Por lo bajo, sobre “Tyrel” y el cine de Sebastián Silva, por Marcos Rodríguez

Pocas cosas más espesas que una película de Sebastián Silva. No se me ocurren muchas otras formas de describirlo: un cine cercano, inestable, en el que la narración se desliza para un lado y para el otro sin que uno tenga demasiadas ganas de agarrarse de nada de lo que propone. Protagonistas circunstancialmente insoportables, contextos mayormente insoportables. Todo es tensión en las películas de Silva: una tensión oscura, omnipresente que, dependiendo del caso, puede entenderse como tensión de clase, tensión racial, tensión generacional o simple angustia existencial. Las relaciones son conflictos en las películas de Silva, incluso tratándose de películas en las que el argumento es más bien escaso y roza lo cotidiano hasta sacarle chispas: amigos, vacaciones, fines de semana, el día a día de una familia de clase media alta chilena, el día a día de una pareja gay progre neoyorquina, yanquis de paseo por Chile. En Tyrel, su nueva película, un grupo de amiguetes de treintaytantos se reúnen un fin de semana en una casa en las afueras de Nueva York (con mucho frío) para festejar el cumpleaños de uno de ellos. Entre estos amigotes, Tyler, el amigo del trabajo de uno de ellos, a quien apenas conocen, y que es el único negro de la reunión, ambientada en 2017 a poco de la asunción de Trump al poder. Pasan muchas cosas en los escasos días que dura lo narrado en la película pero, en realidad, no pasa prácticamente nada: Silva es un maestro para construir tensión con situaciones y gestos minúsculos, entrando debajo de la piel de personajes que siempre nos resultan un tanto opacos. Opaco es todo en una película de Silva: uno no termina de entender exactamente qué se nos está contando, para dónde va a ir la cosa o adónde quiere llegar. No es poco. Entramos en una película de Silva como por una puerta de entrada: con la mayor naturalidad, sin pensar demasiado, con un grado de realismo in media res de lo más casual y, sin embargo, hay tantas, tantas cosas que no se explican en la trama que nos conduce a la situación en la que están los personajes. No habrá explicación porque no es el punto: las tramas en estas películas no están para ser explicadas. Lo que ocurre en pantalla ocurre sin mirar atrás. De ahí, en parte, su realismo y su opacidad: lo que vemos no parece puesto para la cámara, no sigue los lineamientos de lo fácil de seguir.

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Tyler (no “Tyrel” como lo llama uno de los amigos en la casa, leve desplazamiento que revela, ¿o no?, ciertos prejuicios raciales) llega a la casa del amigo de su amigo para escaparse de su propio departamento neoyorquino, que en estos momentos está ocupado por la familia latina de su novia, que está atravesando una crisis con su madre. Todo parece ser un kilombo allá atrás y Tyler parece contento de tener unos días de tranquilidad en una casa en las afueras, con chabones. Pero, claro, todo es un kilombo también al final del camino. La primera noche los reunidos empiezan a jugar un juego (¿existirá realmente?) en el que se pasan una gorra en ronda y cada cual va sacando un papelito en el que está escrito el “acento” que tiene que imitar y los demás van a tener que adivinar. Suena raro, pero ponele. Pasa la ronda: un acento británico, algún otro no muy molesto. De pronto, uno saca su papel y se pone evidentemente nervioso: tiene que imitar el acento “negro”. La corrección sale a relucir: no, son unos bestias, ¿cómo van a poner esto?, son unos ignorantes. Todo muy incómodo y el más incómodo de todos, el negro, trata de hacer como que está todo bien y al final, para demostrar lo bien que está todo, termina él mismo por imitar un acento “negro”. Esto así de entrada y uno cree entonces que Tyrel va a hablar sobre el racismo que subyace incluso entre neoyorquinos más o menos puliditos y casi millenials, o por lo menos tratar la cuestión de los prejuicios como parte natural que la convivencia en sociedad. Pero no, después de dar la nota, la nota empieza a diluirse y lo que parecía una película-diagnóstico empieza a correrse y el negro/bueno/correcto/que viene a denunciar el racismo con su sola presencia empieza a mostrarse también como un forro bastante importante y resulta que los otros tampoco son para tanto y en realidad la cosa va por otro lado, aunque uno no termina de saber por dónde.

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Uno podría sentirse tentado de pensar que las películas de Silva representan algo así como la versión chilena del indie globalizado: como si un sudaca se hubiera apropiado del mumblecore y de unas cuantas estrellas o semi estrellas de Hollywood (Michael Cera, Kristen Wiig, Juno Temple) para fabricar sus propias películas transnacionales. Hay algo generacional dando vueltas, es innegable, pero también hay algo más. Sin llegar nunca (ni proponérselo, en realidad) a cuajar en un relato de género, el cine de Silva abreva en una narración oscura e inquietante, que muchas veces roza el terror. A la nana monstruosa de La nana, a los rituales oscuros de los mapuches en Magic Magic se suma ahora el terror en Tyrel. De nuevo: nunca pasa nada, pero uno no puede dejar de sentir al mirar esta película que apenas por debajo de su superficie se esconde, por ejemplo, Get out. Algo inquietante lucha por salir. Y es tanto más inquietante en cuanto que se esconde en el lugar menos pensado y no logra tomar un cuerpo simbólico que lo aísle y permita procesarlo.

No sé exactamente qué corroe a los personajes de Tyrel pero tampoco puedo librarme de su incomodidad. Porque no hay escape.

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La vida es tensión en el cine de Sebastián Silva.

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