¡La saliva se sostiene!, por Sergei Eisenstein

Fuente: Yo: Memorias inmorales. Selección y transcripción: Marcos Vieytes

¿Por qué me convertí en director de cine?

Cualquier niño que se respete suele hacer tres cosas: rompe objetos, destripa muñecas y relojes para saber qué hay dentro, y martiriza animales. Por ejemplo, hace de las moscas si no elefantes, en todo caso perritos. Extirpa el par intermedio de patitas para que queden sólo cuatro. Arranca las alas: la mosca no puede volar y corre en cuatro patas.

Así actúan los niños decentes. Los niños buenos.

Yo fui un niño malo. En mi infancia no llegué a hacer ni la primera de las cosas descritas ni la segunda ni la tercera. Sobre mi conciencia no hay un solo reloj descompuesto ni una mosca torturada ni un jarrón roto con malas intenciones… Pero, desde luego, eso estuvo mal. Porque quizá por eso me vi obligado a hacerme director de cine.

Efectivamente: los niños buenos de los que he hablado satisfacen la comezón de la curiosidad, la crueldad primitiva y la autoafirmación agresiva mediante los pasatiempos relativamente inofensivos enumerados arriba.

La comezón desaparece junto con la infancia. En la edad madura, a ninguno de ellos se le ocurre realizar algo semejante. Con el niño “bueno” sucede algo muy distinto, que no se compara con lo que hace un niño “travieso” común y corriente.

En la infancia no desfigura muñecas, no rompe platos ni martiriza animales. Pero apenas crece, se siente atraído de manera irresistible precisamente por esta clase de diversiones.

Busca febrilmente una esfera de aplicación en la que pueda manifestar sus apetitos de la manera menos peligrosa.

Así, no puede dejar de convertirse en director de cine, profesión en la que resulta especialmente fácil realizar todas estas posibilidades perdidas en la infancia.

Un reloj no desarmado en su momento me llevó a la pasión de indagar en los escondrijos y resortes del “mecanismo de la creatividad”.

En nuestra época, las vajillas que no fueron rotas degeneraron en una falta de respeto por las autoridades y las tradiciones.

La crueldad frustrada hacia las moscas, libélulas y ranas llegó a marcar con nitidez la selección de temas, la metodología y el credo de mi trabajo como director.

Efectivamente, en mis películas se fusilan multitudes humanas; cascos de caballos destrozan los cráneos de los peones que tras haber sido lazados fueron enterrados hasta el cuello (¡Que viva México!), aplastan niños en la escalinata de Odesa, los lanzan desde el tejado (La huelga); además, los niños son asesinados por sus propios padres (El prado de Bezhin), arrojados en las hogueras (Alexander Nevski); en la pantalla los toros vierten sangre auténtica (La huelga) y los actores un sucedáneo de sangre humana (Potiomkin); en unas películas se envenena a los toros (Lo viejo y lo nuevo), en otras envenenan a las zarinas (Iván el terrible); un caballo muerto cuelga de un puente levadizo (Octubre); las flechas perforan los cuerpos atados a la valla de la asediada ciudad de Kazán. Y no es en absoluto casual que durante muchos años ocupara mis pensamientos y fuera mi héroe preferido el mismo zar Iván Vasilievich el Terrible. (…)

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Otto H. y las alcachofas

Una comida.

Por primera vez siento: la incomodidad colosal de tener un lacayo tras el alto respaldo del asiento.

Ya en el “Adlon” de Berlín estos personajes vestidos con fracs azulados me ponían nervioso e irritado con esa su habilidad para despojarme del plato con mi churrasco no terminado, enfrentarme inesperadamente con una ensalada o rociar de cierta salsa imprevista algún guiso ya de por sí poco conocido.

En este caso, las manos que surgen de la nada logran paralizar la actividad digestiva.

Además… infinitas e innumerables colecciones de tenedores y tenedorcitos, de cucharas y cucharitas, ¡de cuchillos, cuchillitos y cuchillititos! (…)

En círculos concéntricos se dispersan ante mí los brillantes cubiertos de plata, las flores exóticas (¿orquídeas, camelias?), los smokings de los invitados. Brillan con una pálida amenaza los botones de los verdes fracs de los lacayos.

