Michael Jordan necesita volar (sobre The Last Dance), por José Miccio

Vi la serie de Michael Jordan y los Bulls: The Last Dance. Diez capítulos de cincuenta minutos. Ocho horas y media. Un turno laboral. O tantas cosas. No la vi de corrido porque soy un señor mayor y ya no estoy para eso, pero me detenía con dificultad. No me gustaba. No me gusta. Y sin embargo ahí estaba, sometido al espectáculo, imaginando excusas en los pestañeos del opio para presentarle al superyó con cara de Ricardo Forster que en cualquier momento vendría a pedirme explicaciones. Juro que esto no es lo que parece. Juro que estoy metido acá por mi interés en los estudios culturales. Juro que vi también cuatro películas de Chantal Akerman y puedo presentar una conversación virtual como testimonio. A los tres días de haberla terminado, en lugar de ir borroneándose, que se supone es lo que ocurre con estos artefactos, que reclaman otro más, para no detenerse nunca, para evitar la memoria, The Last Dance seguía dando vueltas por la casa, de distintas maneras. Escuché decenas de veces “Jordan”, la maravillosa canción de Eté & Los Problems. Tiré una cebolla podrida con un medio giro. Soñé con Michael, con Pippen, con B. J. Armstrong (no con Denis Rodman). Me acordé mucho de mi amigo Fernando, que tenía el póster de Jordan a punto de hacer una volcada, colgado del aire como una araña, detenido en su éxtasis herzoguiano, ahí donde solo el escultor de madera Steiner y el pequeño Dieter pueden acompañarlo. Jordan necesita volar. Nada lo mostraba mejor que el brillo exagerado y grasún de esas imágenes que comprábamos en la calle o en las ferias y pegábamos en la pared de la pieza como si fueran tatuajes. Ganar seis anillos de la NBA, dos oros olímpicos y un montón de premios individuales está bien. Ser además un póster barato es la gloria misma. Después fue claro. The Last Dance resistía por el motivo más obvio: como serie es basura, pero Jordan es uno de los nombres de la grandeza. No importa la biografía. Mi biografía, quiero decir (o la del fan que sea), por más que todavía esté enredado en la primera persona. Que en el momento de esplendor de Michael yo anduviera en los 20, que no tuviera cable y accediera a un partido de cada quince, que en el 96 viera en el Olimpia Space Jam con quien entonces era mi novia reciente, de cuya minifalda verde no me olvido aún. Es como dice Nick Hornby en 31 canciones sobre “Your Love Is the Place Where I Come From” de Teenage Fanclub: no es el recuerdo al que la canción está asociada lo que importa sino la canción misma, que tiene la capacidad de continuar con nosotros más allá de las circunstancias concretas en las que la escuchamos. En sus palabras: “Si te gusta una canción, te gusta lo suficiente como para que te acompañe a lo largo de diversas etapas de tu vida, así que el uso va borrando todos los recuerdos demasiado específicos”.

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Es cierto: con el deporte no pasa exactamente igual. Anoto dos recuerdos entre tantos. En los cuartos de final del mundial de 2014, Brasil le ganó a Colombia 2 a 1 en uno de los días más negros de la historia del fútbol. Un equipo duro, peleador, zapallero, indigno de la camiseta que llevaba puesta; un Brasil en cierto modo equivalente a la Argentina de 1990, que no jugaba tan asquerosamente mal pero cuyo desastre era más hondo porque afectaba a toda una idea del fútbol, jamás tan ofendida. Porque Brasil lo quiso y porque una Colombia timorata (ay, Pekerman) no hizo nada para impedirlo el partido fue de dientes apretados, de ímpetu, de coraje, de sudor. Un embole uruguayo. El segundo recuerdo tiene veinte años más. En 1994, cuando Independiente le ganó a Huracán 4 a 0 (Rambert, Garnero, Rambert, Gareca) y salió campeón con Brindisi como técnico, yo estaba en un bar de Luro y Santiago del Estero con mis hermanos, en una mesa larga que funcionaba como platea, sufriendo primero y cantando después con mucha gente desconocida, en pleno ejercicio de esa camaradería fácil que regalan los triunfos. El primero es un recuerdo triste. El segundo es hermoso. Pero los dos tienen en común el hecho de estar encapsulados en una fecha precisa, atados a sus circunstancias. El gol de Diego a los ingleses, en cambio, sucede todavía, como sucede todavía el Gran Premio de Brasil en el que Senna levanta el trofeo entre espasmos musculares, la palomita de Ginóbili contra Serbia que quedó como emblema de la medalla de oro olímpica en Atenas y la final de Wimbledon de 2008 en la que Nadal le gana a Federer 9 a 7 en el quinto set, después de cinco horas de juego. Los deportistas verdaderamente grandes cambian la historia de su deporte, ganan trofeos, se vuelven adjetivos. Pero sobre todo hacen canciones. Quiero decir: producen hechos que se ajustan a lo que Horby dice de “Thunder Road”, de Bruce Springsteen:

