Sobre Bertrand Blier y “Las cosas por su nombre” (Les valseuses), por Pauline Kael

Traducción: Marcos Rodríguez

El director-escritor francés Bertrand Blier demuestra una auténtica insolencia lírica en Preparen los pañuelos, la cual se proyectó en el Festival de Cine de Nueva York los días 29 y 30. Esta es la tercera película de su serie sobre fantasías eróticas masculinas. Blier, que es novelista e hijo del famoso actor secundario de comedias Bernard Blier, empezó a dirigir películas en los ’60, y en 1974 hizo Las cosas por su nombre (el título original es Les valseuses, que en lunfardo francés quiere decir “testículos”), y en 1976 Calmos (que apareció, sin ninguna publicidad, en las salas de Nueva York el año pasado con el título Femmes Fatales y desapareció casi de inmediato). Tal vez con Pañuelos, una variación más sumisa y profunda de los temas de estas dos películas, logre que el público se relacione con lo que filma y que mire sus películas anteriores sin enfurecerse. Cuando se estrenó acá Las cosas por su nombre, en 1974, se la describió como “sórdida”, “repugnante” y “desagradable”, y en marzo pasado la sacaron de la grilla de Home Box Office porque hubo quejas de las estaciones afiliadas. ¿Cuál es el crimen de esta película? Probablemente, que los espectadores se descubren riendo de cosas que los escandalizan. En un momento, los dos jóvenes patoteros protagonistas (Gerard Depardieu y Patrick Dewaere) se suben a un tren y observan a una madre joven, hermosa y de aspecto angelical (Brigitte Fossey), que está amamantando a su bebé en un vagón vacío. Le ofrecen dinero a esta madonna para que los deje tomar un trago y, al parecer aterrada de decir que no, ella acepta. Cuando se baja del tren, su esposo, un soldado pálido y flacuchento, la está esperando, y mientras ella se dirige hacia él, tiene una sonrisa ridícula de felicidad en la cara sonrojada. El público acabó por aceptar los chistes sucios en las películas de Buñuel; los años, los honores, la prensa le han dado pedigree. Pero los chistes de Blier son tan simples y naturales que hacen que los de Buñuel parezcan artificiales, casi pedantes en su escandalización. Blier nos entrega la clase de chistes que no se pueden hacer con dobles sentidos o de forma simbólica- tienen que ser absolutamente literales. Esta clase de chistes solo ha encontrado hasta ahora formas verbales, pero Blier los vuelve visuales, como si fuera la cosa más natural del mundo. Los dos patoteros concretan sus fantasías sexuales, en las que, sin importar lo que diga una mujer, en realidad ella lo está pidiendo, de modo que le están haciendo un favor si la fuerzan. Y quienes ven esto tal vez estén tan escandalizados por la indignidad de lo que los excita que no puedan aceptar el humor de su propia situación. Las cosas por su nombre es una farsa erótica explosivamente divertida (tanto una celebración como una sátira de las fantasías masculinas) y a algunas personas su entusiasmo les resulta repulsivo de la misma forma en que la fuerza cómica de la hipérbole sexual de Trópico de Cáncer de Henry Miller se consideraba revulsiva.

Las cosas por su nombre te sacude y no parece dejarte nada de qué agarrarte. Es fácil que a uno le parezca perturbadora y degradante. Pero en parte es eso lo que la hace divertida. La fuerza bruta de estos dos hombres es avasallante, roñosa, feliz. Para ellos la vida es como una gran comida: la enfrentan como dos obreros hambrientos que se abalanzan sobre el cadáver de una vaca, con las manos grasientas. No son hippies que rechazan el materialismo de clase media; no tienen nada del glamour contracultural y santurrón de los amigos de Easy Rider. Están más cerca de los criminales de El salvaje. Estos dos amigos hablan con el acento áspero de las clases bajas y no encajan en la Francia moderna y urbana, con su cultura homogénea de clase media. Son marginales sin trabajo o dinero que quieren vivir la vida de los ricos y satisfacer sus apetitos. Así que toman lo que quieren: roban carteras, roban autos, saquean negocios y le mandan lances a cualquier mujer que se les acerca. No son criminales profesionales; solo le roban a la gente. Acosan a los dueños de negocios y los hacen enfurecer, pero, desde la perspectiva de esta película, esta es la única emoción que pueden tener los dueños de negocios, siempre presuntuosos y aburridos, y es mucho mayor que cualquier daño que puedan hacerles estos chicos. La atmósfera es la de la farsa clásica, como de Ben Jonson: estos dos no son peores que los miembros respetables de la burguesía, solo son menos habilidosos en sus métodos. Uno tarda más o menos media hora en comprender que estos dos amigos (uno tiene veinticinco, el otro veintitrés) son inocentes e ingenuos y que con casi todo lo que hacen les sale el tiro por la culata.

