El altar, sobre “French Exit”, por Marcos Rodríguez

Sería difícil acusar a French Exit de ser una gran película. Tampoco creo que intente serlo. El ritmo le falla, todo está impregnado de una cierta melancolía indie tilinga que hace pensar un poco en Wes Anderson, pero sin intentar explorar sus experimentos formales. Hay una cierta convención, un cierto deadpan ya domado y suavizado, sin filo. La historia no puede interesar a demasiados.

Sin embargo, esta película comete uno de esos pecados gloriosos que no pueden más que caernos bien: a French Exit le interesan mucho más sus personajes que el cine, y por eso no logra armarse como una buena película y no logra tampoco que sus personajes estallen, pero el camino que emprende le permite llegar bastante lejos. O, por lo menos, que lleguemos hasta el final. Todo en French Exit se sacrifica en el altar de sus criaturas, y ni siquiera en el altar del que podríamos considerar su protagonista, el joven Lucas Hedges (tan lánguido) sino que irremediablemente arde en torno a los pómulos de Michelle Pfeiffer, esa enorme actriz cinematográfica que tantos todavía insisten en menospreciar.

El argumento es escaso: una millonaria neoyorquina de cierta edad (Frances, en la piel de Michelle Pfeiffer) descubre que finalmente se le acabó la guita que le había dejado su marido y decide escapar como rata en barco, con los pocos billetes que le quedan en un bolso, hasta un departamento que le presta una amiga en París. Lo que sigue es el entramado de una serie de personajes “pintorescos” que se van sumando a la historia (y al departamento), y que incluyen una vidente gordita, un investigador privado negro y el gato negro de la señora, que resulta que alberga (spoiler, digamos) el espíritu de su esposo muerto. La melancolía se torna sugerencia explícita de muerte y todo se va macerando en un aire viciado, algo anacrónico y algo refrescante gracias a su nota sin resolución.

Todo lo cual no tendría el menor sentido sin la Pfeiffer y el personaje que sabe construir. Por supuesto, un cinéfilo diría que si la Pfeiffer logra construir su hermoso personaje es porque la película, como mínimo, se lo permite. Y tendría razón. Pero cuando el desbalance es tanto entre una película en general y uno de sus elementos en particular, medio que uno puede repartir virtudes sin preocuparse tanto con la justicia. Digamos, para ser mínimamente ecuánimes, que French Exit es buena en la medida en la que sabe entregarse a Pfeiffer y que ella sabe sacarle el jugo.

No se trata, por otro lado, de una de esas películas construidas meticulosamente para exhibir el oficio actoral de su figura principal (hemos visto y seguiremos viendo tanto cine rancio entregado al atletismo dramático de quienes están desesperados por demostrar todo su rango). Excepto por uno o dos derrapes, la Pfeiffer no estalla, no escupe, no moquea. En realidad, hace poco más que mirar y sonreír (y hay alguna trompada). Más bien, flota frente a la cámara, sin llegar a sonreír del todo, tomando la luz, desplegando fotogenia, yéndose un poco al carajo. El personaje de Frances funciona, en buena medida, porque es bastante hija de puta, porque es bella, porque está un poco loca (pero loca posta, no con esa “locura tierna” del hijo). La gran Frances, la que defiende el cliché, la que construye su vida, es la ganadora de French Exit porque termina por convertirse en un monstruo: devora a su hijo, quema todo lo que toca a su paso y al final uno quiere acompañarla.

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