Mogambo, por Ava Gardner

Fuente: Ava Gardner: Con su propia voz (Ava. My story).

Como bien dijo un bromista de Hollywood, Frank Sinatra y yo probablemente tuvimos el matrimonio más “sí-no, sí-no” del siglo, pero a mí siempre me pareció fascinante la forma en que nuestras vidas siempre parecían volver al punto de partida y reconectarse mutuamente. Por ejemplo, fue pura casualidad que en el verano de 1952 ambos empezamos a formar parte de los más importantes proyectos cinematográficos de nuestra carrera hasta la fecha, yo con Mogambo y Frank en De aquí a la eternidad.

Desde su publicación en 1951, a Frank le había entusiasmado el bestseller de James Jones, una novela dura sobre el lado oscuro de la vida militar en Hawai, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Frank quedó flechado del personaje de Angelo Maggio, el flacucho muchacho italiano de Nueva Jersey, que no se dejaba engañar por nadie. Sabía que el director Fred Zinnemann estaba planeando hacer una película y se obsesionó con la idea de interpretar a Maggio. Tanto, que para conseguir el papel estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso cometer el peor pecado que puede cometerse en Hollywood: trabajar por casi nada. Me pareció raro, porque Frank nunca había mostrado demasiado entusiasmo por su trabajo como actor, pero él sabía que era Maggio y estaba anhelando hacer un papel puramente dramático y escapar del encasillamiento al que había sido sometido por los musicales. Además, su carrera no parecía ir en ninguna dirección precisa en aquel momento.

Decidí intentar meterme en el asunto e influir al temible Harry Cohn, el director de Columbia, la compañía cinematográfica que iba a filmar De aquí a la eternidad. Conocía bastante bien a Joan Cohn, la esposa de Harry; había estado en algunas fiestas en su casa y ellos vivían cerca de nosotros en Coldwater Canyon. No éramos íntimos amigos, pero sabía que podría hablar con Joan, que ella me escucharía con buena disposición. A través de Joan llegué a Harry, pero él estaba completamente en contra de la idea.

– Tomále una prueba a Frank –le supliqué-. Sólo te pido que le tomes una prueba.

– ¿Y por qué voy a tomársela? La idea es ridícula. Frank es cantante, no un actor dramático.

– Frank puede actuar, y sabés que puede hacer el papel mejor que nadie.

– Es demasiado tarde. Ya repartí los papeles. Eli Wallach hará de Maggio y yo estoy satisfecho con él.

Me fui, pero no había terminado. Sabía que Joan estaba de mi lado; al fin y al cabo, todo lo que pedíamos era una prueba. De manera que insistí una y otra vez con Harry Cohn, e incluso llegué a decirle: “Por Dios, Harry, te haré una película gratis si le haces una prueba”.

Frank, por su parte, también había hecho una propuesta, ofreciéndose a hacer la película por un salario bajísimo de mil dólares semanales. Muchas otras personas intervinieron, pero el director Fred Zinnemann no estaba convencido. De todos modos, mientras Eli Wallach no estuviese contratado, sentí que Frank tenía una oportunidad.

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Mientras tanto, yo estaba preparándome para rodar Mogambo, una película por la que sentía especial cariño. Al fin y al cabo, todavía recordaba cómo entraba en puntas de pie en la galería del cine en Smithfield, Virginia, en 1932 para mirar embobada a mi héroe Clark Gable mientras intentaba decidirse entre Jean Harlow y Mary Astor en Tierra de pasiones (Red dust, Victor Fleming, 1932). Y Mogambo, que según unos significa “pasión” y según otros “hablar” en swahili, no era más que una descarada copia de Tierra de pasiones, en la que Gable repetía su papel de rudo macho, Grace Kelly tomaba el antiguo papel de Mary Astor, y yo sustituía a la pobre Jean Harlow.

