8 ½, por Calanda

Miccio

En marzo, después de un año, volví al cine. Vi 8 ½ en la única función programada en Mar del Plata, un domingo a las ocho en la sala 1 del Paseo Diagonal, con barbijo y distanciamiento. Shopping y protocolo para una obra maestra que supo reunir la sala grande y la singularidad elocuente de los tiempos del autorismo de alto presupuesto y alto impacto. ¿Resultado? El previsible: Fellini hizo una película perfecta para las circunstancias en las que vivimos, por la sencilla razón de que son las circunstancias en las que vivimos las que tienen que acomodarse a 8 ½, y no al revés.

Lógicamente, esta vez vi una película distinta de la que había visto antes, ya varias veces. Vi -podría decir- una película dantesca. Intentaré explicarme. O bien porque como toda gran obra lleva en sí una capacidad de renovación o persistencia especialmente notable, o bien porque ya pasé la mitad de mi vida, o bien porque había leído hace poco la famosa carta de Dante a Can Grande, o bien por todo lo que está pasando, que pide fácilmente el adjetivo infernal, o por todo eso junto, claro, salí del cine pensando en 8 ½ como en una versión de La Divina Comedia. Pero no tanto de sus episodios como de su soplo y motivo principal: el viaje de un alma atormentada y que habla en italiano por las tres regiones en las que se divide el más allá según el catecismo católico. Fellini seculariza el dogma -todo sucede en este mundo, porque en realidad no hay otro- pero respeta su organización geográfica. Primero, está el infierno de la vida urbana y moderna, puesto en escena al comienzo, con los autos atascados y vueltos, ellos y sus tripulantes, criaturas de agresividad expresionista. Después, el purgatorio-balneario, que es donde la película se sitúa, tanto en términos narrativos como filosóficos. Y por último, el cielo del cine. “Mi ruta había extraviado”, escribe Dante en el canto I de la Comedia. “¿En qué punto equivoqué el camino?”, se pregunta el Guido de Mastroianni en la primera visita al set cinematográfico, mientras conversa con Rossella, la amiga de su esposa. De eso se trata. De lo que hay que atravesar para ver si es posible encontrar el camino nuevamente. De estar perdidos.

Como se sabe, la crisis no ocurre en cualquier momento sino “en medio del camino de la vida”. Para Dante, ese punto son los treinta y siete años. Para Guido (cuyo nombre, por cierto, coincide con el de Cavalcanti, poeta y amigo de Dante) los cuarenta y tres, con canas notorias que aumentan el peso de la edad. Obviamente, lo que le pasa a un florentino del siglo XIV y lo que le pasa a un italiano del siglo XX no son cosas equivalentes. La Comedia no es un modelo sino un libro matriz, como La Odisea, La Biblia, Los viajes de Marco Polo, el Quijote y el Martín Fierro: una y mil historias nacen de ella, a veces sin que lo sepan quienes se dicen sus autores. 8 ½ es una, lo haya querido no.

