La punta del Obelisco: Adieu Bonaparte (de Youssef Chahine), por Marcos Vieytes

Lo primero es el amor, incluso mientras el imperio invade tu patria. La flota de Napoleón desembarca en Egipto y una piba prepara la cama y la escalera para el encuentro clandestino con su amante. La familia de una panadera cuenta la Historia. Si la patria no es amor y pan, no es nada. La defensa y la posterior guerra de guerrillas contra el imperio están siempre animadas por el sentimiento concreto hacia los semejantes, del que no queda excluido incluso el invasor. A contrapelo de lo que el título supone (Adieu Bonaparte, que se suma a otros magníficos adioses: Ciao maschio y Adieu, plancher des vaches!), no es Napoleón sino Caffarelli (Michel Piccoli), un general de ficción, el único francés que importa en la película de Chahine y el verdadero destinatario del saludo en el que se cifran el rechazo al imperialismo y la atracción del progreso técnico, la crítica no pacifista de las armas y el reconocimiento cultural, la patria natal del director y la cinéfila, los cines nacionales y los centros culturales de legitimación. El tono zumbón de la película, que por momentos parece una comedia a la italiana probablemente sólo porque ignoro las particularidades del cine cómico egipcio, al que de todos modos sospecho expansivamente mediterráneo, no descree de la épica nacional (Chahine hizo gran cine nasserista) pero concentra su potencia en la celebración vital, su resistencia en la farsa, su ofensiva en la pasión lúcida.

La pata de palo de Piccoli –como si hubiera salido de La isla del tesoro– no marca únicamente el paso rengo pirata de un imperio. También se apoya sobre ella la sátira y hasta la aventura del conocimiento, de la patria natal, del placer amoroso, de la libertad artística. Grotesco y romántico, en su persona/personaje –el Piccoli travestido que va de Ferreri a Ioseliani pasando por Berlanga, más querible cuanto más monstruoso, más verdadero cuanto más disfrazado- se materializa una poética de la vitalidad no cauterizada por la vejez: instala un laboratorio ni bien llega, se enamora de un par de pibes, no deja de subir y bajar del caballo pese a su impedimento, monta un sainete en la primera fiesta dedicada al emperador. El Napoleón de Patrice Chereau, por su parte, es un motivo cómico. Tanto que resulta menos odioso que patético, por incapaz de reírse de sí mismo, y gloriosamente ridículo porque sigue siendo un pibe que se cree el juego. Sus emperifollados soldaditos contrastan con el pueblo. Sus ensayados y retóricos discursos (“cuarenta siglos os contemplan”) sufren la continua mofa de Piccoli, que porta su penacho como el payaso la nariz.

La heroicidad egipcia, a su vez, es popular, barrial y diaria. No la ejercen los mayores ni los imanes, llevados a ella por los de a pie, hijos del pueblo cuyas madres retan como a los chicos que siguen siendo y cuyos padres no cesan de amasar el pan que cocieron durante toda su vida. Chahine no concentra el crimen bélico en los campos de batalla sino en el incendio de una panadería, en un éxodo doloroso pero cambalachero, en la batalla (de Argelia) callejera, en el desmembramiento familiar, en la interrupción de lo cotidiano. Una madre pare mientras su marido cruza el Nilo con cadenas para detener a los barcos franceses como intentaron los nuestros en la Vuelta de Obligado y a la noche todavía tiene tiempo para cagarse de risa con los berridos del recién nacido. La única muerte individualizada no es épica sino literalmente fulgurante, hasta juguetona. Uno de los hijos hace explotar por error el almacén de fuegos artificiales, ni siquiera un polvorín propiamente dicho. Chahine lo filma como si fuera una travesura, una fiesta popular, una fantasmagoría fantástica, una epifanía infantil. Después vendrá el dolor caótico de los deudos: llanto, gritos y bochinche. Sólo se trata de vivir, esa es la Historia. Chahine la filma con el ritmo de una screwball. Y con su desafuero, que es decir con su bendita vulgaridad.

Frente a las pirámides, que es decir frente a la Historia como discurso aleccionador de la potestad desvergonzada de la ficción de hacer lo que se le cante la Real gana, se trate del bronce oficialista o del revisionismo crítico, hay dos posturas: la de Napoleón pronunciando las célebres palabras, cuyo efecto en nosotros es felizmente corrosivo porque ya lo habíamos visto ensayándolas, y la de Piccoli, cuya reacción antecede a la del emperador aunque llega después porque Chahine altera la linealidad del relato para darle prioridad a su posición, que no es tal sino circulación deseante. Ni bien las ve, su general con pata de palo y penacho autoparódico les declara la conmovedora calentura de su amor a los gritos para molestia de Napoleón, que siente profanada la impostada solemnidad del momento. Habida cuenta de la franqueza y, más aún, de la sexualidad del personaje, la cámara de Chahine se vuelve tan loca como Piccoli y combina vaivenes laterales con zooms desbocados.

Habrá quienes hayan visto en Adieu Bonaparte cálculos de coproducción para llegar a Cannes y orientalismos varios (Serge Daney, que la festejó como un chico, no), pero la verdad es que esa escena declara la pasión vital primera y última de Chahine, el Cine. ¿Amarlo menos será condición para amarlo mejor, como las últimas palabras que se escuchan en la película pueden hacer pensar, o más bien reflejan, como el moribundo que las pronuncia, la moderación inexorable de quien ya no tiene fuerzas para escalar una pirámide y entregarle orondamente el culo a su punta? Lo que importa es no dejar de amarlo hasta el final. Como Chahine a lo largo de su diversificada carrera, más o menos distante del realismo, más o menos cercana a lo Real. No habría eco sin Narciso, bien pudo haber dicho su querido Fellini al verla.

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