiempo de su experiencia en Vietnam pero cuya edad hace imposible que haya estado en la guerra, y que termina con un pie en sus manos sin necesidad de doblar la cintura. El más importante de los secundarios es el Lingerie de Snoop Dogg, un traficante de drogas que conoció el éxito musical con un superhit y tiene en una dependencia especial de su casa una marihuana que “brota en Jamaica de un charco rosa fosforescente”.

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La persistencia en el placer pasa por varios momentos de prueba (que por supuesto Moondog no experimenta como tales). Uno es la pobreza. Ningún problema: Moondog duerme en la calle como antes dormía en el barco o en la mansión. Otro es la reclusión. Lo mismo: cuando lo encierran y la hija le dice que tiene que cambiar él le contesta que se trata de otra aventura, y le pregunta cuándo se volvió tan republicana. La más importante de estas (no) pruebas es la muerte de su esposa Minnie. La secuencia es magistral. Empieza con Moondog y Minnie en un bar en el que suena “Luckenbach Texas (Back to the Basics of Love)” de Waylon Jennings, sigue en la calle, con un vagabundeo a pie y en auto musicalizado por tres de las cuatro estrofas de “Is that all there is?” de Peggy Lee, y concluye en el hospital, con el sonido plano de la máquina que anuncia la muerte. Ahí Korine triunfa. Primero, porque deja constancia bien temprano de que lo que vemos no se desarrolla en un laboratorio del que ha sido expulsado el dolor. Segundo, porque establece de un vez y para siempre que la convicción vital de Moondog (nos guste o no) es absoluta, y que su ley es la ley de la película. Lo canta Peggy Lee después de cada estrofa: “If that’s all there is my friends, then let’s keep dancing”.

Korine hace lo mejor que se puede hacer con un personaje como este: lo deja actuar en sus propios términos. Moondog comparte su delgadez moral con muchos, a quienes nunca juzga. Pero lo que lo distingue de su editor, que disfruta de la riqueza porque puede ser cruel sin que le digan nada, del flaco con el que se escapa de rehabilitación, que le roba a un pobre tipo, o del guía de delfines, que está contento porque en sus años en el negocio solo murieron cinco personas, es su completo desapego por el sentido social del éxito y de la guita. En este punto, Moondog es la exacta contracara del James Franco de Spring Breakers, la película anterior de Korine, que en una escena dice y dice lo que tiene (armas, bermudas, drogas, billetes, bronceador) y repite: “Es el sueño americano”, “Es el sueño americano”. Moondog no tiene nada que ver con esto. Tiene o no tiene según el momento, y no es la posesión lo que lo define sino el olvido y el movimiento. Cada vez que alguien le dice (la jueza, Lingerie, el editor) que antes fue de verdad bueno, que sus palabras importaban, Moondog ríe, porque si hay algo que no le importa son esos modos del control que se llaman pasado y buen nombre. Al principio, cuando vuelve de Florida a Miami para el casamiento de la hija, le dice a su esposa: “No me acordaba que éramos tan ricos”. Al final, cuando consigue la herencia, que es una millonada, pide un barco, el dinero en efectivo y arma una fiesta de porro, música y fuegos artificiales que termina con todo en llamas y él en un bote con su gato blanco, riendo como durante la película entera, sin dudas feliz, como si una fiesta de verdad (y eso es lo que quiere) existiera solo si termina con la destrucción de lo que la hace posible, y con una canción de Van Morrison.

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Para que todo esto se sienta en la barriga, que es donde hay que sentirlo antes que nada, hacen falta un actor y un ritmo; y sobre todo hace falta un modo de anudar una y otra cosa hasta que nos sea imposible imaginarlas sueltas. The Beach Bum cumple largamente con estos requisitos. Tiene a Mathew McConaughey en su mejor versión, tiene flow y tiene un montaje que combina fulbito y eficiencia, y que puede pasar del salto moderno al clip sin ningún prurito, e incluso recurrir a la publicidad o el póster más grasún, como el plano de Moondog ante el horizonte amarillo mientras su voz confiesa que se siente un paranoico al revés, porque el mundo conspira para hacerlo feliz.

Una cosa más. The Beach Bum es el nombre del libro de Moondog. El hecho de que la película de Korine se llame igual hace pensar en un posible solapamiento entre personaje y director, como si lo que uno escribe coincidiera de una u otra manera con lo que el otro filma. De hecho, el momento en el que Moondog le dice a su esposa que se queda en Florida con los quemados porque tiene que ir hacia abajo para llegar alto (“I got to go low to get high”) puede ser considerado su ars poetica, y le cabe perfectamente a Korine. Pero claro, las condiciones en las que uno escribe y el otro filma no son equiparables. Moondog con sus hojas en una bolsa no tiene nada que ver con este Korine, que tiene a una estrella como protagonista y maneja un presupuesto que no es un delirio para el cine yanqui pero que está en otra categoría de aquellos que manejaba cuando filmaba películas baratas y no necesariamente más interesantes que esta. Moondog es el nombre de la improductividad y el derroche. Korine no puede serlo. Esta diferencia puede servir para restarle legitimidad a la película, como si aquello que alguien pone en escena debiera ser sostenido al mismo tiempo por el cine y por la vida. Pero también -y creo que este es el caso- puede hablar muy bien de Korine, capaz de crear un personaje ante el cual no es digno.

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