De hecho, para un tipo como Fellini, nacido en la Emilia-Romaña en 1920, Dante no es solo el autor de un monumento literario escolar sino también versos recitados dentro de la familia, historias contadas en voz alta y nombres connotados (el amor se llama Beatriz). En una palabra: es también cercanía oral. No es raro que la Comedia, con todas sus mediaciones no librescas, diera vueltas por la cabeza de Fellini, de manera más o menos consciente, y que si en algún momento se le presentó como referencia, la aprovechara a su gusto, sin complejos, que es como se trata a las obras que de verdad importan. Después de todo, Fellini nunca fue un intelectual. No por lo menos en el sentido que solemos darle a la palabra, y que obliga a pensar en tres cosas que no siempre van bien con el arte: predominio de la conciencia, responsabilidad y rigor. Fellini fue algo bien distinto, una criatura que ya casi no existe: un artista convencido de que en el cine había una riqueza única, que no solo no requería autoridades externas sino que podía burlarse de todas aquellas que venían a ofrecerle lustre o pedirle explicaciones. Por ahí andan -esto es Italia, años sesenta- el bla bla católico y el bla bla marxista, drenando sus lugares comunes. Fellini los hizo comparecer ante sus propios balbuceos, porque además de coraje tenía espaldas, sobre todo después de La dolce vita, que convirtió en marca su nombre y lo puso en una situación de privilegio, como beneficiario de presupuestos enormes para hacer lo que se le diera la real gana. Por ejemplo, 8 ½, una película compuesta con todo lo que dificulta o impide hacer películas: las figuras del superyó social y moral, las demandas del mundo moderno, la falta de inspiración, la crisis existencial. Fellini ordeña el vacío. Como Dante. En la escena del congestionamiento, Guido se ve rodeado de caras que lo miran desde otros autos-mónadas iguales al suyo. Es su versión de la selva oscura, de las fieras amenazantes y de los círculos del Infierno, que se presentan de manera simultanea en lugar de sucesiva. El que falta en la escena -en esta y en todas las demás- es Virgilio. 8 ½ es un viaje sin guía. Y no solo eso. También sin dirección precisa, sin Beatriz y (tal vez) sin Dios.

El viaje transcurre por la triada Infierno-Purgatorio-Paraíso pero integrada en una versión moderna de la psiquis, que Fellini elabora a partir de algunas ideas de Freud y especialmente de Jung, no aplicadas sino poetizadas, del mismo modo en que Spinetta elaboró en Alma de diamante sus lecturas de Castaneda y en Téster de violencia sus lecturas de Foucault. “Asa Nisi Nasa”, dice el hechizo: “Ánima”, en una especie de jeringozo, porque no hay nada que en Fellini no pase primero por la infancia o por el circo. Él mismo lo dijo así: “No sé si el pensamiento de Jung influyó sobre mis filmes, de 8 ½ en adelante. Solo sé, sin ninguna duda, que la lectura de algunos de sus libros alentó y favoreció el contacto con zonas más profundas y estimulantes, y me provocó muchas fantasías”. Y también: “Lo que admiro con más ardor de Jung es el hecho de que encontró un punto de unión entre la ciencia y lo mágico, entre la razón y la fantasía”. Así que, en un punto, lo que Fellini apreciaba de Jung es que se parecía a Fellini. O mejor dicho: que funcionaba como intensificador.

8 ½ está compuesta (la palabra se impone) con los recuerdos, los deseos, las fantasías y las aspiraciones de Guido, que se suceden y se cruzan con gracia musical. La esferas pitagóricas del Paraíso de Dante giran y al rozarse producen una música celeste. Los empalmes y los movimientos de cámara de Fellini -es increíble la fluidez- producen un cine sinfónico, sostenido, como no podía ser de otra manera, por la música de Nino Rota, y también por la huella que deja en la película “La cabalgata de las Valquirias”, que suena al comienzo, vaciada de cualquier heroísmo, hasta podría decirse: paródica.

Además de todos estos vínculos, más o menos firmes, Fellini coincide con la Comedia -y es lógico- en la relación comienzo-final, que Dante explica, aristotélicamente, en la carta a Can Grande: “Y así se ve por qué la presente obra se llama Comedia. Pues si miramos la materia, al principio el asunto es horrible y fétido, porque es el Infierno, al final feliz y agradable, porque es el Paraíso”. Y así ocurre, en efecto, tanto en el libro como en la película, aunque en términos distintos. Dante se separa de Virgilio luego del Purgatorio y recorre el Paraíso guiado por Beatriz. Guido imagina a Claudia (la Cardinale) como otro ángel, pero finalmente acepta que no es tal cosa, que no puede serlo, que nadie salva a nadie, y que por lo tanto hay una región a la que no puede acceder. Y sin embargo, justo entonces, algo ocurre. Algo bueno, quiero decir, como si el reconocimiento de que no hay ángel permitiera la imaginación del paraíso. En el final de su camino, Dante ve la luz que lo bendice y lo separa de Dios. En el final del suyo, Guido encuentra la ficción. Es ahí donde sucede lo que el cielo no permite: la reunión del creador y sus criaturas, iguales, bailando en ronda, en una inversión perfecta de la danza de la muerte de El séptimo sello, y máxima cercanía de Fellini con Bergman, que termina su película -¿por qué será que lo olvidamos siempre?- con la familia de comediantes, no con los condenados. Unos actores que se disfrazan para hacer reír y un niño que toca la flauta sostienen la vida. La Divina Comedia termina con Dante bañado por la luz de Dios. 8 ½ termina con Guido aceptado por el cine, que prepara su advenimiento. En el final, todo empieza. La puerta de la sala 1 del Paseo Diagonal podría haber mostrado un cartel: “Reciban, los que entran, esta esperanza”.