“Si hubiera oído ‘Thunder Road’ en el dormitorio de una chica en 1975 y decidido que estaba bien pero nunca hubiese vuelto a ver a la chica ni escuchado mucho la canción, entonces oírla ahora probablemente me traería a la memoria el olor de su desodorante. Pero no pasó eso; lo que pasó fue que oí ‘Thunder Road’ y me encantó y desde entonces la he ido escuchando a intervalos (alarmantemente) frecuentes. La verdad es que ‘Thunder Road’ solo me recuerda a ‘Thunder Road’ y, supongo, a mi vida desde que tenía dieciocho años, es decir, a poca cosa y a demasiado”.

Michael Jordan compuso con sus actuaciones y jugadas únicas su propia “Thunder Road”. O para decirlo con mi repertorio: compuso su “Promesas sobre el bidet”, su “Niño condenado”, su “Cabeza de platino”, su “Lithium”, su “Lady Grinning Soul”. En The Last Dance el tipo está ahí, un poco gordo, con los ojos amarillentos, en un sillón en el que vaya uno a saber si alguna vez estará cómodo, encuadrado una y mil veces como en un especial televisivo de ESPN. Todo lo que dice es esperable. Se ajusta al uno contra uno tan típico del básquet y la cultura estadounidense. Malone ganó el MVP ese año, pero lo merecía yo, y me propuse dejarlo claro en la final. Cuando jugaba para Golden State, en un cruce de playoff, B.J. Armstrong asomó la cabeza más de lo debido, así que decidí poner las cosas en su sitio. Una y otra vez lo mismo. Pero ese Jordan histórico, sometido a la cultura, importa menos que el Jordan hacedor de canciones, aun cuando el primero sea la condición del segundo. Por eso The Last Dance me seguía por la casa. No me emocionaban los recuerdos que despertó la serie (el póster, el cine, un amigo, una novia). Me emocionaba eso que sigue drenando fuerza una vez que las mejores explicaciones imaginables dieron todo de sí. Eso que esta vez se llama Michael Jordan.

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Hay una historia del estrellato negro en Estados Unidos perdida entre los capítulos de The Last Dance. Por lo menos yo no pude dejar de encontrar rastros de ella, tal vez porque la intuí tempranamente y después me fue difícil no darle importancia a cosas que no la desmentían. Me refiero fundamentalmente a la imagen que muestra a Jordan con Muhammad Ali y a la presencia de Barack Obama entre los entrevistados. Faltaba un eslabón para unir todo, y el recuerdo del video clip de “Jam” me lo ofreció. Ahí está: la figura de Michael Jackson funciona como nexo entre las de Jordan y Ali. Ali es el negro combativo, díscolo incluso entre los suyos, pero parte central de un tiempo de lucha por los derechos civiles y el black power. En el documental de William Klein Muhammad Ali, the Greatest (1969), Malcom X lo explica así: “El sistema fabricó un negro sin fuerza ni convicción dándole como héroes a gente sin fuerza ni convicción. Ahora llegó Cassius, que es la negación perfecta de esta imagen. Lo que está en juego va más allá del boxeo. Clay encarna al negro de hoy”. En Jordan ya no existe esta dimensión, entre otras cosas porque el sistema no es el mismo (lo que, por supuesto, no quiere decir que haya dejado de ser racista ni que sea justo, como demuestra ahora mismo el asesinato de George Floyd). Michael Jackson puso en el sistema lo que antes el sistema rechazaba. No fue una figura de combate (ese lugar lo tomará Public Enemy, a quien Chuk D definirá como Los Panteras Negras del rap) sino de integración, como lo atestigua su dueto con Paul McCartney y su conquista de MTV con “Beat It” y la guitarra blanca de Eddie Van Halen. Pero en el medio de esta operación, como el virus que era, Jackson confundió todo, y montó en el centro del mundo, con carteles de Pepsi y sin el marco glam de Prince, un show que todavía hoy -o mejor dicho: hoy más que nunca- libera una fuerza utópica que el mercado no puede agotar. Llegó un momento en el que no había modo de saber si Michael era varón o mujer, negro o blanco, niño o adulto, humano o cyborg, y si la música que hacía era como la de Tin Pan Alley o la de Motown, y si sus pasos de baile eran de la Tierra o de algún espacio exterior del que no teníamos noticias. Nadie fue tan trans como Michael Jackson, que no dejó categoría en pie. No es una negación de Ali y las luchas de las dos décadas anteriores. Es su consecuencia negociadora. El momento de integración que sigue a la resistencia, y en el que se puede observar mejor que en ningún lado la reconfiguración de las relaciones de fuerza, qué gana y qué cede cada uno, y en qué condiciones es ahora posible la vida en común.

