Levanto la cabeza: cuatro notas sobre la correspondencia Adorno / Benjamin, por José Miccio

En uno de sus textos más famosos, Barthes nos pregunta: “¿Nunca les ha sucedido, leyendo un libro, de detenerse a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no les ha sucedido nunca eso de leer levantando la cabeza?”. A esto último, yo podría responder: todo el tiempo, aunque no necesariamente por los motivos nobles que menciona Barthes. En parte porque leo subrayando, en parte porque casi siempre tengo un word abierto por si quiero transcribir algo o apuntar rápido alguna ocurrencia, en parte porque me distraigo fácil y soy dado a la fantasía, por todo esto, cuando leo, levanto la cabeza. Para la psicología y la política, esta frase significa recuperar presencia, volverse digno. Para el vinculo lector-libro significa otra cosa: perderse, dejarse ir. En un ámbito, postula la restitución o la conquista de cierta integridad. En el otro, el relajamiento (o la metamorfosis) de la atención. En los ensueños de la lectura tiramos de sus hilos con más o menos pertinencia y la dejamos trabajar en nosotros, tal vez engañando a las obligaciones culturales que la someten. Escribí estas notas así, levantando la cabeza, y no pretendo que sean otra cosa que el registro de algunas distracciones.

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Eterna Cadencia editó hace unos meses las cartas de Benjamin y Adorno con el título Correspondencia 1928-1940 y traducción de Laura S. Carugati y Martina Fernández Polcuch. Las leí junto a otros libros: Diario de Moscú, Hachís, Denkbilder, Calle de mano única e Infancia en Berlín. Supongo que el hecho de que todos sean de Benjamin denuncia mi interés por un interlocutor y mi relativa indiferencia hacia el otro. Pero lo cierto es que mis momentos favoritos de la correspondencia pertenecen a Adorno. Son esos en los que le pide a Benjamin que no ceda, que se mantenga en su dirección con el Libro de los Pasajes, que no le dé cabida a Brecht, que no se adapte a los criterios del Instituto de Investigación Social que dirige Horkheimer y en el que él mismo ocupa un lugar destacado, que no haga cabriolas marxistas porque cuando las hace se notan las costuras. En una palabra: que vaya a fondo. Que haga la suya. En una carta (Londres, 18 de marzo de 1936) lo dice así: “En lo que hace a nuestra diferencia teórica, me parece que entre nosotros no juega ningún papel, sino que mi tarea es más bien hacer que usted no dé el brazo a torcer hasta que el sol de Brecht se haya vuelto a sumergir en aguas exóticas”. Y en una anterior (Oxford, Merton College, 6 de noviembre de 1934), con esta frase brillante (las cursivas son mías): “No me atrevería a darle ‘consejos’; lo que intento no es más que presentarme ante usted como si fuese un abogado de su propia intención frente a una tiranía, la cual, tal como usted lo hizo con Krauss, no necesita sino ser llamada por el nombre para desaparecer”. Adorno no lo dice, pero entiendo (levanto la cabeza) que la tiranía es la presión exterior. Según los contextos: el dominio de lo adecuado, la buena conciencia, el compromiso, la belleza ya formada. Cualquiera de los nombres que adopta la ley no en su rol meramente represivo sino como hacedora de formas respetables. La ley dulce. La ley que premia. No es que una obra mayor no pueda medirse con estos criterios (basta pensar en las películas de Visconti). Pero cuando debe tomar decisiones pesadas, que definen su forma y por lo tanto el modo en el que va hacia sus receptores, tiene que medirse solo consigo misma, y esperar el apoyo de quienes decidan ser sus amigos, que -es bien sabido- no siempre se encuentran entre sus contemporáneos. Más allá de si esto que digo se ajusta o no a lo que Adorno dice (yo diría que le es fiel), es cierto que el pedido de una autoafirmación intelectual y estética de este calibre compromete a quien lo hace a