Rodríguez

Volví a ver 8 1/2 después de lo que deben haber sido 20 años, que, como se sabe, no es nada. De alguna forma siento que me acompañó todos estos años, pero si me tengo que poner a hacer cuentas y si tengo que guiarme por la cantidad de detalles que se habían perdido en mi memoria, debe ser así. Si me apuran, debe haber sido el primer Fellini que vi, no puedo garantizar que haya entendido nada y definitivamente no tenía el menor marco de referencias para reconocer el entramado de mujeres que la atraviesa. Después, con los años, me tocó ir descubriendo a Federico, pero 8 1/2 no la volví a ver. No sé por qué; supongo que en cierta forma sentía que no hacía falta: esas cosas que te marcan son tan tuyas que no hace falta salir a buscarlas afuera.

Vuelvo a ver 8 1/2 , pero casi no podría decir “vuelvo a ver 8 1/2“. La película, supongo, sigue siendo la misma, pero mi memoria le había posado tantas capas de polvo encima que casi la vi por primera vez. Por otro lado, ¿qué queda de eso que era aquel pibe que vio en un VHS una copia por demás dudosa de una cosa que no sabía por donde agarrar? Esa primera persona del “vuelvo a ver” es poco más que una convención: significa poco más que lo que se supone que significa.

A la dimensión mítica de 8 1/2 (de esa mitología fácil que tiene más de encasillamiento que de gastado por el visionado) se sumaba la mitología personal. La enfrenté con el miedo de ver a la diosa desnuda: ninguna película podría estar a la altura de una doble mitología. Mi nuevo encuentro con la película me permitió descubrir mucho (lo que no había entendido, lo que se me escapó) pero también me dejó con gusto a poco. ¿8 1/2 era eso? ¿Nada más? La vi. Terminó. Es evidente, no había forma de que la película me volara la cabeza como alguna vez me la voló. En parte, asumo, porque tampoco queda mucho por volar: no por viejo (y ya volado) sino por cansado.

Esta reacción (o esta falta de reacción) me dejó inquieto. Incómodo conmigo. Casi no quería confesarme tamaño pecado y menos decirlo en voz alta (o texto escrito) a mis compañeros de Calanda, que la saben amar. La película me gustó, ojo, y hasta mucho. La disfruté mucho más de lo que recordaba. Pero no me subió el entusiasmo. A diferencia de lo que me pasó cuando volví a ver La dolce vita, con la que la evidencia de su grandeza me bañó como una marea, acá encontré belleza innegable pero también ripios por todas partes. Demasiado abstracta para ser carnal, demasiado carnal para ser idealista, demasiado formalista para ser clásica, demasiado clásica para ser experimental, demasiado cuidada para el desborde, más acá del artificio a través de un exceso de artificio, demasiado trabada para permitir la liberación (por más falsa que sea), demasiado lineal para la pura explosión. Fellini estalla por las tangentes, pero le falta un centro.