En lugar de desarrollarse, como Red dust, en una plantación de caucho en la península de Malasia, Mogambo tenía como fondo el mundo de los cazadores blancos en África. Y en lugar de rodarse en los exteriores de la Metro, iba a rodarse en el mismo lugar en que se suponía que ocurría la historia, o, como proclamaron a bombo y platillo los anuncios: “Filmado por la MGM de safari en África entre escenarios auténticos de salvajismo incomparable y de un esplendor imponente”. Lo que eso significaba para mí, sin embargo, fue tener que someterme a una monstruosa serie de vacunas de viruela, fiebre amarilla, cólera, tifus, fiebres tifoideas, y Dios sabe cuántas cosas más.

Puesto que nada parecía ocurrir respecto a la prueba para De aquí a la eternidad, Frank decidió que más le valía venir conmigo a África, vacunas incluidas. Así que volamos a Nairobi, en Kenia, precisamente cuando se aproximaba nuestro primer aniversario, y nos reunimos con los cincuenta y tantos camiones que iban a llevarnos a Uganda, el principal lugar de rodaje de exteriores, a 11.200 kilómetros de distancia de casa.

Todo ese endiablado viaje fue lo que los encargados de la publicidad solían llamar el mayor safari de los tiempos modernos, y yo no iba a llevarles la contraria. No sólo necesitamos ocho auténticos cazadores blancos para ponernos en marcha, sino que una vez instalados, nuestro campamento contaba con trescientas tiendas de campaña. Y no creas que eran sólo para dormir. Jesús, teníamos tiendas para todo lo que te puedas imaginar: tiendas-comedor, tiendas-ropero con planchas eléctricas, una tienda de recreo con dardos para los ingleses y tenis de mesa para los yanquis, incluso una tienda-hospital con aparatos de rayos X, y una tienda-calabozo por si alguien alborotaba demasiado.

Realmente no debería bromear sobre las medidas de protección, porque en África había auténtica consternación por nuestra seguridad. La compañía cinematográfica tenía sus propias fuerzas del orden formadas por treinta hombres, y cuando llegamos por vez primera a lo que por entonces era África Oriental Británica, quedamos bajo la protección de los Fusileros de Lancashire y los Rifles Africanos de la Reina. El levantamiento del Mau Mau estaba en sus comienzos y a todos los miembros de la plantilla nos entregaron un arma. Clark, un cazador experimentado, recibió un rifle de caza de gran potencia, mientras que a mí me dieron un revólver 38, modelo especial de la policía, que se suponía era más adecuado para una dama.

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Así era la Metro, siempre pensando en todo. Por si acaso, trajeron tres copias de todos los trajes y construyeron una pista de aterrizaje de 1.800 metros en medio de la jungla, en un tiempo récord de cinco días. Cada día llegaban provisiones y correo desde Nairobi en los sólidos y viejos DC3, y los rollos de película expuesta, cuidadosamente envueltos y empaquetados con hielo seco, se enviaban en el vuelo de regreso. Entre los gastos de la película figuraban cinco mil francos africanos (catorce dólares y pico en aquellos días) a cuenta de “gratificaciones a hechiceros por augurios favorables”.

Por una vez se habían prestado la misma atención al guión de John Lee Mahin que a la logística. No sé si describiría la rivalidad entre Grace y yo exactamente como lo hacían los anuncios: “¡Lucharon como enérgicos felinos de la jungla! ¡Una lucha de amor encarnizada! ¡La jungla despelleja a dos mujeres civilizadas, dejándoles únicamente sus más primitivos instintos!”, pero desde luego lo pasamos en grande con nuestra lucha.

(…)

Para alguien con mi temperamento, irreverente por naturaleza, hacer el papel de una playgirl insolente y malhablada que silba a los hombres, bebe whisky de la botella y que del vino dice: “Cualquier año, cualquier marca, todos me hacen mostrar lo mejor de mi carácter”, era como un regalo del cielo. No me he sentido tan relajada o tan cómoda en ningún papel, ni antes ni después, e incluso se me permitió improvisar parte de mi diálogo. Sin embargo, si alguien me hubiese dicho que me sentiría de ese modo en una película dirigida por John Ford, le hubiera enviado derecho al psicoanalista de Artie Shaw.

