Criaturas de cine: «The man who stole the sun», por Marcos Rodríguez

Un hombre decide construir una bomba atómica en su departamento básicamente porque puede. El profesor Kido (interpretado por un pelilargo Kenji Sawada) no parece tener motivos, resentimientos, familia o algún tipo de plan para el futuro: da clases de ciencia en un secundario y, sin ser particularmente brillante, tiene el conocimiento suficiente para armar una bomba de cero. Se lo explica a sus alumnos en una de sus clases: todos los elementos que se necesitan para fabricarla se pueden conseguir en un negocio de electrónica o en otro parecido, el verdadero (y único) problema es conseguir el plutonio que va a estallar. Cuando uno de sus alumnos le pregunta si eso va a entrar en el examen o si ese conocimiento les sirve para entrar a la universidad, Kido le responde que no, pero inmediatamente otro compañero le pregunta cómo se hace para calcular la masa crítica de plutonio que se necesita para iniciar la reacción atómica: sabe que el profesor se va a poner a explicar y trazar fórmulas en el pizarrón sin prestarles atención y que ellos van a poder hacer más o menos lo que quieran. El nivel de detalle y de descripción de procedimientos que muestra El hombre que se robó el sol en el proceso de armado de una bomba atómica, la enormidad de las consecuencias que sabemos que pueden generar esos actos que casi parecen el pasatiempo de un neurótico contrastan de forma violenta con el tono ligero, las mechas al viento, los ratos de recreo que el profesor se pasa jugando con una pelota en el patio y en general la ausencia de un verdadero plan para cuando logre armar su bomba. El hombre que se robó el sol es una película que hace estallar las expectativas por el aire, un delirio, una sátira, una acusación, una comedia, una de policía y ladrón, de persecuciones y de modernidad, de maldad sin malicia, de rebeldía sin causa, de angustia que no puede explicarse.

La primera vez que vemos a Makoto Kido, está vigilando a través de unos binoculares una planta nuclear que se alza contra el sol del atardecer. Infla globos con su chicle: los alumnos le dicen “Chicle”: ni cuando está por morir deja de masticar. Pura cultura pop. Para cuando lo conocemos, el profesor Kido ya está planeando construir su bomba: pronto realizará el golpe maestro para robar un poco de plutonio de la planta nuclear, su departamento ya está convertido en un laboratorio con instrumental, divisiones anti radiación y todo el equipo que sabe que va a necesitar. No hay una explicación o una justificación: ni por qué tuvo la idea ni qué pretende hacer: la primera parte de El hombre que se robó el sol está dedicada al meticuloso proceso de armado de su bomba y, junto a ella, una bomba hermana gemela, que es la que va a usar para hacerle saber a las autoridades que es capaz de armar esa bomba y que tiene el plutonio suficiente para armarla. No hay psicología o motivación: Kido es aquel que va a armar una bomba, el profesor de colegio que se la pasa durmiendo en clase. Un día, mientras los chicos salen de excursión y el profesor se queda durmiendo en el micro, aparece de pronto un hombre armado con metralletas y granadas, que pasa a tomar a todo el grado y al profesor como rehenes, dice que solo los va a soltar si le permiten hablar con el emperador. No queda claro para qué quiere hablar con el emperador: dice algo de que quiere hablar de su hijo, de hacer que vuelva. Claramente no está en sus cabales. Cuando la policía aparece para manejar la situación, Kido conoce al inspector Yamashita (Bunta Sugawara), que es quien al final, con gran heroísmo, los va a salvar a todos: ese nexo con el inspector va a ser uno de los hilos centrales de la trama, aunque el propio Yamashita no lo sepa.

Al intentar describir esta película, me doy cuenta de que sería imposible resumir o explicar todo lo que pasa en El hombre que se robó el sol: es tanto, tan exuberante y peregrino, tan contradictorio y hermoso, que básicamente habría que volver a contarla entera: una película que no se puede reducir. No hay forma de explicarla o sintetizarla: pasan cosas, algunas de esas cosas despiertan una resonancia política, existencial, cómica, pop, dependiendo del momento puntual al que nos refiramos, pero en seguida la película pega un nuevo volantazo y encara por otro lado. ¿Cómo resumir un argumento imposible? ¿Cómo describir la potencia de, por ejemplo, las conversaciones telefónicas con una dj de radio bellísima que pasa música canchera y por alguna razón transmite sus programas desde una cabina de cristal en medio de una plaza? ¿Cómo transmitir la potencia y la cantidad de planos generales de Tokio que componen uno de los elementos más importantes de la película: el telón de fondo que es el que verdaeramente carga de sentido a las imágenes? El hombre… transcurre en un lugar y un tiempo muy específico: Tokio a fines de los setenta, puro presente. Ese presente es fundamental así como también lo es la abstracción científica: fórmulas y procedimientos químicos que se despliegan en detalle en pantalla para lograr condensar el plutonio. Sobre esas tramas también se tejen los hilos del poder: la autoridad de la policía, la figura del emperador, los pasillos y oficinas anónimos por los que se mueven los burócratas que son los que finalmente pueden tomar las decisiones que afectan a las vidas de todos. Sobre eso, la música, la juventud, el colegio, la radio, el rock, el jazz/funk que suena en la banda sonora, el béisbol, los autos y autopistas. No se trata únicamente de la variedad, de la osadía con la que la película mezcla tonos y tramas, sino sobre todo del modo en el que explora cada uno de esos elementos hasta el fondo: nada de mencionar una idea y pasar a otra cosa, nada de dar por supuesto que el espectador entiende la refencia, nada de incluir tópicos para que la película parezca adquirir importancia o peso: todo lo que ocurre en pantalla en El hombre que se robó el sol existe plena y únicamente para desarrollarse en pantalla, existe en ese espacio y se justifica en la vida que desarrolla frente a nosotros. Su vida es vida de cine, no algo externo, algo que podamos explicar y entendamos de antemano. El hombre… a la vez inventa y se alimenta del Tokio de 1979. Como, además, la ambición de su persectiva es desmedida, eso obliga a la película a abrirse de forma demencial hacia un mundo que se vuelve inabarcable pero vital. No busca explicar o justificar nada, busca devorar y abrir agujeros negros. Las palabras no alcanzan para transmitir lo que únicamente puede existir en la pantalla. El límite de la crítica: la búsqueda desesperada por encontrar la quintaesencia del cine, aquello que una vez que encontramos nos lleva más allá de las palabras.