Y sobre la blancura enceguecedora del mantel, frente a mí… está ella.

Sólo ella.

La al-ca-cho-fa. (…)

La dificultad consistía en cómo ingerir este extraño fruto de la tierra, cuyos pétalos, que forman una cúpula, terminan en una pequeña y aguda espina que apunta malévolamente hacia arriba.

O más exactamente, ¿de qué modo las comen los ricos?

Y es que desde la infancia uno recuerda que los zares comen sólo chocolates y a cada platillo le agregan azúcar. ¿Cómo comerán alcachofas los millonarios?

¿Comerán solamente el carnoso y tierno corazón?

¿O, como los simples mortales, también comen la carnosa base de los pétalos, arrancados uno por uno?

Me producía escalofrío sólo pensar que tendría que ejecutar toda esta operación (que, por su exquisitez, en nada cede a la de chupar tenazas de cangrejo) a la vista de toda la concurrencia que hacía ya tiempo había concluido con el procedimiento y ahora observaba con los brazos cruzados en qué forma el ruso bárbaro lograría salir de la situación…

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La ciudad de Dvinsk

Acerca de las camas.

La literatura universal conoce dos excelentes opiniones acerca de las camas.

Una de ellas aparece en un libro de Groucho Marx intitulado precisamente Las camas.

Es en este libro donde se encuentra el célebre capítulo digno de Tristram Shandy, que consiste en un título sobre una página en blanco, y en una nota al pie mediante la cual el autor comenta el título.

Se trata del primer capítulo bajo el título general que dice: “Sobre las ventajas de dormir solo”.

La nota al pie de la página en blanco que corresponde al capítulo en cuestión dice: “El autor prefirió no opinar sobre el tema.”

Es fácil adivinar de qué tratan los capítulos subsiguientes.

La otra opinión es la de Maupassant.

No proviene de ningún libro sino de un pequeño ensayo bajo el mismo título: “Las camas”.

Allí se desarrolla la deliciosa idea acerca de que la cama representa un auténtico campo de acción para el hombre: éste nace, ama y muere en la cama.

Ciertamente, la cama es destino humano.

Incluso a Dios le es inaccesible esta conquista del hombre.

Los dioses –se comenta en el ensayo mencionado- nacen en los pesebres y mueren en las cruces.

…Pero en Dvinsk yo duermo sobre la superficie de un espejo.

En el departamento que me asignaron apresuradamente después de la ocupación de Dvinsk por el Ejército Rojo no había camas. (Los catres de campaña todavía no estaban listos.)

En cambio, en la habitación vacía se alza orgullosamente un armario con espejo.

Se coloca el armario sobre su espalda.

Sobre la superficie especular de su puerta, que refleja el mundo, se pone un colchón de paja.

Sobre el colchón me acuesto yo.

¡Dios mío, las ganas que me dan de crear de este hecho una metáfora o una imagen!

No da resultado.

Tendré que dejar que mi persona duerma sobre el colchón de paja que me separa de la superficie especular que adorna la puerta del armario.

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Un milagro en el Teatro Bolshoi

Los aplausos, cual fuego de metralla, retumban en los pasillos semicirculares del Teatro Bolshoi. Estoy en el pasillo, preocupado no sólo por el destino de la película, sino también… por la saliva. La última parte de la película corrió pegada con saliva.

Trepando cada vez más hacia arriba, de la platea al balcón, de piso en piso, en la medida en que aumenta mi emoción, inquieto y ávido cazo al vuelo las aisladas salvas de aplausos.

Hasta que repentinamente se suelta la sala entera: es la escena de la bandera roja. Ésta ha sido la primera salva de aplausos.

La segunda llega cuando los cañones del “Potiomkin” disparan sobre los edificios del estado mayor del ejército, como respuesta a los fusilamientos de Odesa.

Sigo vagando por los corredores concéntricos.

No hay nadie.

Incluso los cuidadores entraron en la sala. Se trata de un espectáculo inusitado en la historia del Teatro Bolshoi: por primera vez están proyectando una película.

