Milac Navira (III), por Marcos Vieytes

Entre las fachadas de los negocios que poblaban la avenida y el kiosco de revistas quedaba un pasaje estrecho de vereda. Cuando iba a pasar por él junto a Bárbara dos mujeres de entre cincuenta y sesenta años se detuvieron frente a la vidriera entorpeciendo el tránsito peatonal.

  • Permiso – dijo Bárbara mientras Ribera, medio metro atrás, se imaginaba su bronca. Era habitual que ella se enojara con peatones y conductores que infringían la ley o no respetaban esos acuerdos tácitos de convivencia que no están escritos en ningún lado pero vertebran el trato.
  • Se paran en mitad de la vereda y no dejan pasar a nadie –agregó Bárbara en voz lo suficientemente alta como para que el par de rubias teñidas de Belgrano la escuchasen.

A Ribera le pareció gracioso, pero hasta ahí nomás. No veía la necesidad de cebarse con las causantes del escollo una vez superado.

  • Te parecés a mi viejo – le dijo a Bárbara-. Se enojaba siempre con todos cuando manejaba.
  • Es por eso que no tengo auto. Lo que me da bronca es que esas que se pararon en mitad de la vereda son las mismas que después se andan quejando de los negros que hacen todo mal, mucho más en un barrio como este.
  • Ahí está el problema de estos enojos. Saltás de una situación concreta y breve de fácil resolución a una hipótesis abstracta cuya comprobación muy probablemente te daría la razón, pero que no deja de ser un prejuicio que te violenta. Para mí, se arreglaba fácil – tras lo cual Ribera se movió hacia su derecha, como cambiando de carril, con algo bufonesco en el enfatizado ademán.
  • No me podía correr para el costado porque no había lugar.
  • Entonces le pedías permiso, pasabas y listo.
  • Le pedí permiso…
  • No te había escuchado.
  • … pero cuando me di vuelta vi que me miró mal.
  • ¿Y qué necesidad había de darse vuelta? ¿Para qué? Le pediste permiso, se corrió, pasaste, ya está. Eso de darse vuelta es de minas. Si no, también podías esperar un segundo, encontrar un hueco y seguir adelante.
  • ¿Y todos los que venían atrás? ¿Ellas pueden joder a todo el mundo sin drama?
  • ¿Qué te importa el resto del mundo en ese instante? ¿Qué tiene que ver con vos en ese momento?

Justo entonces llegaron a una esquina y, antes de cruzar la bocacalle, Ribera escuchó el resto de lo que Bárbara le decía sollozando mientras él miraba la estrella tatuada en su nuca.

  • ¿Por qué dijiste lo de las mujeres? Esto no es una cosa de mujeres. ¿Por qué me atacás? ¿Por qué la seguís? Teníamos que pasar y listo, pero no, me tenías que hacer sentir culpable.

De buenas a primera, sin calcularlo, estaban envueltos en una de esas discusiones repentinas en las que se desenfundan impulsivamente los prejuicios. Mientras esperaban que la luz verde del semáforo de la avenida los habilitara a cruzar la calle, Ribera pensó que lo que estaba pasando parecía una escena convencional de una obrita cualquiera, ni mala ni buena sino usual, acaso más auténtica cuánto más lugares comunes acumulaba.

Después de cruzar la avenida prefirieron callar. Ribera pensó en el orgullo de ambos y eso no lo hizo sentir mal. También pensó en que ella estaba apurada, tenía que presentar una película en San Telmo y ninguno de los dos había calculado el tiempo con que contaban para almorzar. Pensó que le pudo haber molestado que no la acompañara, aunque el domingo anterior había ido. La cotidianidad amorosa iba tejiendo su red alrededor de Ribera como nunca. Era una capitulación negociada en la que al menos había conseguido preservar ciertos privilegios, ciertos derechos.

***

La cama de Ribera es una espesura talada. Sobre el desorden naranja de las sábanas Bárbara yace de espaldas, parte de la cara escondida bajo la almohada, cuando empieza a hablarle. Julio se dispone a escuchar sin que lo acose la necesidad de contestar la palabra justa.

  • Era Navidad. Yo ya estaba en mi pieza, en el primer piso, si tenía seis años era mucho, desde abajo llegaba el sonido del televisor. Entonces me levanté, fui hasta la escalera y empecé a bajar…
  • Parece una película de terror – acota Julio sin poder contenerse aunque en voz baja, casi muda.
  • … y cuando llegué al comedor vi a mi viejo de espaldas, sentado a la mesa, limpiando la reglamentaria. “Papá, ¿existe Papá Noel?”, le dije. “Si vos creés en él existe”, contestó. Después me sentó en sus rodillas y siguió desarmando la pistola.

Apoyado sobre su hombro derecho, la espalda contra la pared, Ribera le acomoda un mechón de pelo para que haga juego con la media luna tatuada en su hombro. Agarra el celular y empieza a sacarle fotos. Ella se deja mirar, posa, sigue las instrucciones de la voz o de la mano de Ribera, que se acuerda de una película que le gustaba mucho cuando era adolescente, de la firmeza con que el escultor adaptaba el cuerpo de la modelo buscando una figura tensa que la fijación en piedra no menguara.

  • Vos tenés la barba de Kristofferson, los ojos chiquitos de Gazzara y la panza del Dude – dice Bárbara mientras Ribera la encuadra.

El piropo es tan eficaz que sonríe. Piensa que si Gabin y Del Carril entraran en la comparación sería cartón lleno. «Eran otros hombres, más hombres los nuestros”, glosa para sí. El cine le había proporcionado modelos que no coincidían con su generación.

Esa misma tarde Bárbara le dijo algo que, según sus palabras, nunca le había dicho a nadie. No le creó una clase distinta de compromiso, acentuó el que sentía. No significaba más ni menos que continuar dejándose llevar por el desenvolvimiento de los días. Piensa en el pelo largo de Bárbara mientras la abraza, siente su pera apoyada sobre la cabeza de ella. Fuera de sí, la realidad le parece maleable o más bien tan vasta e imprevisible, tan ajena a su voluntad, que no queda otra que verla fluir.

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