Porque John Ford, conocido familiarmente como Jack, era el sinvergüenza más cabrón que jamás haya dirigido una película, y dirigió muchas. Trabajaba en el cine desde 1917, y dirigió clásicos como El delator, La diligencia, Las uvas de la ira y Qué verde era mi valle, ganando con todo ello cuatro oscars. Le gustaba decir que simplemente era un director del montón, perspicaz y trabajador, pero mucha gente en Hollywood le consideraba el mejor de todos. Y cuando trabajaba con actores como John Wayne, no podía fallar. También podía ser el hombre más mezquino de la tierra, totalmente malvado. Pero antes de que hubiese terminado el rodaje de la película, yo ya le adoraba.

Luego me enteré de que Ford no me hubiera elegido en absoluto. Quería a Maureen O’Hara, y no le importaba que se supiera. Adoraba a Gracie, pero conmigo se mostró muy frío. Me llamó para verme antes de que empezara el rodaje y ni siquiera me miró. Lo único que dijo fue: “Usted va a llevar ropa exageradamente adornada”. Sólo eso, fríamente, y nada más.

Volví a mi habitación y lo discutí con Frank. Le dije: “Voy a ir a hablar con Ford”. Con lo cual entré toda decidida en el despacho de Ford y dije: “Soy tan irlandesa y ruin como usted. No voy a aguantar esto. Lo siento si no le gusto; me voy a casa”.

Se limitó a levantar la mirada como si no supiera de qué le estaba hablando y dijo: “No sé a qué se refiere. ¿Quién ha sido descortés con usted?”

02

Y en cuanto al primer día de rodaje, puedo asegurarte que ninguna película en la que participé, ni antes ni después, empezó tan mal como aquella. Una de las primeras escenas requería que un leopardo entrara tranquilamente en nuestra tienda, mientras Clark y yo estábamos sentados sobre la cama, tomados de la mano. Jamás entenderé por qué fue ésa una de las primeras escenas que se rodaron. Tal vez al animal le esperaba otro trabajo en alguna parte y tenía que volver a la jungla a toda prisa. Lo que sí es cierto, es que no parecía entender sus entradas. Y el resultado fue que el leopardo la pifió, Clark la pifió, yo la pifié, y la escena quedó fatal.

Para acabar de arreglar las cosas, justo cuando Ford dijo con irritación: “Impriman la última toma”, el encargado de las luces dijo en tono de disculpa: “Lo siento, señor Ford, pero la luz principal se apagó a la mitad”.

Yo me bajé entonces de la cama y dije, como sin darle importancia, o al menos eso pensaba yo: “No damos pie con bola. La hemos pifiado completamente”.

No era la cosa más política que podía haber dicho, especialmente en un plató de Jack Ford. Porque Jack creyó que el comentario iba dirigido a él. Decidió que había que ponerme en mi sitio.

– Ah, con que directora ¿eh? –dijo despectivamente-. Claro, vos sabés todo sobre dirección. Sos una pésima actriz, y sin embargo ahora también sos directora. Bueno, dale, dirigite algo. Sentate en mi silla y yo interpreto tu escena.

Todo eso lo dijo en voz alta delante de todos los actores, del equipo técnico, y de todo el mundo. Todos los rostros quedaron congelados, pero nadie se atrevió a decir nada. Pero Ford no paraba, seguía despotricando como loco. El único que supo bajar el telón sobre aquel espectáculo fue Clark Gable. Puso su brazo alrededor de mi hombro, me dio un apretón, y salió del plató. Y cuando Clark salía eso era el fin de la escena, porque como hombre y como actor, por algo era conocido por El Rey. Su comportamiento en el plató era siempre impecable.