Por supuesto, no es razonable pedirle a una película que te cambie la vida cada vez que la ves. La vida no permite tanto manoseo. Pero por otro lado me pregunto si aquel estatuto mítico que supo tener 8 1/2 para mí no se debía en parte a su propia imperfección. Si la fuerza de La dolce vita es una verdad evidente para cualquiera que la vea, 8 1/2 es mucho más desprolija, floja en algún punto, más parecida a nosotros. En algún punto sospecho que, incluso si hubiera sido la primera película de Fellini que veía, La dolce vita no podría haber ocupado aquel lugar fundamental que 8 1/2 supo tener. No podría haberme acompañado estos veinte años como lo hizo su hermana menor, desgreñada, narcisista, desubicada, incorrecta e imposible. Hay algo en el propio proyecto de 8 1/2 que no podía producir más que insatisfacción, y sin embargo, Fellini, ese tipo que ya había demostrado (más de una vez) que podía hacer películas perfectas, se embarca en esta cosa despareja, menos pulida, y produce cine de ese que va más allá de todo.

La perfección es para otras cosas. Para los tornillos, supongo.

Vieytes

Para escribir sobre 8 y medio tendría que ser capaz de volar o de fingir como Fellini, a quien todos suponíamos tan incapaz de hacerlo como cualquier mortal hasta que nos vimos viendo el mundo desde el buche (podría escribir “alas” pero habría sido demasiado poético en el peor sentido de la palabra, así que mi memoria cocoliche terminó acordándose de que Fellini se llamaba a sí mismo “un gran bugiardo”) de su cámara y devueltos sanos pero sobre todo salvos a un suelo desde entonces ya sin poder de policía capaz de hacer cumplir ninguna ley de gravedad. Me caigo y me levanto, para escribir sobre 8 y medio tendría que ser capaz de crear el mundo, yo que no planté árboles ni tuve hijos, o al menos de recrearlo, yo que ni sé jugar a la bolita. Para escribir sobre 8 y medio yo, que soy un capado, como mínimo tendría que ser capaz de dos Claudias y de una Sandra Milo, a quien la Venus no le envidia precisamente los brazos. Me caigo y me levanto, para escribir sobre 8 y medio tendría que ser el flautista de Hamelin o saber tocar un instrumento (no se hagan los payasos). Para escribir sobre 8 y medio no tendría que ser el mismo de la primera vez sino el de la primera voz, cuando todavía no sabía hablar ni mucho menos escribir (ahora sí merezco el pedorreo dedicado al historiador municipal de Amarcord). Me caigo y me levanto, para escribir sobre 8 y medio tendría que bailar interminablemente como en las películas de Ophüls (“Fellini danza, sí, Fellini danza”, dice Chasman Pasolini a través de Chirolita Welles en La ricota). Para escribir sobre 8 y medio tendría que ser todas las cosas para con todos, que no es la enciclopédica enumeración de “El Aleph” sino la gracia valseada de La ronda, y transmutar la melancolía en fiesta sin fin para que a cada fin de fiesta le suceda otra. Me caigo y me levanto, para escribir sobre 8 y medio tendría que ser viento siempre igual a sí mismo porque el espíritu, que sopla donde quiere pero, como no es zonzo, dos de cada tres veces prefiere la falsedad sonora del stock fellineano al silencio inventado de Bresson. Me caigo y me levanto, para escribir sobre 8 y medio tendría que dejar de llorar cada vez que el nene corre el telón final y las orondas criaturas con las que sigue jugando sin que ellas se den cuenta de que son juguetes bajen del cielo, o al menos ver la escena sin volumen para darles el gusto a los críticos de la manipulación desbordada, pero llorar igual. Para escribir sobre 8 y medio tendría que convertir mi flautita en megáfono gentil. Me caigo y me levanto, para escribir sobre 8 y medio tendría que hablar en lenguas o ser un seductor, un fauno melifluo, un prisionero de las huríes de mi propio harén. Para escribir sobre 8 y medio tendría que hacer la misma magia de Fellini, que hizo desaparecer una película adentro de otra y no puso nada en su lugar para que cualquier película fuese posible desde entonces sin más tecnología evidente que los andamios de la fantasía organizada. Me caigo y me levanto, para escribir sobre 8 y medio tendría que nacer de nuevo y acordarme.

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