La poesía estornuda donde quiere, por Marcos Vieytes

Kill command, de Steve Gomez: No hay lugar más lindo donde encontrar un poema que en el sitio más prosaico, ni acaso haya sueños más fascinantes que los de las máquinas sensibles. Un argumento elemental, indispensable para atraer y sostener la atención primaria, que pronto se manifiesta subordinado a la composición del espacio, la entidad de la luz y la percepción ligera, casi imperceptiblemente alterada por la oscilación del foco en más de un plano. El primero de la película, ese donde aparece el título, se abre gradualmente hasta que deja ver seis círculos azules de luz alrededor de un séptimo, cuya circunferencia es mayor que la de los restantes, sobre un fondo negro y un crescendo sonoro ominoso. Esa geometría electrónica sienta las bases de la película: austeridad tendiente a la abstracción no obstante atender a paisajes y cuerpos físicos, además de antagonistas materiales. El minimalismo cromático podría ser melvilleano; el sonoro, carpenteriano. En todos los casos es económico y sofisticado. Una película que se apoya en la semántica de la ciencia ficción y el bélico para poner en escena un ejercicio de estilo es cosa rara. Un ejercicio de combate, justamente, es la matriz estructural del relato así como la metáfora de la puesta en escena, que es casi una puesta en abismo conceptual. Como en los mejores guiones del cine de género, ciertas frases tienen un sentido denotativo concreto funcional a la acción y otro implícito, potencialmente poético cuanto menos naturalista sea el marco. “Necesitamos tus ojos” es el gran parlamento que le oímos decir a un comando que sabe lo que valen los de su interlocutor, pero nosotros le diríamos lo mismo al director de esta opera prima, pues en cada uno de sus planos se nota que detrás de la cámara -y al mando de la computadora- hay alguien a quien no le da lo mismo en qué lugar la ubica y cuánto tienen que durar.

Mom and Dad, de Brian Taylor: Encuentro una sinopsis cuya precisa premisa es absurda sólo por la escala: todos los padres empiezan a sentir el impulso de matar a sus hijos. Resulta que Nicholas Cage y Selma Blair –que es como decir los reyes magos- son los padres. Ya está: me pongo a verla. Los títulos pasados de moda son la gloria. A la media hora pienso que es muy lindo cine barato. Los temas, el sonido y el montaje son actuales pero uno tiene la sensación de que acaban de bajar de la máquina del tiempo. La desorganización es sólo aparente. El vértigo disimula un orden acaso delirante como todos. Uso la palabra orden solo para referirme a que hay una voluntad constructora -no un vigilante- detrás de la puesta en escena. Que hasta se da el lujo irónico de incluir una de esas típicas escenas de actuación desbordada para aspirar al Oscar en medio de un quilombo que sólo aspira a su propia gloria. Me pongo serio, pero eso no significa que me calzo el traje y la corbata sino que soy ganado por el entusiasmo. Como en las mejores películas “malas”, hay más planos hermosos que en una película responsable. Como se vale de los criterios de edición actuales pueden pasar más desapercibidos que en una de Armando Bo, pero hay mucha belleza desgarbada en todo esto. Su (ir)responsable es el mismo de Crank.