Jack Ford estaba tan furioso que no sabía qué hacer. El hecho de que la luz principal se hubiese apagado significaba que la escena tenía que filmarse necesariamente de nuevo. Así que cerró todo el plató, y todo el mundo se marchó. Yo volví a mi tienda y me quedé allí pensativa. ¿Qué carajos había hecho yo para desencadenar esa clase de furia tan tremenda? Luego, aproximadamente una horas más tarde, el ayudante de dirección llegó con un mensaje. “El señor Ford le ruega que vuelva al plató. Están a punto para una nueva toma.”

– Claro –dije.

Y volví silenciosamente al plató. Fue como un sueño. La primera toma, ningún problema. Incluso el leopardo se portó bien. Me miró desdeñosamente mientras merodeaba por allí –supongo que estaría pensando que yo era demasiado flaca para morder- y eso fue todo.

Jack y yo tardamos un poco más en hacer las paces. Pasé unos cuantos días muy duros antes de que me llevase a un lado y me dijese: “Sos muy buena. Pero relájate”. A partir de aquel momento, nos llevamos estupendamente. Supongo que así era como trabajaba. Tenía que ser él quien mandaba, y ¿por qué no? Sólo había querido asegurarse de que yo lo supiese. Era grande. Si te odiaba, te lo hacía saber y te obligaba a pelearte con él. Y a mí, las únicas personas que no me gustaban eran aquellas que se enculan y no te lo dicen. Con esos no se puede pelear.

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Era estupendo volver a trabajar con Clark Gable; siempre será mi héroe. Pero por lo que se refiere a romance, los ojos de Clark estaban definitivamente puestos en Gracie, y los de ella, todo sea dicho, en él. Los dos eran solteros por aquel entonces, y es muy normal en cualquier mujer enamorarse de Clark. Pero Gracie era una buena muchacha católica, y lo estaba pasando mal sintiendo lo que sentía hacia Clark. Y además, encontrándose en África, rodeada de flora y fauna exóticas, con el fuerte y sonriente Clark tan a gusto en aquel lugar, hacía que le quisiese todavía más.

Recuerdo que el día del cumpleaños de Gracie conseguimos una botella de champán de algún contrabandista de licores, y ella, Clark, Jack Ford y yo celebramos una pequeña fiesta en la tienda. Más adelante hicimos lo mismo para mi cumpleaños. Y después de aquello, no importa dónde estuviese, cada año me llegaba un regalo de cumpleaños de Grace. Nunca se olvidó, y cada año por Navidad enviaba una felicitación escrita a mano, no una preparada por su secretaria. Era una gran señora, y también muy divertida, aunque nunca fue muy aficionada a las copas, a pesar de haberlo intentado seriamente. Su naricita se le ponía color de rosa, empezaba a encontrarse mal, y teníamos que ir a rescatarla. O se sentía fácilmente herida, y hacía mi truquito de salir corriendo en la oscuridad.

Clark se daba cuenta al cabo de unos segundos y me decía: “¿Dónde se habrá ido, linda? Estamos en África; no se puede salir corriendo así como así en África”. Entonces yo salía en su busca y la volvía a traer antes de que se la comiesen los leones.

Gracias a Dios, todos los actores nos llevábamos divinamente, porque rodar en África no era una experiencia que me gustaría repetir. Para empezar había que soportar el calor, tan intenso (podía variar entre 43 y 54 grados) que la compañía consumía cantidades ingentes de crema hidratante para que no se nos quemara el cutis. Y cuando no hacía calor, llovía, y en sólo unas horas todo se convertía en fango, resultando imposible mover cámaras, camiones, o personas. Y no olvidemos los animales salvajes. Tenía que colgar una linterna delante de mi tienda de campaña para disuadir a los leones del barrio, y un día, un trío de rinocerontes se apilaron alrededor de la cámara y casi mataron al pobre Bob Surtees, el cámara.