Por supuesto, esto es materia de discusión ya bien establecida: están quienes piensan que Michael traicionó al soul y a su comunidad y le dio al reaganismo una de sus imágenes victoriosas y están los que prefieren no derrapar tan bruscamente. Greil Marcus en Rastros de carmín y Mark Fisher (que cita a Marcus abundantemente) en su ensayo “El fin del Jacksonismo” ejemplifican el primer grupo. Steven Shaviro los atiende en otro ensayo: ‘La utopía del pop: la promesa y la decepción de Michael Jackson”:

“La utopía de Michael Jackson -la universalidad de su música, su performance y su imagen pública, su atractivo para ‘todos’- tenía que ver, precisamente, con el desafío que le presentaba a la historia de la raza en Estados Unidos. Jackson fue la ‘primera superestrella negra de la era posterior a los derechos civiles’, escribe Gary Younge. Fue el primero en lograr que una expresión cultural reconociblemente afroamericana (y esta expresión se referiría tanto a su lenguaje corporal y su comportamiento como a su música) llegara al público de una forma que no fuera ni una atracción exótica para blancos, ni se presentara demasiado diluida (como podría argumentarse que estaba una parte del rock blanco). Y fue así, justamente, porque era una música que se dirigía a ‘todos’ como ninguna otra música negra lo había hecho jamás, ni siquiera Motown (…) Todo el mundo excepto Marcus y su pandilla de hípsters blancos comprendió intuitivamente que Michael Jackson ‘planteaba la posibilidad de vivir de una forma distinta’, al menos en la misma medida en que lo hicieron también Elvis, los Beatles o Sex Pistols.”

Jordan -¿la última estrella global anterior a internet?- llega al trono en condiciones diferentes a las de Ali y Jackson y se mantiene al margen de cuestiones políticas. En algún capítulo de The Last Dance aparece Dr. Dre, que en la misma época edita The Chronic, su disco de integración pos-Jackson después de sus discos de resistencia pos-Alí con NWA. La dinámica conflicto abierto-negociación aparece en todas partes. Hasta un blockbuster como Pantera negra trata de esto, con su enfrentamiento entre radicalidad fuera de quicio -en un momento se ve que quien la encarna tuvo de chico un póster de Public Enemy en la pieza- y negociación madura. Desde este lugar surge el único reclamo político que recibe Jordan en la serie (hay otro, deportivo, que le hace Isaiah Thomas, que sospechosamente no participó con el Dream Team de los Juegos Olímpicos de Barcelona): el de haber privilegiado su imagen y el negocio en lugar de apoyar en las elecciones de 1989 a un candidato a senador negro. En modo cínico: “Los republicanos también compran zapatillas”. Uno de los que hablan de este tema es Barack Obama, la cuarta estrella de la constelación, que expresa algo imposible en tiempos de Ali (pero no después de Jackson): un presidente negro.

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The Last Dance no puede liquidar la grandeza de su protagonista ni la riqueza de la cultura negra ni siquiera en su formato ultraortodoxo, con sus notas psicológicas de jardín de infantes, sus juegos de compensaciones, su Bill Clinton, su edición perfecta y desalmada (confirme que no es un robot), sus pequeños dramas satelitales, su “Teardrop” por José González cuando Michael llora, su “Present Tense” (hay plano de Jordan con remera de Pearl Jam) cuando en 1998 el ciclo termina, y todas las otras canciones redundantes. Ni siquiera un dispositivo como este -horrible, mecánico, obsceno- puede contener a Michael Jordan porque en Michael Jordan sopla un viento de frecuencia bajísima que el lenguaje trata de expresar con palabras como genio e Historia, tan gastadas e indispensables. Es el viento de Ali, de Federer, de Diego, de Senna, de Lionel. Persiste cuando la serie termina y mira de reojo, con una mezcla de resignación y piedad, el retrato de Jordan que cada capítulo traza una y otra vez, hasta el hartazgo: un genio tirano que obliga al resto a obedecerlo y que sabe perfectamente adónde quiere ir. Jordan jode a sus compañeros, los bardea, les exige que cumplan su papel de rol en el máximo nivel posible y los lleva a ganar seis campeonatos. Es una máquina de convertir a los otros en medios para sus fines a cambio de una participación en la gloria con la que solo él tiene trato directo. Pippen juega a que se queda o se va. Rodman se escapa para ir a una pelea de Hulk Hogan. Jordan no sabe de esas cosas. Está, y entonces manda, o se las toma, y se va a jugar al baseball. En bambalinas, Jordan es un conjunto de lugares comunes y obligados: sacrificio, concentración, un espíritu competitivo demencial. En la cancha (en la duela, dirían los comentaristas de ESPN) es un tipo con una visión. Un guerrero, un artista. Los archivos que guardan el juego de Jordan justifican The Last Dance por la sencilla razón de que justifican cualquier cosa, de un spot televisivo a un compilado de YouTube.