01
Cold skin (Xavier Gens, 2019)

Puppet master: The littlest reich: No vi ninguna película de esta saga. Tanta es mi ignorancia que para mí es lo mismo Puppet master que Leprechaun. Lo único que sé es que junta muñecos con personas de carne y hueso porque salta a la vista. La única película con muñecos y personas de carne y hueso que recuerdo es Pequeños guerreros, de Joe Dante. También sé que la escribió S. Craig Zahler, el director de Bone Tomahawk y Block 99, lo más estimulante salido en estos tiempos de lo que aún queda en pie de Hollywood como máquina industrial analógica. Encima, acaba de dirigir a Mel Gibson en Dragged across concrete. En el prólogo aparece Udo Kier haciendo de padre del mal, europeo perverso, divino nazi. Porque esta Puppet master también es una Bastardos sin gloria acaso más irresponsable todavía que la de Tarantino gracias al pacto de verosimilitud invalidado por los títeres. Así que a todos aquellos que criticaron la irresponsabilidad moral de La vida es bella -Tomás Abraham en El Amante, por citar al primero que recuerdo- les conviene cuidarse de mirar algo como esto, en que una serie de muñecos nazis matan judíos, gitanos, lesbianas, y le arrancan el bebé del vientre a una embarazada negra. Como toda justicia de cine de acción (¿a qué justicia se podría aspirar en un mundo donde existen marionetas nazis asesinas animadas por un nosferatu que duerme dentro de una doncella de hierro?), sólo se propone la venganza, colmada en este caso gracias a la incineración de Junior Führer en un horno de cocina. Cada escena y cada plano respiran bien porque no tienen apuro. Habiendo visto, a esta altura del párrafo, fragmentos de otras películas de los directores, se nota que es mérito exclusivo de Zahler. La cámara se mueve con la elegancia material que tuvo el cine antes del software: esa falibilidad física que se palpa en cada juguete -su peso dentro del plano, el movimiento a base de montaje y fuera de campo- y termina contagiando a la percepción que tenemos de los actores al desplazarse, entre quienes se cuentan muñecos tan queridos como Michael Paré -ochentoso cada de piedra de Calles de fuego o Experimento Filadelfia– y Barbara Crampton, maestra de ceremonias directamente traída de Re-Animator. Puppet master tiene la mejor subjetiva decapitada que se ha visto desde de El mito, de Stanley Tong con Jackie Chan. Para proyectarla en un programa doble con El maestro de marionetas de Hou Hsiao-hsien.

Revenge, de Coralie Fargeat: Hace rato que las francesitas se vienen con todo. El título es la segunda mitad del famoso subgénero inspirado por Bergman a Wes Craven: si la miran se van a encontrar con la primera mitad, además de color, culos y sentido del humor. Imagínense una de acción en los interiores de Desearás al hombre de tu hermana y tendrán una idea bastante precisa de esta película. Algo parecido a un gato y a un chongo aparecen volando y acaban arrastrándose. Los colores pondrían feliz a Bava: con el flúo de maquillaje y accesorios las chicas se dan casi tanta maña como el tano aquel que las mataba con el mismo amor con que ellas se la devuelven ahora. Y esta Juana de Arco rediviva, con corazón de peyote y look de amazona prehistórica, tiene uno de los mejores tatuajes de la historia del cine.

02
Cold skin (Xavier Gens, 2019)

Cold skin, de Xavier Gens: Siglo 19, zona de dominación angloparlante del planeta, una isla desierta o apenas un peñón con un faro, un tipo que llega para reemplazar a otro que ha muerto o desaparecido, un encargado de más edad que parece consustanciado con el lugar o con su destino, el tabú sexual y la monstruosa soledad. ¿The lighthouse, la última del director de La bruja? No, Cold skin, la buena. Es de hace dos años, no la vio nadie, no está filmada en artístico blanco y negro, no tiene un solo monólogo preparado para el lucimiento oscarizable de los actores, no usa el género ni los mitos como metáforas ni como forros del deseo, pero al materializar lo monstruoso abre el campo simbólico de la representación de lo otro a toda clase de interpretaciones para quien no se conforme con disfrutar de la aventura bien contada, que es lo primero que importa. A los diez minutos el recién llegado acomoda en un estante las obras completas de Stevenson y el resto de la película, afortunadamente, no las desmerece. También hay una cita de Nietzche, varios planos de la tapa de un libro que dice Infierno y no puede ser otra cosa que una parte de la Comedia, un volumen de Frazer, una mención a Darwin y unos versos pronunciados cuyo autor desconozco. Casi todo sugiere unos significados que a la película evidentemente le importan, pero funciona tan bien porque la más elocuente de todas las inscripciones, aunque la menos recurrente, es la de Stevenson, y la película nunca deja de avanzar guiada por su claridad, que era la de una certera escritura abierta al placer. Tan segura está de lo que quiere contar y, sobre todo, es tan feliz al hacerlo, que evita los largos prólogos de las malas películas de terror, cuyas bondades sólo duran lo que dura justamente el misterio, y lo pone parcialmente al descubierto a los quince minutos, sólo cinco después de que el recién llegado acomodara los tomos de Stevenson en la biblioteca. De allí en más la acción no decae, y la revelación de lo extraordinario dejará lugar a la percepción y la elaboración que cada uno hace de ello, vale decir su ideología, a través de los actos, que es lo extraordinario propiamente cinematográfico.