unas acciones de apoyo acordes a sus posibilidades. Porque no hay que ser un campeón del imperativo categórico para entender que no se puede alentar la radicalidad de otro si no se está dispuesto a sostenerla. Es fácil decir: “Andá hasta el fondo”, y después correrse. Fácil y cobarde. Adorno hace en este punto lo que corresponde a alguien que asume el compromiso de la amistad intelectual: así como empuja a Benjamin en el camino de la convicción, busca crear las condiciones adecuadas para que esa convicción consiga desplegarse y ganar fuerza institucional. En su carta del 8 de julio de 1935, Adorno se muestra como un fino manipulador, capaz de aprovechar en su propio beneficio (que es la obra de Benjamin) circunstancias como el infarto cerebral de una tía: “Recibí una carta de Else Herzberger desde Zúrich (Hotel Baur au Lac). A través de mis padres se enteró de la enfermedad de Agathe. Esto me habilitó escribirle enseguida y sin reparos. Aproveché la oportunidad para pedirle del modo más urgente y serio que uno pueda imaginar que posibilite la conclusión de los Pasajes, financiándolos. Con este pedido la puse bajo una presión moral. Y a pesar de mi habitual pesimismo: esta vez tengo alguna esperanza. Considero que es el momento psicológico favorable para esto, precisamente por la enfermedad de Agathe, que, sin duda, conmovió rotundamente a Else; mi pedido tiene un carácter tal que le resultará difícil desestimarlo”. La conclusión no es novedosa pero cada tanto conviene repetirla: aquello que admiramos -si es frágil, si está en riesgo- pide un compromiso. Hasta podríamos decir: nos necesita. En toda gran obra hay una fuerza, o como sea que convenga llamarla, que le permite sostenerse en sí. Pero detrás hay también guerras libradas en su nombre. Los programas de estudio no suelen saberlo. Es la señal de una victoria y de un debilitamiento. Toda bibliografía es olvido.

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Por supuesto, cabe dudar de que Adorno conociera realmente la intención de la cual pretendía ser abogado. Incluso cabe dudar de que existiera. Después de todo, Benjamin corrió más de una vez detrás de fantasías que nunca dejaron de ser tales. La fantasía Asya Lacis: voy a ser un intelectual orgánico del marxismo y un buen comunista. La fantasía Gershom Scholem: voy a estudiar hebreo, mudarme a Jerusalén y ser un buen judío. Adorno identifica una tercera: la fantasía Instituto de Investigación Social. Pero en lugar de estimularla, la rechaza. Evidentemente, es cierto que distinguía en el texto de Benjamin un cumplimiento y una intención no respetada en sus legítimos reclamos. En este punto, lo que importa es que Adorno desoye su propia identidad. O si se quiere: no se complace identificando su intención en la intención de Benjamin, como tal vez sucediera con Lacis y Scholem, que esperaban que diera el paso que ya habían dado ellos, y como después de todo tal vez sucediera también con él mismo, que más de una vez le señala la influencia negativa de Brecht y le pide más rigor teórico. Pero en este caso puntual, en la lectura del texto, Adorno dice: reconozco en lo que escribiste algo que pide atención, y mi obligación es comunicarte que existe, que es tuyo, y que le debés tus esfuerzos. Es toda una política de la lectura. Como si dijéramos: no se trata de buscar en el texto confirmaciones de ideas ya definidas y que por lo tanto no lo necesitan sino de reconocer sus notas singulares y favorecerlas del modo en que mejor podamos hacerlo. El texto mediocre por excelencia no es el que respeta ciertas convenciones de dominio público (a Benjamin le encantaban las novelas policiales, sin ir más lejos) sino el que trata de evitarlas pero no se atreve a ir en busca de su propia verdad. El que reniega de su fuerza. El que, en contra de sí mismo, le rinde tributo a la ley y reclama el reconocimiento en los términos ya establecidos.

