Mi abuelo Tita, por Marcos Vieytes

Mi abuelo José hablaba poco. Era el viejo de mi viejo, rama gallega de la familia. Flaco, alto, huesudo y con bigotes, se parecía a Pedro Quartucci. De chico salía a comprar vino para los tipos con los que andaba su madre, una gallega que rechazó el apellido que el padre de mi abuelo estaba dispuesto a darle porque ella quería conservar el de su propio padre, al que nunca volvió a ver porque él se quedó en España, y cuando mi abuelo no conseguía vino en ningún lado se quedaba a dormir en la calle para evitar la segura paliza que lo esperaba a la vuelta en caso de volver con las manos vacías. Ya de joven empezó a recolectar la basura en una chata tirada a caballo por la mañana (mis primos aún tienen las macetas que moldeaba para su jardín y solía decorar con trozos de vajilla recuperada). A la tarde era canillita en Núñez. Después se casó, tuvo tres hijos y la mujer –Amado de apellido- se le enfermó de cáncer y murió un mes después del diagnóstico, allá por el 79. Tengo tres recuerdos personales vívidos de él: las discusiones a los gritos con mi viejo y una vez que se fueron a las manos, mientras yo era el pasto que miraba a esos elefantes. En el segundo entramos con mi viejo a la casa a oscuras del abuelo, escuchamos el sonido de la radio y lo encontramos sentado junto al aparato, viudo ya (tampoco me olvido de los partidos por la Spica, sobre la mesa de luz junto a su cama en el Pirovano). Nunca se volvió a casar, no sé si habrá pagado alguna vez por una mujer. Un día, debajo de una mesa que tenía un espacio para poner cosas, encontré una revista adentro de una bolsita negra como las de residuos. El sopapo de mi viejo impidió que la abriera. Con el tiempo, la animosidad que José me despertaba a causa de su hosquedad sólo interrumpida por la discusiones familiares empezó a transformarse en otra cosa. Me fui dando cuenta de que ya ni le quedaba vida para pelear con nadie que no fuera él mismo o disfrutar de otra que la perdida con la súbita muerte de Elisa. Finalmente, un día que lo acompañé hasta el centro –murió en la casa que él mismo construyó en Victoria, partido de San Fernando, junto a los galpones del ferrocarril- a cobrar la jubilación, nos sentamos en un bar y me habló por primera vez. Muchísimo más que otras veces. De cosas que nadie me había hablado ni me volverían a hablar, porque de ciertas cosas no se hablaban, porque ni mis viejo ni mis tíos aprendieron a hacerlo. Esa tarde, junto a la ventana desde la que mirábamos la estación Virreyes del Mitre donde poco antes habían filmado La nona, mi abuelo me habló de mujeres: todavía con asombro, de una polaca bellísima; con culpa, de una novia a la que decidió abandonar cuando se enteró de que padecía tuberculosis; con acritud, de una “estrecha” (para explicarle de inmediato a mis ojos abiertos como dos huevos fritos qué significaba eso); con cariño, de mi abuela. Nunca lo vi tan feliz como cuando se puso a recordar los picnics en el Delta. Me contó que la muchachada tomaba el tren en Belgrano, después se subían a una lancha colectivo que la dejaba en el recreo y yo, que ya amaba el Tigre y las islas tanto como el cine clásico nacional, aunque por entonces no lo sabía, empecé a ver lo que me contaba en blanco y negro, no como películas sino como esas fotos chiquitas con el marco blanco serruchado que encontramos en las casas de nuestros abuelos. Entonces me lo imaginé parado y sonriente como nunca después, posando en uno de esos trajes de baño que por entonces me parecían anticuados y ahora se me hacen de ciencia ficción, junto a otros muchachos y muchachas modernos de su época. Esa tarde José, que nunca había sabido cómo ser abuelo, lo fue como pudo. Y con esa charla me regaló algo que no tengo a quien dar.

Tuvieron que pasar cuarenta años para que encontrara en el cine algo mínimamente parecido a esa película de mi abuelo –la del domingo en el Delta- dentro de otra –la del café con leche “de hombre a hombre”- que morirá conmigo. En Mercado de abasto están las chicas de las que habló mi abuelo pero lo que ahora me importa sobre toda otra consideración es que la película de Lucas Demare hay una mujer como mi abuelo. Porque Tita, la Merello, era nerviosa, dura, orgullosa y agresiva como José. Los dos se tutearon con la basura y se hicieron a los golpes, pero una vez fueron jóvenes, alguna otra alegres, y cierta tarde tiernos como macho con su primogénito en brazos (que ella, inolvidable madre en Guacho, nunca tuvo). El picnic es el paraíso donde me imagino a Tita y a José licenciados del rigor. Una estampida de caños de escape es el disparo de largada de la felicidad popular rumbo al último “día peronista” del cine nacional. No van en tren, van en chatas y camiones. Sólo podemos imaginarnos el trayecto al Tigre desde el Abasto porque en la película no lo vemos: con un corte -y una quebrada- la magia del montaje nos pone en un santiamén donde siempre quisimos estar. La que no se santigua es Tita, Santa Madre Arrabalera con falda bien ceñida a la cadera, doble proa en el pecho del suéter y pañuelo al cuello. Los sauces, linos y percales se mueven al compás de un tango que centenares de parejas bailan a un lado y al otro del arroyito que separa el gran picnic dividido en dos de los mercados del Plata y del Abasto. Un travelling acaricia las mesas interminables como un feriado, levantadas con tablones y caballetes que el mantel de hule cubre con las mejores galas del domingo proletario, antes de que se opere sobre ellas el milagro de las migas. Platos lisos y limpios aguardan asados y ensaladas. El vino pasa de las inmensas damajuanas cubiertas de caña tejida a las jarras culonas de vidrio más claro que agua de vertiente. En los ojos lustrados por el alcohol de los viejos los hijos renuevan el baile universal, hasta que Tita recoge el guante de los pitucos de enfrente y aprovechándose de la orquesta que trajeron se pone a cantar “Se dice de mí”, himno del orgullo popular, marchita alternativa. Mi abuelo José le tuvo tirria al peronismo porque quisieron afiliarlo de prepo al Partido Laborista y él era yirigoyenista de la primera hora. Solía usar la boina blanca, pero amaba esta película peronista del antiperonista Demare. No lo supe por él sino por mi viejo, que tuvo que verla seguido porque José los llevaba a verla al cine Gran Victoria cada vez que la reponían. “Pásese para este lado, Morocha”, tientan a Tita los de enfrente entre la primera y la segunda parte del tango. “Difícil, soy del Abasto”, responde arrastrando la segunda vocal de la primera y última palabras, y a mí se me pone la piel de gallina pensando en el trecho que hay entre lo que se dice y decimos de nosotros mismos y aquello que vaya a saber que somos: la gracia del picnic que reúne por un rato lo que la rutina divide, fiesta monstruo (que no del monstruo). Apenas un ratito antes de ser mi abuelo, José pasa bailando con una pebeta en el Delta de estudio de Mercado de Abasto.

Publicado originalmente en Varla N°3

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