La tercera “metralla” está a punto de estallar: el “Potiomkin” atravesará las filas de la escuadra del almirante, “ondeando victoriosa la bandera de la libertad”.

De repente, un sudor helado.

Cualquier otra emoción se olvida y se pospone.

¡La saliva!

¡Dios mío! ¡La saliva!

La saliva…

Con el apuro, durante el montaje se nos olvidó ponerle pegamento al final de la última parte de la película.

Los fragmentos de montaje del final –el encuentro con la escuadra- son minúsculos.

Para que no se perdieran ni se revolvieran, los pegué con saliva.

Luego los pasé a las montadoras, para que los pegaran. Revisé la primera variante. La rompí. Hice otra, también la deseché.

Y de repente me acuerdo con toda claridad de que ¡la montadora no tuvo tiempo para pegar la variante definitiva! Aquella misma que ahora pasaba de la caja a la bobina.

La potente acetona no llegó a sustituir a la saliva.

Y el último rollo, lo sé por el tiempo, lo oigo en la música, ¡ya empezó!

¿¡En qué puedo ayudar!?

Con la mente en blanco, bajo corriendo por las gradas de los pasillos semicirculares –sus vueltas se convierten en una espiral, en un sacacorchos, y con este tornillo quisiera clavarme, hundirme, enterrarme en el sótano, en la tierra, en la nada.

¡Ahora mismo se romperá!

Los fragmentos saltarán del proyector como perdigones…

El aliento del final de la película se cortará.

Y de repente, ¡imagínense! ¡Un milagro! ¡La saliva se sostiene!

La película corre hasta el final.

Y no podemos creer lo que sucede ante nuestros propios ojos al despegar sobre la mesa de montaje, sin el más mínimo esfuerzo, los mismos fragmentos minúsculos que, unidos por una fuerza mágica, ¡lograron correr como un todo a través del proyector!

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Un jueves después de la lluvia (Nunca)

Hoy, durante la noche del jueves al viernes, murió esta pequeña y absurda mujer.

Tenía 72 años.

De ellos, durante cuarenta y ocho fue mi madre.

Yace en el cuarto de la planta baja.

Yo, en el de arriba.

Y es difícil decir quién de nosotros está más muerto.

Nunca fuimos cercanos.

La ruptura de la familia ocurrió en mi temprana infancia.

Y es una de aquellas rupturas que no cicatrizan con los años.

Vivos, congeniábamos muy mal.

Casi nunca me acerqué a ella.

Ahora, cuando está muerta, me siento atraído hacia ese cuarto.

Y muertos, nos hemos reconciliados y estamos cerca uno de otro.

Entre nosotros ya no existe la barrera de nuestros caracteres vivos y demasiado semejantes.

Ella era extravagante.

Yo soy extravagante.

Absurda ella.

Absurdo yo.

Ahora ambos guardamos silencio.

Y es como si por primera vez nos entendiéramos.

Y nada nos separa, como no nos separaba entonces, cuando yo aún no era un niño ni ella una madre.

En algún lugar leí que el abismo entre el ser humano y los primates superiores es menor que la diferencia de variedad entre los primates y los monos comunes.

De alguna forma yo estoy tan alejado de los vivos, que esa distancia es mayor que la que existe entre los vivos y los muertos.

Y por eso, tanto unos como otros, me son igualmente cercanos… o lejanos.

Y, tal vez, los muertos son más cercanos que los vivos.

Pero entre ellos no hay diferencia.

Los vivos me parecen fantasmas.

Los fantasmas –seres vivos.

Y la Julia Ivanovna viva –hace tres días- era quizá menos real que la que ahora imagino y recuerdo.

El Jmeliov muerto está en algún lugar conmigo, mientras que con el vivo habíamos casi dejado de conocernos.

Vsevolod Emilievich, Nemirovich, Jazbi y Kadochnikov, Stanislavski y Elizabeta Sergueievna…

Mientras más lejos estén, mientras menos reales y menos palpables sean, más cerca estarán que los que ves vivos pero que, para mí, están privados de realidad.

Me recuerdo en una estrecha coupée del vagón Moscú-Vladikavkaz.

Acaban de arrancarme de mi criatura mexicana.