Lógicamente, como todo vínculo es enredo, distinguir lo que pertenece a cada uno de los que lo conforman es imposible. Quién sabe, tal vez al actuar en pos de la obra de Benjamin Adorno actuaba también en pos de sí mismo, no importa si de manera consciente o no. Pero a menos que reconozcamos únicamente la existencia prioritaria del yo, y nos resignemos a no ser más que criaturas que actúan solo en su propio beneficio, es necesario reconocer que podemos ser otra cosa además de ego y cortesía. Que los modos de entrega al prójimo existen, lleven el nombre que lleven, y que la lectura puede ser uno de ellos. Tampoco es que se trate de una generosidad refulgente, inmaculada. Nada de heroísmo. La apertura de Adorno hacia esta diferencia se da en un contexto en el que se muestra siempre feliz de poder reconocerse en las ideas de su amigo. Y es que en un punto, la correspondencia es también una ceremonia para la confirmación de la cercanía intelectual. De parte de ambos. Benjamin dice: esto que usted escribió en cierto modo lo escribí ya en un texto que no conoce. Y Adorno: no crea que soy poco humilde si digo que me pone feliz leer en lo que escribió algo que coincide con unas páginas mías de hace unos años. Los desacuerdos y el momento en el que Adorno se postula como abogado de la intención de Benjamin se levantan sobre esta comunión, sellada una y otra vez. Adorno, el 16 de diciembre de 1934, a propósito del ensayo de Benjamin sobre Kafka: “Por lo demás, ¡nunca me resultó más clara que en este ensayo nuestra coincidencia en los puntos filosóficos centrales!”. Benjamin, el 30 de junio de 1936, a propósito del ensayo de Adorno sobre el jazz: “¿Es una sorpresa para usted si le digo que semejante comunión de nuestras ideas tan profunda y espontánea me alegra enormemente?”. Con la notable excepción de Brecht, esta insistencia en señalar acuerdos funciona también respecto de otros escritores. El 4 de mayo de 1937 Adorno escribe sobre Jack Ofenbach y el París de su tiempo de Kracauer: “No, si Kracauer realmente se identifica con este libro queda definitivamente eliminado de aquellos que pueden ser tomados en serio en algún sentido”. Cinco días después, Benjamin, que se había mostrado antes más cuidadoso, confirma: “En este libro, Kracauer se rindió. Redactó un texto que pocos años antes no habría hallado un crítico más implacable que él mismo”. El momento cumbre de este teatro del acuerdo entusiasta tiene lugar en 1937. El 25 de abril Adorno demuele el ensayo de Marcuse “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”: llama a su autor “maestro de escuela superior converso”, habla de una “equivocación desmedida en la elección del objeto” y -sumando al de Marcuse algunos nombres- deja esta injuria: “Con estos muchachos uno tiene la impresión de que desde que se enojaron con su profesor de literatura alemana en el último curso del bachillerato, no tuvieron ni una experiencia estética más”. El 1 de mayo, Benjamin contesta: “Apenas eché un vistazo al ensayo de Marcuse. ¿Es necesario que le diga que mi prejuicio le da la razón a usted mucho antes de que, como es de suponer, lo haga mi juicio?”