Dave made a maze, de Bill Watterson: un 8 y medio clase B. En vez de una obra maestra de dos hora veinte, un laberinto cartonero de ochenta minutos. En vez del octavo largo de un maestro que hacía, si se quiere, su primera película no objetiva, una opera prima consumada. En vez de un director de cine en crisis, la crisis de un muchacho de treinta y pocos que hace manualidades. En vez de estrellas, actores desconocidos en un mundo que ya no tiene dioses. Pero a las dos les interesan lo real, lo verdadero o el sentido, porque saben que no hay manera de fijarlo. Así que nada mejor que una estructura abierta, que no lo es tanto. Fellini le dio la apariencia de unos andamios huecos. La película de Watterson empieza con una placa que señala la diferencia entre laberinto y dédalo: el primero tiene una sola vía, en el segundo hay varias. Las dos películas ambicionan la infinitud de este último pero la firmeza de sus estructuras se lleva mejor con el primero, y Watterson lo reconoce desde el título (tal vez Raúl Ruiz haya sido el gran arquitecto de dédalos). La figura que materializa la puesta en abismo mental de Dave made a maze es la construcción de cartón que la novia del protagonista prácticamente se lleva por delante ni bien entra a su departamento después de tres días de no tener noticias de él. Atrapado por su creación, el chabón se ha perdido en ella. No puede salir, destruirla ni terminarla. Así que a los quince minutos será su novia y un grupo de rescate que incluye al mejor amigo del pibe, un director de cine amateur, el camarógrafo, el sonidista, una pareja de hípsters, unos turistas holandeses, una rubia tarada y algo más tarde un pelado, los que nos meten en la aventura. El único que no lo hace es un linyera a quien invitaron porque suponen que nadie podría saber más de cartones que él. Naturalmente, decide quedarse en el departamento. No sólo porque tiene hambre y quiere ducharse, sino porque ya ha visto demasiado cartón en su vida (del preCode a Carpenter, es suficiente con la presencia de un cartonero para que la dimensión política de lo marginal aparezca con suficiente peso crítico dentro del codificado sistema de representación ficcional yanqui). Si el de la aventura es el género feliz, la felicidad de la invención artesanal propia de la clase B es permanente en esta película que incluye el más hermoso, magnífico y relativamente barato diseño de arte que he visto en muchos años, juegos con la perspectiva dignos de Melies, planos contraplanos entre una mujer y un ventilador que me recuerdan al paraguas de Mi ojo izquierdo ve fantasmas, de Johnnie To, una cuerda que tiene vida propia, asesinatos de papel maché, personajes que interactúan con la música extradiegética y una vagina inolvidable. Porque Dave made a maze es, además de puro deleite material, un tapiz simbólico que no pesa gracias a la proliferación juguetona de significantes, una instalación que elige el cine clase B para escaparle al museo, se ríe del temor a caer en falta repitiendo estereotipos de género, hace lo imposible por no buscarle la razón al porque sí y entregarse a la sinrazón del por qué. Si no hay desliz de la matriz, liberemos al minotauro. La “casita” (de mis viejos) sólo será solaz cuando (no) la dejemos (ser trampa). Acá pueden ver una breve muestra de su poesía-Melies.

 

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