 

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El tono de Las cosas por su nombre es desconcertante, a la vez brutal y lírico. Estos hombres son personajes salidos de un granero y tienen el tipo de magia natural que tienen los chicos en Cero en conducta de Vigo y el Boudu de Jean Renoir; lo que hacen sigue una lógica poética. Levantan a una rubia esquelética y complaciente, una peluquera (Miou-Miou), que está tan acostumbrada que la traten como a un objeto inanimado (como basura) que cree que es basura. Los dos tipos la golpean y abusan de ella. Pero también les cae bien y se turnan para intentar que alcance un orgasmo; hasta uno alienta y aconseja al otro. Pero ella sigue triste y frígida, y ellos se enojan con ella. Entre sus episodios heterosexuales, Depardieu se lanza sobre Deware (él grita); también sufrió la indignidad de recibir un disparo en la entrepierna y padeció lo que el doctor llama una “abrasión del testículo izquierdo”. Tras el fracaso con Miou-Miou, los dos salen a buscar a una mujer mayor y experimentada que pueda sentir algo; esperan afuera de una cárcel de mujeres, convencidos de que una mujer recién liberada va a estar necesitada de sexo, y aparece una mujer de mediana edad (Jeanne Moreau), que pasó diez años encerrada. La tratan como a la realeza, con comida y atenciones, y ella les entrega una gran noche de pasión sexual maternal. Pero por la mañana les da un beso mientras duermen y se suicida disparándose con un arma en la vagina. Sacudidos tras este primer encuentro con la locura y el dolor reales, regresan con su peluquera frígida; ellos lloran y ella los consuela y después, en respuesta a una sensación de responsabilidad frente a la mujer muerta, los tres viajan a otra cárcel para esperar que liberen a su hijo. Resulta ser un tipo nada atractivo físicamente y no muy brillante, pero cuando los cuatros se alejan a un retiro en el campo y los dos amigos están pescando, escuchan que su novia frígida, que está en la cama con el recién liberado, grita de placer y un minuto después sale corriendo, radiante, para contarles la buena nueva de su primer orgasmo. (La levantan en brazos y la tiran al río). Una vez que despierta, siempre está dispuesta, y los dos amigos intercambian lugares en el asiento trasero de los autos que van robando.

La comedia social en la obra de Blier es en esencia una comedia sexual: el sexo nos altera, nos pega en la entrepierna y nos ataca por la espalda, a los idiotas les va mejor que a nosotros, y algunos son tan retorcidos que sin importar lo que intentemos hacer por ellos, igual lo arruinan todo. Y el sexo entre hombres y mujeres se mezcla de formas insanas con los deseos infantiles de los hombres y las pasiones maternales de las mujeres. En lo sexual, la vida es una comedia de la Keystone, completamente amoral. No tenemos ningún control sobre qué o quién nos excita.

Las cosas por su nombre tal vez sea la primera película de Europa desde Sin aliento y Weekend y Último tango en París que nos habla del sexo y las fantasías sexuales de una forma nueva. Lo hizo con un estilo terso y seguro que recibió la influencia de Godard, pero con una cualidad de ensueño. (Godard logró algo similar en la secuencia de postales de Les Carabiniers, otra película sobre dos amigos). Cuando los dos amigos de Blier no están en movimiento, están desconsolados; no saben qué hacer de sí mismos de un día al siguiente. Los paisajes sin ninguna otra persona, los lugares desiertos a los que van sugieren un mundo de fantasía obsesionado con el sexo. Son cavernícolas que le dan a las mujeres lo que, en sus fantasías masculinas exuberantes, ellos creen que quieren las mujeres. Los diálogos son callejeros, el tono es alegre, abiertamente divertido de un modo especial e impredecible. Uno no tiene idea de qué va a pasar. El rasgo distintivo del trabajo de Blier es que si bien sus guiones se escriben enteros por adelantado, y nunca improvisa, escribe de una forma improvisada. La mayoría de los guionistas, como los dramaturgos, piensan una estructura en términos del desarrollo de una situación, con conflicto y resolución. Lo planean todo por instinto y saben adónde se dirigen. Blier escribe una picaresca psicológica: empieza con un grupo de personajes y un cierto tono, y después a lo mejor cambia y va hacia donde lo lleva su subconsciente. El lugar donde termina probablemente lo sorprenda a él mismo, al igual que a nosotros. Pero hace bien en confiar en sus impulsos, porque lo llevan a un lugar al que no hubiera llegado de otra forma. Hay conexiones rarísimas, las cosas se unen de forma inesperada. Y, finalmente, emerge una serie de temas que son mucho más ricos que lo que podría haber aparecido si seguía un plan consciente. El límite (si uno elige llamarlo así) del método de Blier de seguir su subconsciente es que, naturalmente, sus películas tratan todas los mismos temas. Pero él tiene la astucia de tratar su propio subconsciente como una tierra de fantasías slapstick.

The New Yorker, 16 de octubre de 1978

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