La ceremonia tiene su pausa mayor durante el intercambio más ardoroso, dedicado al ensayo de Benjamin sobre Baudelaire, cuya primera versión Adorno cuestiona con dureza. Después, vuelve a empezar, como había vuelto a empezar antes. Los acuerdos sostienen y reparan las tensiones. El 19 de octubre de 1936, luego de algunas discrepancias que en la correspondencia parecen menores pero tal vez no lo fueran tanto, Benjamin le escribe a Adorno sobre el encuentro que mantuvieron en París: ”Para mí tuvo más peso aún por el hecho de que la confirmación que hallamos el uno en el otro siguió a una separación que por momentos no puso en duda nuestra amistad, pero sí pareció hacerlo con la sintonía recíproca de nuestro pensamiento”. El 7 de mayo de 1940, después de que Adorno lo felicitara por la segunda versión del Baudelaire, Benjamin felicita a Adorno por su ensayo sobre la correspondencia entre Stefan George y Hugo Von Hofmansthal con esta imagen infantil y encantadora: “Las dos últimas páginas de su ensayo (52/53) fueron para mí una mesa cumpleañera en la que la parte referida a la ‘felicidad no disciplinada’ hizo las veces de velita”. También en este punto es posible huir de la interpretación más fácil y mezquina, que haría descansar todo bajo el rótulo de “narcisismo” o “cortesía obligada”: cualquiera consagrado a una tarea que demanda tanto tiempo y energía sabe lo que importa el vínculo con otros ante quienes no es necesario reponer permanentemente información y menos que menos justificar los esfuerzos dedicados a temas con los que casi nadie trata, o sí, pero sin tomárselos muy en serio. Vale para los egiptólogos, para los estudiosos de Kant, para los fanáticos de las historietas, para los coleccionistas de estampillas, para los cinéfilos, para cualquier tribu o filia, como la Sociedad de los Amigos del Texto de la que hablaba Barthes. Por eso las pasiones generan amistades rápidas. Incluso los solitarios (y tal vez ellos más que nadie) disfrutan tener con quien hablar.

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Pronto se vuelve evidente que el que más discute es Adorno. Más allá de cuestiones de personalidad y estilo (En Historia de una amistad Scholem menciona el tono sereno de las cartas de Benjamin) es lógico. Adorno se encuentra siempre en una posición más segura. Ensaya hipótesis, teje argumentos, clava aforismos, imagina el futuro y comunica, sin dar muchas vueltas, críticas y pareceres sobre los trabajos de Benjamin. Pedir, pide poco. Básicamente: ayuda (“palabras amables”) para que su libro sobre Husserl sea bien aceptado. Benjamin, por su parte, no puede olvidar sus condiciones materiales de existencia. Está en una situación de extrema fragilidad: no tiene cargo académico, se encuentra lejos de sus libros, le cuesta conseguir editores y depende del dinero que le pasa el Instituto, en buena medida gracias a la intermediación de su amigo. En un momento, se queda sin techo en París y tiene que mudarse a la habitación de la empleada doméstica de Else Herzberger, en la que lo atormentan los ruidos. La suerte de Benjamin cuelga siempre de un hilo, y la salud de ese hilo depende en buena medida de Adorno, que es su interlocutor fundamental. El 22 de octubre de 1937, Adorno le transcribe a Benjamin unas palabras de otra carta, que recibió de Horkheimer: “Entre las cosas más hermosas se encuentran algunas horas con Benjamin. De todas las personas, él es el que más cerca está de nosotros. Haré todo lo que está a mi alcance para que salga de su miseria financiera”. Por supuesto, esto no significa que las cartas de Benjamin sean astucias, y que todos los acuerdos que declara (y que no pocas veces sus propios textos ponen en duda) obedezcan a un cálculo de costos y de beneficios: solo dan el contexto de una relación de amistad intervenida por la dependencia económica, algo difícil de obviar en cualquier circunstancia, y más aún en una conversación entre marxistas (dicho esto en sentido bien pero bien amplio). Independientemente de su grado de influencia, esta asimetría coincide con algo que la correspondencia deja bien a la vista: Adorno se muestra locuaz y por lo menos dos veces muy duro con los trabajos de Benjamin. Benjamin defiende amablemente sus posiciones, pero cuando comenta los textos de Adorno se muestra más concesivo que su amigo con los suyos. Incluso lo felicita enfáticamente por su ensayo sobre el jazz, que tan lejano parece quedarle, y ante el brillante apunte de “La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica” en el que distingue las posiciones de un mismo espectador obrero ante un cuadro moderno y ante una película de Chaplin, acepta como legítimo el barbarismo estético y sociológico con el que Adorno lo rechaza: “Basta con haber escuchado cómo el público se reía al ver esta película (Tiempos modernos) para saber en dónde estamos parados”.