Y en mi pecho había un grito: que llegue pronto la esquizofrenia.

Ya que en ella no hay diferencia entre la imagen objetiva y el producto de la imaginación.

Y así caminan a mí alrededor, igualmente entremezcladas, las sombras de los vivos y las sombras de los muertos y me parecen igualmente vivos o igualmente muertos.

Julia Ivanovna gime casi ininterrumpidamente.

El pulso es irregular.

Los gemidos llegan sordamente desde abajo, a través del suelo de mi habitación en el segundo piso.

A lo lejos aúlla nuestro perro.

Zholtik.

Mordió a alguien.

Y estos días ha estado amarrado.

Salgo al jardín.

Julia Ivanovna plantaba matorrales y árboles impetuosamente y sin una idea concreta.

Discutíamos mucho.

En sus siembras no había lógica.

Coincidíamos en una cosa.

A los dos nos gustaban las matas de touffe.

Especialmente en la parte profunda, junto a la verja.

Julia Ivanovna llenó esa parte de touffe, “esferas doradas”.

Son flores otoñales amarillas, de forma esférica, que crecen sobre tallos muy altos.

¿Por qué mi mano quiere romper esas esferas doradas?

Regreso.

El porche está podrido e inclinado.

Julia Ivanovna soñaba con convertirlo en una terraza.

Este año no hubo dinero suficiente.

Me siento pesadamente en el sillón de paja que está en el porche.

Es un sillón opaco. Desteñido.

No lo meten a la dacha cuando llueve.

Miro las flores que están en mis manos…

Son siete.

Siete fatales esferas doradas.

Siete.

Escucho con atención.

Y…

Despacio, despacio, sin ruido y lentamente se abre la puerta.

Esto no había sucedido nunca.

La puerta se abre lentamente; así no se abren las puertas: así las abren.

Detrás de ella está la vaciedad blanca de la superficie de la segunda puerta.

¿Quién pasó a través de su blancura y abrió la puerta exterior?

Cerca del porche podrido hay un álamo.

El alguna vez poco agraciado matorral se convirtió en los años de la guerra en un verdadero árbol.

Julia Ivanovna quiere cortarlo.

Yo quiero conservarlo.

Y de la misma manera en que la puerta se abrió misteriosamente, justo en el tiempo necesario para dar los tres pasos que la separan de la rama del álamo, ésta empieza a susurrar larga y elocuentemente.

La rama dice apresuradamente algo de despedida y se calla.

¿De dónde, en medio de la calma diurna, surgió ese hálito?

Así, en forma de murmullo, pronunciaba Wotan desde las ramas de un antiguo fresno, palabras de aliento y despedida a su hijo Sigmund.

Así se despidió de mí Julia Ivanovna, saliendo invisiblemente por la puerta y murmurando algo claro y rápido, como si la estuvieran esperando en la verja a través de la cual, después de unos instantes, voló un pajarito.

¿Sería el fin acaso?

Entro a la casa.

A lo lejos se oyen gemidos poco claros.

Tengo en mis manos las flores amarillas.

Y ante mí hay plumas, plumas, plumas.

Negras.

De avestruz.

Están en todas partes.

En los sillones. En el diván. En las camas.

El pequeño Seriosha, jugando, ha desparramado todo el conjunto de despedazadas plumas negras de avestruz, no sé si de un sombrero o de una boa de principios de siglo…

Entro en la habitación de Julia Ivanovna.

Ella estira los brazos hacia mí.

Habla rápidamente, apresurándose, pero ya incoherentemente, sin palabras.

Sólo con el ritmo que mediante el impuso lanza lo que alguna vez pudo ser una entonación.

Sus claras palabras se fueron volando, con el murmullo de despedida en la solitaria rama sobre el porche.

Es poco probable que sus ojos vean.

Aunque se han ocultado sólo hasta la mitad bajo el párpado superior.

Ella no ve pero me siente a su lado.

Y su murmullo es una nueva preocupación por mí.

Pongo mi mano sobre su frente fría.

Ella se va sosegando.

Me aparto.

Y entonces, por primera vez, siento un espasmo en el corazón, en la garganta.

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