En 2002, trece años después de su opera prima Banderas de humo, en la que cuenta la lucha de los trabajadores por mantener en pie el ingenio Las Palmas, desahuciado por el gobierno de Alfonsín, Alejandro Fernández Mouján (Espejo para cuando me pruebe el smoking, Pulqui, un instante en la patria de la felicidad, Los resistentes, Damiana Kryggi, por recordar cuatro grandes películas) estrenó Las Palmas, Chaco, un documental sobre la vida del pueblo a una década del cierre definitivo de la empresa que, hasta comienzos de los 90, constituía su principal recurso económico. José Luis Alvarenga, apodado Lorenzo Lamas, participó de la película delante y detrás de cámara (los créditos identifican su tarea como “Localización de personas y lugares”). En 2007, a los treinta y tres años, murió en un episodio de cuchillos. Dice que… es el homenaje de Fernández Mouján a su viejo colaborador. Lo primero que vemos es un cartel: “como dice el dice que…”. Después, una ofrenda familiar. Enseguida, otros carteles, alusivos estos a la muerte de Alvarenga y compuestos por oraciones que empiezan con la expresión del título: “Dice que volvía de carnear un chancho para navidad”, “Dice que murió porque los hermanos Vázquez lo molieron a palos cuando estaba herido en una zanja”, “Dice que pidió auxilio y la policía no dejó que lo ayudaran los vecinos que lo veían morir”.
Con estos elementos, un etnógrafo haría foco en asuntos de cultura oral. Un lingüista se preguntaría si la locución proviene de “dizque” y conserva su significado adverbial (“al parecer”, “supuestamente”). Fernández Mouján es cineasta, así que al mismo tiempo que habilita estas especulaciones, las restringe. Su tema es otro. “Las menudas sabidurías que en todo fallecimiento de hombre se pierden”, como dice un verso de “La noche que en el sur lo velaron”, incorporado a la película en la voz del propio Borges. Su tema es “el muerto, el increíble”. Para establecerlo, el director explora los registros que él mismo filmó en Chaco entre 1999 y 2001 y que después de la muerte de Alvarenga ganaron sin dudas poder e influencia, porque nadie guarda un material tan notable sin comprender que un día tendrá que hacer algo con él, sin sentirse de un modo u otro en deuda. Por eso es difícil, al ver la película, no arribar a la convicción de que Fernández Mouján rumió los registros durante años, a un ritmo de intermitencias y retornos que ni siquiera él mismo debe conocer, como si no hubieran dejado de hablarle. ¿Qué le dirían? “No olvidarás”, seguramente. Y sobre todo: “Danos forma”.

Esto último obedece a que la memoria del hombre que se ve y escucha en estos registros depende en buena medida del cine. Alvarenga no es alguien importante, en el sentido que solemos darle a esta palabra. No es alguien con influencia, que haya afectado la vida de otros más allá de sus amigos y familiares, ni es tampoco el protagonista de una biografía aventurera, rica en color y episodios narrables. Ni siquiera es un testigo capaz de recibir fundamento de aquello sobre lo que puede hablar, como sucede con quien fue parte de alguno de esos acontecimientos a los que solemos calificar de históricos. Pero un cineasta sabe, posiblemente antes que ninguna otra cosa, que las nociones de importante y común se redefinen en cada encuadre, y por lo tanto es posible modificar las escalas recibidas. Guiados por ellas, es legítimo decir que Fernández Mouján dedicó su obra no a los grandes nombres ni a los grandes acontecimientos sino a la gloria silenciosa de la gente común. Que lleva cuarenta años haciendo cine de base. Tan es así que cuando en Espejo para cuando me pruebe el smoking trató con el 2001 lo hizo mediado por la obra de un artista renuente a la fama, y cuando en Pulqui, un instante en la patria de la felicidad trató con un artista de renombre, movió el punto de vista para que la memoria privilegiara al obrero que lo ayuda. Pero si bien todo esto es cierto, e indispensable para comprender la mirada del director sobre el cine y la vida social, las películas que resultan de su trabajo no se ajustan por completo a criterios ya establecidos sino que reconfiguran, en distinto grado, los regímenes de medida y valor. En esto, hay pocas películas tan radicales como Dice que… En sus sesenta y seis minutos, Alvarenga anda en bicicleta, corta leña, habla de su vida, caza y come un guiso con otros hombres. El resultado de estas acciones mínimas es mayúsculo porque mayúscula, sin levantar jamás la voz, es la película que las contiene.