Sin embargo, ya que hablamos de problemas, fue entonces cuando tuve que enfrentarme al problema más personal de toda mi vida: descubrí que estaba embarazada. Sólo pasaba de una semana, pero todos los síntomas estaban ahí y sencillamente lo sabía. También sabía que si iba a hacer algo al respecto, tenía que ser ahora. Frank había regresado a Hollywood; la invitación para la prueba de De aquí a la eternidad por fin se había materializado. No se lo había dicho y no iba a decírselo. Ya tenía bastantes preocupaciones propias. Me senté en mi tienda e intenté pensar de manera racional. Y fue muy duro.

Tenía muy sólidas convicciones sobre traer un niño al mundo. Sentía que a no ser que estuvieses dispuesta a dedicar prácticamente todo tu tiempo a tu hijo en sus primeros años, no tenías derecho a hacerlo. Si un niño no es deseado –y de algún modo ellos lo saben- está en desventaja desde el momento de nacer.

Y aparte de eso, estaba el hecho de que la MGM tenía toda clase de cláusulas penalizadoras para el caso de que sus estrellas tuviesen hijos. Si yo tuviese uno, me cortarían el suelo. ¿Y cómo iba a ganarme la vida? Frank estaba absolutamente en bancarrota y probablemente seguiría así (o eso pensaba yo) durante mucho tiempo. Mis futuras películas iban a llevarme de viaje por todo el mundo. No podía tener un bebé en esas condiciones. Incluso en Mogambo, mi embarazo empezaría a notarse mucho antes del final del rodaje, de manera que, para empezar, habría que decírselo a Jack. Sentí que sencillamente no era el momento adecuado para que yo tuviese un hijo. Habiendo tomado la decisión, la más angustiosa que jamás había tenido que tomar, fui a ver a mi director.

01

Jack Ford intentó desesperadamente hacerme cambiar de idea.

– Ava –me dijo-, estás casada con un católico, y esto va a herir muchísimo a Frank cuando se entere.

– No va a enterarse, y si lo hace, la decisión es mía.

– Ava, te estás exigiendo demasiado. Yo te protegeré si tu embarazo empieza a notarse. Arreglaré las escenas, arreglaré las tomas. Acabaremos con tu papel tan pronto como podamos. No se notará nada. Por favor, seguí adelante y tené al nene.

– No, no es el momento –dije- y yo no estoy preparada.

Así pues, muy a regañadientes, John me dio autorización para ir a Londres a finales de noviembre.

El asunto se mantuvo en secreto. No estoy muy segura de quién lo organizó todo, pero supongo que la MGM tuvo algo que ver, ya que tenía mucho dinero en juego. Me acompañó una de las secretarias de la película, a la que conocía desde hacía años, y también uno de los hombres de la publicidad de la MGM. Fui a una clínica privada y allí me durmieron y me llevaron a la sala de operaciones. Me desperté en mi habitación creyendo que todo había pasado, y el médico entró y dijo: “Sí, señora Sinatra, está usted embarazada”.

– Por Dios –dije-, eso ya lo sabía.

Entonces el médico salió con cara muy seria y entró el psiquiatra. En aquellos días, el aborto estaba permitido en Inglaterra, pero sólo podía realizarse por lo que el sexo varón consideraba los motivos correctos: los suyos. Incluso aquellas clínicas caras de Londres tenían que proceder con sumo cuidado. Y no estaban en absoluto seguros de que yo estuviese allí por los motivos correctos.

Tampoco lo estaba el psiquiatra.

Empezó a guiarme por el sendero correcto, pero yo no iba a seguir su juego. Me preguntó si me tiraría por la ventana si tuviese que tener este bebé, y yo le dije: “Claro que no”, y le dejé cortado. Él se empeñaba en que yo confesase mis “intenciones suicidas”, pero yo no me dejé avasallar. Insistió en que le dijera que iba a matarme si me veía obligada a tener un hijo, y yo me negaba. Dije, lo más llanamente que pude: “No creo que sea el momento adecuado para que tenga un hijo. Si traes un hijo al mundo tiene que criarse en un ambiente estable, con padres amantes que pueden dedicarle tiempo y atención. En el momento presente mi vida entera es como un torbellino, y va a seguir siendo así durante muchos años”.