En parte porque es el momento en el que este gusto por el acuerdo sufre su mayor tensión, pero fundamentalmente por el interés de los argumentos que contiene, la carta más notable (Nueva York, 10 de noviembre de 1938) es la que Adorno dedica al ensayo de Benjamin sobre Baudelaire. Es una brillante demolición del texto, especialmente de algunas de sus concesiones. Adorno lo dice de esta manera: “Su solidaridad con el Instituto, sobre la que nadie puede estar más contento que yo, lo movió a rendirle tributos al marxismo, que no le hacen bien ni a él, ni a usted”. Más adelante, retoma la posición de abogado de la intención de Benjamin y dice dos cosas extraordinarias. La primera fortalece la idea de que la tiranía de la que habla en su carta del 6 de noviembre de 1934 es la presión exterior: “Solo hay una verdad, en el nombre de Dios, y si su fuerza de pensamiento se empodera de esta verdad misma en categorías que a usted le pueden parecer apócrifas, en virtud de su representación del materialismo, entonces usted obtendrá más de esa verdad que si se sirve de un armazón de pensamiento contra cuyas manijas su mano se resiste sin cesar”. La otra es el remate: “En definitiva, en La genealogía de la moral de Nietzsche se encuentra más esa verdad única que en el ABC de Bujarin”. Pero al mismo tiempo que demuestra una agudeza notable, que llevará a Benjamin a escribir un segundo trabajo sobre Baudelaire, muy superior al primero, la carta ofrece otra evidencia, que Adorno no registra: la de que después de todo Benjamin no le es tan cercano. El momento en el que Adorno llega al fondo es el mismo en el que deja esto en claro: “Si se quisiera hablar muy drásticamente, podría decirse que el texto habita en la encrucijada entre la magia y el positivismo. Este sitio está embrujado. Solo la teoría puede quebrar el hechizo: su propia teoría, teoría que no hace caso a contemplaciones, especulativa en el buen sentido del término”. En su respuesta, Benjamin se muestra, como siempre, muy cortés: abunda en circunloquios, recurre al modo “puede ser, pero” y hasta concede algunas cosas. Pero solo a condición de desplazar la discusión a otro terreno. La teoría que Adorno reclama, dice, “Irrumpe, como un rayo solitario, en una cámara artificialmente oscurecida”. El concepto de pasaje, que Adorno señala como falto de rigor, “Aparece aquí como la imagen de una fuente entre rocas dibujada en un vaso”. Lo que se supone falta, en realidad está. Pero en otro lado, gobernado por otras reglas. Como si Benjamin dijera: lo que quiero es la literatura. Esa es la verdad con la que trato.

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Tal vez esta discrepancia, la mayor que registra la correspondencia, descanse en algo que dice Gershom Scholem en Historia de una amistad: “El término de alguna manera es la marca de toda concepción que no ha alcanzado todavía su forma plena. A ningún hombre le he oído emplear esta expresión con tanta frecuencia como a Benjamin”. Scholem coincide en varias cosas con Adorno. En su desprecio por Brecht. En su crítica de los esfuerzos de Benjamin por señalarse como marxista. En sus dudas respecto del rigor teórico de su amigo. En un punto, ese de alguna manera que menciona Scholem es la señal de un pensamiento inmaduro. En otro, es la única señal real del pensamiento. Por lo menos para quien es ante todo un escritor. Diario de Moscú, Hachís, Denkbilder, Calle de mano única, Infancia en Berlín: los libros que leí junto con la correspondencia lo muestran bien. Ahora que vuelvo al comienzo, y escritas ya estas distracciones, creo entender que, además de por un autor, estos títulos expresan también una preferencia por cierta zona de su obra, tal vez menos ganada por la importancia. El peso y la influencia de los textos más famosos de Benjamin (“Tesis sobre filosofía de la historia”, “La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica” y el conjunto de escritos sobre Baudelaire, fundamentalmente) conducen en ocasiones al olvido de su curiosidad infinita, que le permitía escribir sobre los temas en apariencia más superficiales y desconectados entre sí y obtener de ellos un resplandor inesperado, y por eso mismo tan perdurable. La comida, los sueños, los paseos, las estampillas, los juguetes. Esas cosas mínimas no son para Benjamin meros instrumentos que permiten llegar a un universo mayor pasando por sobre ellos y dejándolos atrás. Son universos en sí mismos. Piden respeto. Como todo lo que, de algún modo, guarda un vínculo con nuestra irrecuperable infancia, tal vez el gran tema de Benjamin, y al que le dedicó muchas de sus mejores páginas. En Denkbilder hay un texto fabuloso sobre los mejores lugares para esconder huevos de Pascua; a quienes no tuvieron en cuenta esta fiesta, y no saben por lo tanto cómo proceder, Benjamin les dice al final: “A ellos les aconsejo que miren atentamente su gramófono o su máquina de escribir y descubrirán tantos agujeros y escondites en este pequeño espacio como si habitaran una casa de siete habitaciones en el estilo de Makart”.