De acá deriva la gran enseñanza de Fernández Mouján: si se sabe escuchar a los materiales -lo que también quiere decir: si se sabe tener paciencia- la restricción del asunto puede conducir no a la conformidad del cine con los mundos chicos ni al sometimiento de estos mundos a la representación sino a una verdad de extrema pureza, imposible de establecer por fuera de las imágenes y los sonidos que la revelan o producen (en la visión que alcanza la película, en el “linaje de milagro” del que habla Borges, no hay diferencia entre ambas cosas). Una verdad que solo puede ser denominada estética. En Las Palmas, Chaco Alvarenga es parte de un fresco que le da un lugar y algunas relaciones; la escena en la que va de caza y su testimonio posterior sobre lo que significa matar animales son también datos acerca de la situación social del pueblo. En Dice que… es todo lo que importa. Ese muchacho de mirada honda, que cuando era adolescente escapó de varios correccionales en Buenos Aires, retornó a su pueblo, formó una familia e hizo la paz con la ley, lleva en sí un mundo no menos legítimo que el de aquellos capaces de afectar el movimiento de la historia. Al comienzo, uno de los carteles ofrece de él este retrato concentrado y poético: “Dice que fue ladrón, fugitivo, desocupado, mozo de bar, cazador, ladrillero, changarín y actor de su propia vida”.
Fernández Mouján tardó casi dos décadas en escribir esta oración. Para hacer ciertas películas hace falta actuar rápido. Para hacer otras, hay que saber esperar. Tal vez las verdaderamente urgentes sean estas últimas. De ahí que resulte imposible no especular sobre el modo en que Dice que… encontró su camino, sobre las pausas largas, los sueños, el sentido de responsabilidad del director con los registros y la persona que los protagoniza, con su memoria y sus deudos. ¿En qué momento Fernández Mouján habrá entendido que la ofrenda familiar, ese pequeño altar entre los pastos que es lo primero que vemos después del cartel inicial, era la cifra de la película, que también ella era una ofrenda? ¿En qué momento habrá entendido que Dice que… tenía que incluir el poema de Borges y hacer del sur y el norte un espacio coincidente? Y sobre todo: ¿en qué momento habrá entendido que la película debía terminar con el plano de esa iglesia humilde y la voz del cura diciendo, ya sobre la pantalla en negro, antes del último cartel: “Hagan esto en conmemoración mía”?

En ese momento deslumbrante, que alguna vez los libros incorporarán en el lugar que ya le corresponde (el lugar de la grandeza más emocionante y legítima, quiero decir: la grandeza sin floreos) José Luis Alvarenga, muerto a los treinta y tres, es el Cristo de una ceremonia elaborada en su honor, Fernández Mouján su discípulo y el cine una vigilia reunida alrededor de lo que no se sabe. Cuando algo así sucede, además de derramarse en múltiples direcciones, cada palabra y cada imagen terminan por retornar a sí mismas. Podemos elegir un hilo y jugar a la representación, por supuesto. Podemos decir: Alvarenga es pobre, Alvarenga es chaqueño, Alvarenga es uno de los tantos hombres que vivió (en tanto hombre) la transformación económica y social de los años 90, la crisis del trabajo industrial, el pasaje de obrero a desocupado. Al final, si de verdad seguimos el camino abierto por la película en lugar de imponerle uno ya trazado, nos encontraremos diciendo: Alvarenga es sagrado. Alvarenga es Alvarenga. Este movimiento permite atisbar la dimensión de Dice que…, su riqueza sin alardes. Sabio y paciente, Fernández Mouján filmó al mismo tiempo la elegía por un hombre común y el recuerdo de que no existe tal cosa, que no hay vida que no sea extraordinaria.