Esto mismo, es cierto, confirma la pobreza de la serie. Su mérito es Jordan, que no la necesita, y a quien honra solo en parte, porque recibe todo de él y no le da más que una nueva exposición mundial, reseñas de tres párrafos y hashtags de vida corta. Ni un momento a la altura del mito. Ni una emoción que no existiera ya. Por poner un contraejemplo: en sus documentales sobre Senna y Maradona, Asif Kapadia logra lo que no logra The Last Dance. No necesita nada del otro mundo. Le basta un ralenti utilizado en el momento justo: cuando Senna alza el trofeo en Brasil, sus segundos de mayor gloria y dolor, y cuando Diego aparece perdido en una fiesta, después de ser campeón con el Nápoli, en la cima del mundo y absolutamente solo. Estos dos planos -el último, especialmente- son triunfos de las películas, que nos hacen sentir algo que sin ellas no sentiríamos. The Last Dance no consigue ningún momento así. El llanto de Jordan en el vestuario después del primer campeonato podría haber sido algo hermoso y pasa como pasan todas las cosas: al mismo ritmo, con música redundante, cumpliendo con el estándar audiovisual más mecánico que podamos concebir. Sin un Paxson, sin un Steve Kerr detrás de cámara (ni hablar de un Rodman, de un Kukok, y menos que menos de un Pippen) Jordan tiene que hacer todo él mismo. En la cancha y también afuera. El gran momento de The Last Dance es para mí un comentario que su estrella dice casi al pasar. En 1998, en el cuarto partido de la final del Este contra los Indiana Pacers de Reggie Miller, Chicago pierde por dos a falta de un segundo, Jordan lanza un triple y la pelota entra y sale del aro. Consultado por esa jugada, Jordan comenta: “Por un segundo y una décima todos contuvieron el aliento. Eso es algo hermoso”. De segundos como ese, de los que no se puede hacer historia, ni escribir poesía, ni ensayar una anatomía del instante que no aspire al ridículo, está hecho el arte de Michael Jordan. Esas son sus canciones. A ellas, la memoria dulce y persistente de las emociones que importan. A la serie, ahora sí, el merecido olvido.

5 Respuestas

  1. Muy buen artículo. No lo había visto de esta forma. Es cierto, The Last Dance es un testimonio de lo que fue Jordan, y como producto documental no es más que eso. Además de lo que mencionás y la nostalgia, logró masificar lo que sabían los expertos, o lo que olvidamos, o dejamos pasar, y quizás por eso funcionó también.
    De todas formas, me parece que si fue el único evento en pandemia -más allá de la pandemia en sí- que logró unir mediaticamente de forma transversal. Es como que todos hablamos de The Last Dance, y no de otra serie o producto (quizás se me esté escapando algún otro)

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  2. Sebastian Lipszyc

    Excelente nota, un viaje con aportes indelebles.
    La serie me recuerda mis 20 años también, viviendo en la casa de mis padres, cuando todo estaba por pasar o estaba pasando. En San Martin recibíamos la revista de cable de Multicanal en donde había una guía con la programación de los partidos de la NBA que pasaban por TNT y ESPN, yo los apuntaba y organizaba mis planes en función de aquel itenerario.
    Para mi el momento mas emotivo de la serie es cuando Karl se sube al omnibus de los Bulls en donde estaban festejando. Malone de impecables pantalones blancos después de haber perdido la segunda final consecutiva, saluda a varios jugadores y se despide de Miguel.
    Con el tiempo me di cuenta que me gusta mas Jordan que el basquet, Maradona que el futbol y Nadal que el tenis.

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