Esta magia inscripta en lo cotidiano es un fenómeno del mismo tipo que la conversión de las cosas en sujetos, algo habitual en Benjamin. En “Niño en calesita” (de Calle de mano única) escribe: “Su animal le tiene cariño”. En “Al sol” (de Denkbilder): “¿Es que los nombres lo vuelven taciturno?. Y también: “A la mano le cuesta separarse incluso de las cáscaras ya desgranadas”. Incluso en textos de tema presuntamente más serio como los reunidos en “Viaje a través de la inflación alemana” (también de Calle de mano única) aparecen imágenes como “Los objetos de uso diario rechazan, de manera suave pero perseverante, al hombre”. No es algo reductible a la retórica. El mundo de Benjamin es un mundo encantado. Por eso su relación con el marxismo fue siempre complicada, y no convenció a sus amigos. Para Brecht, resultaba demasiado poco ortodoxa. Para Adorno, demasiado malamente influida por Brecht. En una carta a Schlolem (otro que nunca se tomó muy en serio el asunto), con una voltereta notable, Benjamin define su proyecto de los pasajes parisinos como un “cuento de hadas dialéctico”. La tensión no se resuelve fácil. Puede ir hacia un lado o hacia el otro, a veces en unas pocas líneas. En su carta del 16 de agosto de 1935, dirigida a Adorno y a su esposa Gretel Karrplus, Benjamin justifica algunos cambios en el proyecto de los pasajes recurriendo al vocabulario dialéctico y habla de una anterior configuración “ilícitamente ‘poética’”, con esa doble distancia del adverbio y las comillas. Unas líneas después, usa esta imagen: “Lo que es seguro es que el factor constructivo significa para este libro lo que para la alquimia la piedra filosofal”. De un modo u otro, lo que Benjamin enseña (y sus idas y venidas cumplen un papel central en esto) es que la atención por lo mínimo no basta con ser declarada: exige un esfuerzo de la prosa, un llamado a la literatura. Benjamin es un escritor-artista, y si bien es cierto que, con las relaciones y la escritura adecuada, todo un mundo puede nacer del pliegue de un vestido (es un ejemplo que él mismo da), también es cierto que su atención es tan respetuosa de la forma que el pliegue adquiere en cada instante que el salto que lo integra en un conjunto mayor le resulta siempre problemático. En su gran carta sobre el Baudelaire, Adorno insiste: ¡no hay mediación! Y es cierto: no la hay. En los momentos en los que esto queda expuesto como falta, Benjamin tropieza, como en la correlación entre ciertos impuestos y los poemas de Baudelaire dedicados al vino. Pero cuando triunfa es deslumbrante. Por eso, creo entender ahora, los textos a los que vuelvo siempre son aquellos en los que los señalamientos de Adorno, decididamente adecuados, no encuentran lugar. En la miniatura, en el aforismo, en la ensoñación poética, incluso en alguna iluminación drogona de Hachís (“A cucharadas se saca siempre lo mismo de la realidad”), el alcance teórico que Adorno reclama en su carta aparece, brumoso e imbatible, en la forma más benjaminiana de todas: como un efecto de la literatura.

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