Falsos profetas, por Marcos Rodríguez

No conozco a ninguno de los supuestos fanáticos de The Room, tampoco vi la película. De lo que voy a hablar es exclusivamente de la película The Disaster Artist, y lo que James Franco hace con aquella.

Hay un momento clave en The Disaster Artist donde se definen los sentidos que quiere defender esta película. Ocurre durante la escena del estreno de The Room. La sala de cine está llena, empieza la proyección y a medida que avanza la función el público se muestra más y más sorprendido e incómodo  ante lo que ve, hasta que en un momento alguien estalla a carcajadas y todos se empiezan a reír. Todos salvo el director, Tommy Wiseau, interpretado por James Franco, que llora y se va hundiendo en la vergüenza, hasta que no lo soporta más y sale de la sala. Lo sigue su amigo y coprotagonista, quien después de una charla motivadora le hace notar lo extraordinario de la respuesta de su público. Claro, no era la reacción que esperaba, pero es una reacción. En ese momento, en un primer plano, asistimos al instante en el que Wiseau/Franco cambia su cara de angustia por una sonrisa. Después de esto, vuelve a la sala y cuando termina la proyección se sube al escenario, agradece a su público y dice que su intención había sido filmar una comedia, tal como la habían interpretado todos en las butacas. Esto, obviamente, es mentira y la película se encarga de remarcarlo.

Hay otra película con la que se relaciona The Disaster Artist y es, obviamente, Ed Wood, de Tim Burton, en la que se cuenta la historia de otro “mal director” y sus dificultades para filmar. Pero si bien el tema las une, al pensarlas una junto a la otra la diferencia central salta a la vista. Tiene que ver con la forma en la que se nos presenta a su protagonista.

Tanto en el caso de Burton  como en el de Franco, lo que les interesa no es únicamente las películas que produjeron estos directores, sino fundamentalmente ellos como personajes excéntricos, centros absolutos de una forma extraña de mirar el mundo. Pero mientras el Ed Wood de Burton/Depp es un freak simpático y con tendencias al travestismo, el Tommy Wiseau de Franco es abierta y francamente ridículo: un viejo levemente siniestro, con acento inexplicable e ideas inexplicables, que únicamente encuentra la redención en su pasión por el cine y por la amistad. Hay algo querible en Wiseau/Franco, pero eso no impide que nos riamos de él, tal como nos lo pide la película.

También hay una diferencia fundamental en la forma en la que se trata las películas que produjeron estos directores. Ed Wood cierra con una placa en la que se nos dice que dos años después de la muerte de Wood, este fue votado como el peor director de la historia del cine, lo cual le trajo una nueva generación de admiradores. La placa en la película de Burton replica la denominación de “peor director de la historia”, pero la propia película no parecería compartir ese criterio: el amor con el que se muestra su pasión por el cine, el amor por el amor que desplegaba Wood por todo aquello que la mayoría descarta, la atención a esa singularidad radical termina por conformar, de hecho, una reivindicación no solo de la figura de Wood sino, por extensión, de su cine mismo, que podrá ser más o menos “malo” pero es en definitiva único. En la película de Burton lo ridículo no es nunca Ed Wood dirigiendo con sweater de angora, ni sus actores ni sus películas. Al entrar en el universo que propone Burton, se anulan los parámetros de “lo bueno” y “lo malo” porque de hecho lo que importa es otra cosa: la pasión y el cine. Lo bueno y lo malo son otra cosa.

No sucede lo mismo con The Disaster Artist, en la que Tommy Wiseau tal vez pueda verse redimido por su pasión, pero en la que no hay ninguna esperanza para su película. The Room, nos dice The Disaster Artist, es mala. Es increíblemente mala. Es tan mala que uno no puede evitar reírse. Wiseau no quiso hacer una comedia, quería expresar su alma llena de sentimientos desbocados, pero lo que hizo lo hizo tan mal que terminó por producir una cosa que ahora se revaloriza como objeto singular, pero siempre malo.

La operación que realiza The Disaster Artist es en cierta forma liberadora: reclama para el goce del espectador también aquello que supuestamente no debería entrar en el reino apolíneo de lo cinematográfico. Uno puede disfrutar de una película mala. Y eso está bien.

El problema que encuentro con esta operación es que si bien le otorga una aparente libertad al espectador, en realidad termina por cementar una trampa que, ahora con una válvula de escape legitimada, parece cerrarse de forma definitiva. The Room es una película singular. Pero no interesa por eso. Interesa porque es singularmente mala. Hay, si se quiere, una cierta necesidad sintomática de encontrar aquello que es diferente, lo que no respeta la norma, lo que se aleja de los estándares de lo que debería ser una película, aunque más no sea por ignorancia. Pero esa necesidad se resuelve en una especie de “consumo irónico” (categoría que siempre me ha causado problemas) que no hace, en realidad, más que ratificar esos estándares. Está bien reírse de The room. Está bien reírse de Wiseau. The Room no es buena porque esté hecha para reír, hace reír porque está mal hecha. Y eso legitima la burla. Lo cual inmediatamente legitima las normas de cómo debe ser una película.

The Disaster Artist, una película bien hecha, parece celebrar lo singular cuando en realidad lo estigmatiza, como lo confirman los planos reales de la película que se nos presentan en la secuencia final. The Room no alcanza la belleza de lo hecho por fuera de la norma, el espesor de lo singular, sino que se nos presenta como simplemente ridícula.

 

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