El tiempo viejo. Sobre «Cuesta abajo», por Marcos Rodríguez

Por primera vez, lo confieso, vi una película de Gardel entera. Al principio no quería creerlo y mi memoria no es de fiar, pero todo indicaría que lo que conocía de Gardel era, sí, su música y, en el mejor de los casos, algunos fragmentos sueltos, escenas, momentos que vi acá o allá. Pero así, sentarme a ver completa una de sus películas, parecería que no. No se trata siquiera del estado lamentable de las copias que pueden verse del cine que lo registró: no importan las circunstancias por las que antes no lo vi y ahora sí. “Cuesta abajo” fue mi primer Gardel. Difícil que lo olvide.

Lo que puede decirse de “Cuesta abajo” imagino que ya se ha dicho y no pretendo haber descubierto la pólvora. Los hallazgos y peculiaridades de esta película que no sé quién dirigió y no sé dónde se filmó son varios y llamativos: desde la explicitud con la que se retrata el trabajo sexual (y el de un hombre, nada menos que Gardel), una escena impresionante de confesión de amor sadomasoquista, voces de ultratumba, la sonrisa de Gardel, el personaje absolutamente débil y blandengue (“pelele” sería la palabra justa) que compone Gardel (suerte de satélite cuya órbita se define exclusivamente por la cercanía de la mina que tiene enfrente en ese momento, la santa Rosita y la perdida de Raquel), cafishos, baile, una yanqui borracha que los muchachos se pasan de brazo en brazo, la perdición y la oscuridad profunda, la santidad de estampita, el feminismo incólume de Mona Maris, ese mismo feminismo que descree de las divisiones de clases (“Yo soy solo un peón”, “Usted es un hombre”). Todo esto por no hablar, desde ya, de los numerosos y fabulosos números musicales que articulan la historia y, supongo, justificaron esta producción.

Pero más allá de las virtudes de “Cuesta abajo” (que, por supuesto, todo el mundo debería ver), después de haberla visto una idea me quedó rondando la cabeza: ¿cómo es que nunca había visto una película de Gardel? La respuesta más simple (y asumo que la correcta) es que de alguna forma en mi cabeza se alojaba la idea de que lo importante de las películas que filmó Gardel era, exclusivamente, Gardel. En una época en la que uno puede acceder de forma fácil al fragmento (y, en este caso, casi de forma más fácil al fragmento que a la totalidad), habiendo visto los momentos musicales en los que canta Gardel, mi cerebro parece que creyó que de hecho había visto el cine de Gardel. Como si todo lo que rodeaba ese arrebato inverosímil que es el Zorzal cantando careciera completamente de importancia. No podía entender lo que me estaba perdiendo hasta que no vi “Cuesta abajo” y recién ahora descubro que ese cine estático, declamado, moralista y no demasiado bien encuadrado es, en realidad, el cine mismo. Todo lo demás no importa. Recuerdo una sensación similar cuando descubrí las películas de Fred Astaire: el fragmento no vale, no alcanza, hay una verdad que va mucho más allá de la película/producto como vehículo de la habilidad sobrehumana de la estrella que buscaba retratar. No estoy seguro de entender esa verdad, pero me interesa perseguirla.

Cuando empezó la película (que en el primer rollo se veía bastante lavada y con diálogos que apenas se entendían) era imposible no sentir el cosquilleo de una leve sonrisa que surgía ante tan inocentes planteos estéticos: la mosquita muerta y virginal, la seductora perdida, los encuadres chatos de dos personas que conversan con diálogos imposibles para reponer la historia de lo que viene ocurriendo hasta aquí (que en este caso es poca y evoluciona poco: Carlos, que era tan bueno, anda perdido y juntándose con malas gentes). Por suerte, rápido entra el tango y nos transporta. Lo que sigue es básicamente una profundización de un camino ya empezado, que no se explica pero por esa falta de explicación se vuelve más inevitable: algo arrastra a Carlos, algo que no puede controlar. El vicio. El tango. Sobre esa idea se va construyendo en espiral esta película que solo encuentra una redención ex machina gracias a “Mi Buenos Aires querido”, la música que al final salva.

La poca importancia que se le da al desarrollo narrativo en “Cuesta abajo” puede parecer ingenua, a algunos tal vez les resultará insostenible: el cine como arte, el cine como medio, eso importa poco. La cámara, la mayoría de las veces, está puesta para la chacota. La historia, si podemos llamarla así, se devanea, va y viene, y sobre todo se detiene cada vez que conviene que Carlos vuelva a cantar, lo cual por suerte ocurre con bastante frecuencia.

Pero, como alguien que se riera frente a una pintura rupestre por considerarla primitiva, como quien se ríe frente a una pintura medieval porque si los personajes que aparecen retratados se pusieran de pie se chocarían con el techo (ah, el pecado de desconocer la perspectiva), quien desprecie “Cuesta abajo” por su ingenuidad narrativa en realidad no está entendiendo nada. Nada de esta película y nada del cine. Más allá de eventuales impericias técnicas o del mercantilismo que probablemente llevaba adelante esta producción, “Cuesta abajo” es como es no porque no supiera ser mejor, sino porque le importaba algo mucho más importante: el cine bastardo, el cine registro, el cine en lo que más tiene de cine. Si la película hubiera tenido una férrea estructura en tres actos, si sus personajes hablaran con naturalismo y piscología, si hubiera retrato social y tantas de esas cosas importantes que suelen parasitar el cine y volverlo un objeto fluido y respetable, no tendría ni un pisca del encanto, la pasión y el misterio melodramático que tiene “Cuesta abajo”, una película libre, por suerte, de los parámetros del buen cine.

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