Seguramente tuvieron que manipular algunas de mis respuestas, pero me hicieron la operación y regresé a África.

Frank regresó a África a tiempo para las Navidades –y mi trigésimo cumpleaños- lleno de alegría y entusiasmo. La prueba había sido un éxito y el papel de Maggio era suyo, en parte porque Eli Wallach sencillamente tenía un aspecto demasiado musculoso para el papel. Frank no sabía nada acerca de mi viaje a Londres, y aquellas pocas semanas que pasamos juntos fueron relajadas y divertidas. Él y uno de los atrezistas me construyeron una ducha; los dos jugamos como nenes en el río hasta que una mamá hipopótamo vino a espantarnos; y a pesar del sentimiento local de supremacía blanca, él ayudó a a organizar y dirigir dos coros de villancicos: uno negro y otro blanco.

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Y luego, claro, sucedió la cosa más tonta, más estúpida y más natural: volví a quedarme embarazada. Por lo visto, el motivo por el que no me había quedado embarazada con mis dos maridos anteriores era que algo en el departamento de la concepción estaba ladeado de manera incorrecta. Al quedarme embarazada la primera vez se había colocado bien, y ahora me había vuelto sumamente fértil.

Esta vez Frank sí que lo supo, y estaba encantado. Recuerdo ir saltando por los baches del desierto africano en un jeep, con unas náuseas terribles. Allí mismo, y por primera y única vez en toda nuestra relación, Frank decidió cantarme una canción. Sé que muchos deben creer que hacía ese tipo de cosas todo el tiempo, pero el hombre era un profesional y se reservaba la voz para las ocasiones que lo requerían. Ésta debió de ser una de ellas, porque me cantó, oh, tan maravillosamente, aquella preciosa canción “When you awake”. No me curó las náuseas, pero siempre he recordado aquel momento.

Y sin embargo, a pesar de los sentimientos de Frank, llegué a la misma decisión acerca de mi segundo embarazo que acerca del primero. En cuanto terminamos Mogambo la Metro me había programado para otra película, Los caballeros del rey Arturo, que también tenía que rodarse en el extranjero, lo cual significaba que Frank y yo volveríamos a estar separados mes tras mes. Y aquella situación hizo que volviese a plantearme todas mis viejas dudas sobre no tener ningún derecho a producir un hijo si no contabas con un estilo de vida sano y sólido en el que poder criarlo. Frank y yo no teníamos nada de eso. Ni siquiera éramos capaces de vivir juntos como cualquier pareja normal de casados. Frank llegaba a casa a las cuatro de la madrugada después de cantar en una sala de fiestas o en un concierto. Y yo tenía que dejar la casa a las seis y media de la mañana, o incluso antes, para llegar a tiempo al estudio. No había mucha vida hogareña que digamos.

Creo que Frank, en el fondo de su corazón, sabía lo que yo iba a hacer. Pero la decisión fue mía, no suya. Me pareció que aquella gran clínica cara no estaría preparada para un segundo round de respuestas incorrectas a sus correctísimas preguntas, de manera que me ingresaron en una pequeña clínica particular en Wimbledon donde no me preguntaron anda. Sabía que Frank venía a Londres para empezar una gira por Europa, pero no estaba segura de la fecha. Sin embargo, alguien debió de decirle lo que yo estaba haciendo, porque mientras viva jamás olvidaré el momento en que me desperté después de la operación y vi a Frank sentado a mi lado con los ojos llenos de lágrimas. Pero creo que hice bien. Todavía creo que hice bien.

Selección y transcripción: Marcos Vieytes.

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