Una emoción troglodita: Olivari a las estrellas

Fuente: El hombre de la baraja y la puñalada, y otros escritos sobre cine. Selección y transcripción: Marcos Vieytes

De “El hombre de la baraja y la puñalada”:

Del cinematógrafo, en nuestra ignorancia del inglés, estamos extrayendo una emoción troglodita. Tenemos en la pantalla el gesto primario, limpio, puro reflejo espiritual. Y un inglés amplificado que bien parece un refunfuño de caverna. ¿Para qué más? La estética es la menos complicada de las estéticas. Una actitud deliberada. Creer con los ojos. Corporizar con solidaridad emocional lo que las blancas figuras hacen y deshacen en la película. A pesar de su enorme tecnicismo, no hay arte más instintivo que el cine. Lo es tanto que agrada por igual al inteligente que al imbécil. A la mujer que al hombre. Al niño que al anciano.

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El cine es el onanismo internacional.

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Prefiere una escalera real al culo de una mujer.

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De “Retrato de Joan Crawford al Van Dongen”:

De su escandalosa belleza heteróclita nos quedarán sus ojos. Abismados en la contemplación del raso que los modistos harán célebre sobre el alargado huso de su cuerpo. ¡Que Dios nos perdone!, pero sólo en las vacas –las del mirar señorial- hemos encontrado igual expresión mansa, húmeda de ternura, fluvial de melancolía…

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De “Elogio del Flaco y vilipendio del Gordo”:

Laurel tiene cara de ascensorista, de tenedor de libros o de vendedor de exvotos en una cerería. Todo en él es tímido. Su nariz y su pie. Su galera y su paso. Su gritito de espanto y su sollozo de terror. Oliver, el gordo, es suficiente y certero como un diccionario. Es aparatoso y vacuo. Carece de destreza y sus ideas directoras, porque siempre él manda en la parada, pican en el absurdo, hasta pisarse un callo.

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Esta pareja cayó en gracia a Buenos Aires, cuyo ceño –milagro de milagros- alcanzó a descorrer algunos instantes. Porque tienen algo de la parada por la cual los porteños nos jugamos enteros. Su ropa está mal, sus pantalones van en decadencia de flecos y de barro, sus botines no tienen nombre, pero llevan siempre cuello y corbata y galera, la galera patricia y cajetilla que lustra y da esplendor. Al revés de los avestruces, estos cómicos esconden el cuerpo y enseñan la cabeza. De cintura arriba son ciudadanos apacibles, con un poco de renta, medio burgueses y medio vagos. De cintura para abajo están en la miseria. Un poco así somos todos en Buenos Aires, mágica ciudad de la improvisación. Por eso lo queremos tanto a Laurel y perdonamos la enciclopédica suficiencia del gordo.

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De “La voz de Greta Garbo”:

Su voz para la música inefable de una canción que no entendimos nunca, porque su inglés de sueca, ceñido e implacable en las u y en las dobles v, necesita la clave agnóstica de la interpretación de los sueños. (…). Su inefable voz marullera, desolada y hasta catastrófica, porque se empeña en salirse de más debajo de su fuente y parecería que viene desde su mismo pasado y que en ella habla el dolor sombrío de una raza o, por lo menos, de una casta de mujeres que nunca han sido, son y serán felices y para las cuales el amor siempre será una visión de operación cesárea. Su inefable voz que arranca, como de una cuerda musical, de su clítoris hermafrodita.

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De “El perfecto solterón”:

El hombre que ya antes de haber nacido era cornudo.

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De “La gorda encarnación de Shakespeare”:

Rezuma espuma de cerveza y una alegría jocunda de Dionisyos reumático este Emil Jannings, gordo y genial, encarnación de Shakespeare, cuya cara mofletuda de parroquiano de taberna tudesca, que solivianta a las criadas y escala con ellas los altos lechos de oloroso boj, con su pila de ropa blanca, aromada de alhucema, es sin embargo el escenario de carne de todas las tragedias de aquel que nació a la gloria en una cervecería.

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Porque él es también el hombre que gusta sonarse las narices con esos tristes culottes de algodón que usan las putas de dos pesos.

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El hércules de feria que sabe mirar a las bailarinas y a las ecuyeres con la mirada sucia de triste lascivia con que deben mirar en el centro del África los peludos orangutanes a las frágiles exploradoras sajonas que van en busca del perdido eslabón, protegidas por la libreta de cheques de la institución Carnegie.

