Mural Perrone: un apunte sobre Sean eternxs, por José Miccio

En la que seguramente no es su última película, porque como es sabido cada vez que accedemos a una resulta que hay lista otra, Raúl Perrone filma a los pibes del barrio como lo hace siempre: no como acreedor (me deben la atención que les presto) sino como deudor (me están dando una película). El título lo dice: Sean eternxs es un himno. El escenario (el territorio) es Ituzángó. Los barrios, las calles, los bares, un cine en el que proyectan Yo, un negro de Jean Rouch y durante buena parte de los noventa minutos una colonia de verano: La Torcaza. Perrone aprovecha las distintas dependencias y las distintas actividades del lugar (la pileta, la cancha de vóley, el estacionamiento, las clases de circo y lucha libre, el juego del sapo) para elaborar escenas o grupos de escenas que después distribuye como en un mural. Fortalece esta impresión que la única historia que recorre toda la película ocupe el off y aparezca entrecortada.

En efecto, al comienzo, y después cada tantos minutos, un pibe cuenta su vida sin que las imágenes la ilustren. Padre violento, impotencia escolar, acceso temprano a las drogas, robo, venta de paco. Una historia con todos los elementos como para que la sociología la reclame. Pero en lugar de decir: es un caso, y entonces olvidarla, Perrone la sostiene en su singularidad. La quiere como la pone en escena. Con grano. No representativa. Hace lo mismo con todo. Concluido el primer fragmento en off, durante unos cuantos minutos, filma a sus personajes como si los esculpiera. Detrás de la ventanilla de un auto, riendo, lagrimeando, fumando, maquillándose, contra los árboles, abajo del agua. Después insiste. Si se sabe atender a la luz, hay cine en cada instante. Un plano para que la sombra de las hojas se mueva en la cara de una piba. Un plano para seguir los dibujos que hace la luz en el pecho de un pibe. Un plano para ver cómo se acomodan los dedos que sostienen una tuca. Un plano para reunir la 10 de Messi, un beso y una moto. Una serie de planos para acercarse al reflejo del sol en el pasto, y otra serie para armar el álbum de una murga. Una sobreimpresión entre un pibe y una piba que hacen circo. Todo en blanco y negro, salvo un cielo y una chica que baila.

El mural necesita que sus escenas llamen la atención sobre sí para que no se pierda en una impresión general y borrosa. Tiene que perder la unidad para que la unidad pueda ser imaginada, sentida, y no solo confiada al tema general. Perrone no le teme a las señales. Va del drone a la steadycam, del travelling al extenso plano fijo. Interviene las imágenes subacuáticas para que las burbujas se multipliquen, destaca algunos planos para que ganen autonomía (el del muchacho obeso en el centro del encuadre, con el mural de la colonia atrás), usa un ralenti glamorizador y un piano deliberadamente evocativo, puntúa el desarrollo con cielos nublados, hace que las canciones de Damas Gratis, La Mona y Los Encargados (“Me vas a extrañar”, “¿Quién se ha tomado todo el vino?”, “Trátame suavemente”) sean de los personajes que las cantan, no de sus autores. Es un arte sostenido en un frágil y orgulloso esteticismo plebeyo. Perrone aprendió de Pasolini algo fundamental: que la pose no es un privilegio, que todo cuerpo tiene para dar un movimiento y toda cara un primer plano. El perfil de un chico con gorrita y nariz aguileña no es distinto del perfil del hombre que se peina en Los cuentos de Canterbury ni del perfil de Federico da Montefeltro, Duque de Urbino, pintado por Piero della Francesca.

Así que donde todos buscan documentos (de la injusticia, del peligro social) Perrone encuentra ensoñación y lirismo. Son decenas los planos dedicados a mostrar a estos pibes como estrellas. Planos vueltos sobre sí, entre la estampita, la pintura y la estatuaria. Tres cosas sostienen la película: el amor por unos personajes a los que el cine insiste en someter a la identidad, la renuncia al testimonialismo, la opción por la forma. Hace unos años, en el festival de Mar del Plata, después de la proyección de Favula, una mujer le comentó a Perrone algo acerca de la vivienda precaria (esa expresión usó) en la que viven sus protagonistas. Perrone dijo: para mí es un templo. Así filma a los pibes en Sean eternxs. Como lo que son: sagrados.

2 Respuestas

  1. hector

    Un gran comentario, José ¡¡ Admiro el cine del «Perro» desde que ví Labios de Churrasco en el teatro municipal de Morón. Es un artista único, dotado de una sensibilidad y un poder de captación de la belleza de nuestros barrios del Gran BsAs.

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