Milac Navira (II), por Marcos Vieytes

Levantó el somier y lo apoyó, vertical, junto a la pared de la cocina, como todos los miércoles. Cuando tenía muchos inscriptos también daba clases los jueves y los sábados. Entre diez y quince sillas quedaban alineadas en tres filas. Delante de ellas se levantaba un televisor cuyo borde quedaba a sólo veinte centímetros del techo, afirmado sobre dos mesas superpuestas. A Ribera le gustaba llamarlo el altar.

  • Yo siempre pienso en mi mamá haciendo el amor.

El resto de los alumnos se dividieron entre mirarse entre sí o mirar fijamente a Ribera, algunos con los ojos más abiertos que de costumbre, otros sonriendo con nerviosismo o con mal disimulada alegría. La declaración de Alcira, que tenía alrededor de cincuenta años, la rubia cabellera enrulada, la boca chiquita maquillada como una muñeca y la cartera llena de motivos infantiles, sorprendió menos por su contenido que por la jubilosa confianza explícita en el hecho de expresarla delante de un grupo de veinte personas con las que casi no tenía trato fuera de ese ambiente.

  • ¿Cómo? No escuché, ¿qué dijiste? –preguntó la madre medio sorda de Alcira, al notar el efecto de las palabras de su hija en los otros.
  • Que yo siempre pienso en vos haciendo amor, mamá – repitió Alcira entonces, mirándola a los ojos con ternura refractaria a cualquier interpretación.

En cuanto terminó la clase Ribera se puso a buscar la foto en blanco y negro de su madre quinceañera que recordó mientras hablaba de Los puentes de Madrison y no advirtió diferencia sustancial alguna entre ella y Anna Magnani o cualquier otra rústica estrella italiana de la época. La cámara la toma desde abajo y ella está con las manos en jarra, sacando pecho como una nadadora. Detrás hay cielo y campo, limpios y opacos. El borde serruchado de la foto la aísla en el rectángulo detenido de su juventud, seis décadas atrás, apenas diez o doce años antes de que él naciera. Podría decir “cinco o seis años después del bombardeo a Plaza de Mayo” o “un par de años antes del asesinato de Kennedy” y todo ello no haría sino agregarle gravedad al chico que sigue mirándola como si la historia que precedió a su nacimiento todavía fuera esa bruma misteriosa que rodea el barco pirata en alguna de las novelas de la colección Robin Hood. Como si no hubiera descubierto que las palabras pronunciadas por las bocas de hombres y mujeres hace tanto y a la vez tan poco tiempo son las mismas –como cualquier película hablada puede probarlo- que aquellas con las que escribe estas páginas. Ribera apenas pasa los cuarenta años y entre los suyos y los vividos por cualquiera de sus abuelos cubren la mitad de la historia del país. Un vértigo que no es exuberante, sino somnoliento, le hace pensar en Juan Manuel de Rosas lo mismo que en su abuelo paterno, jardinero en la casa de Enrique Larreta, ahora museo. La palabra “hijo” empieza a aparecer con pausada presencia entre los pensamientos de esta noche de diciembre.

Tenía nueve años, estaba sentado junto a una de las ventanas del aula del colegio escribiendo una composición con tema libre. La ya botona claridad de la mañana se apagó de pronto. Recortada en medio de la noche contranatura previa a la tormenta, una rosa brilló en la vereda opuesta a la del aula. Ribera no era todavía Ribera sino Julio cuando se puso a escribir algo que no sabía de dónde estaba viniendo. Aunque tuvo como objeto a la bandera, pero sobre todo a su color, ahora sabe que eso que acabó tendido en los renglones era el cadáver de una intensidad que hasta no hace mucho tiempo todavía lo reanimaba.

Cuando eligieron su composición para ser leída en un acto escolar, sus padres se negaron por razones religiosas. Le hablaron de la idolatría y de otros pecados, pero desde entonces supo que la voluptuosidad de la palabra era también la de la imagen y que vivir en ambas era, si no la mejor, la única manera que tendría de hacerlo. El cielo se abrió un rato más tarde. Muchos años después volvió a ver el brillo de esa flor en las ópticas amarillas y rojas de los autos que brillan en la noche de las películas policiales francesas.

Empieza a escuchar otra vez las voces de sus compañeros de clase que vuelven a los bancos tras haberse agolpado alrededor de los ventanales mientras duró el fenómeno. Despunta el habano y lo fuma hasta que no puede sostenerlo más entre los dedos. Los ruidos de la ciudad despierta compiten ya con los de la lluvia. Los truenos preservan un rato más la intimidad. Enciende la radio para prolongarla y desayuna, excepcionalmente, a hora razonable.

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