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Nicolás Olivari en Emigrantes (Aldo Fabrizi, 1948)

 

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De “Elogio de Marlene Dietrich”:

Porque su voz es opaca y su inglés remeda una lejana música de banjos, merece un elogio. Pero más lo merece porque en “Marruecos” abandona al hombre por el que suspiran todas las mujeres, al hombre que tiene veinticinco trajes y regala brazaletes de rubíes, para seguir, hecha una bestia de carga, al hombre piojoso, sucio y desgarbado que no tiene un cobre y sí la posibilidad de reventar en el desierto con un balazo en el pecho.

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Ella es la mujer de la aventura casual en un burdel de la Martinica, cuyos ojos están llenos de candor y su sexo está lleno de placas sifilíticas.

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(El cinematógrafo nos permite estas aventuras mentales. Confiemos en la aventura a costa de nuestro estómago, realidad que nos trae a la tierra a la salida de los cines, descendidos a pico desde el séptimo cielo del celuloide heroico y mentiroso.)

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Ella es la única mujer de raza blanca capaz de seguir a un hombre a través del Sahara, mientras su alma está henchida de arena gris de hastío. Ella es la única mujer que afirmó que también hay una legión extranjera de mujeres. Ella es la única mujer que todavía puede cambiar un Rolls-Royce por un beso de amor…

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De “El Valentino troglodita”:

Era el único hombre del mundo que podía agacharse sobre la tumba de Rodolfo Valentino en donde se mece un pino de Italia y escuchar su consejo.

Preguntarle del arte simple y esencial de encantar a las mujeres. Y Valentino le habría dicho: -Sé lo más idiota posible…

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Eso es lo que hay en los ojos de Clark Gable. Angustia, humedad de angustia, veladura de terciopelo negro en los ojos de un perro. Porque las mujeres odian las miradas inteligentes que desnudan el cuerpo. Ellas quieren ser miradas con la misma expresión vacía y triste con que miran los animales domésticos. Por eso las miradas del más intenso, sobrehumano amor, son miradas en blanco…

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De “La mujer que los dioses olvidaron”:

Así era. En la cola de mujeres que en alguna ciudad de Europa central, durante la gran guerra, iba a buscar su ración de pan, con un bono amarillo en la mano. Desesperación nocturna en Viena, Sofía o Belgrado, cuando en la cómoda no se quiebra un rayo de luna, iluminando la postal barata donde está el único hombre amado, el que fue a la guerra y que si vuelve es con los testículos rotos.

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De “La mujer de los ojos de gata”:

Ana Sten tiene una peligrosa belleza de muchacha de arrabal. Esa belleza frágil de los dieciocho años maduros. A los diecisiete es una niña flaca y angulosa. A los diecinueve será una vieja arrugada, con la garganta agrietada por el “vodka”. Pero a los dieciocho años es una maravillosa flor de carne, sin más arreglo que su juventud y un poco de agua clara, prensando sus lacios cabellos de “gamine”.

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Ana Sten es tan ingenua a pesar de ser tan puerca que es capaz de transformar en globitos de juguete los preservativos de sus clientes…

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Sabe, como ninguna, ese arte maestro y sensual de ocultar bajo la cama al lobo que ronda en el bosque.

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De “La rubia de platino”:

Jean Harlow, sin saberlo, llena de amargura la boca del silencioso espectador en los cines de arrabal. Porque el silencioso espectador piensa que mientras el mundo es como es no se podrá ser nunca, normalmente, esposo de Jean Harlow. Y entonces sueña en un mundo anárquico y maravilloso, destrozado y convulso, en donde las mujeres como Jean Harlow serán colectivizadas. Mientras tanto va al prostíbulo…

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De “La sonrisa de París”:

Nada más epidermático que la sonrisa de este triunfador. Es el que ha dado al  mundo el contrapeso necesario de fatuidad e imponderabilidad bailable, capaz de soportar estoicamente el suicidio de los Kreuger y de los Lowenstein… Todavía, gracias a su sonrisa, cualquier principado sin puertos al mar de la Europa septentrional logrará un empréstito de la casa Morgan…

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De “La impertinencia con monóculo”:

Eric von Stroheim es de los villanos del cine el que mejor atornilla con dos dedos rabiosos la carne de las mujeres mientras parece que sólo les da el brazo y las conduce triunfalmente a los bailes de las embajadas. Pero es el que las tortura.

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Eric von Stroheim gasta cinco mil pies de película para utilizar apenas mil quinientos y goza voluptuosamente cuando las compañías para las que trabaja están al borde de la quiebra.

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