El hombre que se robó el sol es una película inexplicable. La dirigió un tal Kazuhiko Hasegawa, un guionista casi desconocido de la Nikkatsu, que dirigió solo dos películas en los ’70 (esta es la segunda), que actuó en algunas películas, como Yumeji (Seijun Suzuki, 1991) y Profound Desires of the Gods (Shohei Imamura, 1968), en la que también fue asistente de dirección; murió en enero de 2026. Figura fascinante por lo improbable y lo desconocida. El hombre que se robó el sol es, al parecer, una película de culto en Japón; yo nunca la había oído nombrar hasta cruzarme con una referencia un tanto indirecta vía un animé. Tiene una música demencialmente buena y el guion lo escribió Hasegawa junto con Leonard Shrader, el hermano de Paul. Está todo bien en esta película que además tiene todo lo mejor que los ’70 pueden ofrecer en pantalla: puro estilo, materialidad y grano, persecución de autos ruidosa e imposible, tensión política, mucha calle y planos multitudinarios en el centro de Tokio que me atrevería a decir que los filmaron a escondidas durante una manifestación y en un centro comercial: pura vitalidad y materialidad. Sobre eso se suma la figura del Estado que controla todo y la amenaza nuclear, que obviamente en Japón no es un tema menor (en un momento un personaje dice: “¿Qué pensarían las personas de Hiroshima y Nagasaki?”), y la angustia inexplicada e inexplicable del personaje de Kido, que se dedica de forma obsesiva a armar su bomba nuclear y, una vez que lo logra, no se le ocurre una mejor demanda que hacerle al gobierno que exigir que la cadena de televisión que está transmitiendo el partido de béisbol esa tarde no corte la transmisión como hace siempre a las nueve de la noche, sino que los obliguen a seguir transmitiendo hasta que se termine el partido. El poder para hacer cualquier cosa: el poder para corregir las injusticias nimias. Son incontables (y fascinantes e iconográficos) los planos que la película le dedica a Kido y su relación física y juguetona con la bomba que construyó de forma perfectamente esférica: lo vemos pateándola como si fuera una pelota en su departamento, y hasta durmiendo abrazado en la cama con ella.

Cualquier estrategia que intente explicar o justificar esta película que es a la vez comedia ligera y denuncia social, proclama política sin consigna y manifiesto pop (en un momento, cuando a Kido no se le ocurre qué más exigirle al gobierno, le pide a la locutora de radio que le diga qué más puede exigir, y ella le dice que lo mejor que podría hacer es obligar al gobierno de Japón a traer a los Rolling Stones a tocar al país, porque hace unos años tenían programada una gira pero no los dejaron entrar por consumo de marihuana), cualquier acercamiento a esta película que es tan puro cine que solo puede abordarse si uno intenta replicar su extensión, tan clasicismo al palo estallado por el delirio y el rigor científico y político, cualquier síntesis o generalización va a chocar con una estrategia que se sostiene sobre lo imposible: pocas veces me encontré con una película tan escurridiza y plena, tan imposible de abordar. Señal del cine más potente.

Uno de los aspectos más fascinantes de El hombre que se robó el sol es cómo logra, mediante sus juegos y vericuetos y siempre respetando el mayor rigor narrativo, abrir escenas y secuencias en las que el sentido estalla y se carga de resonancias y acordes que nos permiten leer mucho más que lo que se dice y que, sin embargo, también se dice en la película. No hay verdaderas denuncias de la opresión social en la sociedad japonesa. No hay impugnaciones explícitas a la modernidad y el capitalismo. No hay expresiones concretas de angustia o depresión existencial, o siquiera de cuestionamientos: Kido no se enfrenta a nada, solo fabrica su bomba. La narración, todo lo que va pasando en pantalla, todo ese cine por el cine mismo son los que al mismo tiempo permiten abrir todas estas lecturas que la película abarca pero no declara, pone de manifiesto pero ni siquiera nombra. El hombre que se robó el sol no se preocupa por señalar, por denunciar, mucho menos por explicar causas y posibles soluciones: va siempre para adelante, cuenta lo que cuenta, y en todo caso lo que busca es abrir con su cine espacios de libertad. Incluso de libertad demencial. En un momento, cuando el inspector Yamashita empieza a sospechar que la locutora DJ Zero está del lado del terrorista que amenaza las vidas de todos en Tokio con su bomba ridícula e irresponsable, le pregunta por qué lo defiende y ella le dice que con su bomba, el Sr. Bomba-A les devolvió la capacidad de soñar.

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