Pará, sobre “Spencer”, por Marcos Rodríguez

No, pará. Mirá que yo te miro cualquier biopic que me pongas enfrente: no he visto uno bueno pero igual me los fumo enteros y con gusto. Es casi una obsesión: dame historias de figuras destacadas del siglo XX (si es de otro también, pero ya es otra cosa), próceres de cartulina que enfrentan adversidades imposibles (discriminaciones, enfermedades, adicciones) para descubrir su gran destino, siempre interpretados por actores de la nacionalidad equivocada, que exageran acentos y manierismos para tratar de ganar un Oscar. Traémelos en camión, tirámelos encima. Cada año nos llegan nuevas perlas para sumar a este collar y las figuras nunca se acaban: siempre habrá un nuevo músico, un nuevo científico, un político que creías conocer, escritor, cineasta, lo que sea, alguien con una vocación y un tormento. Yo lo voy a mirar. Y no soy el único. Los habrá un poco mejores o un poco peores, en general un director en serio no te lo toca ni con un palo, pero a veces el resultado puede rozar lo digno. En general, no. Pero no importa. Hacelos bien, hacelos mal, el biopic da para todo y un poquito más. Ahora, me puse a ver el biopic prestigioso de este año y ya tengo que decir: pará, ¿qué es esto? No esperaba gran cosa de la nueva película de Pablo Larraín después de haber visto “Jackie” pero la verdad es que “Spencer” es hasta un poco peor que eso. Uno tiene que estar dispuesto a tragarse unos cuantos sapos si le va a seguir los pasos a los biopics, pero llega un punto en el que hay que decir: Basta. Suficiente. Están bastardeando nuestro último género bastardo.

No se trata de que “Spencer” sea mala (que lo es) sino de que lo es a su propio modo: un modo fino. No te voy a decir que cuando uno encara un nuevo biopic tiene que respetar sí o sí las reglas que la repetición le impuso al género (el inicio con flashback idílico a la infancia pero que igual explica ya el origen de todos los problemas de su vida, el primer acto con ascenso meteórico al éxito o el prestigio o lo que corresponda, la caída del héroe debido a una adicción a las drogas –por lo general- o una enfermedad degenerativa –menos frecuente-, la redención gracias al amor –en general de una mujer, porque los biopics son bastante machirulos- que lleva al protagonista de vuelta hacia el buen camino, el final triunfal, apoteosis del verdadero éxito del héroe: el éxito sobre sí mismo), pero digamos que todos esperamos por lo menos un cierto número de lugares comunes. Y “Spencer” no, busca desmarcarse de entrada, jugar a otra cosa. El problema es que esa otra cosa son los modos prolijos del cine de festivales: cierto tipo de encuadres, ciertas duraciones de los planos, ciertos usos metafóricos de la imagen para que uno “entienda” todo el “contenido” que se presenta con tanta, tanta sutileza (un pájaro muerto en el medio de la ruta, sobre el que pasan los camiones militares cargados con contenedores de la mejor comida disponible).

Como si Larraín tuviera mucho para decir (ah, que la realeza es una institución tradicionalista, ah, que el peso del pasado no deja lugar para el presente, ah que pobre Diana), como si tuviera alguna forma nueva de hacerlo, “Spencer” se deshace del corset del biopic y se lanza a un baile descontracturado de Diana por los pasillos de no sé qué castillo, a la vez que confunde sofisticación con aburrimiento. Y no, la verdad es que no. Primero, que no tiene nada para decir y, segundo y sobre todo, que a pesar de que quiera parecer elegante, en ningún momento la película se deshace del morbo que supone intentar filmar a su figura principal: critica a los paparazzi, sugiere un leve tinte lésbico/bulímico para darle un poco de identidad/libertad a su protagonista, pero en el fondo lo que busca la película es chusmear la intimidad de la princesa. Solo que en este caso, como somos gente fina, la intimidad implica hasta el interior de su psiquis: el juego con el paralelismo con Ana Bolena (la esposa de Enrique VIII que fue decapitada, según la película, básicamente porque el rey se había encontrado una nueva amante) no solo revela lo pueril de los planteos de Larraín, sino que explicita ese morbo, el de la princesa que construye la película, el de la película misma.

Como si quisiera ser más de lo que es (tabloide amarillista disfrazado de novela modernista), la película echa mano de tonos apagados (en la paleta de colores, en los tiempos narrativos) para mostrarse elegante. En el camino, claro, le pasa por arriba a todos los lugares comunes del biopic, pero pierde también toda su gracia.  Género espúreo, el “biopic qualité” carece de público: ¿a quién de los mortales que caminan por las calles y no por los pasillos de un festival le puede interesar esta película aburridísima?, ¿a quién de los profesionales que caminan por los pasillos de un festival le puede interesar esta película chata, que no se anima a explorar nada nuevo pero tampoco a explorar el costado exploitation de semejante figura protagonista? Habrá seguramente críticas elogiosas que se podrán citar para intentar venderla (sobre todo, supongo, elogios a su protagonista, que es lo mejor de la película), pero incluso una cita de cinco palabras alcanza para paladear la falta de entusiasmo que es la única respuesta que puede generar “Spencer”.

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