Soltar la mano, sobre “Cyrano”, por Marcos Rodríguez

Finalmente voy a tener que rendirme ante la evidencia y hacer lo que mis amigos que, por lo menos en esto, fueron bastante más razonables que yo, hicieron hace tiempo: soltarle la mano a Joe Wright. Por más que sus primeras películas fueron tan, tan lindas (incluso las injustamente bastardeadas como “El solista” y “Hanna”), creo que ya no tengo la fuerza de voluntad para seguir creyendo que la próxima película de Wright va a estar buena. Y eso que siempre me gustaron las historias de grandes regresos. Y eso que le puse ganas y casi logré convencerme de que la película de Churchill que hizo no estaba tan mal. No llegué a ver «La mujer en la ventana” (y eso que estaba disponible fácil, señal de que mi inconsciente ya sabía aquello de lo que recién me estoy desayunando ahora), pero sí acabo de ver “Cyrano”. Qué difícil para un fanático de Wright ver “Cyrano”.

Lo más difícil de “Cyrano” es, precisamente, que se parece mucho a las películas anteriores de Wright. Las malas, y en sus peores aspectos, pero se les parece: como si Joe hubiera seleccionado de todas las características posibles que encontrábamos en su cine, concentrarse en lo más flojo, lo más color pastel, y trabajar a partir de eso. Arranca la película, la pelirroja se pone a cantar (¿a alguien le sorprende que Wright haya hecho un musical? No, la verdad que no sé por qué no había hecho uno antes) y enseguida aparecen los paseos de baile etéreos y curvos que ya habíamos visto en “Anna Karenina”. Cuando vi esos arabescos y florituras en “Karenina” me resultaron encantadores: eran un toque de fe inquebrantable en el artificio, una apuesta al todo por el todo, un salto formal al melodrama, que cuadraba con una historia realista, repetida y remanida por el cine. En cambio, en “Cyrano” el baile es distinto: es igual (porque es el mismo) pero perdió su fuerza. La fe conmovedora en la mentira del cine se pasó al otro lado. Hay que decirlo: en algún punto Joe Wright se convirtió en un amanerado. O tal vez siempre lo fue y no quisimos verlo. O tal vez escondía su secreto en el closet: la estructura de los novelones y los dramas que elegía contar aplastaban su lirismo o, mejor, lo encausaban: sí, “El solista” está plagado de travellings aéreos siguiendo a palomas blancas sobre la ciudad de Los Ángeles (¿cómo no quererlo?) pero también está anclada en la mugre, en la calle (calle un tanto artificiosa, hay que reconocerlo). En cambio, en “Cyrano”, que pasa por musical, prácticamente lo único que hay son sentimientos. Sentimientos por acá, sentimientos por allá. El perfume del melodrama se pasa de rancio y tanto sentimiento repartido termina por ahogarse en las florituras con las que Wright decide trabajar: bailes, levitaciones y lágrimas, pero siempre tan cuidadas y serias que no alcanzan ni el camp.

Por otro lado, es probable que lo que supo resultar encantador en sus primeras películas surgiera en parte de ese mismo amaneramiento: lo que uno recuerda de «Expiación, deseo y pecado» o de «Orgullo y prejuicio» no son grandes actuaciones o parlamentos afilados, todas esas cosas serias que sin duda ocurrían mientras nuestra memoria retuvo de ellas escenas sueltas cargadas de erotismo (no exclusivamente sexual): una biblioteca y la seda verde; una hamaca que gira mientras pasan las estaciones; un plano secuencia infernal en las playas de Normandía. ¿Qué hay en esas secuencias que hace que todavía las recordemos? Son cine puro, del bueno, con algo de artificio (por supuesto) pero sobre todo con amor al artefacto: explotan en la superficie de la pantalla de una forma casi táctil. Grandes novelas, grandes temas, pero sobre todo una experiencia de cine que solo puede construir quien ama el cine.

¿Sigue amando el cine Wright en “Cyrano”? Ya no sabría decirlo. El preciosismo con el que construye sus delicadezas lo conduce a una tierra yerma y cuesta seguirlo. Hay algo en la seriedad con la que plantea todo que hasta mata cualquier posibilidad de divertirse y disfrutar aunque más no sea con el diseño de arte y de vestuarios. Y, con todo, hay algo en esa seriedad que todavía me conmueve: el tipo la pifia pero lo hace con convicción absoluta, sin mirar atrás y sin cubrirse nunca las espaldas. No solo era jodido encarar un musical hoy en día, sino que además encara uno que tiene pocas herramientas para defenderse: no hay gravedad oscarizable, no hay ironía o modernidad de ninguna clase: hay solo hombres y mujeres que cantan sobre su amor, sus frustraciones y su amor de vuelta. No había mucho ahí y Wright lo entrega todo. Alcanza poco. Pero ese poco le alcanza para construir una escena como la de la declaración de amor en el balcón, cuando Cyrano/enano finalmente se decide a hablar con su propia voz y declarar su amor desde las sombras. Todo es un poco ridículo, nada tiene demasiado sentido pero la emoción que logran esas frases cantadas probablemente no hubieran podido encontrarse en una obra mejor. Tal vez sí. A lo mejor todavía sigo tratando de encontrarle la virtud a una película de Wright.

A lo mejor vale la pena.

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